Rancho Las Voces: 03/01/2004 - 04/01/2004
El sendero luminoso de Roberto Ampuero


La Nación, Lunes 23 de Febrero de 2004 , pag. 44-45-46


“Lo que gano escribiendo me sirve para pagar el cloro de la piscina”, ha dicho el escritor chileno más vendido de los últimos doce meses. Es que este ex comunista, para el que no había más alternativas que ‘tomar las armas y hacerse proletario’, se ha transformado, antes que todo, en un empresario de sí mismo. Alguien que ha tenido la capacidad para vivir cerca del Olimpo, aunque al cabo de treinta años los dioses hayan cambiado.

Por Felipe Saleh



Las fotos que aparecen de Roberto Ampuero en la prensa escrita chilena son muy similares. Está retratado con una expresión de calma, de un hombre sin sobresaltos. Enfocado desde cerca, se le escapa una sonrisa leve por el lado derecho de la cara, y si la foto es grande, mirándola por algunos segundos es posible descubrir que está bien vestido.

En una imagen del ‘97 aparece como empresario, (tenía una pequeña inmobiliaria), usando chaqueta de buen corte, con botones dorados, encima de unos jeans. Ahora, en el retrato de su última novela, usa un sueter negro y el pelo más corto. Se ve joven, representa bien los cincuenta años que tiene. De vivir en el país lo invitarían a los programas para hablar de sexo.

El autor reside actualmente en el oeste de Estados Unidos donde lleva una vida académica tan estimulante como la de un vaquero: tiene un master en literatura en la Universidad de Iowa, y es candidato a doctor en la misma institución por la que han pasado varios chilenos, entre los más célebres José Donoso y el poeta Oscar Hahn, que es profesor titular. Iowa es algo de lo bueno que puede pasarle a un escritor.

Alberto Fuguet, portada de Newsweek el 2002, y Alejandra Costamagna, novelista y colaboradora hasta hace poco de la taquillera revista Gatopardo, son dos talentos nacionales que asistieron a la última versión del Programa Internacional de Escritores.

Ampuero volvió para seguir avanzando, pero el programa como tal, implica sólo una temporada de tres meses en que los seleccionados tienen la obligación de dar alguna conferencia, y el resto del tiempo pueden ocuparlo a su antojo.

Con esto está ganando prestigio, como un economista con pasajes para estudiar en Chicago o un futbolista con un club por defender en Italia. Quizá esta imagen, ampliada al jugador tipo Mauricio Pinilla que hace uno que otro gol los domingos, es la que más se parece a su condición actual de hombre conocido en el exterior. No es famoso como Isabel Allende, pero está bien encaminado para serlo.

Cuando dice “lo que gano escribiendo me sirve para pagar el cloro de la piscina”, admite que peca de siútico. Pero la frase le sirve, primero para responder a quienes hablan de sus ventas como si fueran plata mal avenida, o el pecado capital de un artista. Y segundo, para confesar sin miedo que escribe simplemente por gusto. Descontando las 17 mil copias de “Los Amantes de Estocolmo”, que lo acreditan como el escritor más vendido en Chile durante el año pasado, y el resto de su producción, que se compra por decenas de miles, Roberto Ampuero es un hombre feliz, a pesar de que la crítica no lo ha tratado bien.

Alvaro Bisama, del Qué Pasa, comentaba que “Los amantes...” era “una novela íntima que termina como policial burda. Un relato ambicioso, fallido y mediocre, sin demasiado que decir. Ampuero -igual que su personaje- se pierde en devaneos inútiles, citas a la alta cultura, la tradición literaria, la música clásica, la pintura moderna y una serie de referentes que supuestamente dan estatus social al narrador, pero que lo delatan como un nuevo rico o un arribista cultural... Puros lugares comunes, iluminación ineficaz, prosa menos que correcta y ninguna buena idea a la vista”.

Pero al final del día Ampuero ha publicado ocho libros y está consagrado como novelista policial. Tanto, que capítulos de la saga protagonizada por su personaje Cayetano Brulé, están disponibles en Francia, Italia, Alemania, Portugal y España.

Sus pretensiones literarias cuajaron hace once años cuando ganó el concurso de novelas que organiza El Mercurio. En 1993, se editó “¿Quién mató a Cristián Kunstermann?”, historia del crimen perpetrado por un grupo de izquierda contra un ex militante por haberlos traicionado políticamente. No será la última vez que Ampuero deslice el tema de la culpa en alguna novela.

Cristóbal Passos, el protagonista de la más reciente, es un escritor latino instalado en Suecia, que vive un fuerte conflicto interno al experimentar la conversión política y personal. Su autor está contento con “Los Amantes de Estocolmo”, se superó a sí mismo con un libro reflexivo, de descripciones largas, escrito con técnica narrativa.

Para llegar a un buen nivel se necesita tiempo y Ampuero no lo ha desperdiciado. Su carrera de narrador empieza hace treinta años y algunos meses.

Por los caminos que se abren
En el balance anual que hacen del IWP (International Writers Program), al que Ampuero asistió en Iowa entre agosto y noviembre de 1996, gracias a una beca de la Fundación Andes y después de haber escrito su segundo éxito “Boleros en La Habana”, destacan su formación multicultural, que incluye estudios en Alemania y Cuba. Ese año, debió partir a Suecia acompañando a su segunda mujer, Ana Lucrecia Rivera Schwartz, quien fue la embajadora de Guatemala en Alemania.

Si uno cree que cada individuo es el artífice de su propio destino, Ampuero ha tenido la capacidad para vivir cerca del Olimpo aunque, al cabo de treinta años, los dioses hayan cambiado. En cambio, si uno cree que el destino está determinado por alguna fuerza sobrenatural, Ampuero es un elegido. Como sea, su vida ha sido excepcional en el más estricto sentido de la palabra.

En rigor, Roberto Ampuero Espinoza es hijo de una familia porteña de clase media con orientaciones políticas de derecha. Egresó del Colegio Alemán de Valparaíso donde aprendió el idioma germano.

Se matriculó en Antropología Social y Literatura en la Universidad de Chile. Eran tiempos en que el mundo parecía girar violentamente hacia la izquierda. Inscrito en las Juventudes Comunistas y gracias a un contacto en la Embajada de Alemania Oriental, salió de Chile en diciembre de 1973, no como exiliado, sino como estudiante becado de periodismo en la entonces Universidad Karl Marx, de Liepzig.

Socialmente quizás no ha habido otro momento más ventajoso para los chilenos en Europa. El levantamiento de Pinochet contra el gobierno socialista de Allende fue causa de repudio unánime entre todos los grupos políticos de la región, incluyendo a los partidos conservadores, salvo el británico.

Luis Alberto Mancilla, periodista de El Siglo que huyó a la RDA después del golpe, conoció a Roberto Ampuero como un comunista a ultranza: “Era más ortodoxo que varios de nosotros, para él no habían más alternativas que tomar las armas y hacerse proletario”. Si es cierto que trabajó de obrero y garzón en Alemania, como ha contado varias veces, la experiencia duró poco. Entre sus compañeros de habitación estaba Joaquín Ordoqui, periodista cubano exiliado en España, fallecido el mes pasado, hijo de un comandante del ejército que murió cumpliendo arresto domiciliario acusado de disidencia.

Ordoqui le presentó a una cubana y en julio de 1974, Ampuero aterriza en La Habana, listo para convertirse en el marido de Margarita Flores, una mujer influyente, que ha ocupado el segundo cargo en el Departamento de la Mujer, equivalente cubano del Sernam. Ella era la hija de Fernando Flores Ibarra, embajador de Castro en Europa, más conocido como “Charco de Sangre”, por haber oficiado de fiscal en ejecuciones masivas de opositores a la revolución.

Al final de un vertiginoso año, Roberto Ampuero, el de Valparaíso, estaba en el extranjero y bien casado. Se instaló a vivir en Miramar, un exclusivo barrio habanero. Pasó a ser alumno en la Facultad de Literatura en la Universidad de La Habana y llegó a estar muy cerca de personajes importantes como Manuel ‘Barbarroja’ Piñeiro, ministro del Interior y después jefe del Departamento América, organismo que coordinó varias acciones armadas en el continente , incluyendo la articulación del Frente Patriótico Manuel Rodríguez para derrocar a Pinochet; y Raúl Roa, legendario canciller de Fidel y testigo de la novia.

Por alguna razón el matrimonio se acabó al poco tiempo dejando un hijo. Como Hemingway, en los cinco años que Ampuero estuvo en Cuba, se enamoró de la isla. Pero terminó odiando a Fidel. En Cuba lo pasó mal. Con el divorcio se le acabaron las comodidades y sufrió algunas humillaciones. Su experiencia cubana la contó en “Nuestros Años Verde Olivo”, libro publicado en 1999 con éxito editorial, y razón para que apareciera profusamente en los medios chilenos y cubanos en el exilio, hablando de su “desandar” como comunista. El libro, se mantuvo 24 semanas en el ranking de los más vendidos.

Como haya sido la experiencia, nadie abandona sus convicciones de un día para otro. Roberto Ampuero salió de Cuba de vuelta a Alemania Oriental como militante del MAPU, gracias a la ayuda de Enrique Correa, hoy prestigioso consultor político y ex ministro, por entonces dirigente de ese partido, que ya había decidido dejar las armas como método para restablecer la democracia en Chile.

El diputado Juan Pablo Letelier estuvo con él durante algunos meses entre 1979 y 1980. Compartían una habitación en la escuela internacional Wilhem Pieck, un centro donde jóvenes de varios países y organizaciones vinculadas al eje soviético recibían formación ideológica y militar: “Lo conocí como un dirigente político que se perfilaba muy bien dentro de la UJD, una organización política juvenil que estaba en Europa. Me sorprende un poco su conversión hacia la literatura, pero bueno, cada uno elige su propio camino y la manera de canalizar su experiencia ”.

Los chilenos que vivieron en la RDA lo recuerdan como un tipo muy simpático, afable y respetado como intelectual. Sergio Villegas, periodista de Radio Berlín y autor de “El funeral vigilado de Allende”, trabajó con él traduciendo una biografía del todopoderoso jefe de gobierno, Erich Hoeneker. “Aunque uno tenía las necesidades básicas cubiertas en Alemania Oriental, las tentaciones eran muchas al otro lado del muro”, dice. Roberto Ampuero viajó hacia allá en 1982, siete años antes de la caída del sistema y se estableció en Bonn. Allí trabajó como periodista en la agencia IPS y la Fundación Alemana para el Desarrollo que editaba una revista de estudios sociales para Latinoamérica. De esa época son las fotos en que aparece junto a Mario Vargas Llosa y el ex Presidente de Costa Rica, Oscar Arias. Y en 1987 fue que conoció a Ana Lucrecia, su esposa.


El blindaje de un sobreviviente

Vivir fuera de Chile no significa estar desconectado del país.

Ampuero tiene banda ancha. Hace años que conversa esporádicamente pero de cosas importantes con Cristián Bofill, el director de La Tercera. La relación empezó cuando Bofill leyó “Nuestros Años Verde Olivo” y quiso hincarle el diente a una obsesión que se cruza con su biografía: los grupos militares de la ultraizquierda.

Ampuero, por razones obvias, fue el principio de la hebra y aunque su colaboración fue en un porcentaje menor, gracias a la inspiración, la serie de reportajes que apareció en mayo de 2001 sobre este tema, llevó el título de “La historia oculta de los años verde olivo”.

En adelante, Ampuero atendió varias llamadas de la prensa para contar su experiencia vital como comunista de elite.

Reclutado como columnista dominical de La Tercera, Ampuero se dio tiempo también para escribir en El Mercurio. Tiempo después la información que manejaba sobre unos escritos inéditos donados por José Donoso a la Universidad de Iowa, se convirtió en el germen de otra serie de reportajes polémicos.

En esos diarios y cartas, cuyos fragmentos fueron publicados entre abril y mayo del año pasado en La Tercera, Donoso admitía una inclinación homosexual que lo perturbaba.

Así nació una serie de artículos que encendió el ambiente literario nacional. Lo más comentado fue que se explicitaron, de primera fuente, las pulsiones homosexuales del Premio Nacional de Literatura 1990.

Aunque en la esfera que se mueven los creadores el éxito es un asunto muy puntilloso y discutible, hay algo cierto y es que Ampuero tiene un lugar en el mercado. Sus obras se piratean al lado de Tolkien, Harry Potter y la geisha. Es un autor masivo.

Los lectores críticos chilenos, que vibran con Michel Houllebecq, Enrique Vila-Matas o Julian Barnes, se refieren a él como un escritor bueno pero intrascendente, incluso como inmoral, al darse el tiempo de analizar su trayectoria política.

Una escritora de su generación dice que “él es un animal social, que no da pasos en falso, y los animales sociales no son buenos escritores”.

Camilo Marks, el punzante crítico literario, escribió a propósito de “Nuestros Años Verde Olivo” que “un tema novelesco de nuestro tiempo es el desgarramiento espiritual de quienes dieron su vida a una causa, para darse cuenta que se equivocaron, ejemplificado en las obras de Koestler, Silone, Semprún, o en los libros de ciertos disidentes soviéticos.

Ampuero conoce a esos autores pero no parece haber aprendido nada de ellos en términos que reflejen humanidad, entrega personal, humor y compasión”. Según Luis Alberto Mancilla, ahora integrante del comité editorial de Lom, “Ampuero es un buen escritor, pero no tiene contemplaciones a la hora de lograr sus objetivos, hoy tiene el favor de los Estados Unidos, lo que le permite publicar en todo el mundo.

Es como Julien Sorel de “Rojo y Negro”, egocéntrico, amante del dinero y la buena vida. O como Fouché, el jefe de policía de Napoleón que trabajaba para todos los bandos”.

Ampuero no se inmuta. Desde su escalón lo suficientemente alto oye todo esto como un eco lejano, sin capacidad destructiva alguna. Además, él sabe que lo importante no está en Chile sino en el mismo país donde reside.

Hoy, las nuevas generaciones, como ha escrito a Isabel Allende, asocian las siglas PC con computadores personales y todos los discursos son relativos. Y en ese contexto ha establecido vínculos con el Partido Republicano, que va por la reelección en Estados Unidos, así como con los exiliados cubanos quienes, a su juicio, “en una sociedad cubana post comunista alcanzarán gran influencia política y económica”.

Roberto Ampuero, más que un escritor exitoso es un visionario.

Roberto Ampuero en “Vuelan las Plumas”:
"LOS LECTORES ME PERMITEN SER LIBRE"


Miercoles 5 de Noviembre de 2003


El autor del superventas ¿Quién mató a Cristian Kunstermann? dijo que la novela es un intento de comunicación, y que se alegra que sus libros lleguen al público masivo. “Eso da la libertad y la independencia para no andar tocando puertas y no depender de becas ni de premios”, señaló.

Anunció, también, el sorprendente encuentro que habrá en su próxima novela entre Oliverio Duncan, personaje de su último libro –“Los amantes de Estocolmo”-y Cayetano Brulé, su detective estrella. Situación que habría quedado dibujada en su última novela “Los amantes de Estocolmo”.

Uno de sus primeros libros de cuentos -escrito en alemán y con ilustraciones del grabador Santos Chávez- ya es una pieza de colección, que se disputan algunos fanáticos por Internet. Se vende en 100 dólares y el interés por tenerlo sigue subiendo. “A mí sólo me quedan dos en mi casa”, cuenta Roberto Ampuero, quien también se siente orgulloso de que su novela “¿Quién mató a Cristián Kunstermann”, ganadora en 1993 del Premio de Novela Revista de Libros del Diario El Mercurio, siga reeditándose año a año, incluso en Europa, a pesar de la década transcurrida. Y lo mismo ocurre con “Boleros en La Habana” y “Nuestros años verde olivo”. Esta última, según anunció, tendrá pronto una cuarta edición de bolsillo.

“Los amantes de Estocolmo”, su última novela, lanzada en la Feria del Libro, sacó su segunda edición a sólo cinco días de aparecer. “Eso significa que mis novelas siguen viviendo, sin necesidad de premios”, dice, explicando que los únicos que tiene a su haber son el de la Revista de Libros de El Mercurio y el Premio Municipal que le otorgó Valparaíso, su ciudad natal.

“Me interesa que mis libros se lean y me alegra que se lean masivamente”, señala, porque le da la libertad suficiente para seguir escribiendo, sin depender de becas ni de premios.

En esa llegada al gran público cree que la amenidad es clave. “Mis novelas se leen fácilmente y eso está dado por la forma en que estoy viviendo la situación, o escuché acerca de ella”, explica, agregando que cuida mucho que no haya un exceso de edición, porque mientras más se corrija, hay más posibilidades de “parecer artificioso ante el lector”.



FICCIÓN EN ESCENARIOS REALES

Su oficio de periodista durante años en Alemania, le permitió pulir el lenguaje de barroquismos, a ser preciso, a decir mucho con pocas palabras.

Dice que cuando volvió a Chile en 1993 y comenzó a escribir “¿Quién mató a Cristián Kunstermann?”, sintió que no debía tener modelos y debía dejar fluir la historia.

La fluidez, la amenidad, la cercanía con la historia, los escenarios reales. Y, por supuesto, las propias experiencias. Como su vida en el Caribe, donde se impregnó de la naturalidad del sexo, el cual es allí una forma de comunicarse. “Eso me marcó como una forma de interpretar las relaciones, como una forma de ver el mundo”.

“Lo erótico –dice - es una realidad, al igual que los celos y la infidelidad, pero generalmente tratamos de silenciarlos. Lo hablamos a escondidas, todo se reconoce en forma muy tardía”.

Otra apuesta que es esencial en el nivel de cercanía que ha logrado con el lector, según dice, es el establecimiento de escenarios muy reales dentro de los cuales se mueven sus personajes, lo que lleva a muchos a pensar que todo ha sucedido, que es parte de su biografía. Y aunque algunas cosas lo son, como reconoce, la credibilidad del resto se refuerza por esa mezcla real-imaginaria.

Y ese ejercicio lo hace continuamente. “A veces me descubro caminando por un lugar y preguntándome cómo se vería un personaje en ese ambiente”.

Y la credibilidad también surge de su “deformación” periodística. De allí su reporteo de las situaciones, como sucedió en “Los amantes de Estocolmo” con las mujeres infieles.

Pasó también con “Nuestros años verde olivo”, donde la verosimilitud del entorno y acontecimientos hace pensar a muchos en una autobiografía. Un libro que fue concebido para dejar una especie de testimonio a sus hijos y nietos, sin pensar en publicarlo, pero que tomó la fuerza del binomio “realidad-ficción” que tienen todas sus novelas.



CAYETANO, EL REGRESO

El personaje de su primera novela –que ya tiene diez años de publicada- se ha asentado tan fuertemente entre los lectores que no sólo no lo ha podido abandonar completamente y hasta en “Los amantes de Estocolmo” hay referencias, sino que piensa incluso que no podrá ponerle nunca un epitafio.

Siente esa “presión” del personaje que ya tiene un lugar y que el público quiere ver regresar en cada nuevo libro. “Cayetano está muy presente en mi vida. Siento su presencia, siento que tiene más historias que contar, y aunque en “Los amantes de Estocolmo” no estaba la situación ni el momento para que apareciera, en la próxima novela se producirá un acercamiento entre Oliverio Duncan (personaje de esta novela), con Cayetano Brulé”, anuncia, agregando que “en ese encuentro habrá cosas muy sorprendentes”.

“Cayetano me sobrevivirá y hará mi epitafio: “Este escritor intentó buscar siempre una verdad que lo convenciera”.

Del gusto por leer, al negocio de vender

Fabiola Galván Campos / EL UNIVERSAL online
El Universal
Ciudad de México
Jueves 18 de marzo del 2004

En 1971 surge la primera librería Gandhi. Sin mayor conocimiento y con mucho amor por los libros, Mauricio Achar se lanzó a la aventura

M vida. auricio Achar Hamui sintió que la vida se le escapaba, cuando iba a ser operado del corazón hace tres años. Ahora que puede contarlo, dice que su deseo más grande sería poder vivir mil años. Y extrae de su memoria una frase de Zorba, El Griego, cuando éste se encontraba en el lecho de su muerte: “He hecho tantas cosas en mi vida, que en estos momentos en que estoy muriendo siento que son tan pocas, que hombres como yo deberían vivir mil años”.
Suena petulante para Achar Hamui pero así es, desearía poder vivir mil años (en alusión a la novela escrita por Nikos Kazantzakis), porque es un hombre al que le encanta vivir, investigar la forma de cómo puede hacer esto o aquello. No en balde son 33 años de encabezar una de las librerías con mayor prestigio en México: Gandhi, que debe su nombre al líder espiritual y luchador social hindú.

De ascendencia sirio-libanés, mexicano de nacimiento, su pasión por leer lo llevó a aventurarse en 1971 a poner una librería, sin mayor conocimiento de ello y le tocó aprender, porque tuvo muchos errores que provocaron la disolución de contrato con su socio, y la pérdida de casi la tercera parte de lo que había invertido, en el primer año de operación de Gandhi, en Miguel Ángel de Quevedo 134.

Durante la entrevista con EL UNIVERSAL online, este hombre reacio a platicar de su vida, se apasiona y manotea cuando de teatro se trata. Dice que desde los 13 años le gustó la actuación y por ello estudió en la academia de Andrés Soler. Y recuerda a Germán Dehesa, como su compañero de andanzas en estos menesteres.

El destino quiso que su hobbie por los libros se convirtiera en la forma como él podía vivir y mantener a su familia, sin dejar de lado la actuación. Con 67 años de edad, la clave de la vida, asegura, no es ser feliz, sino tener el mayor número de ratos agradables posibles. Y así lo hace, con su familia y amigos que lo conocen y reconocen en todas partes.
De iniciar en un local de 120 metros cuadrados a uno de 380 metros cuadrados. De tener 8 mil títulos a 100 mil títulos actualmente. De la casa matriz en Miguel A. de Quevedo a 16 sucursales distribuidas en el DF, Monterrey, Guadalajara, Veracruz (Jalapa) y Morelos (Cuernavaca), con casi 400 empleados.

Establecimiento, que a través de los años, se ha convertido en punto de reunión de intelectuales, artistas, políticos. Creador del concepto de galería de arte, café, librería, discos y DVDs en un mismo lugar. Es la historia del aquí y ahora, de un personaje que no deja de reconocer que detrás de una gran empresa hay un gran equipo de trabajo.

¿Gandhi o El Quijote?
La pasión de Mauricio Achar Hamui era leer, por lo que junto con un amigo decidieron poner su propia librería. Surge en 1971, en Miguel Ángel de Quevedo 134. Un año después truena con su socio y queda al frente del negocio, en un local de 120 metros cuadrados, pagando una renta inicial de 5 mil pesos. Diez años después compra el terreno, donde se encuentra actualmente.

Recuerda que en un principio pensó en poner como nombre El Quijote, sin embargo, alguien le prestó la biografía de Mahatma Gandhi, escrito por Louis Fisher y le cautivó demasiado por lo cual, sin dudarlo, así lo bautizó.
Para empezar el negocio, tomó el directorio telefónico y averiguó cuáles eran las editoriales más importantes. “Yo compraba muchos libros del Fondo de Cultura Económica, de Siglo XXI, les llamé y les dije: miren voy a poner una librería quiero ver de qué manera me dan crédito y arrancamos”.

Cuenta que al principio su socio y él cometieron muchos errores, que los afectó económicamente. El primer año fue “desastroso” porque perdieron casi la tercera mitad de lo invertido. “Si fueron unos 300 mil pesos, habríamos perdido unos 100 mil pesos, eso motivó la separación. Yo decidí seguir, porque me dije a mi me gusta esto y voy a salir adelante”, recuerda Achar.

Inicia formalmente operaciones en 1972, con galería de arte, cafetería, y libros. Cuando se amplía a dos locales introduce discos y DVD. Así empezó esta historia y de una librería con 120 metros cuadrados pasó a tener casi 380 metros cuadrados. De unos 6 mil u 8 mil títulos, maneja actualmente 100 mil libros editados en español, de una producción de 12 millones en todo el país, agrega.

De hecho, está programando para este año una donación de 80 mil ejemplares para las penitenciarías de todo el país. Incluso, la limpia también la está llevando a su casa. “Estoy tratando de deshacerme de todos los libros que tenía, quiero donarlos, ya no voy a leer”.

“Claro que me voy a quedar con algunos, yo tenía una colección maravillosa de teatro que eran mil obras, una colección chiquitita, que ya ni existe la empresa, se la doné al Colegio de Teatro de Jalapa, preferí que ellos la tuvieran”.

Con todo y la trova cubana
Al subir por las escaleras hacia la oficina de Mauricio Achar, se observa en la pared más de una docena de placas de teatro. Fue esa otra parte que innovó Achar, adaptó un foro de teatro (Foro Gandhi) por donde desfilaron puestas escénicas experimentales, además de los aún desconocidos intérpretes de la trova cubana.

“Por ese foro pequeñito, con capacidad para unas 90 o 100 personas, desfilaron artistas como Tania Libertad, Silvio Rodríguez, Pablo Milanés, este último por cierto fue aquí donde pisó por primera vez tierras mexicanas, antes de que pudiera llenar foros más grandes como el Auditorio Nacional”, dice.

Por la librería han desfilado muchos escritores famosos. “A Juan Rulfo le encantaba venir, también presidentes, quienes se toman un café, porque además el concepto de esta librería no existe en ningún lugar del mundo, y ya la han copiado”.
“Era algo novedoso, tu venías, te tomabas un café y veías una obra de teatro”, agrega, donde se cobraba una cuota de recuperación simbólica y que mantuvieron abierto aproximadamente 20 años. Por 1990 fue cuando se decidió cerrar el foro porque había la necesidad de ampliar las oficinas administrativas.

Aunque el dueño de librerías Gandhi no se quedó con las ganas de actuar en su propio foro, con Germán Dehesa como director, juntos montaron la puesta “La importancia de amar”. En la nota relacionada, el entrevistado relata sus anécdotas con Dehesa, opina sobre el nivel de lectura de los mexicanos y resume su filosofía de

Entre libros, teatro y Dehesa

Fabiola Galván Campos / EL UNIVERSAL online
El Universal
Ciudad de México
Jueves 18 de marzo del 2004

La vocación y profesión del fundador de librerías Gandhi es la actuación. El género que más le gusta es la comedia

La faceta desconocida del dueño de librerías Gandhi es su profesión: actuación. Estudió en la academia de Andrés Soler, que se ubicaba en la calle de Xalapa, en la colonia Roma. Su inquietud nació a los 13 años. Recuerda a su padre, a quien le gustaba la ópera y quizá por él, fue que le gustaron las artes.“Trabajo con Germán desde hace casi 30 años. El era escritor y director y yo actor”.

El género que le gusta es la comedia y junto con Dehesa ponían en cartelera, año con año, pastorelas como la última llamada “Bendito traspatio”, en alusión a la declaración del entonces representante de México ante la ONU, Adolfo Aguilar Zinzer, a mediados de noviembre del 2003.

Sin embargo tuvo que dejar la actuación hace tres años debido a su operación de corazón, además de mudarse a Cuernavaca.

Allá se reúne con un grupo para hacer teatro “leído” o poesía, una vez por semana o cada 15 días. Las novelas le fascinan y algunos de sus autores preferidos son García Márquez y Saramago, aunque su pasión está en los libros teatrales.

“Tengo una experiencia muy bonita, en una ocasión en que estaba actuando bajo las órdenes de Germán, llegó una persona y me dijo 'oiga, qué chingón actor es usted y que le contesto 'señor, muchísimas gracias. A la semana llega otro y me dice 'oiga, qué malo es usted actuando, pues es lo que sé hacer señor, lo lamento”.

“Lo que me pasó con una semana de diferencia, uno que me dijo que era el fregón de la pradera y otro que yo era malisimo. Me dice Germán, ¿quieres saber la verdad? Y yo le contesté que sí, pues los dos te mintieron, y yo creo que fue cierto, los dos mintieron”, y suelta una carcajada mientras se une a la plática su asesor, Javier Patiño Camarena.
“Hago teatro porque me divierte muchísimo, lo que pasa que a la larga te vas a dar cuenta de que uno hace lo que uno entiende qué hacer, con todo el riesgo de hacer el ridículo. Me divierte muchísimo, yo me subo a un escenario, y si tengo gripa allá arriba se me quita, se te quita todos tus males”.

México, país de lectores
En México sí se lee, afirma, “lo que pasa es que les conviene decir que no leemos pero no es un país africano, y sí se lee y te voy a decir porqué. Es el único país del mundo donde existen libros gratuitos y esa parte no se contabiliza”.
“De por sí se lee poco. Aclaro, no es lo mismo que se lea idealmente pero yo creo que todavía no estamos tan maduros como para poder pagar IVA, porque las ventas se irían para abajo”.

El año pasado, agrega, se repartieron 280 millones de libros gratuitos en primaria y ahora secundaria. Finalmente son libros lectivos, que en otros países forzosamente se tienen que comprar. “Que no es ideal, porque para educarnos todavía falta mucho pero tampoco estamos tan atrasados. En el momento que los libros de texto se tengan que vender este país se hunde”.

Resulta difícil para Achar Hamui calcular con cuánto colabora Gandhi en la colocación de venta de libros en México. “Y bueno han surgido muchas librerías, otras han cerrado. Por ejemplo, Conacyt tenía 23 librerías y las cerraron de golpe. Actualmente, una librería sólida es muy difícil”.

Librerías Gandhi se especializa en ciencias sociales y literatura, que son sus áreas básicas. La mayoría ya fue heredada a sus hijos, sin embargo, él mantiene la casa matriz. Que en sus inicios empezó con cuatro empleados y ahora tiene 400, distribuidos en Monterrey, Guadalajara, Veracruz, Morelos y DF.

Con un perfil de vendedores, con estudios de preparatoria y conocimientos de libros, “porque lo que que nunca vamos a querer convertir es esto en un autoservicio, sino que haya un trato personal, que alguien te recomiende dónde está un determinado libro, que te acompañe donde está”, dice Achar.

A vivir como Zorba, el griego
En su oficina destacan tres elementos: dos fotografías y una pintura. La primera es de la librería Gandhi que se encuentra frente a Bellas Artes (tomada en los años 30), la segunda es de Jorge Luis Borges, y el óleo es de la pintora Carmen Parra. Cuelgan también fotos de la familia.

Y cuando se le pregunta de objetivos, replica de inmediato que como todo, pasan cosas maravillosas y otras feas, pero las mayores satisfacciones se las dio el teatro. Sólo, agrega, me falta vivir mil años, recordando una frase de la novela de Zorba, el griego, escrita por Nikos Kazantzakis. “Dijo algo con lo cual me identifiqué totalmente y más en los momentos donde me operaban del corazón, cuando pensé ya me quedé aquí, hubo algo que me pegó muy fuerte” y extrae de su memoria esa frase al final de la obra...

“(...) siendo analfabeta (Zorba), manda llamar a alguien para que le escriba una carta a un amigo que vive a 5 mil millas de distancia de Grecia. 'En estos momentos en que estoy muriendo, pedí que viniera un escribiente para decirte cómo me siento. He hecho tantas cosas en mi vida y en estos momentos en que estoy muriendo siento que son tan pocas, que hombres como yo deberían vivir mil años'”.

Es muy petulante la frase, agrega, pero así me siento, me encantaría poder vivir mil años pero sé que no puede. Y recuerda cuando su familia lo tiraba de a loco por querer vivir de la actuación y ahora le expresan admiración “porque pensaron que iba a fracasar, lo que pasaba era que los libros eran mi hobbies y mi carrera era la de actor”.
Para finalizar la entrevista, cuando se le cuestiona en dónde se ve de aquí a cinco años, señala a su escritorio y dice “aquí”. Y lanza un consejo: la felicidad no existe, lo que hay son ratos agradables, recordando a Borges, trata de tener los más que puedas, que es el famoso aquí y ahora
Columna

Latidos
Gomis: cómo llegar a los 80 años de buen humor

SERGIO VILA–SANJUÁN 17/03/2004

“Tenemos que agradecer a Lorenzo Gomis que dejara de fumar joven, que siempre haya conducido con cuidado y que de este modo haya podido llegar a los 80 años sin nostalgias, alegre y con buen humor”. Palabras del subdirector de la revista El Ciervo, Jordi Pérez Colomé, en el homenaje sorpresa al poeta y periodista catalán con motivo de su entrada en el club de los octogenarios. El homenajeado fue descrito como una personalidad “discreta pero profunda” por su viejo amigo Jaime Arias, quien recordó también que una pregunta de Gomis en el primer encuentro solemne de Felipe González con la prensa barcelonesa permitió al líder socialista publicitar por primera vez su abandono del marxismo. “Aquello fue el Bad Godesberg español”, remachó Arias. Haciendo honor a su conocida flema y su talante suavemente irónico –bien plasmado en sus memorias, uno de los mejores testimonios existentes sobre la Cataluña de postguerra– Gomis destrascendentalizó el encuentro recordando que su mujer y codirectora de El Ciervo, Roser Bofill, le había llevado engañado al acto del Col.legi de Periodistes tras acompañarle a comprar ropa, momento en el que descubrió consternado que llevaba en la corbata “una mancha misteriosa y considerable”... Otro viejo amigo, J. A. González Casanova, ha sido el encargado de elaborar la antología de sus artículos publicados en La Vanguardia que bajo el título de “Lunas y lunes” ha editado El Ciervo con motivo de la efemérides, con prólogo de Lluís Foix y dibujos de Krahn

Enrique Badosa en Salamina
Y es que hablamos de una quinta barcelonesa que ha dado mucho de sí. Ya Carme Riera expuso hace unos años que aunque durante mucho tiempo se vio como separado al grupo de Barral, Gil de Biedma o Goytisolo, poetas de inclinación izquierdista y vida más agitada, del de los autores de procedencia católica como Gomis o Enrique Badosa, en realidad ambos tenían bastantes puntos en común y podía hablarse de una sola generación. Algo más joven que el director de El Ciervo, pero con una trayectoria parecida en algunos aspectos, Badosa también sigue en plena forma. Hace poco presentó en Atenas la quinta edición –bilingüe– de su poemario “Mapa de Grecia”, con la versión griega de la poetisa Silvia Pando. Y luego se fue a la isla de Salamina –que no es, contra lo que algunos creen, una invención de Javier Cercas– y allí se fotografió junto al monumento a los héroes helénicos, en el que se han inscrito dos textos literarios: un fragmento de “Los persas” de Esquilo, en el que se narra la batalla naval del año 480 que conllevó la gran derrota persa, y, encima, traducido, el poema del propio Badosa que lleva el nombre de la isla, de la batalla y de los soldados de Sánchez Ferlosio

Promociona lo que te funciona (Paniceiros)
Un importante editor español me explicó hace un tiempo que su firma empezó a multiplicar beneficios cuando decidieron concentrar una buena parte de su presupuesto publicitario en promocionar aquello que ya funcionaba. Es decir, a ayudar a vender aquello que ya se vendía, en vez de gastar dinero en obras que no acababan de arrancar. Que la lección ha pasado a ser un conocimiento corriente lo demuestra, por ejemplo, la fuerte inversión en marketing que han hecho Tusquets y Planeta con “Soldados de Salamina” y “La sombra del viento”, respectivamente, una vez ya eran best séllers, contribuyendo a que siguieran siéndolo, y lo demuestra también apuestas como la que hace ahora Random House Mondadori colocando en la colección Areté, donde sólo se publican títulos con expectativas altas, el volumen “Paniceiros”, que por una vez no es un texto inédito, sino la recopilación de las dos novelas ambientadas en la localidad asturiana y debidas a la pluma de Xuan Bello. Títulos que ya han generado un movimiento de culto, con un potencial que ahora va a verse multiplicado. Moraleja: Paniceiros da de sí
COLUMNA

Latidos

Jardines universales

SERGIO VILA-SANJUÁN - 10/03/2004

Además de ser una de las finalistas del premio de la Fundación Lara que se falla mañana por la noche en Madrid, la novela de Rodrigo Fresán “Jardines de Kensington”, ya está obteniendo otro premio, pero éste sin jurado, el de la comunidad editora internacional. El libro del escritor argentino residente en Barcelona, que recrea la peripecia del autor de “Peter Pan” y de la familia que le sirvió de inspiración, ha sido contratado por algunas de las editoriales literarias más prestigiosas. En EE.UU. compitieron por ella Knopf y Farrar, Strauss, el sello que lanzó a Susan Sontag; el hecho de que en esta segunda el máximo interesado fuera su propio presidente, Jonathan Galassi, hizo que Fresán optara por ella. En Inglaterra la editará Faber, el sello que dirigió T.S. Eliot, y en Alemania Fischer, la editorial histórica de Thomas Mann. En Francia se lo ha quedado Seuil, cuyo apartado hispánico dirige Annie Morvan, impulsora en el país vecino de autores como Muñoz Molina y Perez-Reverte. En Italia ya no es una firma literaria, sino la poderosa Mondadori, que es también su sello español, y hay aún editores en otros idiomas negociando con la agencia Balcells, que es quien representa a Fresán. “Jardines de Kensington” compite por el premio que se falla mañana con “Veinte años y un día”, de Semprún, “Las trece rosas” de Ferrero, “El tiempo de las mujeres” de Martínez de Pisón y “Los amigos del crimen perfecto”, de Trapiello

Los papeles de Mario
Al morir Mario Lacruz en el año 2000 no sólo dejó entre sus papeles inéditos la novela inconclusa “Sinfonía inacabada: mil días en la montaña”, sino también un montón complementario de textos inéditos, entre ellos una novela sobre Gaudí escrita en inglés, que ahora recupera Ediciones B. Juan Max Lacruz, hijo del que fue gran editor de Plaza&Janés, Argos Vergara y Seix Barral, además de autor de “El inocente”, explica en el posfacio a “Gaudí. Una novela” que entre los papeles hallados por la familia hay, por ejemplo, dos novelas que, según las notas de su padre, completaban una trilogía sentimental sobre la historia de España del siglo XX junto con la ya publicada “La tarde”. Los títulos inéditos son “Intemperancia” y “Barbará”. “La primera –escribe Juan Max Lacruz– transcurre en Castilla, en la inmediata posguerra española, y la segunda en el norte de África, durante las guerras coloniales. Nunca hizo mención de dichas obras ni tampoco de las demás: una segunda parte de ‘El ayudante del verdugo’ (‘Hoy como ayer’), unas novelas biográficas sobre Churchill y Simenon y una novela policiaca de humor escrita antes de ‘El inocente’...” En total, casi una decena de libros no publicados, además de un buen número de cuentos y otros textos de difícil clasificación, completan el legado, según escribe el hijo del finado autor y editor, quien no adelanta aún qué destino tendrá todo este material

Darnton y la edición subversiva... del siglo XVIII
En los últimos veinticinco años la historia del libro y de la lectura se ha convertido en una disciplina académica en alza, y pocos son los medianamente interesados en el tema que no conozcan el trabajo de Roger Chartier, máximo representante del fenómeno. Menos difundida en Europa, pero también de peso, es la obra del estadounidense Robert Darnton, quien sin llegar al dinamismo y la capacidad panorámica de Chartier ha publicado varios ensayos clave en la renovación de la historia cultural. Ediciones Turner, que en colaboración con Fondo de Cultura Económica está afinando mucho su línea de no-ficción, le publica ahora “Edición y subversión. Literatura clandestina en el Antiguo Régimen”, cuya versión original data de 1982 y donde Darnton analiza la literatura panfletaria francesa, con sus ataques contra el Estado francés y los monarcas. Y que tuvo continuidad años después en el excelente “Los best-séllers prohibidos de la Francia revolucionaria”
NOTICIAS

Revolución estética

Un día de abril de 1967

La conferencia de Hans Robert Jauss supuso el arranque de una teoría: el receptor es coautor de la obra que lee

XAVIER ANTICH - 10/03/2004 / LA VANGUARDIA

Fue el 13 de abril de 1967, en la ciudad alemana de Constanza. Hans Robert Jauss pronunció una conferencia que, con el tiempo, iba a convertirse en mítica, por lo que tuvo de visionaria. Su título, aparentemente, casi no dice nada. A primera vista, una más de las eruditas preocupaciones de la academia germánica: “La historia de la literatura como una provocación a la teoría literaria”. Pero ya la palabra “provocación” anunciaba una carga en profundidad que los editores en castellano de su texto remarcaron con el dibujo, en portada, de una pistola. La conferencia de Jauss, por sí sola, supuso el arranque de lo que se denominaría estética de la recepción o escuela de Constanza, una de las aportaciones más significativas a la teoría estética de la última modernidad. Y, sobre todo, sintonizaba con los nuevos aires que, también en Alemania, pero no sólo allí, estaban subvirtiendo el sentido de las prácticas artísticas. Una subversión, ciertamente “provocativa”, que se pasea por la exposición “Detrás de los hechos. Interfunktionen 1968-1975” que actualmente puede visitarse en la Fundació Miró de Barcelona.

Amparándose en el Pierre Menard de Borges, que acometió la insólita tarea de reescribir el “Quijote”, Jauss planteaba que todo lector es, en cierto sentido y de forma radical, coautor de la obra que lee. La tesis adquiere estatuto popular con Umberto Eco y sus célebres “Opera aperta” y “Lector in fabula”. Pero, ¿qué propuso Jauss en su conferencia de 1967? Por decirlo de forma rápida, que el sentido de la lectura –y, como formularía muy pronto, de las obras de arte– ya no podía continuar reduciéndose al binomio de autor y obra. Desde el presupuesto que una obra (literaria, artística, musical) no es nada sin el receptor que le da sentido en la experiencia estética, lo que convierte una mera cosa en “obra” es el receptor en el que la cosa cobra vida. Ha llegado el momento, considera Jauss, de plantear el protagonismo del “receptor” en la articulación misma del sentido de la obra, pues toda obra, por sí sola, no es más que una propuesta de sentido, que necesita, para “concretarse”, de la intervención del receptor: la vida de la obra en la historia.

Lo que anuncia Jauss es un nuevo paradigma para acercarse a la comprensión de las prácticas artísticas que están comenzando a articularse en torno a 1967: el protagonismo, hasta entonces negligido, de los diversos públicos que acceden a la obra como coautores. Lo cual equivale a decir que la gran mutación estética de nuestro tiempo no afecta, como en otros periodos de la historia, a una cuestión formal o plástica, tampoco a una cuestión de soportes ni a una cuestión de la naturaleza de la imagen o la representación: lo “nuevo”, en el seno de la modernidad, es el nuevo lugar otorgado a los receptores. Ahora, sostiene Jauss, somos conscientes de que los receptores no acceden a la obra ya consolidada y cerrada, sino que ellos son los que constituyen la obra como tal. Y el sentido de la obra ya no puede ser, como se había mantenido desde los presupuestos románticos e idealistas del arte, algo que está en la propia obra, sino en ese circuito que configura el triángulo autor-obra-receptor.

Las consecuencias de esta formulación ya entonces se adivinaban “provocativas”, y anunciaban un triple rechazo que las décadas posteriores confirmarían: el rechazo a la obra de arte cerrada y ensimismada, portadora por sí sola de su sentido; el rechazo a una idea del espectador pasivo, que accede a una obra que ya lo tiene todo; y el rechazo de una experiencia estética reducida a la mera contemplación. A partir de ese momento, y las prácticas artísticas articuladas en torno a la publicación de “Interfunktionen” lo atestiguan, se reclama del receptor una participación activa en la constitución de la obra. Ya no basta con ver. Quizás nunca había bastado, es cierto, pero ahora esa participación del espectador, al que se le pide algo más que ver y mirar, es, hasta cierto punto, el sentido mismo de la obra. Seguramente es difícil comprender la dimensión de todo lo que está cambiando en el mundo del arte desde 1967 si no se tiene en cuenta este renovado protagonismo que, a partir de entonces de forma explícita, se reclama de los espectadores. Cuando Pistoletto, por los mismos años, emplea un espejo, en cualquiera de sus “Quadri specchianti”, para meter dentro de la obra la imagen del espectador, está construyendo una auténtica metáfora visual de los tiempos que vienen.

Pocos han expresado la importancia de esta mutación como lo hizo el cineasta Abbas Kiarostami, tres décadas después, para celebrar el primer centenario del cine: “Creo en un tipo de cine que ofrece grandes posibilidades y tiempo a su público. Un cine a medio crear, un cine inacabado que consiga completarse gracias al espíritu creativo de los espectadores, como ocurre con cientos de películas. Le pertenece a los espectadores y corresponde a su propio mundo. (...) El éxito del arte en hacer cambiar las cosas y proponer nuevas ideas sólo es posible si se hace por la vía de la libre creatividad de la gente a la que nos dirigimos, cada miembro del público. (...) En el cine del próximo siglo, respetar al público como un elemento inteligente y constructivo es inevitable. (...) Durante cien años, el cine ha pertenecido al director. Tengamos esperanza, ahora que ha llegado el momento, de poder implicar en este segundo siglo al público”.

Seguramente, buena parte de la problemática que afecta a la recepción de las prácticas artísticas contemporáneas –pero también de la literatura y de la música, del cine y de la arquitectura– tiene que ver con este nuevo papel, más activo, creativo y participativo, otorgado a los espectadores y a los públicos. Ya no basta con sentarse en una butaca y dejar pasar ante la vista el fluido de imágenes, ya no basta con mirar mientras paseamos por la sala de exposiciones. El sentido de la nueva creatividad que se inaugura en la década de los sesenta pertenece a la recepción. Y en esas estamos. En cierto modo, todos nacimos en 1967.