Rancho Las Voces

martes, julio 02, 2013

Teatro / México: Publican biografía de Carlos Ancira

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El actor mexicano. (Foto: Archivo)

Ciudad Juárez, Chihuahua. 1 de julio de 2013. (RanchoNEWS).- Entre los documentos que escribió a lo largo de su vida el actor mexicano Carlos Ancira (Distrito Federal, 1929-1987) se encuentran aquellos que reflejan que así como un jardinero le da vida a las plantas, él daba vida a los personajes que interpretaba, y que se encontraban en las páginas de los libros teatrales que leía. De ahí que la biografía de Ancira publicada por el investigador y periodista Jesús Ibarra en la editorial Escenología, se llame El jardinero de fantasmas, vida y obra de Carlos Ancira, reporta Emiliano Balerini Casal para Milenio desde la Ciudad de México.

El libro, que se presentará a mediados de julio en la Sala Manuel M. Ponce, del Palacio de Bellas Artes –la fecha exacta aún no está confirmada–, surgió a raíz de que en marzo de 1984, Ibarra, académico del Instituto Tecnológico de Monterrey, campus Querétaro, vio la obra El diario de un loco, interpretada por el actor mexicano, y quedó fascinado ante su trabajo.


Para hacer este montaje, Ancira, quien hizo unas 200 puestas en escena y unas 60 telenovelas, visitó diariamente el manicomio de La Castañeda, ubicado en la Ciudad de México, para convivir con los locos, y escribió distintos documentos en los que relataba cómo vivían las personas que estaban internadas en el lugar: que sentían, qué hacían, cómo se comportaban, cómo sufrían, qué reacciones tenían.

En esos textos también se puede leer que esta obra se la dio originalmente a Seki Sano para que lo dirigiera, sin embargo, ya que Seki aceptaba todo lo que Carlos decía, decidió quitársela y entregársela a Alejandro Jodorowsky, pues quería otra opinión sobre lo que había visto en La Castañeda.

Ibarra considera, incluso, que El diario de un loco fue su representación más importante, porque la interpretó más de dos mil 500 veces a lo largo de veinte años. Aunque, puestas en escena como El Pensamiento, no se le deben restar importancia.

Según el catedrático pocos son los artistas que logran traspasar su vida en el escenario, para llevarla a la realidad: «Ancira era uno de los creadores que más cuidada cada diálogo que daba el personaje a interpretar; solía buscar cada detalle del personaje y el fin mismo de su participación en los montajes».

Para Ibarra, quien considera que en México quedan muy pocos actores de la talla de Ancira, el mayor legado de éste fue: «Promover un cambio en los espectáculos escénicos: en los años cincuenta, antes de que él debutara en el teatro, se priorizaban los montajes de comedia o el teatro clásico español; sin embargo, junto a Alejando Jodorowsky, Ancira hizo un teatro de búsqueda, contemporáneo. Él diseccionaba a cada uno de sus personajes, llegaba hasta las últimas consecuencias y analizaba cada diálogo a interpretar».

El autor de libros como Los Bracho: tres generaciones de cine mexicano y Carmen Montejo, una mujer alta, considera que el intérprete era impresionante como actor: «Tuve la oportunidad de verlo en obras como Luces de bohemia y El Pensamiento; te absorbía, te maravillaba con esa manera que tenía de trabajar».

La idea de hacer El jardinero de fantasmas, vida y obra de Carlos Ancira surgió en 2005 después de haber concluido el trabajo sobre la familia Bracho: «Me pregunté qué haría en ese momento, decidí rescatar la figura del actor mexicano, pero no pude hacerlo, porque no localicé a su viuda, Karina Duprez; retomé la investigación después de publicar el libro de Carmen Montejo. Cuando finalmente hallé a su esposa e hijas, Patricia y Zelma, pude concluir este proyecto», explica el editor del periódico bilingüe Atención San Miguel, de San Miguel de Allende, Guanajuato.

Las hijas le hablaron de un Carlos Ancira desde el aspecto familiar, cariñoso, amoroso con ellas a pesar de no estar permanentemente en casa por las exigencias de su trabajo; Duprez, en cambio, le mostró cómo era en el aspecto actoral y cómo preparaba a sus personajes.

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Libros / España: «El hombre que amaba a las niñas», cartas y fotografías de Lewis Carroll

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Alice Liddell, la niña que inspiró a la protagonista de Alicia en el país de las maravillas. (Foto: Archivo)

Ciudad Juárez, Chihuahua. 1 de julio de 2013. (RanchoNEWS).- La mayor recopilación en español de cartas y fotografías captadas por Lewis Carroll se reúne ahora en un volumen que muestra la obsesión del autor de Alicia en el país de las maravillas por las niñas y su infatigable intento por retratarlas, en ocasiones, «con un vestido hecho de nada», informa la agencia EFE desde Santa Cruz de Tenerife.


La publicación de El hombre que amaba a las niñas corre a cargo de la editorial española La Felguera y su responsable, Servando Rocha, indica en una entrevista con EFE que este libro, que incluye un prólogo de G.K. Chesterton, recoge la traducción de unas 70 cartas y unos 80 retratos realizados por Lewis Carroll.

A su muerte, en 1898, el escritor dejó un legado de diarios, unas 700 cartas y 600 fotografías y sus herederos no sabían que hacer con tantas cajas de documentación.

Fueron sus biógrafos los que unos 50 años después comenzaron a rebuscar en este material y encontraron que parte estaba mutilado o contenía tachones efectuadas por los herederos «para silenciar cosas».

Ya en vida del autor de «Alicia» se sabía que Carroll quedaba continuamente con niñas e incluso portaba una maleta con juguetes «para camelarlas», pero él era un diácono, un hombre religioso, y de hecho sólo con ellas se expresaba libremente, pues era estricto y tremendamente tímido.

Servando Rocha comenta al respecto que no se conserva nada de la documentación correspondiente a los dos o tres años en que duró la fascinación de Carroll por Alice Liddell, la niña que inspiró a la protagonista de «Alicia», en una época en la que se sospecha que llegó a pedirle en matrimonio cuando sólo contaba 13 años.

Ello se deduce porque sí se conserva una carta de los padres de Alice en la que conminan a Carroll a que no se acerque nunca más a la menor.

«Es un misterio apasionante desentrañar quién fue Lewis Carroll y cómo su correspondencia ayuda a entender su obra», precisa el editor, quien puntualiza: «Nunca he visto algo así en cartas».

Carroll escribía las cartas a modo de juegos: hay acertijos, rimas, a veces están escritas de atrás hacia adelante. Son mucho «más ricas» que quedarse simplemente en su fascinación por las niñas aunque al preparar el libro, prosigue Rocha, se comprende claramente la influencia de Alice Liddell en su obra.

«Él amaba a las niñas en una época, alrededor de 1860, en la que había muchos fotógrafos que hacían lo mismo, pero lo que sorprende es que cuando escribe las cartas él se hace pasar por un niño, no es un adulto escribiendo», apostilla el editor.

Carroll buscaba situaciones idílicas y marcos muy bellos para retratar a sus heroínas, a las que disfrazaba y leía cuentos, y se dirigía por carta a sus padres para pedirles permiso para retratar a sus hijas aunque nunca dice que alguna vez hará un desnudo, sino «un vestido hecho de nada».

Se sabe que en su legado hay unas cinco imágenes de desnudos infantiles en un sobre cerrado bajo la consigna «quemar antes de abrir», y que descubrió un investigador en los años 60 del siglo XX.

El editor admite que varió su idea inicial para la portada de «El hombre que amaba a las niñas», que consistía en una foto retocada digitalmente en la que Lewis Carroll besa a Alice, pero el resultado era una imagen «perturbadora».

«Ya el título es bastante insinuador y deja un margen a que el lector saque sus propias conclusiones sin dirigir la mirada a la perversión», apunta.

Sin embargo, Servando Rocha precisa que el amor de Carroll por sus retratadas era «no sexual» pues ninguna de ellas, de adultas, denunció maltrato alguno por parte del autor.

Vladimir Nabokov sufrió las mismas insinuaciones cuando publicó Lolita y entonces respondió: «El auténtico Humbert Humbert es Lewis Carroll», rememora el editor de La Felguera.

El escritor provocaba sobre las niñas una mirada «bastante seductora» en los retratos, sobre todo en Alice Liddell, pero a él este interés le duraba mientras éstas no maduraban y cuando lo hacían, rompía toda correspondencia con ellas.

De hecho, detalla Rocha, alguien preguntó a Carroll por qué motivo no retrataba a niños y su respuesta fue: «Soy selectivo. Esa raza no me interesa».


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Noticias / México: Presentan en Torreón las memorias de Vito Alessio Robles

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Víctor González Avelar durante la presentación de las memorias de Vito Alessio Robles en Torreón. (Foto: Milenio)

Ciudad Juárez, Chihuahua. 30 de junio de 2013. (RanchoNEWS).- El pasado viernes fueron presentados en esta ciudad los tres volúmenes de Vito Alessio Robles. Memorias y diario, publicados por Miguel Ángel Porrúa y el gobierno de Coahuila, en el que se encuentra el testimonio de la vida y trayectoria del destacado político, militar, diplomático e historiador coahuilense que vivió en el vértigo de la Revolución Mexicana, reporta Ángel Reyna para Milenio desde Torreón.

Los encargados de realizar la presentación de la obra fueron Víctor González Avelar, Jaime Villarreal Lozano (responsable de la edición y estudio preliminar) y Miguel Ángel Porrúa, editor de los volúmenes y quien envió un texto debido a que no pudo acudir a la cita por motivos de salud.


Los tres presentadores prepararon una disertación oral y convencional de sus apuntes sobre la vida y obra de Vito Alessio Robles (1879-1957), con detalles amenos y la certeza de estar hablado de un hombre que destaca en la historia del estado y que escribió sus memorias, quizá para él o para publicarlas algún día, pero que se habían quedado en el olvido en casa de su hija Angelita.

Sofía García Camil, secretaria de Cultura del estado, fue la encargada de dar lectura al texto enviado por Miguel Ángel Porrúa, un editor entrañablemente relacionado con las letras de Coahuila y quien no pudo asistir a este acto en el Archivo Municipal Eduardo Guerra.

En entrevista telefónica, Porrúa expresó su admiración por las memorias que dejó Alessio Robles. Por su parte, González Avelar se divirtió mucho con las descripciones que el político coahuilense hizo de diversos personajes con los que convivió, mientras que Villarreal Lozano prefirió destacar la calidad indiscutible de la prosa de quien también fue historiador y militar.

Los asistentes se divirtieron con la lectura de pasajes en los que Alessio Robles describe a personajes como Venustiano Carranza o Pancho Villa, así como también con los breves pero contundentes subrayados de Villarreal Lozano, como la analogía que trazó entre la áspera geografía de La Laguna y la vida de Alessio Robles, quien participó en la Revolución Mexicana, enfrentó a Victoriano Huerta en un cara a cara que lo llevó a la cárcel y que vivió en el exilio luego de perder la elección para gobernador de Coahuila contra Nazario Ortiz Garza en 1929.

El público agradeció este acto para dar a conocer la publicación de las memorias de Alessio Robles, que se dividen en tres etapas: 1912-1914, 1925-1940 y 1941-1953. El testimonio del también diplomático fue visto por Villarreal Lozano durante el proceso de adquisición de su biblioteca, que consta de más de 14 mil volúmenes, por el gobierno de Coahuila. De allí que fuera el encargado de la cuidada edición y del estudio que presenta al personaje histórico y su obra. El proceso de publicación inició durante el gobierno de Rogelio Montemayor, y culmina en la presente administración de Rubén Moreira Valdez, quien escribió el prólogo.

Con la publicación de esta obra (que ya ha sido presentada también en Saltillo y en la Ciudad de México) no solo los coahuilenses sino todos los mexicanos cuentan con el testimonio de primera mano de un personaje político que aporta su visión del acontecer de la primera mitad del siglo XX en nuestro país, la que destaca por su agudeza crítica, sentido del humor y rigor histórico.

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Literatura / Entrevista a Edith Aron, «la Maga de Cortázar»

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La traductora en Parc Monceau, París, 1952. (Foto: El Universal)

C iudad Juárez, Chihuahua. 9 de junio de 2013. (RanchoNEWS).- Hay muchos asuntos que Edith Aron ha superado: ser llamada «la Maga de Cortázar» y que un «desgraciado» le robara su traducción De cronopios y de famas sin que Julio saliera a respaldarla; sin embargo, hay cosas que la traductora no ha podido evitar: seguir fumando Gauloises, los famosos cigarrillos franceses presentes en Rayuela, y que al hablar, reír y recordar, deje en sus interlocutores la certeza de que conversan con Lucía, la Maga, escribe Yanet Aguilar Sosa para El Universal de la Ciudad de México .

En una carta fechada en agosto de 1951 el escritor argentino le anuncia a la bella alemana de ojos claros y sonrisa soñadora, que regresará a París en noviembre y le pide «que siga siendo brusca, complicada, irónica, entusiasta».


Más de 60 años después, Edith está lastimada de las rodillas, prepara la celebración de sus 90 años en Sarre, Alemania, su ciudad natal, donde planea leer sus cuentos y disfrutar del estreno de la película sobre su vida que un grupo de jóvenes alemanes filmó. Ellos le preguntaron: «¿Cómo es que dicen que usted ha influido a un escritor argentino para un personaje?» Y ella volvió a decir: «Para mí es muy lindo decir la Maga porque tiene algo mágico, pero no soy yo».

En cada recuerdo de Edith Aron hay un amor desmedido por Julio Cortázar, por su inteligencia y su intelectualidad; hay también una liga sentimental con la entrañable protagonista de Rayuela, la novela más famosa de Julio Cortázar que este año celebra cinco décadas de su publicación.

Lo primero que dice esa mujer de risa fácil al responder el teléfono en su departamento de Londres, ubicado a unos pasos del célebre crucero donde fueron fotografiados los Beatles, es: «Algo que tengo que decirle desde el comienzo es que no tengo nada que ver con el personaje inventado por Cortázar, absolutamente nada, y me revienta que la gente me contacte por eso, no tengo que ver nada. Todos los que estuvimos en París en aquella época hemos entrado en el libro, algunos con otros nombres y alguien habló de mí».

Igual que ella, la Maga no quiere que hablen por ella. En el capítulo 20, Oliveira afirma: «–Nunca nos quisimos– le dijo besándola en el pelo.» La respuesta de ella: «-No hablés por mí –dijo la Maga cerrando los ojos–. –Vos no podés saber si yo te quiero o no. Ni siquiera eso podés saber».

Por eso Edith Aron, la primera traductora de Cortázar al alemán, y también traductora de Juan José Arreola, Octavio Paz, Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares, Amparo Dávila y Silvina Ocampo, habla y cuenta que quiere celebrar sus 90 años con su hija, la cantante de ópera Joanna Bergin, y con el gran cellista Steven Isserlis. Su molestia dura poco y un minuto después se vuelve mágica, intrépida, soñadora y algo distraída. Pasa veloz y pícara de un tema a otro.

¿La Maga es un personaje entrañable, no la tienta aceptar que se parece un poquito a usted?

No, como dicen en Cataluña, me da igual. Fíjese, yo quería ser como él, por eso publiqué varios libros en Alemania, porque todos los años cuando llegué a Inglaterra enseñaba en los colegios; luego, los dos meses de las vacaciones, me iba a Alemania y ahí trabajaba en el Instituto Goethe porque quería ser como él. No me interesa volver a leer el libro, así que no sé cómo era la Maga, no tengo idea porque lo superé un poco con mi propia escritura. No sé por qué a Cortázar le dio por poner esa palabra.

A Julio Cortázar, ese guapo hombre flaco, alto, desgarbado que parecía siempre un muchacho de 25 años, Edith Aron lo recuerda y lo idolatra: «Aprendí un montón de cosas gracias a él y él se ocupaba de mí; cuando comencé a traducirlo le encantó, estuvo muy orgulloso, era un poco como un padre».

¿Usted lo quería mucho?

Yo lo quería, sí, pero Cortázar tenía un problema de glándulas y siempre parecía un joven de 25 años; por eso sus enemigos lo llamaron «El retrato de Dorian Grey» y eso lo acomplejaba, era un hombre normal sólo que tenía cuerpo de muchacho. Era muy buen mozo pero su edad se veía en las manos y en los ojos; no puedo decir que sea un «amor pasional» como dicen los franceses, pero yo lo quería mucho y aprendí mucho de él, todas las preguntas que yo tenía él las contestaba. Cuando me respondió algo muy complicado le dije: «pareces un profesor», y él me respondió: «soy un profesor».

Si Aron no acepta ser la Maga, sí acepta que su relación con Cortázar «era un poco una situación Pigmalión, el artista que se enamora de su modelo. No me decidí ir a vivir con él porque quería aprender, yo lo admiraba mucho, era como un gran hombre en el que uno puede confiar y puede querer. Era amor, creo que sí, por lo menos de mi parte».

¿Fue su musa?

No, para nada, sentí que era un amigo argentino que escribía y que yo traducía para que amigos alemanes lo pudieran leer.

A los diez años y medio, Edith Aron dejó su patria expulsada por el nazismo, sus padres se habían separado y su madre tenía una hermana en Buenos Aires; esa ciudad se convirtió en su casa por 15 años, pero en 1950, al recibir una carta de su padre anunciándole que había sobrevivido a la guerra, regresó a Francia. En el barco, que zarpó de Buenos Aires el 6 de enero de 1950, viajó también Cortázar, «pero allí no lo conocí».

Aron recuerda que compartió camarote con una italiana embarazada y una monja que prometió rezar por ella. «La primera vez que vi a ese muchacho fue en la oficina de cambios en el barco, no sabía quién era, vi a un muchacho muy alto que hablaba con esa erre en la garganta como los franceses, y resulta que era Cortázar».

Ella desembarcó en Cannes y él siguió para Genova, pero la casualidad, ese estado que era determinante para Cortázar y para los surrealistas, los reunió en París. Allí, lo vio primero en una librería y luego en un cine parisino, mientras veían Juana de Arco con una amiga que viajó en el mismo barco; sólo intercambiaron unas cuantas palabras.

El reencuentro determinante ocurrió en los Jardines de Luxemburgo. «Para él los encuentros casuales eran importantes porque se guiaba por los surrealistas y para ellos la casualidad cuenta. Cuando lo vi por tercera vez me invitó a tomar un café, charlamos y lo llevé a visitar a otro amigo argentino, un pintor muy bueno, Sergio de Castro, que murió a los 90 años, el 31 de diciembre de 2012. Se las arregló para morir el último día del año».

Allí empezaron sus paseos, sus encuentros casuales, sus idas a conciertos, exposiciones, catedrales góticas como Chartres y Auxerre. «Fuimos al Parque de Versalles y ahí me mostró un árbol con raíces muy especiales y recitó un poema en inglés, The Tree». Recorrimos París y después se volvió a la Argentina y al año me escribió una carta muy bonita y me dijo que había ganado una beca del gobierno francés, que iba a volver y que esperaba encontrarme. Volvió al año siguiente».

¿Reencuentro con Julio?

A sus casi 90 años, Edith es bella, risueña, toda una mujer cronopio. El tiempo ha pasado pero ella sigue igual y recuerda cada detalle y fechas exactas. «Soy viejísima, nací en 1923, el 4 de septiembre, estoy por cumplir 90 años. ¿Usted en qué mes nació?» «Abril, 12 de abril», le respondo. «Yo tengo mucha simpatía por el 12, me parece un número serio; sabe usted, yo tengo simpatía por algunos números y por otros menos, siempre las cosas más importantes y la gente que me interesa nacieron el 22, alguien me dijo que es porque nací un 4. Algo así como 2+2=4».

La definición de su destino comenzó al regreso de Cortázar. Él le propuso que se fuera a vivir con él. «No me atreví, pero salí mucho y aprendí mucho de él, de las conversaciones con Sergio de Castro; me encantaba oír como hablaban, era como cuando el sol se pone de un lado al mismo tiempo. No me atreví a mudarme porque era la primera vez que tenía una beca de Sarre y me sentí otra persona y seguí las clases de historia de la música en el conservatorio con un gran profesor».

Edith recapitula, dice que Cortázar siempre quiso mucho a Aurora Bernárdez. «Él me dijo una vez en París que si yo hubiera aceptado vivir con él cuando encontró el departamento no hubiera recibido a Aurora, porque ella estaba enamorada de un poeta argentino que se llamaba Alberto Girri, pero parece que no fue correspondida y se vino a París y aceptó a Cortázar».

Entre Navidad y Año Nuevo de 1952, Cortázar le pregunto a Edith qué era más importante para ella, ¿Navidad o Año Nuevo? Ella respondió que Año Nuevo y que lo pasaría con su padre, y él le dijo que iba a tomar una decisión para Año Nuevo. «Cuando volví a París, me dijo que se iba a quedar con Aurora y se casó con ella».

¿Cree que él la amaba a usted?

Yo creo que sí, era tan culto y tan intelectual. Ahí en el libro (Rayuela) pone algo de Rocamadour; él no podía tener hijos y dijo que cuando se murió Racamadour murió el amor.

Enseguida, agrega: «cuando comencé a traducirlo (a Julio) le encantó, eso fue inspirador. Él fue muy buen traductor, tradujo del francés y del inglés en Buenos Aires y enseñó en algunos colegios».

Ella siguió sus pasos. Tanto que no sólo comenzó a traducir a varios autores latinoamericanos al alemán, también escribió cuentos. «Gracias a mi contacto con los latinoamericanos aprendí a escribir cuentos; Cortázar me decía: ‘si tienes una idea deja todo, planta todo y escribe el cuento y después de varias semanas lo miras y lo corriges’».

¿Se arrepiente de no haberse ido a vivir con Cortázar?

No, nunca me arrepentí. No, no, nunca lo olvidé, creo que lo quería de veras a pesar de que tenía ese complejo. Después se hizo operar en Suiza y de repente le creció la barba, en la época que estuvo conmigo no tenía barba ni pudo tener hijos.

Edith Aron dice que ya no cree en la casualidad y que no sabe que tanto hay de ella en Rayuela. Asegura que todos los que estaban alrededor de Cortázar en 1955 en París sí están. «Sergio de Castro es Etienne, Aurora es Pola y a mí me puso la Maga; no sé por qué y la gente se dio cuenta de mi verdadero nombre; los catalanes dicen ‘me da igual’ y a mí me da igual. Una periodista española me preguntó: ‘¿No le molesta que le pongan eso ahí?’ Yo le dije: ‘Me da igual’ porque no es así. Cortázar a lo mejor me quiso decir algo lindo».

Edith trae a la memoria otra sentencia de Julio Cortázar: «Siempre te puedes volver a encontrar en el libro» porque a él le interesaba la eternidad. Quizás sus caminos se han vuelto a encontrar: «En noviembre o diciembre de 2012 recibí una carta de la editorial de Hamburgo y han vuelto a poner mi traducción de sus cuentos de Casa tomada. Un día, él me dijo: ‘Nos vamos a volver a encontrar por casualidad’ y es curioso que hayan vuelto a poner en una editorial tan importante mi traducción».

Edith Aron, la Maga –aunque se rehúse a aceptarlo–, anuncia que prepara sus cuentos para que se los publiquen y se despide. Y con la ingenuidad y ternura de Lucía, la Maga, ante el Club de la Serpiente, pregunta: «¿Y quién pagará la cuenta de esta llamada?»

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Libros / Argentina: Un viaje al centro del mundo editorial chino

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Libros chinos. (Foto: Archivo)

Ciudad Juárez, Chihuahua. 2 de julio de 2013. (RanchoNEWS).- A un congreso de escritores en México, cuenta el escritor español Vila Matas en una entrevista, asiste una comitiva china integrada por un novelista, su traductor y un tercer personaje presentado como poeta, pero cuya apariencia hace sospechar a los demás que se trata de un comisario político. Cuando le preguntan acerca de qué tratan sus libros, el novelista chino, que un rato antes los ha sorprendido con el dato astronómico de las cifras de ventas, se queda dudando un instante y luego responde crípticamente, traductor mediante: tratan acerca del color azul. La historia, sea verdadera o inventada, juega con el misterio y el desconocimiento que rodea a la literatura china y su mercado editorial, un sistema dinámico y en plena transición, caracterizado por una compleja interrelación entre actores privados y estatales, escribe Miguel Ángel Petrecca (*) para la revista Ñ.

Cao Kou es un narrador de poco más de 30 años, de la ciudad Nanjing, que este año acaba de publicar su tercer libro de narrativa. Como muchos autores de su generación, su carrera comenzó en internet, en donde fue haciéndose conocido y terminó por llamar la atención de los editores. Antes de convertirse en un escritor freelance, Cao Kou trabajó durante casi diez años como profesor de lengua en una secundaria rural del área de Nanjing y luego, cuando decidió dedicarse a la literatura, comenzó a escribir para un diario y a colaborar como editor en una «Empresa de libros». «Empresas de libros» es uno de los tantos nombres que pueden tomar en China las editoriales privadas. Puesto que las estatales son las únicas legalmente habilitadas para tramitar un ISBN y por ende para editar libros, las editoriales privadas, llamadas también «el segundo canal», sólo pueden existir bajo la condición de asociarse con alguna de las 581 editoriales oficialmente registradas. Bajo el nombre de «empresa de libros», «club cultural» u otro similar, realizan todas las actividades propias de una editorial (la elección de autores, diseño de colección y de libro, corrección, etc.), pero lo que el lector ve en la tapa del libro es el nombre de su socio estatal.


Un caso de las llamadas editoriales de «canal alternativo» es la Chu Chen Cultura, una editorial con base en Pekín. Su fundador, Chu Chen, es un periodista que fue adquiriendo contactos durante sus años de trabajo en los medios gráficos y televisivos, y que en el 2000, como fruto de esos contactos, terminó fundando en Nanjing la empresa Nanjing Maitian Wenhua. Su empresa actuaba como editora en las sombras de varias de las colecciones de una editorial estatal de la provincia de Henan, pero luego de un par de años la colaboración se cortó abruptamente debido a un cambio de autoridades, y Chu Chen decidió mudarse a Pekín. Empezó a colaborar con otra editorial estatal, diseñando y editando varias colecciones, aunque siempre con la insatisfacción de que su trabajo como editor permanecía invisibilizado ante los lectores. Finalmente, en 2009 volvió a cambiar de socio estatal y a refundar su empresa, a la que rebautizó como Chu Chen Wenhua (Chu Chen Cultura).

La mezcla de volatilidad y constancia que se observa en la biografía profesional de Chu Chen es típica de muchos editores del sector privado. Sus editoriales son las responsables de algunos de los catálogos más arriesgados, pero también de la mayor parte de la literatura más comercial que empezó a aparecer en la década del 90. Las editoriales del Estado, por su parte, aunque en términos generales más conservadoras o cautas, también han contribuido en muchos casos a ampliar el panorama literario. Fue una editorial estatal de Yunnan, una provincia del sur de China, la que por la década del 80 lanzó una colección de autores de Latinoamérica que dio comienzo a un pequeño «furor latinoamericano».

Censura y retromanía

Aún sin entender palabra de lo que se escucha, un zapping de canales de televisión puede llevar rápidamente a la conclusión de que en China hay un nivel importante de retromanía. La cantidad de telenovelas históricas es sorprendente: desde las múltiples historias ambientadas en tal o cual dinastía, hasta el amplio repertorio del ciclo revolucionario que arranca con el derrocamiento de los manchúes en 1911 y llega hasta la fundación de la República en 1949. Es una retromanía, sin embargo, que excluye premeditadamente buena parte del pasado más reciente: la Revolución Cultural, el movimiento democrático de 1976, o los incidentes de la plaza Tiananmen en 1989. Aunque la literatura goza de mayor libertad que la televisión y el cine, los límites existen, para el tratamiento ya sea de estos o de otros temas sensibles como la religión y el sexo; cuando los límites se sobrepasan, puede haber consecuencias.

Lo más habitual, sin embargo, es que sea la misma editorial la que ejercite, interiormente, la autocensura, a partir de una evaluación de esos límites. En una «editorial privada», esta evaluación va a surgir de la interacción entre el editor-fantasma y el editor estatal o «lingdao» (jefe). Las «editoriales privadas» son, también, las que empujan esos límites, pues a diferencia de las estatales, que cuentan con un presupuesto y con la meta de vender una cuota de libros, las privadas están frecuentemente dispuestas a arriesgarse en pos del rédito económico. El riesgo es concreto, pues la prohibición puede incluir, aparte de la confiscación de los libros, la aplicación de una multa que duplique las ganancias obtenidas y el cierre de la editorial.

Como suele pasar, en muchos casos la prohibición del libro no sólo no impide su circulación sino que incluso la favorece. Un caso paradigmático es el de la novela La capital abandonada, de Jia Pingwa, un escritor de Xi’an. Publicada en 1993 por la Beijing Chubanshe, la novela fue un éxito inmediato, en gran parte debido a su contenido sexual, y pese a que este había sido parcialmente expurgado por la editorial. Antes de fin de año la novela ya había vendido casi un millón de ejemplares y el gobierno decidió prohibirla y retirar los ejemplares de circulación. Pero el libro no dejó de circular por eso. Las ediciones y reimpresiones piratas podían conseguirse fácilmente en los puestos ambulantes y librerías de saldo.

Aparte de las editoriales oficiales o semioficiales, y de la circulación fantasmal de parte de sus libros en forma de ediciones piratas, hay otro tipo de libros y emprendimientos que se encuentran directamente afuera del sistema. Se trata de los libros y revistas «minjian», es decir, aquellos realizados totalmente por actores privados, sin fin comercial ni cooperación con el estado.

Las publicaciones minjian, que no suelen pasar de los 400 o 500 ejemplares, fueron tradicionalmente el canal de circulación de la poesía, a partir de mediados de la década del 70, pero también la narrativa utiliza este medio para dar a conocer autores nuevos. El primer libro de Cao Kou, un volumen de unas cuatrocientas páginas, bien encuadernado e impreso, con el título de Los cuentos completos de Cao Kou, fue editado por una editorial minjian. Sacaron 200 ejemplares, que fueron vendidos a conocidos o a través de internet.

Entre lo minjian y lo oficial hay oposición pero también, cada vez más, canales de comunicación. Gu Gang es un poeta y narrador nacido en Shanghai, que trabaja en una editorial del Estado. A pesar de trabajar dentro un espacio oficial, Gu Gang tiene una identidad más ligada a lo minjian, y se encarga desde hace años, junto con un amigo, de la edición de una revista-libro que circula de mano en mano entre escritores. En el 2005, un funcionario del Departamento de Publicaciones de Shanghai los citó a su oficina para decirles que lo que estaban haciendo era ilegal y les exigió el pago de una multa de 30.000 rmb (alrededor de US$ 5.000), una suma equivalente a lo que puede costar la compra de un ISBN. Gu Gang y su amigo se negaron, y finalmente las amenazas del funcionario quedaron en la nada.

Asociacón de escritores

Hasta la década del 80, la opción principal para quienes querían dedicarse a escribir profesionalmente era pertenecer a la Asociación de Escritores, el organismo que se dedicaba a reclutar, encuadrar y sostener económicamente a los escritores. Esta situación cambió rápidamente en los años siguientes, con la introducción de la economía de mercado que permitió el surgimiento de una figura distinta de escritor profesional, ya no dependiente del Estado sino de la venta de sus libros, pero también debido al veloz achicamiento presupuestario de la Asociación de Escritores, que dejó de ejercer muchas de sus funciones tradicionales. A pesar de esto, la Asociación continuó cumpliendo un rol importante dentro del Estado, y muchos de los escritores más exitosos en términos de venta y de crítica, como Mo Yan, Jia Pingwa o Wang Anyi, ocupan cargos altos en la estructura burocrática.

El término «Asociación de Escritores» puede traer reminiscencias de asociaciones similares que existen en otros países, como por ejemplo la SADE en Argentina, y en algún punto tiene elementos en común. La diferencia fundamental es que la Asociación de Escritores se inserta dentro del marco del Estado y constituye una de las herramientas de la política cultural del gobierno. Una de las funciones principales es la de repartir prebendas y jerarquías dentro del sistema literario, a través de los premios literarios y otros incentivos. Los dos premios más importantes de China son otorgados por la Asociación de Escritores. El Mao Dun, el más antiguo de los dos premios, había sido otorgado a Mo Yan en 2011, justo un año antes de que recibiera el Nobel.

También en lo que respecta a la promoción de la literatura china en el exterior, algunos escritores se quejan de que un autor que no pertenece a la Asociación de Escritores se encuentra en desventaja con respecto a sus colegas miembros de la Asociación, aunque la queja suena, en parte, algo desactualizada: en el catálogo de autores de China Book International, un organismo que se dedica a promover la traducción y publicación de literatura china en el exterior, conviven escritores oficiales y no oficiales. Una señal de que los tiempos están cambiando.

(*) El autor de esta nota, especialista en cultura china, viajó al país milenario para entender cómo funciona este mercado del libro inmenso, signado por subsidios, proyectos alternativos y un estado fuerte.

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Literatura / Entrevista a Eduardo Lalo

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El escritor portorriqueño. (Foto: Archivo)

C iudad Juárez, Chihuahua. X de junio de 2013. (RanchoNEWS).- La entrevista que acontinuación reproducimos fue publicada el primero de diciembre de 2011 en el blog de Ediciones Corregidor en Buenos Aires


Como ya anunciáramos, está próxima a salir la nueva novela de Eduardo Lalo, Simone. Mientras la aguardamos, vamos conociendo a su autor. Reproducimos a continuación una entrevista que le realizara la profesora Ana María Marsan de la Universidad de California en Irving para Katatay, revista crítica de literatura latinoamericana, a comienzos de 2008, como parte de un dossier dedicado a la literatura puertorriqueña reciente.

Este dossier se enfoca en la generación de narradores puertorriqueños de las últimas dos décadas y en los cortes que supone con sus antecesores. Tú has hecho reiteradas menciones a la literatura «blanda» puertorriqueña, a una literatura «fofa». ¿Podrías trazar tu «mapa» de la narrativa contemporánea en Puerto Rico? ¿Cómo te incluyes en ella? ¿Qué cortes significativos reconoces con las generaciones anteriores?

Pienso que muchas veces la impresión fundamental que deja la literatura puertorriqueña (y no sólo ésta en el ámbito latinoamericano) es la de haber llegado tarde. Al menos dos factores se encuentran aquí implicados. En primer término, el aislamiento y la debilidad del modesto público lector del país (no hay que olvidar que el escritor es antes que todo un lector) y, en segundo lugar, el efecto pernicioso de la literatura española, que durante generaciones, de las primeras letras a los estudios doctorales, se propuso como modelo de lo que se podía hacer con la palabra.

A partir de la invasión norteamericana de 1898, Puerto Rico cae en una situación singular en el contexto latinoamericano. Es comprensible que ante la violencia de un nuevo colonialismo, muchos intelectuales y artistas optaran por defender la propia cultura sobrevalorando lo hispánico. Es preciso anotar que, con determinantes históricos menos amenazantes, esta situación se repetía en la mayor parte de las repúblicas latinoamericanas. A comienzos del siglo XX, el México revolucionario vendría a ser una excepción y su influencia se dejaría sentir por esto mismo. Sin embargo, en la década de los cincuenta las cosas cambian y lo que antes se había dado en la poesía, se manifiesta ahora plenamente en la narrativa.

Carpentier o Borges, escritores pertenecientes a los extremos geográficos y quizá a las dos grandes literaturas nacionales del continente, publican obras fundamentales en las que el telón de fondo hispánico parece haberse esfumado. Este proceso será incontenible y Onetti o Arguedas, de maneras muy diferentes, al igual que posteriormente los escritores del boom y muchos de los que han surgido después, han ratificado esta suerte de definitivo post-hispanismo de América Latina.

Puerto Rico participa plenamente de estos desarrollos, pero parecería hacerlo con retraso, que por ligero, no dejó de ser en ocasiones incapacitante. Inmerso (¿cabría decir fosilizado?) en su excentricidad política, los escritores del país optaron por construir una obra que muchas veces fue un libro tanto como un alegato metatextual de la escritura de ese libro. ¿Cómo producir una palabra fuerte cuando la existencia misma de esa palabra se percibía (la historia mostraría que un tanto paranoicamente) como amenazada? Se escribió mucho en Puerto Rico para defender una causa y poco para crear un universo literario. Nada de esto debe extrañar a muchos latinoamericanos. La influencia de movimientos políticos a partir de la década del sesenta, creó a todo lo largo del continente ingentes cantidades de literatura «fofa» o «blanda». Son incontables los autores o las obras olvidadas, los premios concedidos a mala literatura heroica y guerrillera. Esa blandura no es atribuible únicamente a autores sin trascendencia. Julio Cortázar, por ejemplo, responsable de notabilísimas obras de palabra fuerte, fue además autor de ciertos debilísimos textos que, como todos sabemos y resulta patente en nuestra vida diaria, impidieron que el imperialismo arrollara y ayudaron a construir una sociedad más justa.

La particularidad puertorriqueña en este proceso, es que vivimos el desarrollo de nuestra literatura con unos fotogramas de desfase. De ahí que, por ejemplo, la narrativa de la llamada generación del 70 (con sus excepciones, por supuesto, en especial Manuel Ramos Otero) parezca la versión cuentística de lo que los autores del boom vertieron en novelas. Así el barroco, lo real-maravilloso, la literatura fantástica, etc. se manifestaron en Puerto Rico con el sabor rancio de una tienda de ultramarinos. Por ello, para mí, esos textos no cuajaban ni entusiasmaban del todo, pues no los veía surgir de las calles que pisaba. No poseían muchas veces ni siquiera la frescura de la parodia; eran el homenaje ingenuo a las vacas sagradas que no se interesarían nunca por leer a estos autores.

Para que una literatura tenga fuerza, para que su palabra no sea «fofa», deberá no sólo perder a sus padres sino que tendrá además que inventarlos y éstos ni siquiera tendrán que ser autores admirados, pudiendo ser también lo que no se aprecia o, incluso, lo que se detesta. En mi caso, la literatura española posterior a la década de 1610 me ha interesado poco, al igual que ciertas grandilocuencias latinoamericanocentristas que proponen una lista de lecturas algo escueta. Lo mismo me ha sucedido con mucha literatura puertorriqueña. Mis influencias (y creo que si mi escritura tiene alguna fuerza se debe en gran parte a éstas) son también eso que percibo como un camino errado.

Hoy ciertos escritores puertorriqueños producen textos que se validan por su propia escritura. No parece existir en ellos un desfase, no sólo en lo concerniente al resto de América Latina, como tampoco ante el mundo. Para crear una palabra fuerte hay que escribir en tiempo real en relación a cualquier otro lugar. No se trata por supuesto de «estar al día» (¿habría que preguntar respecto a qué o quién?) sino de escribir sin ser víctima de un complejo. Escribo en Puerto Rico, país invisible. Sé que bien mirado, esta tara, me concede un dolor y una perspectiva inigualables.

En La inutilidad el protagonista dice: «Me ubicaba en el lugar del desarraigado, del vencido, y hacía, en lo posible, grato y pertinente, este espacio». Esta definición y este vínculo con el fracaso o la derrota se encuentra en tu narrativa y también en muchos autores latinoamericanos contemporáneos. ¿La consideras una postura estética y política que podría definir una cierta mirada sobre el presente compartida generacionalmente?

Antes que «una postura estética y política» es un estado dado. El mundo unipolar, la globalización, el empobrecimiento creciente de enormes mayorías, dan pie para pocas esperanzas. Otros autores latinoamericanos contemporáneos perciben también este aire de los tiempos. Pienso que las consecuencias de la desaparición de cualquier proyecto social otro que el capitalismo totalitario, se dan por igual en los extremos del espectro político. Durante la Guerra Fría, Cuba y Puerto Rico fueron dos imágenes que se oponían propagandísticamente. Buena parte de la pasada prosperidad puertorriqueña se dio por la inversión masiva de capital para generar artificialmente una sociedad «próspera» que oponerle, en la órbita caribeña y latinoamericana, al modelo revolucionario. Para muchos puertorriqueños conscientes, ésta fue una de sus secretas vergüenzas. En otras palabras, la sociedad cubana debía ser y hasta cierto punto continúa siendo nuestro negativo. Sin embargo, en la literatura cubana reciente encuentro a autores con los que anímicamente me puedo sentir cercano. Su mundo de carestías no es comparable al mío, pero ambos parecemos saber lo que significa vivir en un mundo que se desploma o en una sociedad en la que el discurso oficial es el de la mentira y la explotación. Puedo, por tanto, entender a Abilio Estévez o Antonio José Ponte por San Juan, sin tener que haber puesto un pie en La Habana. Algo similar me ocurre, aunque en este caso exista cierto desfase generacional y también conceptual, con Roberto Bolaño.

La organización espacial binaria (Europa/América) de La inutilidad se ha venido repitiendo en otras novelas latinoamericanas, Rayuela sería un caso paradigmático. Más allá de las diferencias específicas, ¿encuentras que este esquema obedece a un cierto imaginario en el que se entrecruzan prácticas culturales, modos de pensar lo latinoamericano, etc.? ¿Sientes que formas parte de esta tradición?

Indudablemente. Escribir La inutilidad fue patentizar esta pertenencia. Más que con Europa en su conjunto, las relaciones de América son fundamentalmente con París, en tanto ciudad productora de literatura, arte y pensamiento. En el momento en que escribo, probablemente asistimos, con el triunfo electoral de Sarkozy, al final de ese paradigma que fue, simultáneamente, real y mítico.

Para un latinoamericano, París fue la puerta de entrada a la modernidad. No podía llegar a ella en su lengua, la propia literatura no bastaba y España era inutilizable. Luego París ha sido muchas cosas: exilio político, años locos para herederos de grandes fortunas y en tiempos recientes, otra ciudad globalizada. Pero lo que contó fue lo primero. Allí se pudo creer que la cultura moderna tenía una pertinencia máxima.

Deseo, no obstante, aclarar que no he visitado Francia en casi veinte años. Mi relación con esta cultura se da únicamente a través de los libros.

En el Burger King de la Calle San Francisco se abre con un epígrafe de El entenado de Juan José Saer. ¿Estableces alguna relación especial con la obra de Saer? ¿Con qué otros latinoamericanos te sientes «en diálogo»? ¿Cuáles son las estéticas del presente –o del pasado– en las que te reconoces o con las que sientes afinidad?

Por desgracia, he leído poco a Juan José Saer. El entenado me fascinó y a raíz de esta pregunta lo he comenzado a releer y aparte de esta novela sólo conozco Nadie, nada, nunca. Por muchos años sus libros fueron difíciles de encontrar. Cuando finalmente Seix Barral republicó su obra, no estuve en posición de comprarla.

Mis «afinidades» son difíciles de precisar. Me gustan textos específicos más que autores, gestos de escritura más que grandes movimientos, el brillo de la tinta que sale de la punta de una de mis plumas a muchas bibliotecas. En este sentido podría mencionar Austerlitz de W.G. Sebald, la escritura de fragmentos (Nietzsche, Cioran, Bataille, etc.) y una Mont Blanc que tiene conmigo más de veinte años.

Cuando leí donde tuve la sensación de recuperar el placer del texto, ese goce del que hablaba Barthes; algo que ya parece perdido y olvidado (al menos por la crítica académica en USA y también por muchos escritores). El placer de reconocer el trabajo de la escritura, su textura, lo encuentro en donde. Pero ese placer está atravesado por diversas formas de política, políticas de la escritura pero también política en su sentido más obvio. Me parece leer un proyecto de recuperación, de encuentro de ambas cosas, de considerarlas naturalmente unidas. ¿Coincides con esto? ¿Representa donde un momento clave de tu práctica de escritor?

donde fue la primera puesta en práctica «total» de un proyecto y una concepción de la escritura y el pensamiento. Es un ensayo y a la vez un ensayo fotográfico y ambos se complementan sin que uno esté subordinado al otro. Por otra parte, en donde se articula un enfrentamiento con Occidente. Varias personas han escrito con profundidad sobre este libro, pero me ha llamado la atención cómo no se detienen mucho en este asunto, cómo apenas se comenta el ensayo «La escritura rayada». Allí se toca algo que produce vértigo: la posibilidad de un más allá de Occidente y acaso, por ende, sino un fin, al menos una inoperabilidad de la escritura, que no necesariamente signifique una mudez o un silencio, sino un estado X que sin ser escriturable puede formar parte de un libro.

Por otra parte, pienso que la Conquista no ha terminado, porque todo acto (y ni se diga uno de tal magnitud destructiva) tiene casi infinitas reverberaciones y éstas aún llegan a nosotros. Lo indígena, incluso lo indígena «extinto» o lo que pudiéramos llamar postetnocida, como es nuestro caso en el Caribe, es crucial porque es la grieta por la que surge un no-Occidente y, a la vez, la consecuencia totalitaria e ineludible de lo que significan ciertas fuerzas y estructuras sobre las que Occidente se ha construido. Hubo un largo camino para llegar a escribir este libro. Lo que he venido trabajando después y que espero publicar en el próximo año parte de las sombras de donde y pretende ser su desarrollo.

No hay duda que existe en esto una política de la escritura y una postura política ante las tradicionales propuestas políticas en un mundo en el que solamente parecería que la derecha continúa articulándose con eficiencia. Acaso lo político en donde sea una forma de sobrevivir a esta situación que se vive como un desierto. Un escritor debe enfrentarse a las formas diversas del totalitarismo pero quizá hoy solo pueda hacerlo ante el totalitarismo del canon.

donde resulta un texto muy original en su uso de imágenes y citas; aunque insista en que se trata de una novela, es evidente que borra las diferencias genéricas y fusiona diversas formas. Esto puede verse ya desde tus primeros textos, una ausencia de interés por sujetarte a formas dadas o cánones más o menos convencionales. ¿Esta borradura forma parte de un proyecto inicial que has ido explorando a lo largo de los años?

Mis libros son difíciles de clasificar. Desde joven pretendí ser un novelista en su acepción tradicional, cuentera. Pero no pude o no quise. Creo que la escritura es un género en sí misma y su fragmentación en distintas formas convencionales bastante arbitraria. Las novelas que publican hoy las grandes editoriales responden a una estructura preestablecida por el mercado del libro. Poco queda de estos éxitos o fracasos de temporada que muchas veces no son más que libros-televisión. Es decir, escrituras formateadas para el sano o, según los casos, insano entretenimiento.

Éste es el contexto mayor en el que escribo y hasta cierto punto mi transgeneridad es una reacción al empobrecimiento de la novela. Paralelamente, pretendo mostrar también el potencial expresivo y conceptual de lo que se está perdiendo. ¿Por qué un poema no puede ser parte, sin transición alguna, de un ensayo como Los pies de San Juan? ¿Por qué donde no puede pensarse como una novela, es decir, como el recuento de la aventura de la sobrevivencia?

donde se cierra con un «pequeño manifiesto» que, en principio, no tiene relación directa con la literatura, a su vez el libro entero podría pensarse como un manifiesto, una toma de posición sobre qué es hacer literatura para ti. ¿Lo consideras así? ¿Sigues reconociéndote en ese «manifiesto»?

Ese «Pequeño manifiesto» es un buen resumen de mis intenciones pero además es una propuesta no solamente de lo transgenérico sino de lo transdisciplinario. La escritura es el hilo que ata esta trama. En esta medida se expresa un concepto del acto de pensar y de decir, del cual el libro entero sería una muestra. Y esto se formula desde un lugar (que en este caso es San Juan, pero que podría ser cualquier otro del planeta, aun sus centros de poder y cultura) cuya visión no atraviesa la mácula del canon occidental. «Lugar del donde en donde digo el lío del digo». Es una autocita sin reconocer. El verso procede de una colección inédita, titulada Poemas de Juan Olvido, que determinó un vuelco en mi escritura.

La fotografía como forma de anclaje en un espacio específico resulta fundamental en donde y acentúa la importancia de cierta idea del espacio dominante en todos tus textos. Te cito: «¿en lugar de una literatura de lo dado, del espacio incuestionado, puede crearse una literatura del donde, del espacio espeso?»¿Podrías extenderte en este concepto?

No todo lugar es el mismo. La sociedad espectacular ha empañado nuestros ojos y un Burger King parecería ser el mismo en San Juan o Buenos Aires, en Madrid o en Hong Kong. El «espacio espeso» es aquel que ha sido atravesado por la mirada. Ésta crea una «narración» (que puede también ser teórica) que impide que el lugar sea solamente lo que se nos ha impuesto. El espacio espeso es un arma contra la claustrofobia; es un decir, un añadir cuando se habían sentado las condiciones para el silencio. En este sentido constituye una forma de rebelión y una estrategia operativa del dolor. Éste se convierte, aunque sea brevemente, en el gozo del superviviente. Escribo quizá para consolar a otro, intentando duplicar el consuelo que hallé en los libros de aquellos que escribieron espesamente.

La fotografía opera de forma similar, crea su propia historia, su «viaje» sin recurrir a las palabras. Tendemos a no ver y mi función como fotógrafo es hacer que se vea.

Otra vez el espacio pero desde otra perspectiva. Dúchense señala en el artículo que se incluye en este dossier refiriéndose a donde: «Es un ‘donde’ que no es ‘dondequiera’, pues se inscribe en el destino y la fatalidad del lugar». Y en tu texto se lee «es imposible dejar a San Juan porque no es una ciudad sino una condición. No tiene salida porque no hay salida». Esta tensión espacial, muy presente también en La inutilidad, ¿puede pensarse como el lugar de cruce entre literatura y política en tus textos? ¿Pensar la isla es para ti pensar una práctica literaria y una política? ¿Cómo entiendes lo político en nuestro presente y en el caso específico de Puerto Rico? ¿»No hay salida»? ¿la «inutilidad» está ligada a algunas formas de pensar lo político?

He vivido casi toda mi vida en un país invisible. Si desde ciertas perspectivas, América Latina no cuenta para el mundo, Puerto Rico lo hace mucho menos. Es el país más pequeño del continente y el único de lengua española al que le queda por definir su destino, lo que en la práctica significa que es una nación subordinada a otra. Históricamente esto ha creado múltiples prácticas de autonegación y autoodio. Puerto Rico es mi país en el sentido metafísico de que es un lugar del que nunca me podré ir aunque lo intentara. Incluso, más que de Puerto Rico se trata de una ciudad, San Juan, que es la única mía en el mundo. Viví con intensidad en otras: Nueva York, París, Madrid, Valencia. Pude llegar a ser legalmente, en distintos momentos de mi vida, cubano, estadounidense, español o francés, pero opté por la pertenencia afectiva y concreta a una ciudad que no cuenta, que ni siquiera, a veces, sus propios habitantes se reconocen en ella. Soy sanjuanero, es decir, nadie. Pero nadie no es nada, sino otra identidad posible. La reciente historia muestra que gran parte del mundo se acerca a mi condición, que por ello resulta cada vez más pertinente. Mi propósito ha sido cuestionar las hegemonías de la visibilidad y demostrar que lo que no reluce puede también ser oro. Ésta ha sido y continúa siendo mi lucha con el silencio que el Gran Otro me reserva. Por eso donde no es dondequiera. Por eso San Juan, además de una ciudad, es una condición: una cadena llevada por siglos, el olor de la luz ciertas tardes y una liberación imposible.

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lunes, julio 01, 2013

Tin Tan / Jorge Alberto Mora: «¿Tons qué con el humor político de Tin Tan?»

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Imagen tomada del libro Aquí está su Pachucote… ¡Nooo!, de Rafael Aviña. (Foto: Archivo)

  C iudad Juárez, Chihuahua. 29 de junio de 2013. (RanchoNEWS).- La propuesta fílmica de Germán Valdés Tin Tan supo insertarse en el discurso hegemónico de la mitificada «Época de oro», basado en el melodrama y en un nacionalismo a ultranza ambientado en el medio rural, el espacio utópico que favorecía los valores morales, la familia y la identidad del ser mexicano, en contraposición del espacio urbano y la ciudad vista como lugar de perdición.[1]. Una nota de Jorge Alberto Mora para Confabulario Segunda época de El Universal:

En este horizonte, la cinematografía proporciona a los ámbitos histórico e historiográfico múltiples significaciones que este tipo de representaciones ofrece en relación con el contexto de una particular época histórica. El cine entonces, al ser un medio de comunicación de carácter lúdico y en general accesible, se convierte en un magnífico mecanismo de entretenimiento, pero también de aprehensión de algunos rasgos de la cultura política de aquellos años.

La obra fílmica de Tin Tan ofrece en su discurso una representación particular de la realidad histórica; en un primer momento, con el estereotipo pachuco que le daría fama y posteridad, y luego a través de la parodia de lo acreditado (historia, política, literatura y cinematografía) con filmes como La marca del zorrillo, Simbad el mareado, El ceniciento o Rebelde sin casa. Así, desde el inicio de su carrera fílmica, Tin Tan irrumpe, en 1943, con gran fuerza en la muchas veces solemne y sentimental cinematografía de la época, y de inmediato causa enorme polémica por su uso del lenguaje, su estética corporal y su actitud, como puntualiza Carlos Monsiváis en el ensayo El pachuco un sujeto singular:

«La sociedad tradicionalista (la única que entonces existe) ve en el guardarropa tan ‘desenfrenado’ de Tin Tan una proclama incendiaria: sacos hasta la rodilla, solapas amplísimas, cadena que se acerca peligrosamente al piso, tirantes de fantasía, sombreros con plumas, camisas floreadas que se extienden hasta casi cubrir las manos, sentido de la combinación que incendia el recuerdo de la ropa decente…»

Tin Tan asimismo elabora a la perfección el collage lingüístico donde participan las voces anglosajonas impuestas por la necesidad de nombrar a lo nuevo (…)Tin Tan le pregunta a Marcelo: «‘¿Y el jale que conseguiste de guachador? ¿Y todavía te forgetean tus relativos?’ Y uno debe traducir en el acto que jale es empleo y guachador es velador, y los relativos que forgetean son los parientes que olvidan» (Intermedios, núm. 4. México, 1992).

Pronto Tin Tan vivirá en carne propia lo que desde el Porfiriato se comprobaba: «el mexicano que se agringa es objeto de burla y desdén», y por ende en sus años de pachuquería fueron constantes las impugnaciones y agresiones a su personaje por parte de algunos sectores de las comunidades artística e intelectual que llegaron a pedir que censuraran al «peligroso» artista «por deformar el idioma y la imagen del mexicano» (el caso más recordado son los ataques de José Vasconcelos, quien profirió una serie de críticas al cómico en un artículo publicado el 4 de junio de 1944 en el periódico Novedades).

En este horizonte y ya acompañado de su pareja cómica, Marcelo Chávez, entre 1943 y 1952 Tin Tan actuó en 18 películas en plan estelar y aunado a su capacidad de desdoblarse en distintos personajes más allá del estereotipo pachuquil, también es muy rescatable su posición burlona, irreverente y relajienta hacia los valores tradicionales, hacia las instituciones del Estado y hacia las formas corruptas de hacer política.[2]

Tin Tan y su equipo cinematográfico a través de la parodia, la ridiculización y el relajo se convirtieron en figuras notoriamente atípicas de la vida cultural de la primera mitad del siglo XX. Sobre este punto, el Diccionario de la Real Academia Española define el relajo como «desorden, falta de seriedad, barullo; holganza y laxitud en el cumplimiento de las normas».

En las sociedades muy rígidas, el relajo es visto como un desfogue necesario y hay culturas que establecen tiempos y lugares para el relajamiento de las normas: La cultura mexicana del relajo tiene una larga tradición, pero sucintamente «quien es un desorden todo lo desordena y el que es un desmadre todo lo desmadra». Desde hace años el llamado desmadre, desorden, despiporre o relajo es visto como una conducta nociva consustancial a los rasgos identitarios del mexicano y para muchos el relajo está en el origen de muchos de los males del país.[3]

Así, a mediados de los años 40, el grupo Hiperión se preocupa por esclarecer la propia realidad y se propone dilucidar racionalmente la identidad del mexicano y lo mexicano. Uno de los representantes más célebres de este grupo fue Jorge Portilla, quien con su obra Fenomenología del relajo plantea que la importancia del relajo, esa forma de burla colectiva, reiterada y estruendosa que surge esporádicamente en la vida diaria de nuestro país, puede servir como clave para comprender los rasgos esenciales de la condición humana o para penetrar en la estructura espiritual de un pueblo.

Con base en lo anterior, en su producción fílmica Tin Tan hizo del relajo y el atrevimiento un sello característico de su particular humor cinematográfico, en el que de manera constante criticó y se mofó de los modos de hacer del régimen alemanista. Por ejemplo, en una divertida secuencia de la película La Marca del Zorrillo (1950), Tin Tan implora al ser torturado en un potro de castigo: «No me estiren que no soy presupuesto». Asimismo, destaco a la película El Ceniciento (1951), en la que se alude al tema de la explotación del indígena. En una escena, tras ser alcanzado por un rayo, el chamula Valentín Gaytán (Tin Tan) se pone a orar con fervor e inserta entre sus rezos el hasta entonces sacralizado e «intocable» himno nacional.

Quiero detenerme en la cinta El rey del barrio (1949) que es considerada «la mejor película cómica del cine mexicano en toda su historia», según Emilio García Riera en la Historia documental del cine mexicano. El argumento de la cinta, como explica Gilberto Martínez Solares, el director, es simple: «es la historia de un hombre bueno que desea ser malo» y en esta trama Tin Tan interpreta a un cúmulo de personajes heterogéneos: un ferrocarrilero que se convierte en un gánster «de Chicago Illinois» y explota a un grupo de delincuentes lerdos; un cantante español, El Niño de Pecho; un pintor francés; un maestro de ópera italiano, y desemboca en el operador del trenecito de Chapultepec, con el típico final feliz.[4]

Sin embargo, como asevera John Mraz, las posibilidades de esa película son mayores a la de los elementos referidos. La lectura simplista que se podría hacer a las diferentes representaciones de personajes de culturas distintas a la mexicana que interpretó Tin Tan podría parecer que está dirigida a ridiculizarlos y con ello reivindicar la mexicanidad y el nacionalismo reinantes.[5]

Quiero poner hincapié en que la cinta misma y la actuación de Tin Tan sobrepasan la intencionalidad primera de la película que es el entretenimiento. Por lo anterior, lo más relevante de El rey del barrio, además de la propuesta humorística de la cinta de Tin Tan y su equipo de apoyo, radica en la fuerte dosis crítica e irreverencia a las instituciones (Estado y familia); al conservadurismo de la sociedad; a la doble moral de la misma o al nacionalismo hegemónico (Tin Tan, por ejemplo, en un pasaje del filme, parodia los títulos de las principales cintas de El Indio Fernández), etcétera.

Así, en El rey del barrio el descaro de Tin Tan se expresa en dos direcciones: por una parte, desvirtuando al concepto de familia como factor unificador de la nación mexicana, tema repetido hasta el cansancio en el discurso moralizante de directores como Ismael Rodríguez y, por otro lado, da cuenta de la vulnerabilidad de un régimen político que fomentó como pocos la corrupción y el tráfico de influencias.

Explicaré con mayor detenimiento: dentro de la trama Tin Tan hace referencia a las «faltas» en las que puede incurrir cualquier familia y ridiculiza a sus primas que «dieron un mal paso». Asimismo, la figura materna, imagen hegemónica y venerada en numerosas películas mexicanas, en El rey del barrio está ausente (Tin Tan cumple las funciones de padre y madre). De igual manera, el concepto de familia no asume el rol tradicional, la cinta nos sugiere que el soporte «familiar» descansa en el barrio y, por lo tanto, la figura central es el «rey de dicho espacio», quien procura el bienestar de sus vecinos o más bien de su guapa vecina.

En cuanto a la crítica, en mi opinión, al régimen alemanista y a la cultura política en turno se manifiestan en episodios significativos. Por ejemplo, John Mraz advierte con tino que contrario a la mayoría de películas que la aborda, la clase obrera no está santificada o demonizada, se presenta tal cual, con su lado humano, con virtudes y defectos, pero tan pobre que está obligada a robar para aspirar a una mejor vida.

La trama también hace varias alusiones a la corrupción, tráfico de influencias y desigualdad social imperante en el alemanismo. Por ejemplo: cuando El niño de pecho llega a una mansión, refiere cómo el sindicato ha corrompido al criado (cómplice suyo en realidad), que era una abierta crítica a los vicios del naciente sindicalismo. Asimismo, en otra simpática escena Tin Tan y sus secuaces intentan, sin éxito, dejar inconsciente a Marcelo, el policía infiltrado. Aturdido por los golpes, Marcelo le pide permiso a Tin Tan para descansar y éste lo reprende delante de su pandilla: «¿Qué les parece? Por eso está México como está con vagos como tú».

Por su parte, en la película, mientras los ricos no tienen ninguna preocupación más que divertirse en sus fiestas fatuas –una característica del alemanismo–, los pobres necesitan robar para ganarse el pan o comprar medicinas para un pariente enfermo. Todavía más, la película demuestra cómo los pobres tienen que delinquir para malvivir en medio del «milagro» del desarrollo alemanista.

Existen dos episodios nodales en la película: el primero está referido al personaje del policía Marcelo, representante del orden y del gobierno: Tin Tan y Marcelo se emborrachan en la fiesta del hijo del primero (que en realidad es su sobrino) y el obeso policía confiesa a Tin Tan que lo ha querido capturar, pero ahora, «al verlo tan buen padre y tan buen ciudadano», le da su autorización para que robe.

El anterior diálogo tiene una honda significación, ya que el representante de la ley reconocía la corrupción en México y cómo ésta se introyectaba en los valores políticos de los ciudadanos y, por lo tanto, sugería a Tin Tan a caer en ella. Consciente del peligro que corre Marcelo por sus críticas a un régimen autoritario y corrupto, Tin Tan mitiga las declaraciones del policía al afirmar que la corrupción es común en todas partes del mundo, pero Marcelo no cede y enfatiza: «No, no, aquí más».

Y a continuación viene el elemento más innovador de la cinta: Marcelo mira directamente a la cámara y señala con el dedo al público y exclama: «Mire nada más, ¡Cuánto ratero millonario anda por ahí suelto!» Tin Tan, azorado por la acusación, pide su compasión al borracho policía que ha hablado de más. Aquí resulta justo valorar la «interacción» de los personajes con los espectadores, a través del «rompimiento» con la barrera de la pantalla o la «cuarta pared» como privilegiara Bertolt Brecht (algo común en el cine de Tin Tan), y tal como señala Mraz, lo más loable es la inaudita denuncia a un régimen político.

En fin, esta suma de características, como advierte con mucha precisión John Mraz, puede hacernos cavilar si la crítica constante y tenaz hacia Germán Valdés Tin Tan, tanto a su persona como a su personaje, por distintos sectores sociales no se limitaba a la mera deformación del idioma sino también a su actitud fresca, antisolemne, crítica e irreverente hacia los valores morales y cívicos tradicionales y a las instituciones del Estado.

Así, con más de cuatro décadas de debate sobre la cultura política, entendida como un campo en permanente construcción, que encierra múltiples problemáticas y alcances, siguen existiendo carencias en torno a esta importante temática. Hoy en día, podemos percatarnos que diversos estudios nos muestran cómo la cultura política puede ser tanto causa como efecto de distintos fenómenos culturales y, a su vez, estos fenómenos culturales (como la cinematografía) pueden incidir en la reconfiguración de una determinada cultura política. En otras palabras, la cultura política puede ponderarse desde el plano de lo real, pero también de lo simbólico.

En el caso de la cinematografía pienso no solamente en la labor pionera de cintas críticas de denuncia social como Los olvidados (1950), de Luis Buñuel; también en películas que de manera abierta han combatido a la censura del régimen a través de críticas abiertas a sus prácticas autoritarias, anquilosadas y corruptas, por ejemplo: La sombra del caudillo (1960) de Julio Bracho; La rosa blanca (1961) de Roberto Gavaldón; La fórmula secreta (1965) de Rubén Gámez; Canoa (1975) y El apando (1975), de Felipe Cazals (la crudeza de la cinta sirvió para cerrar definitivamente el Penal de Lecumberri en 1976); Rojo amanecer (1989), de Jorge Fons; El violín (2006), de Francisco Vargas; la trilogía de Luis Estrada: La ley de Herodes (1999), Un mundo maravilloso (2006) y El infierno (2010), o Presunto culpable (2011), de Roberto Hernández.

Asimismo, la cultura política de un colectivo no es un elemento externo al sistema del que forma parte, sino que en muchos sentido funda a éste, en tanto que cumple la labor de ser un dispositivo generador de identidades. La cultura política entonces se expresa de múltiples maneras y es precisamente el perfil crítico que le otorga a esta categoría, el enfoque de la historiografía, lo que permite examinar el fenómeno de la cultura política con mayor profundidad.

Si bien la cinematografía es un excelente espacio para la representación de la realidad, en este caso de la cultura política –o como parte de ésta–, también es un buen mecanismo para reflexionar en torno a lo mal que ésta puede funcionar, aunque generalmente no es a través del humor en donde se prefiera ponderarla sino en discursos cinematográficos más dramáticos o con perfiles de documental, como los antes citados. Sin embargo, soy partidario de que a través del humor del cine irreverente de Tin Tan se puede vislumbrar con claridad la representación chusca de la realidad de la época en distintos horizontes (político, económico, social o cultural).

No con ello doto al cine de Tin Tan intencionalidades que el cómico nunca persiguió, simplemente rescato su posición lúdica y desenfadada de hacer cine y de representar la realidad a través de la actitud irreverente. En este sentido, tal como ha puntualizado el escritor Eduardo Mejía en su texto «Tin Tan subversivo»:

«Tin Tan nunca fue un subversivo consciente, siempre fue involuntario. Si bien es cierto que Tin Tan desafía a la autoridad y se burla de la policía; o que califica a los políticos de corruptos y a los gendarmes de mordelones, de allí a que invocara a la toma de conciencia o mensajes moralizantes hay mucha distancia; Tin Tan incita a la revuelta, pero sin tintes políticos, sino desde el relajo más descarado».

Por lo tanto, en las cintas de Tin Tan no hay incitaciones a la rebelión ni a la disidencia, pero a lo que sí desafían fue a la censura al hacer menciones a la mariguana, a la virginidad o a los símbolos patrios, a un llamado velado al desenfreno y al relajo (pero no en el sentido de relajarse, sino en el de olvidarse de la seriedad, de hacer un paréntesis en la realidad y dejar entrar, si no lo prohibido, a la sensualidad, a la informalidad). Y esa propuesta de cambio de actitud considero que puede resultar más provocadora y más influyente que cualquier llamado a rebelarse contra el gobierno.

En conclusión, más allá de las grafías escriturísticas tradicionales, se debe tomar en cuenta a otras formas de huellas históricas que den elementos nuevos a este tipo de análisis, arriesgándose a nuevas miradas y lecturas que se construyen desde el arte (literatura, cine, fotografía, caricatura, etcétera), que aunque no está directamente comprometido con la verdad histórica, sí puede dar perspectivas de análisis para alcanzar a ésta.[6]

Así, desde la mirada de la historiografía crítica, la vinculación del cine y del personaje Tin Tan resulta una buena oportunidad parar abrir espacios a la interlocución con otras disciplinas. Así, este debate no se cierra y la puerta queda abierta a nuevas interpretaciones y a constructivos diálogos transdisciplinarios.



[1] Véase el ensayo de Álvaro Vázquez Mantecón, La representación del espacio rural, en el cine de los años 40, en Memoria del Segundo Encuentro de Historiografía, México UAM-A, 2000.
[2] Tin Tan por sí solo no construye su personaje sino que a éste lo ayudaron a forjar un grupo de actores de apoyo (Marcelo Chávez, Fanny Kauffman Vitola, Juan García el Peralvillo, Wolf Ruvinski, René Ruiz Tun Tun, Joaquín García Borolas, José Ortega el Sapo y Ramón Valdés), directores (sobresale Gilberto Martínez Solares); pero también guionistas, fotógrafos, ambientadores y productores.
 [3] Revísese el texto del caricaturista y curador de arte Rafael Barajas El Fisgón, Solo me rio cuando me duele. La cultura del humor en México, México, Planeta. 2009.
[4] Sobre el análisis de esta cinta rescatamos diversos elementos de interpretación de John Mraz, en «Lo gringo en el cine mexicano y la ideología alemanista», en La Jornada semanal, México, 19 de febrero de 1995. Y agregamos a la discusión otros referentes dignos de examinarse como los expuestos por Emilio García Riera en su obra póstuma Las películas de Tin Tan, México, Universidad de Guadalajara Cineteca Nacional, 2008, 240 pp.
[5] Mraz, Lo gringo en el cine mexicano, op. cit., 1995.
[6] Carlos Mendiola expone que la verdad siempre conlleva un compromiso moral… «La verdad histórica no solo tiene sentido por lo que dice, sino también por la manera en que lo dice y en lugar que lo dice. Por eso el discurso histórico muestra que la verdad requiere reflexión». Carlos Mendiola, La historia como discurso crítico, en José Ronzón y Saúl Jerónimo (coords.) Formatos, Géneros y discursos, México, UAM-A, 2000, pp. 389-400.



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