Rancho Las Voces: Ensayo
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viernes, marzo 21, 2008

Ensayo / «Liberales, conservadores... ¿o qué? », por Susana V. Sánchez

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Benito Juárez García. (Foto: Archivo)

E l Paso, Texas. Cuando cursaba la preparatoria oí por primera vez la pregunta: ¿Eres liberal o conservadora? Como ante muchas otras preguntas y aseveraciones que escuchaba en ese tiempo, me quedé perpleja y no supe que contestar, para deleite de mis compañeros. Hasta el momento, la única noticia que tenía respecto a los términos liberales y conservadores eran las lecturas históricas de las guerras del siglo XIX.

Gracias a eso, sabía que durante el siglo XIX se había librado en México una terrible guerra civil; y que un bando se llamaba de los Conservadores: traidores que se habían atrevido a traer a México un príncipe europeo para que nos gobernara, juzgando al pueblo de México y por ende, juzgándose ellos mismos, incapaces de organizar y gobernar debidamente. Mientras que los triunfadores de esa guerra, a los que pertenecían muchos de los próceres de la nación, entre ellos Benito Juárez, se denominaban los Liberales. Hasta ese momento los únicos liberales y conservadores de quienes tenía noticia eran los participantes de la decimonónica Guerra de Reforma.

Sin atreverme a preguntarles a quiénes con tal aire doctoral me preguntaban a qué categoría pertenecía yo, simplemente decidí investigar de qué hablaban y en la primera oportunidad contestar en consecuencia. Poco a poco me enteré que de lo que mis compañeros hablaban era de que si tenía o no la libertad para sostener relaciones sexuales antes o fuera del matrimonio. Ante ese descubrimiento mi perplejidad sólo fue en aumento.

Moda femenil de los años setenta. (Foto: Archivo)

En los primeros años de mi vida, en el medio donde yo había crecido, ese tipo de conceptos no se cuestionaban, simplemente se daba por sentado que cualquier mujer debía esperar hasta realizar un matrimonio para iniciar su vida sexual, precisamente con ese único compañero que también lo sería para todas las cosas, durante toda la vida. Un maravilloso ideal, aunque a lo largo de la vida pude constatar que no pasaría de ser eso, un ideal para un gran número de mujeres y de hombres también. Hablar del asunto con otras muchachas de mi edad no me ayudó mucho a entender por qué se me estaban cuestionando asuntos íntimos que tienen que ver con la moral. Ellas también habían recibido el mismo tipo de educación, aunque fueran muchachas citadinas.

Con el paso de los años y muchas otras lecturas sobre los avances sociales y sobre todo, lo que era para mí el novedoso tema de la Liberación Femenina, me enteré que algunas mujeres propugnaban que el dominio del propio cuerpo y la propia sexualidad era un derecho que debíamos tener las mujeres. La vida me ha demostrado que esa tan cacareada libertad que los hombres decían tener también era una mera ilusión.

Como probablemente lo fue para muchas de mis contemporáneas, el tema pasó a ser parte de un cuestionamiento que nunca llegó a tener una respuesta clara. Sin embargo, ser «liberal» en los años subsiguientes llegó a ser sinónimo, ya no solamente de tener relaciones sexuales sin que hubiera matrimonio de por medio, sino de llevar una vida que en ese tiempo se llamaba licenciosa por nuestros mayores, esto es, ser sexualmente promiscuo/a, ingerir drogas y alcohol, no tener horarios fijos para nada y no obedecer ningún tipo de reglas o convencionalismos sociales.

Muchos jóvenes que se consideraban liberales también usaron las modas más estrafalarias; los hombres que traían el cabello más largo o las camisas más floreadas y las mujeres con las minifaldas más cortas, los cabellos más teñidos y las cigarreras más escandalosas. Sin embargo, muchos de estos estrafalarios, en realidad usaban la moda como única manifestación de «liberalismo», ya que simplemente eran pacíficos estudiantes o jóvenes trabajadores que llegaban a su casa a buena hora y rara vez se ponían alguna borrachera. Probablemente la mayoría, si es que habían coqueteado con las drogas, fue solamente de manera muy tangencial y pasajera.

Estudiante mexicano protestando en la Ciudad de México en 1968. (Foto: Archivo)

Durante esa misma época se puso de moda tener ideas «izquierdosas», políticamente hablando y participar activamente en movimientos sociales para cambiar el status quo. También estas ideas se equipararon con el concepto de «liberalidad»; por más que muchos de sus exponentes, en la vida íntima fueran más apegados a ideas de lo más tradicionalistas y hasta bastante anticuadas, como ellos mismos decían, ideas francamente reaccionarias… Por ese tiempo, algunas de mis compañeras se casaron con líderes de la llamada izquierda mexicana, quienes resultaron ser maridos tan apegados al concepto tradicional de lo que debía ser una esposa, que varios de ellos por ejemplo, obligaron a estas muchachas a tener 7 u 8 hijos, a permanecer en sus casas desempeñando solamente el papel de amas de casa, sin que nunca les permitieran desenvolverse en sus profesiones; menos aún participar en los movimientos sociales o políticos en los que ellos participaban, o practicar la política como una profesión; prácticas bastante «antiliberales», diría yo.

Por otra parte, los jóvenes que se designaban a sí mismos como conservadores eran muchachos generalmente muy religiosos (la mayoría católicos), abiertamente defendían las ideas tradicionales sobre el matrimonio, la familia, las relaciones sociales y sexuales. Aunque también usaban el cabello largo, lo traían de un largo moderado y muy bien arreglado; no se vestían escandalosamente, sino que procuraban tener un look que fuera muy aceptable para sus mayores. En general, estaban muy opuestos al cambio social. Consideraban que las clases sociales existían—«así había sido siempre y así debería de seguir siendo». Muchos consideraban que la mujer estaba hecha para ser esposa y madre fundamentalmente—como antes lo habían considerado ya sus padres, abuelos y bisabuelos— y que el hecho de que las muchachas asistieran a universidades y tecnológicos debía ser con el único propósito de convertirse en personas con la suficiente competencia como educadoras para formar hijos mejores y más aptos.

Estudiante mexicana en la actualidad. (Foto: Archivo)

Aunque ésta pueda ser una pintura bastante maniquea de los jóvenes mexicanos, tanto de los universitarios como de aquellos que se integraron a la fuerza de trabajo más jóvenes, durante las décadas de los sesentas y setentas, creo que podemos usarlo como herramienta que nos ayudará a entender en qué contexto principiaron estas discusiones sobre los tan traídos y llevados liberales y conservadores del siglo XX; absolutamente distintos a sus contrapartes decimonónicos. Probablemente las ideas de la Ilustración y el Enciclopedismo derivados de la Revolución Francesa fueron la motivación para adoptar estos nombres para los Liberales del siglo XIX. Eran definiciones que aunque llevaban una gran carga social, pues propugnaban por un cambio humanista de la sociedad, en realidad su intencionalidad era claramente política.

Para empezar, la concepción, ya que nunca me he encontrado con una verdadera definición, de liberal y conservador en el siglo pasado, es una idea más bien sociológica que política y, con el paso del tiempo llegó al siglo XXI bastante adulterada. Las modas en las siguientes tres décadas han cambiado varias veces tanto el largo de los cabellos para hombres y mujeres, como el largo de las faldas; los pantalones dejaron de ser blue jeans súper ajustados y se volvieron pantalones tumbados imitadores de los que usan los pandilleros de los ochentas, modas importadas de los Estados Unidos y Centroamérica. Hoy en día, se ha acentuado mucho más la diatriba sobre las «corrompidas costumbres liberales» aunque siempre que oigo estas discusiones en cualquier reunión de respetables familias clase medieras, termino con la impresión de que nadie sabe de qué se está hablando en realidad; cada quien tiene sus ideas sobre lo que es ser liberal o conservador.

Una cantidad enorme de muchachas de mi generación fueron a la universidad con el ánimo de ser súper estrellas del hogar y de la maternidad, pero terminaron teniendo que trabajar a todo vapor y practicar en serio sus profesiones porque como a menudo sucede, la vida, siempre cambiante, nos obliga a adoptar papeles insospechados y por lo tanto a mudar radicalmente de manera de ser, aunque sigamos con las mismas retóricas. Una de las cosas que establecieron «de facto» muchos de esos muchachos tan «conservadores» de entonces fue el divorcio. En efecto, aunque se supone que éste es un invento «liberal», en realidad los conservadores que estaban mejor situados social y económicamente fueron los que más decidieron terminar con sus matrimonios hechos a temprana edad.

Al contrario de sus padres y abuelos, ellos creyeron que no era necesario ser tan fieles al mandato de: «hasta que la muerte nos separe». Este solo hecho provocó que las mujeres que se fueron quedando solas tuvieran que salir a trabajar fuera de casa. La necesidad las obligó a transformarse en trabajadoras muy serias, o decidieron casarse en segundas y hasta en terceras nupcias, así pues formaron familias muy diferentes a aquellas de las que provenían; eso por no hablar de las que decidieron ser madres solteras, que dejó de ser un estigma social para convertirse en algo más o menos tácitamente aceptado. Algunas otras, aunque permanecieron felizmente casadas, las numerosas crisis económicas mundiales y en particular las del país, las obligaron a contribuir económicamente a sus hogares para poder sobrevivir las muchas catástrofes que ha tenido que capotear la clase media mexicana. La mujer casada que trabaja dejó de ser un animal raro para convertirse en el promedio.

Por supuesto, no todas esas muchachas corrieron la misma suerte o tuvieron los mismos propósitos. Había estudiantes que desde un principio decidieron tomaron en serio la profesión y después practicarla también con el mismo ahínco. Muchas brillantes profesionistas de los setentas encontraron al principio muy restringido el campo de trabajo. Pero como al menos en el norte de México se estableció la industria maquiladora, en donde eran bienvenidas las mujeres de muchas profesiones, ya que el grueso de la mano de obra era y es hasta la fecha femenina, estas noveles profesionistas pronto encontraron acomodo y acabaron con el mito de que las mujeres no pueden ser buenas profesionales porque tienen otras prioridades.

Debido a estos avances sociales, el siglo XXI recibió a las flamantes profesionistas, hijas de mi generación, con los brazos abiertos para todos los campos y las disciplinas en el trabajo. Aún subsiste discriminación contra la mujer trabajadora en muchos lugares, sobre todo en lo que se refiere a sueldos y oportunidades de ascenso, pero las jóvenes de hoy en día tienen más probabilidades de triunfar en su profesión que una joven profesionista de hace 30 ó 40 años.

La mayoría de estas mujeres no tienen ni siquiera una idea de las luchas que han librado las activistas por la liberación de la mujer en todo el mundo. No saben por ejemplo que sus bisabuelas y probablemente sus abuelas no tuvieron derecho al voto; probablemente no las hubieran admitido en las universidades si hubieran querido estudiar ingeniería, medicina o cualquier otra profesión considerada masculina—hay un libro de Mariano Azuela que constituye una soberana burla de una muchacha que quería estudiar leyes; o aún cuando las puertas de la universidad se hubieran abierto para ellas, sus familias nunca les habrían permitido estudiar, o ejercer su profesión.

La cantante mexicana Vianey Valdez en los años sesenta. (Foto: Archivo)

Cualquier patrón se hubiera reído a carcajadas si le hubiera solicitado una oportunidad una mujer ingeniera o hasta una carpintera, entre las profesiones técnicas. Mi generación es probablemente la primera en la que se hizo común que una muchacha decidiera estudiar con toda seriedad cualquiera de estas disciplinas para después practicarla para ganarse la vida. Este es un logro de los movimientos de liberación femenina que es parte, desde luego, de las ideas consideradas liberales. Curiosamente, es en los hogares considerados por las propias familias «muy conservadores» donde más han alentado a sus hijas a estudiar y trabajar con toda seriedad.

En México, aunque en los setentas se comenzó a hablar de que la mujer debía ser dueña de su cuerpo y su sexualidad, es hasta este siglo XXI cuando realmente se comienza a dar este fenómeno y las jóvenes determinan con más libertad cuando quieren comenzar una vida sexual activa, estén o no casadas. Aunque no deja de haber entre ellas todavía una carga de culpabilidad o de incertidumbre al tomar estas decisiones. Desgraciadamente, aún se sigue manejando la misma hipocresía con que siempre se ha abordado o acallado el tema de la sexualidad. Incluso cada rato me encuentro con fósiles antidiluvianas de mi edad que encuentran atractivo como tema de conversación, comentar que ellas no tuvieron relaciones sexuales hasta que su matrimonio estuvo debidamente sancionado por el cura y por el juez. No sé hasta que punto es cierto o no, creo que el asunto no tiene la menor importancia, pero lo encuentro bastante aburrido en mujeres que ya son o están a punto de ser abuelas y que podrían hablar de experiencias mucho más importantes e iluminadoras para las nuevas generaciones. ¡Me dan severos bostezos…!

TOLERAR OTRAS FORMAS DE PENSAR

Desde luego, con las epidemias de enfermedades de transmisión sexual y la terrible pandemia del SIDA, sería mucho más importante transmitirles a nuestros jóvenes, hombres y mujeres, la gran responsabilidad que tienen entre manos para manejar su sexualidad responsablemente; como les enseñamos a mantener limpio y bien alimentado su cuerpo. Creo que la moral se ha quedado atrás, por no tomar en cuenta los avances en materia de higiene y todos los logros de la ciencia en todo lo que se refiere al manejo del propio cuerpo y sus necesidades.

Una de las peores catástrofes que acontecieron en el último cuarto del siglo XX fue la generalización del uso de las drogas, que aunque se dice que es por parte de los jóvenes, en realidad, el uso de las drogas ha sido y se está practicando por personas de todas las edades. Creo que ésta si la podemos considerar una verdadera hecatombe de fin de siglo. Junto con el SIDA y algunas otras epidemias de salud, pero tomando en cuenta el número de individuos que se enferman de drogadicción, el asunto de las drogas—eso sin hablar del terrible azote del narcotráfico y su secuela de muerte—creo que es con mucho, probablemente el mayor problema de salud pública que tenemos encima, una pandemia mundial de proporciones insospechadas.

No obstante, oyendo tanta sandez disfrazada de moralina por dondequiera, me doy cuenta de lo impreparados que estamos para enfrentarlo y combatirlo de una manera seria y eficaz. Nos portamos como unos verdaderos ignorantes y medrosos supersticiosos medievales. En lugar de respaldar a las diferentes disciplinas de la ciencia, que creo es nuestra única verdadera esperanza, preferimos ponernos a lanzar verborreas apocalípticas, hablar de los males del liberalismo e ignorar el problema, como si ignorándolo pudiéramos exorcizarlo.

Otra vez se pusieron de moda los «conservadores», o sea individuos religiosos y «muy morales», aunque ya se sabe que también entre ellos abundan los pederastas, y aquellos que también sufren todos los azotes de los diferentes vicios que aquejan al resto de la humanidad. Se han multiplicado como hongos una multitud de sectas de todas las religiones tradicionales, así como seudo-religiones de nuevo cuño que le ofrecen a los pobres desesperados enganchados en la drogadicción, o a sus desgarradas familias la salvación del alma y del cuerpo, cuando en realidad lo único que quieren es aligerarle la cartera.

Ciertamente que a algunos pocos les ha dado resultado el apego a las religiones, pero eso no es cierto para la mayoría de los miserables enfermos que están dispuestos a cualquier aberración con tal de conseguir la siguiente dosis de la droga o las drogas a las que sean adictos. Los narcos, mercachifles de la muerte, saben esto, y no se detienen ante nada para ejercer esta moderna forma de esclavitud. Tal vez habría que buscar en la propensión del ser humano a buscar paliativos a los males que nuestra condición de seres pensantes nos ha condenado, para encontrar la solución a la dependencia bioquímica de las drogas; o a muchas otras dependencias sicológicas—entre ellas podemos contar la anorexia, la bulemia, la glotonería, traducida en obesidad, la adicción al juego o al sexo indiscriminado—que también conducen a la locura y a la muerte. A ese tipo de problemas, hasta ahora, solamente la ciencia está dando algunos pasos vacilantes para darles respuesta adecuada.

Es sin duda, muy loable la búsqueda de respuestas en todas aquellas disciplinas que nos han ayudado tradicionalmente: la religión, la moral, la ética, la filosofía. Sin embargo, hablar sin ton ni son de la pérdida de «valores» cuando nadie aclara cuáles son esos valores y nadie define con precisión cuáles serían las metas a lograr, sucede lo mismo que con la tonta discusión sobre «liberalismo» y «conservadurismo». Cuando cada quien tiene en mente una definición diferente y nadie ha dicho de qué cosa estamos partiendo, todo se convierte en un diálogo de sordos, un parloteo de cotorras que no tiene sentido y probablemente no nos lleve a ninguna parte.

A lo largo de mi vida he tratado con gente de todas las condiciones sociales, de diferente educación y procedencia y he descubierto que lo único que tenemos los seres humanos en común, es la certeza de que nuestra manera de pensar, de vivir y de actuar es la mejor. Por lo tanto, para hablar de valores, habría que ver primero si nuestros valores son los mismos que los del vecino y los de los habitantes de la casa de la esquina. Tomar la decisión de tolerar otras formas de pensar, de vivir y de afrontar la vida. Si no echamos mano de la experiencia de muchos siglos de historia, de la comprensión, el respeto y la solidaridad que nos debemos unos a otros, estaremos perdiendo un tiempo precioso para solucionar muchos de los males sociales y de salud que hoy nos aquejan y que requieren soluciones novedosas, imaginativas y muy urgentes.

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martes, febrero 19, 2008

Ensayo / Charros comunicativos, por Diana Bailleres

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Javier Alatorre. (Foto: Archivo)

C ada día, la televisión y su programación me muestran el deterioro y anomia que se viven en estos días en México. Por un lado los noticiarios ponderan la cruzada fantástica o fanática del presidente Calderón contra el narcotráfico, poniendo a los informativos en el nivel del más sucio cine gore. Qué importancia tiene para los niños que desayunan con esas imágenes que se les muestre la visceralidad de esta riña que, como veremos muy pronto, no resolverá el problema pues los reacomodos son instantáneos en el bajo mundo.

Me pregunto cada día si los presidentes de las dos corporaciones mayores de la televisión en México ven los que sus productores y subordinados lanzan al aire, creo que no. Pero aunque lo hicieran, qué criterios y valores en la vida sostienen al heredero Azcárraga Jean o al otro heredero mueblero Salinas Pliego. Mantener la competencia por el rating es lo que les importa, la ganancia por un servicio de comunicación del más bajo nivel de contenido. Una conductora de Tv Azteca que criticaba a la gente que no sabe qué se celebra el 5 de febrero cuando mandó la nota, su pie se quedó en que no sabían que era «el día de la promulgación de la Constitución de los Estados Unidos» y lo mandó sin agregar «Mexicanos» como es el nombre oficial de nuestro país. Bueno y qué me dicen del «compayito» copia burda pero más vulgar y sin gracia de «tachadito», quien, aunque también vulgar tiene un poco más de gracia.

Ser albureros, a la mayoría mexicana le parece una virtud, que ya para estos momentos en que vivimos no tiene ninguna gracia ante la desgracia de país que nos han dejado los gobiernos hasta el momento y sí me parece que no deja ninguna ganancia para la reflexión sobre nuestra mordaz realidad. Comunicación-medios-medios-comunicación-periodismo-medios nos empapelan, nos magnetizan, sombrean la realidad sin escrúpulo y sin conciencia de la mínima honestidad y respeto ni para los niños, ni para las mujeres, ni para los ancianos, para nadie. Simplemente, dicen algunos: «pues apague su tele si no quiere ver»; ¿de veras no nos quedará de otra, para no ver a Sabrina luciendo sus emplastes pastiches de silicona encamada con la bestia cibernética más rentable de Televisa? Y las seis de la tarde se pueden ver escenas dignas de Sin City.

Ése es el escenario de quienes reclamaron en meses pasados tener la «libertad de expresión» para comprar la comunicación a los partidos políticos. Estos son los medios que avalaron su defensa de la ley de los medios y con esa misma ética destrozan y desgarran como hilacho la vida privada de quien se ponga frente a su cámara. Resulta explicable por qué unos cuantos medianamente inteligentes les huyen despavoridos. La vida privada se ha convertido en la mercancía más rentable de esta primera parte del siglo, porque no sabemos lo que espera a la vuelta de unos cuantos meses.

No es extraño que la vida de una adolescente como Britney Spears se ventile pendiente del hilo de las drogas de la explotación de directores y de sus propios progenitores; y un juez de un país que no tiene ninguna autoridad moral le sentencia al aislamiento cuando la chica, nada pobre, no entiende palabras como insomnio, porque ha escuchado a su manejador quien le tiene el cuerpo –también mercancía de los fotógrafos- atiborrado de drogas legales e ilegales.

¿Existe algún poder en la academia de Comunicación de las universidades mexicanas para decir lo que pensamos de la producción televisiva? Pienso que sí. Sólo que lo que muchas veces me han respondido algunos doctorales colegas es que no ven televisión: las telenovelas son para las amas de casa y los noticiarios son para la tercera edad, que todavía creen que es verdad lo que dice López Dóriga o las abuelas que adoran a Javier Alatorre por su atractivo bigote de macho mexicano porque les recuerda –creo– a Pedro Armendáriz. Las abuelas creen todo. Se enamoraron del güerito Zabludovsky, luego de Memo Ochoa porque era simpático y le gustaban los boleros y ahora ven en Alatorre esa imagen del charro y lo son, bastante charros con la comunicación.

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miércoles, julio 04, 2007

Ensayo / «La emigración mexicana hacia los Estados Unidos» por Susana V. Sánchez

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División política de México en 1824 (Foto: Archivo)

E l Paso, Texas.- Tradicionalmente, y aunque no hay estadísticas lo suficientemente confiables que puedan probarlo, la emigración de mexicanos hacia los Estados Unidos de América tiene ya una duración de siglos. Muy poco después de la invasión a México por parte de los Estados Unidos en 1847, la emigración fue contraria a lo que es hoy en día, pues muchos mexicanos, asentados en los territorios anexados a los Estados Unidos durante ese tiempo, se vieron obligados a huir de las tierras donde habían vivido durante dos siglos o más. El triunfo de la invasión y consecuente anexión de los estados que hoy día son Texas, Arizona, Nuevo México, California y algunos otros territorios que hay quienes dicen llegaban hasta el actual Oregon, provocó un éxodo significativo sobre todo a los estados que hoy en día constituyen el norte y el centro de México.

Sin embargo, muchos pobladores, que en ese tiempo habitaban todo el territorio que al triunfar la guerra se convirtió en el sur de los Estados Unidos, prefirieron quedarse y sortear las condiciones de su nueva situación de norteamericanos de nuevo cuño. Las comunidades, enclavadas en los estados que pasaron a ser frontera con México, quedaron aisladas y sin una verdadera comunicación, ni con su país anterior, México, ni con el nuevo país al que pasaron a pertenecer. Estos ex-mexicanos permanecieron en una especie de limbo sin tener una situación clara con su nueva patria; ya que muchos de ellos por una simple cuestión racial eran considerados parte del enemigo y, por lo tanto mirados con extrema desconfianza y considerados norteamericanos de segunda o tercera clase, si es que alguien les reconocía este nuevo estatus.
Aparte de la diferencia racial con los europeos blancos, que habían estado comprando directamente al estado mexicano muchas tierras con anterioridad a la guerra, había una diferencia lingüística y de costumbres que puso a los ex-mexicanos en franca posición de desventaja con respecto a aquéllos. Los europeos blancos, en su mayoría alemanes, holandeses y de otros países del norte de Europa, se fueron adueñando de todas las tierras y los recursos naturales. Todos ellos tenían una mayor afinidad con los habitantes de las colonias americanas establecidas al principio –cuya población provenía de esos mismos países– y por lo tanto el gobierno central los favorecía en todos sentidos por encima de los intereses de los ex-mexicanos. Por otra parte, la diferencia idiomática —ya que hasta ese momento, estas comunidades se comunicaban en español para resolver todos los asuntos legales y jurídicos— constituyó también una barrera considerable. De pronto se vieron ante la indefensión de tener que comunicarse en otro idioma para realizar cualquier empresa comercial o transacción legal. Empero, muy poco tiempo después, toda esta gente se volvió bilingüe, pues aunque se preocuparon de aprender inglés, el idioma oficial de su nueva patria, siguieron conservando el español como el medio de comunicación de la intimidad, de la familia y de los lazos de parentesco con los familiares y amigos que se habían quedado «del otro lado». Poco a poco, con el paso del tiempo y el nacimiento y la crianza directa de nuevas generaciones en su nuevo país, los ex-mexicanos se fueron integrando a la cultura y a la sociedad norteamericanas. Lamentablemente, al aislarse de su antiguo país, su español se sumió en el estancamiento. Hoy en día, la gente cuyos antepasados tienen ya siglos de vivir en los Estados Unidos habla un español con los reflejos medievales que se pueden encontrar en la literatura de la época colonial. En el Suroeste del país la gente que habla español ha conservado muchas de las voces, los verbos y hasta las construcciones del español antiguo.

Por otra parte, tanto el crecimiento lleno de escollos de México, debido a todas las guerras y convulsiones sociales a lo largo del siglo XIX, como la fuerza pujante del joven país norteño, constituyeron el motor principal que motivó el comienzo de una corriente migratoria de mexicanos hacia los Estados Unidos que se volvió continua a la vuelta del siglo XX. Este estado de cosas ha permanecido como una constante hasta nuestros días. Aparentemente, la población mestiza que se ha extendido desde entonces ha logrado poco a poco una asimilación casi total con el resto del país a pesar de las diferencias raciales. Sin embargo, este esfuerzo de asimilación no sólo no ha podido concluir, sino que en apariencia parece interminable. La emigración constante de mexicanos, que no ha parado durante más de un siglo, no permite que esta fusión social se cristalice en una realidad palpable; puesto que siguen llegando mexicanos pobres, con un bajo nivel académico y, por su extracción del medio rural mexicano, con un habla arcaica del español. Estas condiciones no habían contribuido en nada para la modernización del español entre los habitantes hispanos de los Estados Unidos.

En efecto, al provenir, la mayoría de la gente que ha venido emigrando a los Estados Unidos de las áreas rurales y agrícolas de México, donde el aislamiento y la pobreza los mantienen al margen de las fuerzas dinámicas que transforman el idioma en las áreas industriales y urbanas del resto del país, sólo se consolidaba aún más el avejentamiento del idioma.

Empero ese estado de cosas comenzó a cambiar aproximadamente a raíz de la Revolución mexicana (comienzo en 1910). Durante esta época, muchos individuos de la clase media mexicana, con más instrucción y educación en todos sentidos, comenzó, al igual que sus compatriotas más desafortunados, una emigración más o menos continua; claramente por huir de la guerra, durante la revuelta armada. Cuando por fin el país se pacificó y comenzó a acelerar su proceso de urbanización y de industrialización con los gobiernos post-revolucionarios, la clase media mexicana comenzó a robustecerse y en lugar de emigrar hacia los EE. UU. comenzó un éxodo hacia las ciudades que se estaban industrializando y donde había un desarrollo sostenido. Por desgracia, a raíz de los desastres económicos que convulsionaron a México desde la década de los setentas, la emigración de las clases medias hacia los EE. UU. comenzó a ser una realidad mucho más patente. Estas personas no solamente trajeron con ellas más educación que les daba la posibilidad de conseguir mejores trabajos, sino que también venían con un español mucho más evolucionado y normativo desde el punto de vista académico, un español moderno.

No obstante, las clases medias, no solamente trajeron esta diferencia lingüística, sino que con ella, trasplantaron también la diferencia de clases sociales que en México es tajante; y en el Sur de ese país llega a constituir de facto una verdadera diferencia de castas. El trasplante de estas costumbres promovió un encontronazo con los habitantes hispanos de los EE. UU. No solamente eran estos nuevos emigrantes una amenaza para los puestos de trabajo disponibles, sino que constituyeron una clase de gente con una arrogancia que simplemente al hablar un español tan desconocido para los ex-mexicanos asentados en este país, por tanto tiempo, se volvían unos verdaderos extraños, muy amenazantes. Pero como los procesos naturales de los movimientos humanos son imparables, la emigración de la clase media mexicana sólo se ha venido consolidando durante todo el final del siglo XX y, en estos principios del siglo XXI, ha venido a ser una constante, sin que por esa razón se haya detenido tampoco la emigración de los campesinos y la gente de menores recursos y menor educación formal.

Desgraciadamente, los problemas sociales, emanados de la división tajante de las castas mexicanas, se trasplantaron a los Estados Unidos con la llegada de los emigrantes de las clases medias educadas. Estos emigrantes, no solamente sienten una separación profunda, fundada en su mejor educación y conocimiento del inglés con respecto a sus compatriotas menos afortunados que llegan a este país, sino que también dirigen este sentimiento de supuesta superioridad contra los descendientes de los primeros colonos mexicanos que han vivido aquí por generaciones. Contra ellos sienten una animadversión por hablar este español antiguo que ya está en desuso en la mayor parte de México. Es un dialecto que el mexicano educado identifica con las personas pobres del medio rural y de las zonas marginadas de las ciudades. Es decir, el habla se convierte en la carta de presentación de la clase social a la que pertenezcamos. Los norteamericanos hispanos, a su vez, se sienten agredidos por estos emigrantes a quienes consideran unos verdaderos advenedizos, pobretones y presumidos. Este estado de cosas lo único que provoca es una serie de divisiones entre las diferentes comunidades hispanoparlantes, agravadas todavía más por la convivencia con los centroamericanos y sudamericanos emigrantes, quienes vienen a ser todavía otro grupo social con costumbres y sobre todo un habla diferente. Curiosamente el español, idioma que es uno de nuestros puntos de contacto, aparte de la raza y posiblemente la religión, y que debía de ser el catalizador de nuestras diferencias, ha venido a ser una especie de separador entre las diferentes comunidades; de acuerdo a los diferentes dialectos, acentos y entonaciones que le demos cada quien al mismo idioma. Los mexicanos que vienen a este país como turistas no son tampoco una ayuda. En innumerables ocasiones he presenciado, sobre todo en los lugares públicos, como tiendas o restaurantes, a los arrogantes mexicanos con cierta educación sobajar a los muchachos que sirven de meseros o dependientes en esos establecimientos y quienes tratan de atenderlos en su idioma. En lugar de agradecer que alguien trate de comunicarse con ellos en su propia lengua, el esfuerzo de estos jóvenes por usar un idioma tan carcomido por el tiempo, sólo les sirve a aquellos para hacerlos objeto de burla. La mayoría de estos mexicanos no están conscientes de que los jóvenes empleados que los atienden pertenecen a la clase media, no ya de México—país bastante pobre—sino de los EE. UU.; que muy probablemente son estudiantes universitarios que están desempeñando este tipo de trabajos mientras terminan sus respectivos estudios; que son bilingües, aún cuando ese bilingualismo sea en un español antiguo o maltrecho por la falta de práctica y; más importante aún, que en este país el trabajo sí es respetable a todos los niveles. Aquí sí le es posible a alguien que trabaje en los empleos más humildes o pesados salir adelante y en algún tiempo integrarse a esa clase media desahogada, que para muchos mexicanos es solamente un sueño imposible.

Ahora que cada vez más fuertemente, los inmigrantes latinoamericanos, ilegales o legales, están siendo rechazados tan abiertamente por parte de todas las fuerzas sociales norteamericanas, quizá sería la hora de unirnos en un solo frente para defender nuestros derechos como ciudadanos de ésta, nuestra nueva patria. Probablemente sería también un buen momento para tratar seriamente de derribar la barreras de casta que tanto daño le han hecho a nuestra antigua patria; y tratar de integrarnos en un solo bloque, no en contra de los ciudadanos de las otras razas o etnias, sino en un bloque que nos integre también como parte de ese mosaico maravilloso que es una verdadera sociedad demócrata. Al fin y al cabo, cuando llegamos a este suelo, la importancia de los antepasados europeos o las pretensiones de antepasados coloniales adinerados o ex –hacendados, eso es los que son solamente: pretensiones de ser lo que ya no somos, porque si esas pretensiones fueran ciertas, y de verdad perteneciéramos a las clases adineradas de América Latina, para empezar, no nos habríamos salido nunca de la querida patria que nos vio nacer.

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domingo, abril 15, 2007

Ensayo / «El castellano, el español, el espanglés» por Susana V. Sánchez

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Ilustración Jaime Moreno Valenzuela (Foto: Archivo)


D esde hace buen rato que los que se llaman a sí mismos verdaderos norteamericanos (léase la derecha ultra conservadora y religiosa con una agenda política muy sui generis) vienen diciendo que el inglés debe imponerse como idioma oficial en los Estados Unidos, ya que hay una invasión de otros idiomas que es del todo punto intolerable. Por otra parte en México, en estos últimos tiempos, se nota una asombrosa penetración del inglés, aunque nadie hable de este fenómeno, y menos aún, se le haya examinado con la seriedad que merece un acontecimiento como éste.

Baste ver cualquier programa de la televisión, desde las telenovelas para los jóvenes como «Rebelde», hasta los cómicos de la sátira social, o los conductores de programas de variedades como «Otro Rollo», para darse cuenta del enamoramiento de los mexicanos por la cultura popular, la comida, la moda, pero por encima de todo, por la lengua del país del norte.


Tenemos, no solamente en México, sino en todo el resto de América Latina, una verdadera avalancha de términos que se dicen ya sea en inglés directamente o en traducciones literales que se escuchan, francamente como un extraño inglés en español. Todos estos términos están sustituyendo muchos vocablos, modismos y aún fórmulas completas de cortesía, de introducción en la conversación o en el discurso, saludos y formas de comunicación que hasta hace unos cuantos años existían en perfecto español, pero hoy en día tienden cada vez más a la desaparición.

Ya no somos fracasados o perdedores, somos loosers; ya no vamos de compras, vamos shopping, aunque incorrectamente pronunciado con ch en lugar de la sh inglesa; ya no vamos a fiestas, vamos de party; las muchachas y muchachos que bailan en los centros nocturnos o lugares por el estilo no son ya bailarines (o vedettes, como se decía hace algunos años) sino table dancers y, por lo tanto vamos al table, y así por el estilo. Ésos no son más que unos cuantos ejemplos, por enumerar los que, por comunes, ya se volvieron moneda corriente. Hoy en día, es casi imposible conversar sin salpicar la conversación con múltiples palabras y frases en inglés.

En México, algunos cómicos han utilizado esta tendencia social para satirizar a más no poder a la clase media mexicana. Ponen de relieve cómo utilizamos un idioma extranjero, en este caso el inglés –aunque ni siquiera lo dominemos con o sin propiedad–, y lo usamos para darnos tono y sentirnos importantes a la manera de los afrancesados de la época porfiriana, que intercalaban continuamente en la conversación palabras o frases enteras en francés.

Curiosamente, los clase medieros que vivimos a uno y otro lado de la frontera, somos los mismos que nos burlamos de la manera de hablar, en la forma mezclada de los dos idiomas, de los humildes trabajadores mexicanos migratorios –quienes también cruzan continuamente como nosotros, a uno y otro lado de la frontera– que regresan a México y que por un proceso natural de aculturación y adquisición de un idioma que necesitan dominar a marchas forzadas, hablan una mezcla de inglés y español que ha venido a conocerse como espanglés.

Sin embargo, actuando como criticones, que no críticos, no nos damos cuenta que aun cuando la afectación nos hace intercalar palabras y frases en inglés, a resumidas cuentas sonamos igual que la gente que lo hace por otros motivos: unos y otros hablamos espanglés.

Tenemos muchos ejemplos que ilustran la acometida que está sufriendo el español con la importación de términos del inglés, pero usando palabras comunes del español que son cognados (palabras que se escriben de manera muy similar y tienen significados parecidos o iguales), o falsos cognados (palabras que probablemente llegaron a los dos idiomas provenientes de una misma fuente pero tomaron significados totalmente diferentes en ambos idiomas).

Es asombrosa la cantidad de palabras y frases que son traducciones literales del inglés y que, debido a la literalidad de la traducción, no acaban de explicar con claridad en español el significado; en múltiples ocasiones porque se usan falsos cognados. Aún en el caso de las personas que dominan ambos idiomas, si no están alertas con lo que se está diciendo, es posible que tomen la interpretación de la palabra en el sentido del idioma que estén utilizando en ese momento, sin analizar si simplemente se está utilizando un falso cognado. Tomemos como ejemplo el término soporte. Anteriormente usábamos la palabra apoyo cuando hablábamos de las emociones o de los sentimientos u otras cuestiones subjetivas; soporte se usaba únicamente cuando se hacía referencia a cosas mecánicas o materiales de cualquier tipo.

En cambio hoy en día, soportamos una política, le damos soporte a una persona en su dolor…etc. Sin duda alguna una traducción literal del inglés support. Posicionar es otra palabra de nueva adquisición. Hace unos cuantos años nos ubicábamos en un sitio, localizábamos a una persona, o teníamos una postura o una opinión respecto a los acontecimientos. Hoy en día, sustituimos todos esos verbos con el “posicionarse”, que suena bastante chocante por cierto; una pieza del inglés puesta a la fuerza en el tejido del español. Contenedor es otro buen ejemplo. Hace unos cuantos años contenedor era un recipiente muy grande, enorme para ser más precisos, donde se almacenaban substancias o partes a granel pero en cantidades industriales; mientras que ahora vemos la palabra contenedor aplicada a cualquier recipiente sin importar el tamaño ni el objeto de uso, y por lo tanto, estamos olvidando las palabras depósito, recipiente, palangana, bandeja, charola y otras muchas que se utilizaban, dependiendo del tamaño y del objeto al que estuvieran destinadas, si tenían o no tapadera u otras características, para sustituirlas por una sola: contenedor. Ya no concertamos las citas de negocios o de cualquier otra índole sino que “agendamos” a las personas. Y así como el sustantivo agenda dio origen al verbo agendar, hoy en día es más sorprendente ver la cantidad de sustantivos que se están transformando en verbos. Por supuesto, un contagio del inglés.

Sin embargo, no es esto lo más grave que le está aconteciendo al idioma español o castellano, para ser más precisos. El subjuntivo, uno de los modos gramaticales del idioma y que es común a todas las lenguas romances, está tendiendo a desaparecer en el nuestro. El subjuntivo, palabreja que casi, casi parece palabrota, excepto para los versados en la gramática de la lengua–puesto que aún para los mayores de 50 años no era algo que se enseñara ni se aprendiera con ahínco en los colegios– es simplemente la clasificación de una forma de hablar que describe los deseos, las órdenes encajadas en las frases, las esperanzas y aquellas cosas que no estamos seguros si se realizarán o aquellas que sólo son posibilidades. En otras palabras, el subjuntivo expresa una extensísima gama de emociones y de estados mentales subjetivos o que tienen que ver con los sentimientos, por ejemplo:

Siento mucho que estés enfermo, ojalá te cures muy pronto.

Puesto que estar es un verbo regular, la única diferencia con el presente del indicativo es la segunda vocal de la palabra y hoy en día la tendencia es a decir:

Siento mucho que estás enfermo, ojalá te curas muy pronto.

Donde, en efecto, se utiliza el presente del indicativo (el modo gramatical que describe la realidad, lo concreto). Por lo tanto, si se analiza con cuidado la segunda oración tiene una variación considerable de significado desde el punto de vista del español normativo; ya que en este caso, el hablante se imagina que la persona está efectivamente enferma; mientras que en el primer caso se está expresando un sentimiento de solidaridad con el enfermo. Es decir, en el primer caso el verbo sentir se refiere a sentir pena, mientras que en el segundo significa imaginarse. La segunda parte de la oración, o sea la cláusula subordinada es un verdadero atentado a la musicalidad y al equilibrio de la lengua, pero es la forma como se dice actualmente.

Aunque me considero una purista de la lengua, no quiero pecar de empecinarme con el dialecto en que me ha tocado en suerte comunicarme hasta ahora, fundamentalmente porque comprendo que los idiomas que son vitales y están vigentes evolucionan constantemente; pero no deja de llamarme la atención que la lengua que he usado por tanto tiempo esté perdiendo algunas de las características fundamentales que ha tenido en el último milenio, entre ellas el enriquecimiento que le han dado las antiguas lenguas americanas.

Hace unos treinta años, siendo alumna universitaria, escuché una conferencia sobre una teoría que en ese tiempo me sonó totalmente disparatada y absurda, la de la fusión del inglés y el español. El conferencista, conservadoramente le daba 300 años a esa transformación. Y, ¡a quién le importa lo que pase dentro de 300 años? Pero ni en una pesadilla me hubiera imaginado que yo iba a ser testigo presencial de ese proceso. Y, sobre todo que en el término de mi vida, iba a ver cambiar tanto el español, como para que haya venido a ser una lengua casi extraña para mí. Tomando en cuenta que mi generación tiene una esperanza de vida de algunas cuantas décadas más, ¿es que acaso, cuando los individuos de esa generación lleguemos a la ancianidad, estaremos hablando un idioma totalmente diferente y ajeno –al menos para los ancianos de esa época– del que aprendimos en nuestra tierna infancia y que nos ha servido para comunicarnos durante los últimos 50 años?

Sería muy interesante analizar por qué está variando tanto nuestra lengua, cuáles son los objetivos de las actuales generaciones que no sólo están admitiendo el inglés, casi sin ningún tipo de resistencia, sino que están tendiendo a acortar las palabras del español en una especie de ideogramas de los que se usan en los lenguajes de la computadora y de la comunicación por los diferentes aparatos electrónicos que existen actualmente. Hace poco escuchando a mi hijo “chatear” por computadora, le preguntó a su interlocutor:

–¿Qué onda. güey, no que me ibas a “textear”?

Y la respuesta fue:

–Ay, “tranqui”, no te engoriles, for some reason my cell was dead.

Con la practicalidad y la sabiduría del joven para adaptarse a las circunstancias de su época, es posible que las nuevas generaciones de todas las Américas estén destrozando ambas lenguas, para reinventar una nueva que se adapte a las condiciones y las necesidades de la Nueva Era que les está tocando vivir.

El Paso, Texas.
Febrero del 2007.


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martes, marzo 13, 2007

Ensayo / Jean Baudrillard «La ilusión y la desilusión estéticas» (I de IV partes)

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El filósofo francés (Foto: Archivo)

V enezuela, Viernes, 27 de octubre de 2000 (analítica.com) Da la impresión de que la mayor parte del arte actual se aboca a una labor de disuasión, de duelo por la imagen y el imaginario, a una labor de duelo estético, las más de las veces fallido. Esto acarrea una especie de melancolía general en el ambiente artístico, el cual parece sobrevivir en el reciclaje de su historia y de sus vestigios. Pareciera que estamos dedicados a una retrospectiva infinita de lo que nos precedió, pero esto es cierto para la política, es cierto para la moral, para la historia, y para el arte también, que no detenta ningún privilegio. Todo el movimiento de la pintura, por ejemplo, se ha retirado del futuro y desplazado hacia el pasado: con la cita, la simulación, la apropiación, al arte actual le ha dado por retomar, de una manera más o menos lúdica, más o menos kitsch, todas las formas, todas las obras del pasado, próximo o lejano, y hasta las formas contemporáneas, eso que Raysel Knorr, un pintor norteamericano, llama "el rapto del arte moderno".

Por supuesto, este remake, este reciclaje, pretende ser irónico, pero esa ironía es como la urdimbre gastada de una tela: no es más que el resultado de la desilusión de las cosas, una desilusión de cierta manera. El guiño cómplice que consiste en yuxtaponer el desnudo de Le Déjeuner sur Merbe de Manet con Lesjoueurs de Cartes de Cézanne no es más que un chiste publicitario: el humor, la ironía, la crítica, el trompe-l'oeil (efecto engañoso) que hoy caracterizan a la publicidad y que inundan también toda la esfera artística. Es la ironía del arrepentimiento y del resentimiento respecto a su propia cultura. Quizá el arrepentimiento y el resentimiento constituyen ambos la forma última, el estadio supremo de la historia del arte moderno, así como constituyen, según Nietzsche, el estadio último de la genealogía de la moral. Es una parodia y a un tiempo una palinodia del arte y de la historia del arte; una parodia de la cultura por sí misma, con forma de venganza, característica de una desilusión radical. Es como si el arte igual que la historia, por cierto hurgara en sus propios basureros buscando su redención en sus desechos.

Tomemos el cine como ejemplo para ilustrar este asunto de la ilusión: en el curso de su evolución, en el curso del progreso técnico del cine, al pasar del cine mudo al parlante, al color, a la alta tecnicidad de los efectos especiales, la ilusión (en el sentido fuerte del término) se retiró, se desvaneció. En la medida en que la técnica y la eficiencia cinematográficas dominan, la ilusión se va. El cine actual ya no conoce (digamos en general) ni la ilusión ni la alusión; se entrega a un modo hipertécnico, hipersofisticado, hipereficaz, hipervisible; ya no hay vacío, no hay elipse, no hay silencio (como tampoco en la televisión, hoy, con la que el cine se confunde más y más).

Nos acercamos cada vez más a eso que llaman la «alta definición» de la imagen, es decir, a la perfección inútil de la imagen. A fuerza de ser real, a fuerza de producirse en tiempo real, mientras más lograda la definición absoluta, la perfección realista de la imagen, más se pierde el poder de la ilusión.


Obra de Warhol (Foto: Archivo)


Basta pensar en un teatro como la ópera de Pekín, antes. Cómo en una escena de barcas en un río, con el solo movimiento de los cuerpos se adivina el río, se adivina el movimiento del río; o cómo en una escena de un duelo, los dos cuerpos, sin siquiera tocarse, simplemente rozándose, dan la idea, la visión escénica de la oscuridad en la que se desenvuelve el duelo. En estos casos la ilusión es total e intensa, y es más que estética: es una especie de éxtasis físico, justamente porque se ha obviado la presencia realista del río o de la noche, y sólo los cuerpos se encargan de la ilusión natural. Hoy, esto se representaría con toneladas de agua en el escenario, o bien se filmaría el duelo en infrarrojo, etcétera.

Es decir que hay una especie de obscenidad de la imagen de tres o cuatro dimensiones, una obscenidad de la música de tres o cuatro o veinticuatro bandas, etcétera. Siempre al añadir a lo real, al añadir real a lo real, con el propósito de una ilusión perfecta -la del estereotipo realista, perfecto-, se termina matando la ilusión de fondo.

Auto pintado por Warhol (Foto: Archivo)

La pornografía, por ejemplo, al añadir una dimensión a la imagen del sexo, le quita una dimensión al deseo y descalifica toda seducción. Y el apogeo de esta desimaginación de la imagen, de la pérdida de imaginación de la imagen, para hacer que una imagen no sea ya una imagen, es hoy la imagen de síntesis, o sea, todo lo que tiene que ver con la imagen numérica, la realidad virtual, etcétera.
Ahora bien, una imagen es justamente una abstracción del mundo, en dos dimensiones; es lo que le quita una dimensión al mundo real y, por eso mismo, inaugura el poder de la ilusión. La virtualidad, por el contrario, al hacernos «entrar» en la imagen, al recrear una imagen realista de tres dimensiones, o al añadir una cuarta dimensión que vuelve a lo real hiperreal, destruye esta ilusión. La virtualidad tiende a la ilusión perfecta, pero ya no se trata en absoluto de la misma ilusión creadora y artística de la imagen; se trata de una ilusión realista, mimética, hologramática que acaba con el juego de la ilusión mediante el juego de la reproducción, de la reedición de lo real; no apunta más que a la exterminación de lo real por su doble.

A la inversa, el trompe-l'oeil, por ejemplo, que le quita una dimensión a los objetos reales, vuelve mágica la presencia de éstos y encuentra el sueño la irrealidad misma en la exactitud minuciosa de la imagen. El trompe-l'oeil es el éxtasis del objeto real en su forma inmanente, y añade al encanto formal de la pintura el encanto espiritual del señuelo, de la ilusión, del engaño de las formas.

Pero, con la modernidad también perdimos la idea de que la fuerza está en la ausencia, que de la ausencia nace el poder. Ahora, por el contrario, queremos acumular, acrecentar, agregar cada vez más, y ya somos incapaces de enfrentar el dominio simbólico de la ausencia. Por eso mismo estamos hoy sumergidos en una especie de ilusión inversa, una ilusión desencantada: la ilusión material de la producción, de la profusión, la ilusión moderna de la proliferación de las imágenes y de las pantallas.

Pero regresemos al arte o a la pintura; hoy es muy difícil hablar de la pintura porque cuesta mucho verla. Sucede que las más de las veces el arte, la pintura, no quiere ya exactamente que se la mire, quiere más bien que se la absorba virtualmente para así circular sin dejar huellas; de ese modo vendría a ser entonces la forma simplificada del intercambio imposible. El discurso que mejor daría cuenta de este arte sería un discurso en el que no hay nada que decir, equivalente precisamente a una pintura en la que no hay nada que ver, equivalente a un objeto que ya no es un objeto. Pero un objeto que ya no es un objeto (y me parece que es el caso de la mayoría de las obras que hoy llamamos «obras de arte») no por ello es nada: es un objeto que no deja de obsesionarnos por su inmanencia, por su presencia vacía e inmaterial. El problema está en materializar, en los confines de esa nada, esa misma nada, y, en los confines de la indiferencia general, regirse por las reglas misteriosas de la indiferencia.

El arte nunca es un reflejo mecánico de las condiciones positivas o negativas del mundo, sino más bien la ilusión exacerbada, el espejo hiperbólico de éstas. En un mundo condenado a la indiferencia, lo único que puede hacer el arte es «añadir» a esa indiferencia, girar en torno al vacío de la imagen, del objeto que ya no es un objeto.

Así, también en el cine, directores como Wenders, Jamusz, Antonioni, Altman, Godard, Warhol, exploran la insignificancia del mundo con la imagen y añaden algo a su ilusión real o hiperreal; contribuyen a la insignificancia del mundo con la imagen misma. Mientras otro cine (la mayoría) no hace más que «rellenar» la imagen; en efecto, no hace más que añadir una agitación frenética, ecléctica, al mundo de la imagen y, por ello, aumenta nuestra desilusión cinematográfica. Hoy, también el cine es causa de una gran desilusión.

En muchos casos (por mi parte pienso, aunque no son más que algunos ejemplos, en la new painting, en la new new painting, en las instalaciones, los performances y todo eso) la pintura reniega de sí misma, se parodia a sí misma; es como una gestión de sus propios desechos, una inmortalización de desechos. No hay ya allí posibilidades de ver, ni siquiera suscita ya una mirada porque, en todos los sentidos de la expresión, ya no tiene que ver con uno; ya uno no la puede ver porque ya no tiene que ver con uno, ya no le concierne, lo deja a uno indiferente, Y sin duda, esa pintura, en efecto, se ha vuelto indiferente a sí misma en tanto arte, en tanto ilusión más poderosa que lo real. Esa pintura ya no cree en su propia ilusión y cae así en la simulación de sí misma y en la irrisión. Así, el abstraccionismo, por ejemplo, que fue una gran aventura del arte moderno en su fase inaugural, en su fase primitiva, original (ya sea expresionista o geométrico, no es ese el asunto), sigue formando parte de una historia heroica de la pintura, de una desconstrucción de la representación y un estallido del objeto -al volatilizar al objeto, el propio sujeto de la pintura se encamina hacia su desaparición. Pero todas las múltiples formas de la abstracción actual, incluida la nueva figuración, están más allá de esa peripecia revolucionaria; esa se acabó. Los abstraccionismos actuales están más allá de esa desaparición en acto, ya no tienen las huellas del acting out de esa banalización violenta, de esa desintensificación violenta de la vida cotidiana, de la banalidad de las imágenes que se ha impuesto en nuestras costumbres. En verdad son de cierta manera el calco de una «desencarnación» del mundo ya no es más que un arte de la desencarnación. El abstraccionismo en nuestro mundo es ya algo dado desde hace mucho, y todas las formas de arte de un mundo indiferente están marcadas con el mismo estigma de la indiferencia. Sin embargo, esto no es ni una condena ni una denegación sino simplemente el estado actual de las cosas. Una pintura que de alguna manera sea auténtica tiene que ser indiferente a sí misma para poder reflejar un mundo indiferente. Entonces, el arte en general vendría a ser el metalenguaje de la banalidad.

Einstein según Warhol (Foto: Archivo)

¿Puede sostenerse infinitamente esta simulación? Allí está el asunto. Pero ciertamente nos hemos metido para rato en una especie de sicodrama de la desaparición y de la transparencia. No hay que dejarse engañar por una historia del arte, cierta historia del arte; también al respecto estemos quizá más allá de esa historia y en otro dominio.

Pero tomemos la expresión de Benjamín sobre aura, de la que mucho habló: hay un «aura del objeto original». Hay (hubo) quizá un aura del simulacro, es decir, hubo en un momento dado una simulación auténtica, valga la expresión, y hay una simulación inauténtica. Esto parece un poco paradójico, pero es cierto: hay una simulación verdadera y una simulación falsa, en arte y en todo lo demás. Por ejemplo, cuando Warhol pinta las sopas Campbell en la década de los sesenta es un lance imprevisto, un brillo sorprendente de la simulación, y para todo el arte moderno, de un solo golpe, el objeto-mercancía, el signo-mercancía, queda irónicamente sacralizado; y es este justamente el único ritual que nos queda el ritual de la transparencia, de cierto modo. Pero cuando Warhol pinta las mismas sopas Campbell en 1986, es decir, veinte o veinticinco años más tarde, ya no está en absoluto en el brillo de la simulación, está en el estereotipo de la simulación. En el primer momento, Warhol atacaba el concepto de originalidad de una manera original, pero en 1986 por el contrario reproduce lo no original de una manera también no original.

"Andy Warhol" . New Media on wood panel. International Museum of Collage (Musee Artcolle) Sergine, France. ©1999 Ralph Michael Brekan (Foto: Archivo)

Entonces todo cambia, porque esa especie de traumatismo, de irrupción de la mercancía en el arte, tratada de una manera a la vez ascética e irónica y que de un solo golpe simplifica la práctica artística, se acabó. El genio de la mercancía, el genio maligno de la mercancía suscita en el fondo cierto genio maligno de la simulación. Pero de eso ya nada queda en la segunda generación o simplemente, en ese momento, el genio maligno de la mercancía sustituye al arte y se cae en eso que Baudelaire llama «la estetización general de la mercancía», y hasta Warhol se convierte entonces en lo que Baudelaire estigmatiza. Podría creerse que es una ironía aún superior eso de volver a hacer lo mismo veinte años después, pero no lo creo. Creo en el genio maligno de la simulación, pero no creo en su fantasma.

Entonces el dilema es ese: o bien no hay más allá de la simulación y en ese segundo momento, por tanto, ya no es siquiera un acontecimiento sino más bien la banalidad de nuestro mundo, nuestra obscenidad de todos los días y estamos entonces en el nihilismo definitivo y nos preparamos para la repetición insensata de todas las formas de nuestra cultura a la espera de otro acontecimiento, pero ¿de dónde va a salir ese acontecimiento?; o bien hay después de todo un arte de la simulación, una cualidad irónica que resucita las apariencias del mundo, pero para destruirlas. De otra manera podría pensarse que lo que se hace no es más que ensañarse con el propio cadáver. Lo que quiero decir es que no hay que añadir lo mismo a lo mismo y seguir en eso; eso es la simulación pobre. Hay que arrancar lo mismo de lo mismo; es necesario que cada imagen le quite a la realidad del mundo, le arranque a la realidad del mundo, y es necesario que en cada imagen algo desaparezca, pero también es necesario que esta desaparición siga viva: ahí está justamente el secreto del arte y de la seducción. (Continuará en la próxima edición)


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Ensayo / Armando González Torres: «Jean Baudrillard: la teoría como ficción»

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Caricatura del filósofo (Foto: Archivo)

M éxico, 10 de marzo de 2007 (El Universal/Confabulario).- Jean Baudrillard (1929-2007) es una figura que, aunque se reputaba irreverente y solitaria, resulta típica de cierto perfil intelectual descollante en nuestros tiempos y representa una de las voces más intemperantes del espíritu de la época llamado posmodernismo. Autor multidisciplinario, su obra pasa desde una perspectiva de coloración marxista sobre la industrialización y la sociedad de consumo hasta una indagación profundamente pesimista, a ratos sugerente y a ratos delirante, de la época posmoderna.

La trayectoria y recepción de Baudrillard —de modesto profesor de sociología en los 60 a superestrella intelectual en los últimos 20 años— muestra la forma en que la herencia radical ha penetrado en el pensamiento y la teoría moderna y ha influido no sólo en segmentos significativos de la academia humanística, sino en un nutrido público contracultural, ávido de una educación sentimental que contemple como asignaturas el arte de la sospecha, la virtud de la rebeldía y la subversión del sentido.

No es fácil referirse a una obra ambiciosa, prolija, voluble y que, en sus últimos años, se dedicó a torpedear las formas normales de formulación teórica, interpretación y escritura; una obra, además, surcada por múltiples vericuetos, digresiones y reciclamientos y protegida por una jerga entre científica y esotérica, saqueada de las más diversas procedencias. Puede decirse que en sus primeros libros, El sistema de los objetos, La sociedad de consumo o El espejo de la producción, publicados a finales de los años 60 y principios de los 70, Baudrillard mezcla el marxismo, el estructuralismo y el psicoanálisis para describir la manera en que el consumo se convierte en un nuevo eje del orden social y moldea la conducta a través de un complejo sistema simbólico. Para Baudrillard el consumo genera un sistema de prestigios e identidades que distorsionan las necesidades reales, anuncian la dominación del sujeto por el objeto y conllevan el peligro de conducir a una sociedad habitada por autómatas ignorantes de su interioridad y sus expectativas más genuinas. Ante este fenómeno de alienación, en El intercambio simbólico y la muerte (1976) Baudrillard, siguiendo la huella de George Bataille, trata de encontrar en las practicas arcaicas de intercambio, en los festines y dispendios rituales o en determinadas manifestaciones creativas que nieguen el valor, una ruptura con los criterios pragmáticos y, también, la posibilidad de resistir y subvertir el proceso enajenante y represivo de producción e intercambio del capitalismo.

Esta exploración por el fenómeno de la alienación se profundiza a finales de los 70 y principios de los 80 cuando comienza a vislumbrar los perfiles de la sociedad posmoderna y “el crimen perfecto” que implicará la sustitución de la realidad por el simulacro. Para Baudrillard, en la sociedad posmoderna, la producción se desvanece como punto de referencia y de interpretación; las antiguas estructuras e identidades (clases sociales, ideologías) se diluyen; los distintos campos de actividad (economía, ciencia, estética) sufren una “implosión” y pierden su especificidad, y los conceptos de verdad e historia se desvanecen frente a un sistema omnipotente de reflejos y simulacros. De manera que en el mundo del simulacro no hay una realidad, sino un monólogo mediático que, al invadir y atrofiar antiguas de interlocución social, se convierte en el artífice principal de la percepción del mundo. La hegemonía del simulacro se consolida mediante la proliferación ininterrumpida, a través de las más diversas extensiones tecnológicas, del ruido y la imagen en la existencia del individuo. La hiperrealidad de los medios, con su oferta de informaciones de actualidad, sensaciones prestadas y paraísos artificiales, diluye las distinciones entre público y privado o suceso mediático y fáctico y sustituye una vida cotidiana cada vez más pobre y desprovista de significado. La hiperrealidad mediática no sólo constituye un medio de sustitución temporal, sino de codificación y encauzamiento del pensamiento y la conducta humana. El mundo deviene entonces en un lugar de pesadilla, gobernado por un azar delirante que rebasa cualquier intencionalidad; en un sombrío escenario de la muerte del hombre, en donde las instituciones que la Ilustración destinaba a emanciparlo —el progreso científico, la cultura y la democracia— se vuelven sus sepultureras.

Pese a su dramatización, esta observación del mundo posmoderno sin duda ofrece diversos hallazgos y claves valiosas para el análisis. A partir de esta intuición inicial, Baudrillard pretende la formidable empresa de distinguir las distintas manifestaciones de la metamorfosis posmoderna en las más diversas áreas, desde la filosofía y la ciencia hasta la cultura popular y la vida cotidiana. Sin embargo, este intento, lejos de encauzarse en estudios empíricos, implica un cambio en la forma de análisis y su obra se vuelve todavía más ecléctica y desconcertante tanto en las fuentes de interpretación como en el estilo. Más que nunca desprovista de ataduras y obligaciones académicas, la obra de Baudrillard deriva, a medida que su fama crece, hacia un género libérrimo (donde caben el ensayo, el aforismo o el conjuro), que oscila entre la búsqueda de la revelación, el infantilismo y la verborrea. Al tiempo que su ataque a las ideas de verdad y su relativismo axiológico se profundizan, Baudrillard adopta posturas controvertidas en lo político, que van desde una excéntrica interpretación de la guerra del Golfo hasta la celebración de la no ratificación de Francia a la Constitución Europea pasando por una valoración, por decir lo menos, ambigua de los atentados terroristas del 11 de septiembre.

En suma, entre la sociología, la filosofía y la ciencia ficción, Baudrillard crea una trama que hace al individuo víctima de dominaciones anónimas y ubicuas a menudo representadas con entelequias como la tecnología o “el sistema”; que condena toda forma de institucionalidad y discurso como intrínsecamente represores y que considera aspectos como la democracia y los derechos humanos un simple disfraz del control social. En este mundo, no hay legitimidad, autoridad o significado, sólo inercias, poderes vacíos y autorreferentes que se deslizan subrepticiamente por todos los actos y creaciones humanas. Sin duda, esta visión, tan cercana a cierta aprehensión estética de la modernidad, tiene gran poder de seducción y algunos visos de realidad; sin embargo, el problema de llevar la supuesta crítica social hasta este grado de generalización y abstracción, consiste en que se olvidan las reivindicaciones concretas; se minimizan las posibilidades de reforma y se privilegian los extremos de la indiferencia o el radicalismo. Por desgracia, esta posición no es excéntrica y los altibajos de la obra y las posturas de Baudrillard representan los de toda una estirpe de académicos e intelectuales públicos que, con distintos grados de profundidad y fortuna, han planteado una crítica radical a su época y a la modalidades habituales de interpretación, pero que también han sido parte de un rentable sistema contracultural y de una farándula de la reflexión en la que suelen alternarse el trabajo sistemático y la frase efectista, la crítica y el espectáculo, la denuncia y la irresponsabilidad. Más allá de sus inconsecuencias o de su, en ocasiones, insufrible vaciedad, estas tendencias están demasiado extendidas como para ignorarlas. Quizá el diálogo crítico comienza entonces por una preceptiva de lectura amistosa para obras deliberadamente perturbadoras como la de Baudrillard: hay que leerlo sin prejuicios pero sin complacencia, con apertura pero con discernimiento y sentido común, con pasión pero con responsabilidad.

González Torres. Escritor. Su obra más reciente es Eso que ilumina el mundo


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