Rancho Las Voces

sábado, marzo 01, 2014

Visor Fronterizo / Rubén Moreno Valenzuela: «Cactus 2»

CACTUS 2


Ciudad Juárez, Chihuahua. 28 de febrero de 2014. (Redacción / RanchoNEWS).- Planta cactácea del jardín del Hospital General ISSSTE de esta ciudad, ubicado en Anillo Envolvente Conjunto ProNaF 4.


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Visor Fronterizo / Rubén Moreno Valenzuela: «Cactus 1»

CACTUS 1 


Ciudad Juárez, Chihuahua. 28 de febrero de 2014. (Redacción / RanchoNEWS).- Planta cactácea del jardín del Hospital General ISSSTE de esta ciudad, ubicado en Anillo Envolvente Conjunto ProNaF 4.


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Literatura / Entrevista a John Banville

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Con su seudónimo noir, Benjamin Black, el escritor resucita en La rubia de ojos negros al mítico detective Philip Marlowe, creado por Raymond Chandler. (Foto: Archivo)

C iudad Juárez, Chihuahua. 28 de febrero de 2014. (RanchoNEWS).- Por encargo de los herederos de Raymond Chandler, Benjamin Black -seudónimo noir de John Banville- ha resucitado al célebre detective Philip Marlowe en La rubia de ojos negros (Alfaguara). El autor irlandés (Wexford, 1945) ha devuelto al sabueso solitario a las calles de Bay City -trasunto de Santa Mónica, California- para investigar una desaparición que, como suele pasar, esconde una trama mucho más compleja de lo que parece. Nuestro querido detective lo huele desde el minuto uno, pero acepta el caso porque el nuevo Marlowe conserva su conocida atracción por las femmes fatales, igual que conserva intactos su sarcasmo, su negro sentido del humor y su aura de perdedor. Una entrevista de Fernando Díaz Quijano para El Cultural:

Black / Banville lo ha conseguido con creces: no sólo ha resucitado a Marlowe, sino que ha recreado a la perfección el estilo de su autor original. Eso decía la crítica incluso antes de que el libro se publicara oficialmente ayer en todo el mundo y un día antes en España. Por eso no es raro que durante la entrevista, Banville diga Marlowe cuando quiere decir Chandler y viceversa. Todo es uno.

¿Mr. Black o Mr. Banville?

Como quieras: Banville, Black, Chandler...

¿Cuál es la historia de este encargo?

Resulta que mi agente es el mismo que el de los herederos de Chandler, y por medio de él me lo propusieron. Así de sencillo.

¿Por qué han decidido ellos resucitar ahora al detective Philip Marlowe?

Para hacer dinero, supongo.

¿Se le habría ocurrido a usted revivir el personaje si no hubiera sido un encargo? 

No creo, pero si hubiese pensado en revivir un detective de otro autor que no fuera yo, habría sido Marlowe.

¿Dijo que sí a la primera?

No, me lo propusieron hace tres años y no quise, no recuerdo por qué. Pero el verano pasado me apeteció y me puse a ello. Además, quería darle un descanso a mi personaje el doctor Quirke.

Ya que lo menciona, ¿qué similitudes comparten Quirke y Marlowe?

Ambos son seres solitarios, de cuarenta y tantos años. Quirke es más oscuro, es un personaje más dañado. Marlowe no es tan solitario, pero se siente solo. Intenta ser duro, pero es blando, porque es un anticuado. Por eso me gusta, a mi edad uno no tiene más remedio que ser anticuado.

¿Qué ha querido aportar al Marlowe de Chandler?

Al principio quise actualizarlo, desarrollar el personaje, pero cuando releí los libros de Chandler, me di cuenta de que eso no tenía sentido. Era perfecto tal como era. Aparte de eso, mi Marlowe no hace tantas bromas de listillo como el original y a lo mejor se me ha colado por ahí algo de acento irlandés...

Y varios guiños a su tierra. La familia de la rubia de ojos negros, Clare Cavendish, procede de Irlanda, y en uno de los capítulos Marlowe visita un bar irlandés, de esos cargados de tópicos.

Sí, lo hice para divertirme. Ahora tenemos bares irlandeses hasta en Irlanda. Como dijo Jean Baudrillard, ya no existe el mundo, sólo su mapa.

Ya se leen críticas que dicen que no sólo ha conseguido revivir a Marlowe, sino la voz del propio Chandler.

Si es así, me siento halagado. Siento una gran admiración por Chandler porque inventó un nuevo género de ficción: la novela negra literaria.

¿Y cómo hizo Chandler para darle esa nueva altura a la novela negra?

Cuando empecé a escribir el libro, leí cartas de Chandler en las que dejó constancia de sus métodos, sus objetivos y sus ambiciones al escribir novela negra. Cuando empezó a escribir en revistas pulp, lo editores tachaban los párrafos de descripciones, pero él les demostró que estaban equivocados, que los lectores no sólo querían acción, sino también profundidad en los personajes, emociones generadas por los diálogos.

Tópicos y transgresiones

Entonces, ¿no hay reglas irrompibles en el género policiaco?

Bueno, tiene que haber un crimen, pero mi mayor ambición sería escribir una novela negra sin crimen. Además de eso hay un montón de tópicos, como el del héroe con una vida privada difícil. El arquetipo es un detective divorciado interpretado por Al Pacino. Su mujer le hace la vida imposible y cuando saca a su hija a comer pizza, ésta le dice: «Oye, papá ¿cuándo volverás a casa con mamá y conmigo?», y él le responde: «Es complicado, hija, es complicado...»

Dice que, como John Banville, puede escribir unas 200 palabras al día, pero como Benjamin Black, esa cifra llega a 2.000.

Son dos autores y dos tipos de libros muy diferentes. Banville necesita una concentración profunda, se lo cuestiona todo. Black tiene que ser de otra manera, asume riesgos que Banville nunca asumiría. Quizá le den el Nobel a Black antes que a Banville...

Ahora que lo dice, aunque sea con ironía, ¿qué crédito le da a las voces que lo consideran un futuro Nobel?

No puedo hacer ningún comentario al respecto...

¿Qué otros autores, además de Chandler, inspiran a Benjamin Black?

Simenon, que fue el padre del género. Me gustan especialmente sus romans durs (novelas duras). Son poco conocidas, pero están entre los mejores libros del siglo XX. También leo mucho a Richard Stark y a James M. Cain, dos escritores poco conocidos pero maravillosos. 

¿Y entre las influencias de Black no se cuela alguna de las de Banville? 

No, están completamente separados, también en eso. Eso no quita para que un martes a las tres de la tarde, cuando me entra sueño, Banville le ponga una mano en el hombro a Black y le diga: «Esa frase es interesante, vamos a profundizar un poco en esa idea», a lo cual Black se niega. Pero en el fondo, sí que se cuelan un poco cada uno en lo que escribe el otro.

¿Qué tienen los años 50 que son tan atractivos para la novela negra?

Fue una época extraordinaria. Tras una guerra devastadora a la que sobrevivimos por casualidad -menos mal que Hitler no consiguió la bomba atómica-, de 1945 a 1950 hubo una explosión de alegría de haber sobrevivido. A partir de los 50 todo se volvió más complicado por la Guerra Fría y volvimos al terror. La guerra lo había destrozado todo menos el carácter férreo de las ideologías, ni del catolicismo -dos caras de la misma moneda-. Vivíamos bajo ese yugo, con miedo e infelicidad, pero alegría a pesar de todo. Es una época ideal para la novela negra porque fue un tiempo de secretos. Había dos mundos: el de Doris Day y Rock Hudson en las películas de «teléfono blanco» -como decían los italianos- en las que todo era idílico, y el mundo real, violento, represivo e hipócrita, como siempre.

Un Beethoven por cada Hitler

¿Cree que ese peso de las ideologías antagónicas se ha diluido hoy? 

Ahora estamos en caída libre, es difícil encontrar tierra firme donde posarse. Es una época interesante para vivir. Pero estamos equivocados en una cosa: no va a haber ningún cambio profundo. Sí habrá grandes progresos tecnológicos -como lo han sido la odontología o la cisterna del retrete- y hallaremos una solución para el cambio climático, porque tenemos una gran habilidad para resolver problemas. Somos seres crueles, violentos, mentirosos, hipócritas, y aun así somos capaces de hacer cosas increíbles. Por cada Hitler hay un Beethoven.

¿Y es una época interesante también para la novela negra?

 La ficción no puede tratar la actualidad. A la gente se le olvida que las grandes novelas del siglo XIX eran históricas. Nadie pensaba en escribir sobre su propia época. La nuestra es una época maravillosa sobre la que escribir, pero dentro de 50 años.

¿Habrá más entregas de este nuevo Marlowe?

No lo sé, quizá... Lo que puedo asegurar es que he disfrutado mucho escribiendo este. Aunque en general, para mí el trabajo es más divertido que la diversión.

¿A qué se refiere?

A que cuando mi familia me obliga a ir de vacaciones, me pongo nervioso. Nunca sé qué va a pasar cuando me levanto por la mañana.

Aun así, ¿qué lugares le gusta visitar cuando va de vacaciones?

¡España! Si estuviéramos en Francia, diría: «¡Francia!» Bromas aparte, me encanta venir al Sur. Hace poco estuve en Niza con mi mujer. Cenamos sopa de pescado, calabacín con ricota y vino. Y pensé: a pesar de los problemas que tienen los países del Sur, han solucionado el problema de vivir.

¿Qué escribe ahora?

Siempre estoy escribiendo como Banville, y en verano escribiré otro libro como Black.

¿Y de qué va el próximo?

El próximo lo firmaré como John Banville y se llamará La guitarra azul. Va de un pintor que ya no puede pintar más y se mete a ladrón. Pero no para ganar dinero, sino por el subidón que le da robar. También le roba la mujer a su mejor amigo, hasta que alguien le quita la suya y experimenta lo que se siente cuando te roban algo. En fin, otro libro de luz y alegría típico de Banville...



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Libros / Polonia: La librería más antigua de Europa

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Librería Matras. (Foto: Arleta Krówka)

C iudad Juárez, Chihuahua. 1 de marzo de 2014. (RanchoNEWS).- Hay quien dice que se podría vivir una vida completa y feliz sin salir de la plaza del Rynek de Cracovia. Sus muchos restaurantes y tiendas, la imponente iglesia de Santa María e incluso un pequeño cabaret subterráneo ven pasar cada día a miles de turistas que casi nunca reparan en los enormes ventanales que sirven de escaparate a la librería Matras, situada en uno de los laterales. Teniendo cerca tantos museos y monumentos, cualquier tienda de libros pasa desapercibida... pero ésta no es una librería cualquiera. No en vano Carlos Fuentes la llamó 'la catedral de los libros'. Una nota de Miguel Ángel Gayo Macías para El Mundo:

Hacía sólo cinco años que el Quijote se había publicado cuando un mercader alemán instalado en Cracovia, Franz Jacob Mertzenich, decidió abrir una tienda de libros en la plaza central de la ciudad polaca. Tras su muerte, los que retomaron el negocio no consiguieron prosperar a pesar de sus esfuerzos por importar las últimas novedades de la Feria de Fráncfort y la librería cerró sus puertas en 1625, tan sólo 15 años después de su inauguración. Siguió un letargo de más de dos siglos en el que el local permaneció cerrado y hoy, después de muchas vicisitudes, la librería Matras se ha convertido en un lugar de encuentro para escritores, intelectuales y aficionados a la lectura que a menudo improvisan tertulias literarias en el café anexo.

Los clientes con más solera aún la siguen llamando 'la Gebethner und Wolff', nombre alemán que ostentó hasta 1950. Algunos, como el profesor Aleksander Krawczuk, la visitan a diario desde hace años; otros acuden allí para sumergirse en un ambiente literario único: en pocos lugares del mundo se puede paladear un buen café sentado en un sillón de orejas mientras por la puerta se cuela el sonido de las carrozas y hojeamos a un Nobel de literatura que vivió a pocos pasos. Las portadas chillonas de los últimos 'best sellers' reposan sobre estanterías casi centenarias y de las paredes cuelgan los retratos autografiados de Szymborska, Houellebeq, Kapuscinski o Herta Müller, que rubricó su firma con el dibujo de un perro con tres patas. Todos ellos quedaron prendados de la librería Matras y pasaron a formar parte de la historia de esta emblemática tienda.

Como no podía ser menos, un sitio como éste no solo alberga historias escritas. Entre las anécdotas que recuerda su dueño destaca la creación a principios del siglo pasado de la 'Orden de los Caballeros Bibliófilos', un grupo de locos de la literatura que cada año otorgaba la 'Medalla del Cuervo Blanco' al libro más extravagante que se hubiese publicado. Si tal orden perviviera, posiblemente entregaría ese galardón a Sumo, la recopilación de fotografías de Helmut Newton que mide 50 por 70 centímetros, pesa 30 kilos y a pesar de su precio -unos 5.000 euros- sigue vendiéndose bien. Cada comprador se lleva de regalo un atril a medida.

Cuando un autor de renombre acude a firmar libros a Matras, la cola de aficionados suele llegar hasta la calle y en una ocasión los 'fans' de Clive Cussler, que acudió a la librería en su Fiat de 1938, formaron una cola de varias manzanas a la que se unieron varios grupos de turistas que creían estar esperando para entrar en alguno de los grandes monumentos cracovienses que hay en el Rynek. No se equivocaban.



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Literatura / España: Vivir sin comas

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Tipografia Española, procedente de la Imprenta Real. (Foto: Archivo)

C iudad Juárez, Chihuahua. 1 de marzo de 2014. (RanchoNEWS).- La costumbre es fuente de Derecho, sobre todo en el lenguaje. Y la costumbre que nos puede a todos es la de la pereza, la de no poner el punto al final del mensaje del móvil, la de olvidarnos de las comas después de los vocativos, la de saltarnos el signo de interrogación de apertura. Hasta aquí, todo es más o menos obvio. Lo nuevo es que un profesor de la Universidad de Columbia, John McWhorter, ha dicho que claro que van a desaparecer las comas y que tampoco pasará nada el día que eso ocurra, que los idiomas pueden funcionar perfectamente bien sin guardias de tráfico. Y todos los que leemos periódicos y nos tenemos por gente leída, los mismos que escribimos en el móvil como animales que cocean, nos sentimos escandalizados. Una nota de Luis Alemany para El Mundo:

«Posible sí es posible. De hecho, en los textos latinos clásicos no había signos de puntuación, ni acentuación gráfica ni siquiera un sistema de reglas para diferenciar mayúsculas y minúsculas», explica Salvador Gutiérrez, académico de la RAE y director de la Escuela de Gramática Emilio Alarcos Llorach la Universidad Internacional Menéndez Pelayo. «Sin embargo, la aparición de estos sistemas representó un innegable avance en la escritura. Eliminarlos representaría un evidente retroceso».

Historia de la puntuación

Los que no hemos estudiado Filología volvemos a gemir. ¿No están las comas desde siempre? «No, no las ha habido siempre. Los primeros intentos de puntuar los textos son de Aristófanes, que ponía marcas en sus textos. En la Edad Media hubo más tentativas. Los escribanos empleaban un punto en lo alto para marcar el final de un periodo, un punto en medio para separar unidades gramaticales menores y un punto bajo, que ya llamaban coma, para separaciones más pequeñas». El que habla ahora es Leonardo Gómez Torrego, filólogo del CSIC y miembro del Consejo Asesor de la Fundación del Español Urgente, Fundéu-BBVA.

«Esas tentativas de puntuación estaban en función de las pausas en la pronunciación, y claro, las pausas son muy libres, cada uno las hace como quiere», continúa Gómez Torrego.

«Con la imprenta, los intentos se hacen más serios», continúa Gómez Torrego. «Nebrija, por ejemplo, estuvo en esa tarea, aunque era demasiado ortodoxo, estaba muy pegado a la tradición clásica, y fue muy tímido. En realidad, toda la puntuación fue muy tentativa hasta que apareció la Real Academia Española. En el siglo XVII ya había comas, puntos y puntos y comas».

«A partir de ahí, el trabajo se fue perfilando poco a poco, la puntuación dejó de estar en función de la entonación y tomó la función de desambiguar: evitar que hubiera ambigüedades semánticas en los textos, primero; separar los elementos sintácticos, después...».

Y ahora que ya estamos presentados, ¿es verdad que la puntuación es una zona gris del idioma, de los idiomas? Se podría pensar que, ya que lo normal es puntuar mal, ¿no será que la norma es demasiado severa? Volvemos a lo de la costumbre como fuente de Derecho. «El sistema [de puntuación] no llegó a estabilizarse más que a lo largo de los siglos XVIII y XIX, a través de formulaciones de la Real Academia Española que, a su vez, seguían el criterio de los buenos autores», explica en un correo electrónico Pablo Jaulalde, catedrático de Literatura Española de la Universidad Autónoma de Madrid. «La estabilidad histórica en la lengua no existe nunca, por tanto esa relativa estabilidad [del sistema de puntuación] sufre de embates diferentes, que en estos momentos son muy fuertes. Al tiempo que cambiaba el sistema variaban las normas y la teoría». Y continúa: «En general se puntúa mal, muy mal, porque la enseñanza de este aspecto de la lengua no suele darse. En mi facultad y universidad puntúan rematadamente mal los decanos, los rectores, los profesores de lengua... Eso va en la desidia general hacia la educación y la cultura».

Aguantar la presión

O sea, que sí, que hay viento fuerte. Pero: «En modo alguno hay que cambiar las reglas», añade Salvador Gutiérrez. «Las reglas de puntuación no son en sí mismas difíciles. Exigen más tiempo y se asimilan algo más tarde porque están muy ligadas a la comprensión de las estructuras sintácticas». Y Leonardo Gómez Torrego se apunta: «La puntuación cuesta porque lo bueno cuesta, pero las normas son necesarias. Hablamos de que es un signo de los tiempos, de que vivimos una época que requiere concisión. Pero es que la puntuación está para eso, para ser preciso. Yo he sido profesor y sé la diferencia que hay entre corregir un examen bien puntuado y uno mal puntuado». Y termina: «No creo que sea una batalla perdida; están las nuevas tecnologías, pero también somos muchos, muchas instituciones trabajando».

Otra cosa es que la normativa siempre vaya por detrás de los usos: «El sistema de puntuación nunca sirvió exclusivamente para la expresión oral», explica Jauralde, «sino para ordenar sintácticamente el lenguaje escrito, lo que a veces coincide (en los puntos, por ejemplo) con marcas del lenguaje oral y otras no. La coma no indica siempre una pausa (ni una sinalefa, ni un silencio, etcétera). Es uno de los errores en los que ahora va entrando la RAE y que, por cierto, no suele estar en las [normativas] del siglo XIX. De manera que para el lenguaje oral el sistema de puntos y comas es impertinente, como puede observa cualquiera cuando habla. Solo es pertinente cuando se realiza oralmente un escrito (cuando se lee) o cuando se proyecta por escrito algo que hablas (escribes)...». Y una coda a esta idea: «Efectivamente se viene produciendo (¡pero en el lenguaje escrito solo!) exceso de comas, sobre todo en nuestros clásicos (por ejemplo en los Quijotes que nos dan a leer ahora)».

La última normativa para el gallego, por ejemplo, da libertad para que los hablantes usen o no los signos de interrogación y de exclamación de apertura, viejo invento español. «La Academia recomienda su uso desde 1754, aunque, al parecer, no fue habitual hasta el siglo XIX. Responde a la entonación que hacemos en español cuando hacemos una pregunta, que empezamos a preguntar desde el principio de la frase, y eso es algo que no ocurre en otros idiomas... Hombre, yo también me salto algúna interrogación de entrada cuando escribo en el móvil. No me parece imposible que con el tiempo los signos de interrogación y de exclamación de apertura terminen desapareciendo».

Última pregunta: ¿es el español un idioma de puntuación puñetera? «El español tiene el sistema de puntuación más nítido, más claro y más moderno de todos los idiomas de nuestro entorno», explica Gómez Torrego. «El capítulo sobre puntuación de la última Ortografía de la RAE es espléndido. Pero la puntuación no es objetiva ni estricta. Hay margen para que cada uno escriba con una puntuación más abierta o más trabada».

Y más en esa línea: «El sistema de puntuación ni está cerrado ni es matemático. Un mismo texto extenso casi siempre se puede puntuar de varias maneras, pero no de todas ni de cualquier manera. [...] Los modelos de mejor puntuación siguen estando en los buenos escritores, mejor que en normas y gramáticas», termina Jauralde.



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Obituario / Ana María Moix

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La escritora. (Foto: Archivo)

C iudad Juárez, Chihuahua. 28 de febrero de 2014. (RanchoNEWS).- Tenía 66 años y seguía siendo La Nena, a la que quería todo el mundo. Ana María Moix, poeta, narradora, editora, periodista, murió anoche en Barcelona, donde nació, después de una enfermedad que la golpeó varias veces. Y ya no pudo resarcirse del último embate. Padecía cáncer. Una nota de Juan Cruz para El País:

Escribió, en los años 70, en TeleXpres, las más agudas conversaciones literarias que se recuerdan en el periodismo español y su literatura poética e íntima siempre tuvo que ver con los estados de ánimo de su generación. Su último libro de relatos, de 2002, fue De mi vida real nada sé. Sus libros primeros incluyen poesía y narrativa: Baladas al dulce Jim, Julia, Walter, ¿por qué te fuiste?, Vals Negro, además de la recopilación de las entrevistas que hizo a los representantes del boom y de la llamada gauche divine.

Fue la única mujer que reclutó Josep Maria Castellet, su antólogo y su maestro, para los muy famosos Nueve novísimos. A pesar de que la vida la puso en medio de los grandes, poetas, escritores, arquitectos, periodistas, ella se mantuvo siempre al margen, como si mirara desde fuera el carnaval del mundo literario. No era desdén: era el sitio que buscó.

En los últimos tiempos había acendrado su sentido crítico sobre la situación que vivían España y el mundo, y reflejo de ello fue su Manifiesto personal, un puñetazo moral en la mesa de un país que se había abandonado a los fastos de los 80 y de los 90 y había descuidado de manera suicida los valores de una sociedad que no merecía la dejadez civil.

Cuando publicó uno de sus últimos libros, los relatos De mi vida real nada sé, en 2002, Rafael Conte escribió aquí sobre el estado de ánimo de La Nena: «Ana María está triste, desde luego, y nos dice por qué: por el paso del tiempo, por la progresiva presencia de la muerte…». Marcada ya por esa adivinación, superó con entereza los últimos años de su vida; rodeada de amistad y de amor, sus últimas preocupaciones tenían más que ver con la vida de otros (y, sobre todo, con la pervivencia de la obra de su hermano Terenci Moix) que con sus propias ambiciones literarias, que siempre mantuvo en sordina.

Le dije un día en Barcelona que por qué no reeditaba, por qué no se ocupaba más de lo que ya hizo. Me dijo: «Ya soy mayor para cambiar». Le gustaba hablar de sus amigos, saber de ellos, y saber que les iba bien, le resultaba más importante que buscar papeles que reflejaran lo que otros dijeran de sus libros.

Los amigos de la Nena

La última vez que hablé con ella Ana María Moix habló de otros; ocurría siempre. Esta vez le llamaba para saber cómo estaba pasando el fin de año, cómo iba la vida. Ella se precipitó: el Mestre (así llamaba a Josep Maria Castellet) está muy enfermo, ya sabes. Para que la conversación no discurriera por los lados dramáticos que desde hacía raro tenía la vida, derivamos hacia el fútbol, que era su pasión declarada; el Barça iba mal, bien, regular, todos los días había un elemento nuevo en esa vertiginosa realidad barcelonista, pero ella confiaba. El Barça era un talismán, una medida de la calidad. Luego, en esa conversación, se fue por otros nombres propios. Qué sabes de Juan, de Carmen…

Durante años, en TeleXprés, publicó unas conversaciones por las que desfiló todo el mundo que en los años 70 hicieron de Barcelona la capital editorial del boom, así que por ahí desfilaron Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, José Donoso, Julio Cortázar; también se llevó a ese rincón lujoso de su manera de mirar a los jóvenes que compartían con ella la coqueluche literaria de la ciudad. Sus libros se fueron haciendo como con la otra mano, pues ella estaba más pendiente de los otros nombres propios que de sí misma, de su carrera.

En los últimos tiempos su máxima en la vida era hacer que la gente se enterara de una vez de la hondura y la pasión literarias de su hermano Terenci, al que la soledad y la prisa habían arrinconado en el lado de los escritores cuyo glamour importaba más que su letra. Ya entonces, cuando marcó ese territorio como un objetivo, Ana Maria Moix era una mujer con la carrera hecha, pero seguía siendo la Nena, una niña que sollozaba por dentro y que fumaba ya a escondidas, marcada por la enfermedad y sus circunstancias.

Sus libros estaban ahí, ella no se tenía muy en cuenta. De hecho, la última vez que la vida de lo que quería hablar era de la carrera del hijo de Rosa, su compañera, de Rosa, de la generosidad de la que se veía rodeada. En un momento de la conversación (que fue para EL PAÍS Semanal en 2013) anoté algo que me dijo sobre la gente que había conocido: «He tenido amigos que han durado años». Ese era su tesoro, haber sido querida por tanta gente, haber querido, de veras, a tantos. Detrás de donde se sentaba, en su casa, había dos fotos de Colita, los rostros de Barral y de Gil de Biedma. «Esos son mis amigos. La amistad es una obra», me dijo.



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Fotografía / México: Óscar Muñoz expone en MARCO

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El artista colombiano presenta su primera exposición individual en México, en el Museo de Arte Contemporáneo MARCO, en Monterrey.  (Foto: Cortesía MARCO)

C iudad Juárez, Chihuahua. 28 de febrero de 2014. (RanchoNEWS).- El Museo Marco de Monterrey exhibe desde hoy 29 obras del artista colombiano Óscar Muñoz, quien es uno de los creadores más importantes de América Latina. Una nota de Sonia Sierra para El Universal:

La fotografía es el instrumento que le permite al artista colombiano Óscar Muñoz hablar de la memoria y el olvido, del recuerdo y la fijación de ese recuerdo, de cómo el avasallamiento de imágenes a que hoy asistimos hace de nuestra memoria algo comparable a una nebulosa.

A partir de la fotografía, que se acompaña de videos, grabados, y tiene soportes tan inusuales como el agua, el azúcar y el café, Óscar Muñoz habla también de cómo un retrato que a menudo creemos que congela y petrifica un instante está negando la evolución, movilidad y permanente cambio que son propios del ser humano.

Tras haber expuesto obras en algunas colectivas en la ciudad de México y de tener dos piezas suyas de la colección del MUAC, Óscar Muñoz presenta su primera exposición individual en México, en el Museo de Arte Contemporáneo MARCO, en Monterrey.

En seis amplias salas del recinto se exhiben 29 de sus piezas, algunas creadas específicamente para este museo y basadas en esta ciudad. Son obras de los últimos 30 años; varias de ellas han formado parte de exhibiciones recientes en Colombia, Perú, y Argentina; otras se verán este mismo año en la galería francesa Jeu de Paume.

Óscar Muñoz nació en la sureña ciudad colombiana de Popayán, pero desde niño ha vivido en Cali, una capital cuya cotidianidad -de tensiones, violencia, personajes y desplazamientos- ha incidido en su obra y en todo lo que implica su arte. El artista nacido en 1951 es considerado uno de los creadores de América Latina más reconocidos.

Además de su trabajo creativo, la educación ha sido uno de los temas que más le importa a Muñoz y hace nueve años dio vida al espacio ‘lugar a dudas' que es un taller y centro de intercambio para el arte de Colombia, América Latina y de todo el mundo.

La investigación es pilar de un trabajo que comenzó hace más de 40 años, un trabajo donde la técnica es tan importante como la reflexión e indagación por lo que hace o no la fotografía, por las viejas formas de hacer imagen, por la permanente necesidad de las personas de vincular la fotografía con el recuerdo, aunque haya mucha fantasía en esa añeja costumbre.

Ayer, durante un recorrido por la exposición que exhibirá el MARCO hasta el 22 de junio de este año, Muñoz refirió que uno de los temas esenciales de su obra es la tensión entre memoria y olvido, temas que están claramente vinculados a la situación de violencia que han vivido las ciudades colombianas y algunas mexicanas.

Sin embargo, aseguró que no es trabajo del artista ofrecer respuestas a estas situaciones: «Hay gente necesitada del olvido; se necesitarán muchos años para reelaborarse. La diferencia de Argentina, por ejemplo, con otros países es que tuvo un punto de partida y un final; Colombia tiene un pasado que no acaba de pasar».

Muñoz cita a Pierre Bourdieu para explicar la importancia que tiene la fotografía en el duelo: «En el ejercicio de aceptar la ausencia del otro, la persona recurre a lo que era familiar, las prendas, los lugares, pero sobre todo acude a la fotografía. El retrato es un vehículo que nos lleva a acercar a esa persona pero a la vez a confirmar que ya no está, trae la presencia, pero a la vez confirma la ausencia», dijo el artista colombiano.

Las obras

Oradar, decolorar, borrar, son efectos propios de varias de las piezas que exhibe en Monterrey este artista. Las obras cambian -y cambiarán mucho más a lo largo de estos meses-, a contravía de lo que se propone la fotografía; por ejemplo, el efecto de una gota de agua en ellas, hará que se destruya o deforme una imagen.

Muñoz presenta piezas como Narcisos, Pixeles, Cortinas de baño, Línea del destino; entre otras. En Aliento se trata de que el espectador se acerque y respire ante una pieza que es una suerte de espejo donde, con su aliento, se revela una imagen grabada de una persona ya fallecida. «Son personajes de obituarios, eso está relacionado con el recuerdo porque los familiares publican en papel la foto como una manera de hacer visible el duelo, sin embargo hay algo inútil en ese acto, es un papel que pierde su actualidad».

En otra de sus piezas rinde homenaje a esos fotógrafos callejeros de Cali que captaban a la gente a su paso por un viejo puente; en la serie País-Tiempo se detiene en la imagen que guardan los periódicos, mientras que en otras toma su propio retrato para abundar en la transformación que este tipo de retratos se empeñan en negar. Entonces, dijo el artista: «La fotografía, es potente, fuerte, pesada, definitiva, en cambio el ser humano es cambiante, movible, soy otra cosa que me identifica».

Muñoz se ocupa de los memoriales que se han convertido en un monumento que llama a no olvidar sino a recordar. En Proyecto para un memorial una mano está constantemente haciendo el retrato de una persona, pero éste se borra a medida que se seca.

«El punto crítico de mi trabajo es ese: el punto de la fijación de la imagen es una metáfora del recuerdo: constantemente estamos viendo imágenes, pero sólo hay unas que recordamos, algunas por un periodo más largo que otras, muchas las dejamos pasar sin retener. Y hay una lucha de la sociedad por hacernos recordar ciertas imágenes que le interesan desde muchos puntos de vista, los anuncios, las personas; cada sistema quiere fijar ciertas imágenes en nosotros, y quiere moldear su imagen hasta cierto punto», afirmó el artista.



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