Rancho Las Voces

viernes, marzo 10, 2006

Diane Arbus: la realidad es extraña


Girl with Cigar in Washington Square Park, NYC, 1965

JUAN BUFILL

B arcelona, España. 08/03/2006. (La Vanguardia).- Es la mejor y más completa retrospectiva que se ha hecho sobre Diane Arbus (Nueva York, 1923-1971), uno de los mejores fotógrafos de la historia. Extrañamente, sus herederos no han permitido que se edite un catálogo en catalán y castellano. Se exponen sus iconos, fotos inéditas, notas, cartas, sus cámaras y un etcétera donde destaca la transcripción de un sueño suyo que recuerda al incendio lento de la película Barton Fink.

Arbus tomó su apellido de su marido, nació Diane Nemerov, en una rica familia judía neoyorquina de ascendencia rusa y polaca. Ahora su personalidad ya es carne de Hollywood, pero en vida expuso poco y tarde, la admiraban sobre todo los mejores fotógrafos y los judíos neoyorquinos y sólo fue conocida internacionalmente tras su suicidio en 1971.


Girl in her circus costume, MD, 1970

Diane Arbus era sistemática y poética. Ponía títulos como El viaje vertical y se proponía un macroproyecto de los que llenan una vida: fotografiar, como una antropóloga cultural, los Ritos, usos y costumbres americanas, con subseries como Pseudolugares o Children of the Very Rich. Al principio podía fotografiar imágenes de películas proyectadas o autorretratarse embarazada (1945). Si hubiera estado en Barcelona, habría frecuentado el barrio chino como Joan Colom. Después, casi todo fueron retratos de la extrañeza. Arbus era metarrealista, descubría la ficción y lo extraño en lo normal. A veces con cariño y sutileza: Niña vendiendo orquídeas de plástico por la noche,o Niña con gorro (introvertida, asustada, quizá la inocencia perdiéndose). O también la mujer apesadumbrada que carga a un niño en Central Park, arreglada como para ir a una fiesta (y no hay fiesta). O las flores de una boda sombría y neblinosa.

Con menor frecuencia descubría lo común en lo considerado como raro. Abundan en su obra los personajes singulares, los monstruos evidentes y de circo. Los títulos son todo un poema: Albino Swordswallower at a carnival (Tragasables albina en una feria), Enano mexicano en la habitación de su hotel (en la cama y con sombrero y botella de licor), o Grupo de amigos enanos rusos en una sala de estar de la calle 100.

Me interesan más los monstruos no evidentes, como el Joven patriota con una bandera, con su chapa de orgullo yanqui y su expresión de tonto peligroso, seguro votante del partido más reaccionario e imperialista existente, o ese otro que pide que se bombardee Viet Nam; o el niño gordo del pantalón corto, con mirada de futuro asesino, sentado junto a una madre con vestido alegre y expresión avinagrada. Más simpático es el niño flaco de la granada de mano de juguete y la expresión de electrocutado. Otra monstrua es la ostentosa Mujer con velo en la Quinta Avenida, que parece la reina de la papada, o la asombrosa mujer obispo junto al mar: una presencia artificial, una aparición aparatosa, una extraña en la naturaleza, con su gran cruz y vestida de fiesta. Incluso los bebés parecen monstruos, tomados en primer plano con su babas o, ya más crecidos, llorando violentamente en un crepúsculo. Arbus es capaz de encontrar una niña (demasiado endomingada) saltando a la cuerda con cara de anciana y expresión terriblemente seria.



Burlesque Commedienne in her dressing room, Atlantic City, NJ, 1963

Muchos de los personajes de estas fotos quieren ser o parecer otra cosa, pero es en vano: son y parecen lo que son, a pesar de sus vestidos y maquillajes. Arbus retrata las identidades que se quieren conseguir y proyectar, intentos generalmente fallidos que son metáforas sobre la realidad y el deseo y sobre la condición humana. Más patético que intentar ser, es pretender parecer lo que no se es. La señora T. Charlton Henry, una anciana antaño glamourosa y ahora triste, posa con su vestido brillantoso y su peinado bomba, cargada con docenas de perlas que transporta en su garganta, en su muñeca y en sus orejas, junto a grandes pulseras y otros adornos. Este retrato es como una vanitas freaky y una alegoría americana, igual que el de Una viuda en su dormitorio, rodeada de objetos supuestamente suntuosos y completamente sola: enseña los dientes y no sabe sonreir. Como en Ciudadano Kane, prevalece el poseer sobre el vivir, el tener y el parecer sobre el ser.

En otras fotos vemos una señora emperifollada con una gran pluma en su sombrero y devorando su plato como un animal. O la satisfacción precaria de un culturista con su trofeo al más musculoso de algún sitio. Arbus retrata también la dignidad que hay en la rebeldía pese al quiero y no puedo: el joven travesti con rulos, con rudo rostro de caballo, parece estar mejor en su propia piel que las parejas tristes y los grupos alienados. Las fotos de retrasados mentales son feístas. Esa atención exclusiva a lo peor era ya síntoma de depresión.


A Young Waitress at a Nudist Camp, N.J., 1963

En sus paisajes le interesaba mostrar el sucedáneo: un nocturno en Disneylandia, un decorado de Hollywood, un claro de luna en la pantalla de un autocine. Arbus expresaba su extrañeza ante la realidad, su soledad en ella, mediante retratos extremadamente desolados como el del hombre en un desfile o El Hombre Reversible en su habitación de hotel. Se sabía fuera del paraíso. Sus fotos de nudistas son síntomas de un intento fallido de recuperación del famoso edén. En otros casos, aun está más claro que las cosas se han torcido: así la mueca amarga de la puertorriqueña de la peca o la cara de susto que se le pone a la madre del gigante judío cuando mira a su hijito. El padre no levanta la vista más allá del hígado o del esternón de su niño.



Los Freaks de Tod Browning o el Gigante chino de Nadar son precedentes, y Lisette Model y la Alicia de Carroll influyeron en Arbus, pero ella puede haber influido en algunas obras maestras: la película The man who wasn´t there, de los Coen, la serie Twin Peaks de Lynch, con sus enanos, gigantes y decorados extremados, Un hombre sin pasado de Aki Kaurismaki, o también las investigaciones de antropología cultural de Sophie Calle y los interiores americanos fotografiados por Lynne Cohen, parientes cercanos de la alucinante sala del árbol de Navidad, toda ella plasticosa (desde el abeto a las lámparas) que Arbus fotografió en 1963, cuando las fibras artificiales y la bomba atómica tenían más prestigio que el algodón y que el sol.

miércoles, marzo 08, 2006

Capote, el rey de la no ficción



ROBERTO HERRSCHER - 08/03/2006

B arcelona, España. 08/03/2006. (La Vanguardia).- En 1998, el joven periodista norteamericano Philip Gourevitch publicó un libro escalofriante. Lo llamó Queremos informarle de que mañana seremos asesinados junto con nuestras familias, y relata el genocidio de casi un millón de miembros de la etnia tutsi en Ruanda. En el libro Gourevitch cuenta largas conversaciones con víctimas, victimarios, testigos y estudiosos, describe la vida y la muerte, el horror bíblico y las alegría cotidianas, analiza las mentalidades africanas y cuenta sus propias reacciones a lo que ve y lo que descubre más allá de lo que ve.

Seis años más tarde, la novelista Alice Sebold escribió un libro cuya lectura lleva al lector a abismos de una profundidad comparable. Se llamó Afortunada, y disecciona con precisión casi insoportable los detalles y las consecuencias de la violación que sufrió la autora cuando era una adolescente. No indaga, como las historias de detectives, en quién fue el atacante. Su objetivo, mucho más profundo, es averiguar quién es, en quién se convirtió, ella misma. Con una honestidad brutal cuenta su difícil salida del pozo donde la dejó su victimario.

Queremos informarle... y Afortunada son apenas dos de los cientos de libros actuales de lo que, a falta de otro nombre, se ha dado en llamar no ficción, relatos de hechos ciertos iluminados por el talento de orfebres de la palabra. Estos libros no hubieran sido posibles sin el ejemplo y la influencia deun extraño genio autodestructivo llamado Truman Capote. Antes de Capote, muchos escritores habían probado suerte con textos basados en hechos y personajes reales. Grandes novelistas y poetas, como Goethe, Stevenson o Daniel Defoe, dejaron intensas crónicas de sus viajes, retratos de grandes personajes que conocieron. Muchas de estas obras, como el Diario del año de la peste de Defoe o los Viajes por Italia de Goethe, presentan méritos artísticos. Pero en todos los casos, este periodismo literario había sido una distracción menor que nunca interrumpía por mucho tiempo el verdadero afán de los artistas.

Cuando en la década de 1940 un jovencísimo aspirante a escritor de éxito comenzó a escribir crónicas de viaje para hacerse famoso y ganar el dinero suficiente para sentarse a escribir sus novelas, nadie supuso que estaba despuntando una nueva forma de escribir. Truman Capote había llegado a Nueva York desde el profundo sur norteamericano y desde una infancia de abandono y desamor.

Tenía voz de pito, cara de niño y una extraordinaria capacidad para contar historias y llamar la atención. A los veinte años ya se había convertido en una celebridad literaria con un puñado de cuentos, y a los 23, con la novela breve Otras voces, otros ámbitos,ya era considerado un escritor maduro.

Pero poco a poco, junto con obras de ficción, fue soltando algo nuevo y excitante. Primero fue un picante relato del viaje de una troupe de cantantes y bailarines negros a la Unión Soviética (Se oyen las musas, 1956), luego una serie de perfiles de iconos culturales de su tiempo, sobre todo un agudo y malicioso retrato de Marlon Brando (El duque en sus dominios, del mismo año), y finalmente su obra maestra, A sangre fría (1965). Al terminar, exhausto tras seis años de absoluta inmersión en el mundo de esta novela real, Capote se había convertido en el padre y el genio fundador del ecléctico y brillante grupo inventor de lo que su más colorido representante, Tom Wolfe, bautizó como Nuevo Periodismo.

Cuando murió en 1984, a punto de cumplir los 60, solo y abandonado por los ricos y famosos a los que aspiró con desesperación a acercarse, Capote dejó una extraña obra inacabada, Plegarias atendidas (1987), que a los tumbos y fragmentariamente otra vez abría caminos en el afán de contar lo real.

Tal vez la forma más ordenada de presentar lo que Capote aportó a quienes desde entonces buscan aunar periodismo y literatura sea enumerar algunos de los inventos de estas obras emblemáticas, y citar libros posteriores que siguieron de alguna manera sus pasos.

Se oyen las musas
Los relatos de viajes tenían mucha tradición, pero esta deliciosa crónica (incluída en el volumen Los perros ladran) de una compañía que llevó Porgy and Bess de Gershwin a Leningrado y Moscú en plena guerra fría muestra cómo el análisis puede ceder primacía a recursos narrativos y descriptivos para que se comprenda una situación y se entienda la lógica y el drama de personajes inolvidables, sin que se pierda el ritmo y el interés de cada pasaje. El género de la crónica de giras musicales, en el que la revista Rolling Stone basó gran parte de su prestigio y sin el cual quedaría muy pobre el conocimiento de la generación del rock, parte de esta pequeña joya. Capote perfeccionó el recurso de la narración por escenas, más tributaria del cine que de la literatura, ideal para narrar las estaciones de un viaje. Hoy tanto las crónicas músicosociales como los relatos corales de viaje llevan su impronta.

El duque en sus dominios
Este perfil en profundidad de Brando (incluído en el libro Retratos) muestra de forma a la vez divertida y atroz el momento en que sus demonios internos y su excentricidad externa estaban a punto de transformarlo de ídolo de masas en genio huraño e intratable. Como casi todas las grandes obras de Capote, el texto apareció en la revista New Yorker, que desde los años treinta se ufana de haberle dado forma al perfil periodístico literario. Capote no inventó ni la combinación de diálogo extenso y a corazón abierto, ni la narración de escenas que muestran al perfilado en su salsa, ni la descripción perceptiva en la que lo que se selecciona y presenta es imagen y metáfora de lo que sucede con el personaje. Pero en perfiles como este o el que realizó sobre Marilyn Monroe en Música para camaleones hizo del género arte perdurable. Sus perfiles han influido en muchos de los que siguieron. Adrien Nicole Le Blanc y Susan Orlean, por ejemplo, publican en New Yorker perfiles donde informan sobre lo complejo de una vida y presentan trozos brillantes e incompletos de experiencia humana, como pequeñas piezas de cristal quebrado.

A sangre fría
Será éste, el libro más largo y ambicioso de Capote, el que cimiente su prestigio literario y periodístico. A sangre fría cuenta el asesinato premeditado y cruel de cuatro miembros de una familia en el pueblo de Holcomb en Kansas por una pareja de delincuentes comunes, Dick y Perry. Capote sigue la vida de las víctimas hasta su final, que se nos presenta tan inevitable y espantoso como el de una tragedia griega, y acompaña a sus asesinos hasta la horca. Para Gerald Clarke, el gran biógrafo de Capote, éste logra trasformar a los criminales en dos personajes formidables de la literatura del siglo XX. Para Ben Yagoda, coautor de la antología El arte de los hechos, el gran mérito del libro es la exhaustiva investigación y las entrevistas tan intensas que le permiten contar hechos que no presenció con la fuerza y el colorido que emplearía un novelista con un argumento de su invención. "Con su oído de novelista, (Capote) escuchó lo que sus personajes pudieron haber dicho y lo transcribió más fielmente que ningún periodista antes o después", apunta Yagoda. A diferencia de sus reportajes anteriores, A sangre fría se noveliza sin meter en ningún momento al autor como personaje ni como comentador de lo que muestra. Pero por supuesto, su mirada no está ausente sino todo lo contrario. Albert Chillón, en Literatura y periodismo: una tradición de relaciones promiscuas, enfatiza que "In Cold Blood resulta ser, en definitiva, un alegato contra la pena de muerte, pero no al estilo franco y declamatorio de un manifiesto o una novela de tesis, sino a la manera sutil de aquellas narraciones que extraen su fuerza persuasiva del ensanchamiento que provoca en la mente del lector el mundo que ponen en pie".

La espeluznante historia de Perry y Dick influyó en generaciones de periodistas. Joe McGinnis se internó como pocos en el "relato de crímenes verdaderos" en libros como Visión fatal. Gourevitch también siguió la senda de Capote en una fábula moral, Caso cerrado, sobre un asesino capturado tras pasar décadas escondido. En España, Vázquez Montalbán en Galíndez o Arcadi Espada en Raval adaptan a sus personales estilos y temas algo del legado de Capote.

Plegarias atendidas
Esta colección de fragmentos, que Capote soñó en convertir en su En busca del tiempo perdido, es un retrato colectivo amargo y mordaz de la clase alta norteamericana. Hoy revistas como Vanity Fair, que critican con fascinación el mundo de los ricos y famosos, abrevan en este modelo. Pero desde su muerte, hace más de dos décadas, nadie ha conseguir contar anécdotas de opulencia y degradación como el perverso niño prodigio que nunca dejó de perseguir la gloria.

Las plegarias atendidas producen más lágrimas que las desoídas, decía Capote que había escrito Santa Teresa. Pero legiones de periodistas y escribidores igual siguen elevado plegarias. Las elevan a las musas o a los santos más literarios, como Juan de la Cruz, y en sus plegarias siguen implorando el don de poder escribir, al menos una vez, como Truman Capote.

Roberto Herrscher es periodista, director del máster en Periodismo BCNY de la Universitat de Barcelona-Les Heures / Columbia University

lunes, marzo 06, 2006

Expone Susana Virginia Sánchez en Mujeres sin Fronteras




E l Paso, Texas (ranchonews).- El consulado general de México en esta ciudad invita a celebrar el Día Internacional de la Mujer con la exposición colectiva Mujeres sin Fronteras (Women without Borders) cuya inauguración será el 8 de marzo de 2006 a las 18:00 horas en el domicilio del consulado (910 E. San Antonio Ave.(915) 533-8555 www.sre.gob.mx/elpaso) y estará en exhibición hasta el 28 de abril.

En la exposicón participa Susana Virginia Sánchez

Datos biográficos

Susana Virginia Sánchez nació en Cerritos, SLP pero pasó su niñez y adolescencia en diferentes localidades de la sierra de Chihuahua. Aprendió las primeras letras en las escuelas rurales de estos lugares, principalmente en Cd. Madera, Chih. Siendo hija de un hombre, que además de ser médico era un hombre de letras, recibió de sus manos al mismo tiempo los primeros libros y el profundo amor a la literatura que siempre la ha acompañado. Su madre, que a más de enfermera era una notable artesana, le comunicó el gusto por el dibujo y las artes plásticas.

A los 15 años se trasladó a la Cd. de Chihuahua para continuar sus estudios en el Tecnológico Regional, allí aprendió dibujo técnico como parte de su entrenamiento para la carrera de ingeniero industrial. A los 20 años decidió abandonar estos estudios para dedicarse a las humanidades. Cursó la licenciatura en Estudios Latinoamericanos en la Universidad de Texas en El Paso. Durante esos años también comenzó su entrenamiento como traductora y amplió sus estudios de arte como parte opcional de su profesión. Después de graduarse regresó a su país y trabajó en la Cd. de México, en Cd. Madera y en Cd. Juárez como funcionaria, administradora, maestra y traductora. En 1991 emigró hacia los Estados Unidos estableciéndose en la Cd. de El Paso donde ha trabajado como maestra y traductora hasta la fecha. Actualmente trabaja como maestra de español en la facultad de Farmacia de UTEP.

Susana ha cultivado las letras durante toda la vida. En 1998 obtuvo una maestría en Bellas Artes en la especialidad de Creación Literaria Bilingüe, sin embargo su interés por las artes plásticas ha sido una constante en su vida. En 2003 se unió a la academia de Tita Millán, renombrada pintora internacional quien ha sido como pintora y amiga la piedra angular en el descubrimiento de su nueva pasión por la pintura. Con ella, por primera vez, ha tomado clases formales de dibujo artístico y pintura en las técnicas de acuarela, pastel y acrílico.

Aunque Susana, como artista ha cultivado principalmente la escritura a lo largo de su vida, la pintura ha venido a ser un maravilloso complemento y sobre todo una expresión artística sumamente satisfactoria…

–Para mí ha sido una verdadera sorpresa tomar el pincel y poder plasmar en el papel y en el lienzo las ideas trasformadas en forma y color.

Susana, mexicana por origen, inmigrante a los Estados Unidos de América desde 1991, se considera hermanada por el arte y las ideas a los hombres y mujeres de todas las latitudes y por lo tanto una ciudadana del mundo.

Biographical Information

Susana Virginia Sánchez was born in Cerritos, SLP Mexico, but she spent the first years of her life in different towns of the Chihuahua mountains. She learned the first letters in the rural schools of those places, mainly in Madera, Chih. Being the daughter of a physician who also was a scholar, she received from him, at the same time, her first books and her deeply love for literature, which has always accompanied her. Her mother, a Registered Nurse by trade and a remarkable craftswoman by hobby and love for the arts, communicated to her daughter her love for drawing and the visual arts.

At fifteen she went to Chihuahua City to continue her studies in the Regional Technology Institute. There, she took classes in technical drawing as a part of her training as industrial engineer. At twenty, she decided to abandon her engineering studies and decided to dedicate her life and effort to the liberal arts. She attended the University of Texas at El Paso where she got a B. A. in Inter-American Studies. During those years she also started her training as translator and expanded her studies in art as an optional part of her training. After graduation, she went back to her country and worked in Mexico City, in Madera and Cd. Juárez as a government officer, administrator, teacher and translator. In 1991 she migrated to the United States and she established her home in El Paso, Texas where she has worked as a teacher and translator to present. Nowadays she works as Spanish teacher in the Pharmacy School at UTEP.

Susana has cultivated her creative writing all of her life. In 1998 she earned a Master Degree in Fine Arts in Bilingual Creative Writing. However, her interest in the visual arts has been a passion throughout her life. In 2003 she enrolled in the Academy of Tita Millán, a renown international painter, who has been, as a painter and as a friend, a very important influence, helping her discovering her new passion for painting. With Tita, for the first time, she has taken formal classes in artistic drawing and painting in watercolor, pastel and acrylic techniques.

Although Susana has been a creative writer most of her life, painting has become a wonderful complement, and above all, a really satisfactory artistic expression for her…

«To me, it has been a real surprise to take the brush and being able to translate my ideas onto the paper or canvas and see my ideas in solid forms and colors».

Susana, Mexican by origin, American by the twist and turns of life and fate and by personal choice, considers herself, united by the arts and ideas to the men and women from everywhere, a citizen of the world.

viernes, marzo 03, 2006

Galardonan a Víctor Hugo Rascón con el premio Max Hispanoamericano



M adrid Viernes 03 de marzo de 2006. (EFE El Universal.- El autor, guionista y narrador mexicano Víctor Hugo Rascón Banda ha sido galardonado con el Premio Max Hispanoamericano de las Artes Escénicas. Así lo hicieron público hoy los organizadores de los galardones, la Sociedad General de Autores y Editores (SGAE) de España y la Fundación Autor.

El Premio Hispanoamericano de las Artes Escénicas es uno de los cuatro premios especiales de los Max que se conceden cada año por designación directa. Con esta categoría se pretende distinguir al "espectáculo, entidad, compañía o profesional hispanoamericano que más se haya destacado por sus aportaciones al mundo de las Artes Escénicas".

El autor y guionista recibirá su galardón, concedido por "unanimidad" del comité organizador, el próximo 13 de marzo en la gala de entrega de la IX edición de los premios. El acto estará dirigida por el español Calixto Bieito, tendrá lugar en el Teatro Musical de Barcelona, según las fuentes. Otros artistas hispanoamericanos han sido reconocidos con el Premio Max hispanoamericano como Alicia Alonso (1998), Héctor Alterio (1999) o Les Luthiers (2001).

Víctor Hugo Rascón Banda es originario de Uruáchic (Chihuahua) y ejerce en la Ciudad de México dos carreras simultáneamente, la de dramaturgo y la de abogado. La mayoría de sus obras de teatro, de las 54 que ha escrito, están basadas en hechos reales y tragedias mexicanas convertidas en conocidos procesos judiciales. Entre sus textos más recientes figuran Contrabando, que ha sido representada en Estados Unidos, España, Alemania y Costa Rica; Sabor de engaño; Homicidio calificado; Por los caminos del Sur; Tabasco negro y La banca.

El autor mexicano es autor también de guiones de cine como Días difíciles, Morir en el Golfo, Playa azul, Jóvenes delincuentes y La muerte del padre Pro. Rascón es presidente de la Sociedad General de Escritores de México (SOGEM) desde 1999 y el Instituto Internacional de Teatro de la UNESCO le ha encargado recientemente la escritura y lectura del mensaje que con motivo del Día Mundial del Teatro se leerá el próximo 27 de marzo.

jueves, marzo 02, 2006

Pérez-Reverte: El pintor de batallas


CARLES BARBA

B arcelona, España. 01/03/2006 (La Vanguardia).- La literatura está llena de encuentros decisivos, de historias que se surten de un cara a cara entre dos personajes que se autodescubren en relación al otro. En El idiota de Dostoievski por ejemplo Mischkin y Rogozhin coinciden en un expreso a San Petersburgo, y ahí sellan su destino. También Bruno y Guy en Extraños en un tren de Highsmith quedan unidos por un casual encaramiento en un compartimento ferroviario. En el relato Sí de Bernhard el narrador no logra salir de sí mismo hasta que se cruza con la persa en una oficina inmobiliaria, y a partir de ahí establece con ella un fructífero diálogo. En La víctima de Bellow la vida de Asa Leventhal da un giro cuando es abordado en un parque neoyorquino por un tal Allbee, que le acusa de haber arruinado su carrera, y él ya no puede deshacerse de ese doble.

La decimosexta y última novela de Arturo Pérez-Reverte (Cartagena, 1951) podría insertarse en esta línea de ficciones a dos voces, de personajes que se toman la medida mutuamente. Su estructura y tono de hecho recuerdan los de El último encuentro de Márai donde, tras cuarenta años de no verse, un general recibía la visita de Konrad, un amigo de la juventud. Aquí el protagonista de la obra es Andrés Faulques, un ex fotógrafo bélico que se ha retirado a pintar en una solitaria torre vigía de la costa, y quien emerge de su pasado se llama Ivo Markovic, un antiguo combatiente croata al que él fotografió en pleno repliegue, en una imagen que dio la vuelta al mundo. Han pasado quince años, y el miliciano en ese lapso ha movido mary tierra para localizar al cámara que tomó su instantánea. Ivo, como el Konrad de Márai, viene al torreón a saldar una cuenta -la foto que a Faulques le dio fama y dinero, a él le ha traído consecuencias funestas-, y el cañamazo de la novela se sustenta en los tête-à-tête entre dos hombres cuyas vidas se tocaron sólo por unos segundos y que ahora van a dirimir una serie de asuntos pendientes que exigen despaciosas conversaciones.

¿Con qué derecho -pregunta el croata- el reportero le captó en un momento comprometidísimo de su existencia (con los chetniks serbios pisándole los talones, él indefenso en su retirada) y luego se lucró con esa imagen, y cosechó premios, sin importarle un carajo a quien había retratado, y cual era su verdadera identidad, y qué secuelas podía comportarle la foto en cuestión? Por otro lado, Andrés Faulques, que ya ha colgado sus Nikon y sus Leikas, y lleva siete años empeñado en pintar en el propio torreón un mural sobre la guerra, se inquiere: ¿con qué legitimidad irrumpe ahora en su nueva vida uno de los tantos miles de seres con los que se rozó en su periodo de fotoperiodismo bélico, y le pide responsabilidades por su trabajo, y hasta se quiere cobrar con su vida una presunta deuda moral para con él?

El pintor de batallas es un pulso entre dos individualidades, una novela conversacional, un toma y daca entre dos interlocutores en apariencia antipódicos y hostiles pero que, a medida que ventilan el pasado y desentierran episodios tremendos de barbarie, van comprendiendo que el vendaval de la historia les ha arrastrado a ambos por igual, y que por tanto les interesa más indagar juntos en ese caos que enconarse en rencillas personales. Significativamente Ivo Markovic entra en el ámbito de Andrés Faulques cuando la vida de éste ha hecho crisis de un modo radical, porque se ha dado cuenta de que la fotografía ya no le sirve para interpretar la realidad, y confia en que la pintura (y en este caso un mural de una batalla que es una síntesis de todas las batallas) le dé las claves que rigen el desorden del cosmos. En sus sucesivos diálogos Faulques consigue interesar a Markovic en su obra pictórica, y éste descubre con sorpresa que el arte puede auscultar con plausibilidad los enigmas del universo. Pero en el curso de estas charlas el croata a su vez enseña a Faulques que, tanto con la cámara como con los pinceles, él está lejos de ser sólo un hombre que mira, "un tercer hombre indiferente", y que, tanto los miles de fotos que tiró como el mural en el que trabaja, le contienen a él, y le interconectan además con la corriente general del mundo. Markovic, al desvelarle la cadena de desgracias que le deparó la foto que tomó de él en su retirada de Vukovar, le afianza en su sospecha de que "hay una red oculta que atrapa el mundo y sus acontecimientos, donde nada de cuanto ocurre es inocente y sin consecuencias".

El pintor de batallas en este sentido se desarrolla en tres planos: el tiempo en el que Faulques tarda en completar la pared cóncava; el tiempo -la cuenta atrás- que le da su visitante croata para que ponga en claro sus asuntos pendientes; y el tiempo de sus recuerdos, que van desplegándose al hilo del mural y de los coloquios con su interlocutor, y en la mayoría de los cuales anda presente una mujer, colega y amante, cuya pérdida ha hecho mella en su carácter. Olvido Ferrara (tal es el nombre de esta atractiva modelo de padre italiano y madre española) deviene una presencia tan real y obsesiva como la del propio Markovic y, a través de la evocación de días compartidos en México D.F., Venecia, Roma o Atenas, y en escenarios bélicos como Duvrovnik, Kuwait, Sarajevo o Mogadiscio, Faulques va comprendiendo cuanto le debe a ella en la nueva mirada con que ahora ve las cosas, y en qué modo sus comunes experiencias (sobre todo frente al horror de la guerra) han curtido su alma y le han arrojado más luz en su sondeo de la existencia.

La propia Olvido ha sido en su momento la primera en darse cuenta de que si se pegaba a Faulques -"necesito un Virgilio y tú eres bueno para eso", le dice en una ocasión- iba a aprender a ver el mundo en su dimensión auténtica, sin los enmascaramientos en que transcurren las existencias de cada cual. Entre ambos, y a lo largo de tres años de correrías por los puntos más calientes del planeta, descubren que el mundo está ahí como un jeroglífico insondable, y que la guerra es una buena escuela para ponerse en situación de descifrarlo. Aprende uno en esos escenarios (en Beirut lo mismo que en Pnom Penh, en los Balcanes igual que en El Salvador) que el hombre es un animal carnicero tan pronto se le aflojan las tuercas civilizadoras, y que la Naturaleza por ende es un monstruo indiferente, que puede desatarse y mostrar su faz más devastadora sin el más mínimo respeto con todo lo que palpita y respira.

Una fuerte inflexión

El croata que acude a la torre para pedir cuentas a Faulques conoce en carne propia con qué encono puede golpear la vida, y al principio quiere arrojar a la cara del otro las tremendas heridas que arrastra. Gradualmente sin embargo va percibiendo que el pintor de batallas esconde sus propios tajos, y que del "pulso terrible de la vida" sabe tanto como él. "¿Sabe, señor Faulques?", le confiesa en un momento dado: "Cuando después del campo de prisioneros fui a un hospital de Zagreb, lo primero que hice fue sentarme en un café. Y no daba crédito a lo que oía: la conversación, las preocupaciones, las prioridades... Oyéndolos, me preguntaba: ¿Es que no se dan cuenta? ¿Qué importa el abollado del coche, la carrera en la media, la letra del televisor? ... ¿Comprende a qué me refiero?".

Por supuesto, Andrés Faulques entiende perfectamente de qué le habla el otro. Él ha colgado las cámaras y se ha retirado a pintar precisamente para sustraerse de una vez a la maraña de nimiedades con que nos enreda la cotidianeidad, y para ir a lo esencial de la vida, y tratar de reflejar en el mural el orden secreto que desencadena las cosas.

Éste no es el Pérez-Reverte de El maestro de esgrima o La tabla de Flandes. A sus 54 años, y con sillón en la Academia desde hace tres, da una fuerte inflexión en su trayectoria. Aquí no hay golpes de sable, ni una cascada de aventuras, ni acción a chorros. El pintor de batallas es su obra más destilada y despojada. Rinde homenaje a los grandes maestros antiguos de la pintura (y a algún moderno). Y pone en pie a dos personajes - a tres, si contamos a esa mujer en la lontananza del recuerdo- que básicamente intercambian ideas, en un encarnizado afán de desentrañar las reglas de juego de la vida y la muerte. La torre de vigía a la que se retira Faulques es una buena metáfora del sentido de la obra: aunque en su origen fue un lugar para atalayar corsarios y defenderse de ellos, y tiene por tanto un aire de baluarte romántico, al terminar el libro parece más bien un espacio en donde su ocupante se ha encerrado a repensar el mundo. Como el torreón de Montaigne, la torre Martello de Joyce o la torre Muzot de Rilke.

miércoles, marzo 01, 2006

Amélie Nothomb: Biografía del hambre


M. ª ÁNGELES CABRÉ
B arcelona,España. 01/03/2006. (La Vanguardia) Por su estilo la conoceréis. Amélie Nothomb (1967) podría contarnos cómo se construyó la Muralla china y nos moriríamos de la risa, porque lo que importa en los buenos escritores, y ella es indudablemente uno de ellos, es cómo cuentan las cosas, no qué nos cuentan. Así que si tiene un pariente o amigo que no haya caído aún en la telaraña de la literatura, dele a leer este libro y le atrapará para siempre.

Autora, a pesar de su juventud, de una buena ristra de novelas breves que aparecen puntualmente cada uno de septiembre y tras haber vendido tantas copias en el mundo como habitantes tiene Catalunya, Amélie ataca de nuevo y lo hace con una de sus obras más poderosas y usando su mejor registro, el autobiográfico. Tras leer Metafísica de los tubos y El sabotaje amoroso, los lectores nos quedamos con las ganas de saber más de esta belga nacida azarosamente en Kobe, donde fue destinado su padre diplomático y donde confiesa haber vivido sus años más felices. La dejamos, o mejor dicho nos dejó, cuando tenía seis años y vivía en la aburrida China comunista. Pero después qué, ¿qué aventuras le deparó el destino hasta cumplir los treinta y muchos que ahora tiene?

Nuestra curiosidad se ve saciada con esta Biografía del hambre y, tras revivir sus años nipones y sus años pekineses, la acompañamos al Nueva York que conoció a los ocho años y le pareció una fiesta, al Bangadesh de sus trece primaveras, donde el deporte nacional era morirse de hambre, a Birmania y Laos hasta desembocar en su Bélgica natal a los diecisiete y después aterrizar nuevamente en su adorado Japón. Choque de culturas, alternancia de pobreza y riqueza, de exuberancia oriental y occidental. Y ahí se detiene la historia, cuando Amélie tiene veintiún años y pisa de nuevo el país que le fue arrebatado. El final de esta novela enlaza pues con Estupor y temblores (la narración de sus avatares en una empresa japonesa) que ya leímos y que fue, de las suyas, la novela que más éxito tuvo aquí y sobre todo en Francia, donde se convirtió en un verdadero best seller (cómo reconcilia que inteligentes artefactos lleguen a tanta gente).



De entre sus casi veinte libros publicados, esta Biografía del hambre es acaso el más catártico y el que alcanza un mayor valor simbólico. Niña superdotada, la infancia vuelve de nuevo a ser su territorio predilecto y al que dedica más páginas. No en vano en sus libros autobiográficos escribe historias que conoce pero que no comprende (según cuenta la misma escritora), de modo que la primera interesada en revelar aspectos inéditos de su pasado es ella.

Amélie por tanto no elige alimentarse hoy, ya adulta, con el sabroso néctar del chocolate blanco, ni elige la anorexia que la atrapa a los trece años (de la que ya había hablado a través de la ficción en Diccionario de nombres propios), sino que es una muy temprana y difícil relación con la ingestión, una preferencia indiscutida por el dulce y una potomanía galopante, por no hablar de una afición alcohólica a todas luces improcedente, la que la conducen a tan excéntrica costumbre. No elige tampoco que sus libros favoritos sean El rojo y el negro, Las amistades peligrosas y El retrato de Dorian Gray, sino que la lectura nada usual a los seis años de Las mil y una noches, en una traducción del siglo XVIII y de Mishima siendo aún una cría, la llevan por esas sendas.

Se preguntarán qué tienen en común nutrición y literatura. En este libro, todo. El hambre que ya anuncia el título lo recorre de cabo a rabo. Pero no el hambre como apetito exclusivamente de alimentos, sino el hambre como deseo absoluto, como ansia que no cesa: hambre de amor, lecturas, belleza... «El hambre es querer. Es un deseo más grande que el deseo.» El hambre como indagación: «El hambriento es alguien que busca». Bulimia vital es, en consecuencia, lo que sufre Amélie desde que tiene memoria y este libro está consagrado a explicarnos esa voracidad elevada a la máxima potencia, algo que sin la distancia de la ironía inyectada en vena asustaría hasta al más pintado y que en cambio aquí, aunque trufada de episodios violentos (como un intento de violación que marca un antes y un después), se nos aparece como un placentero viaje turístico en el que nos lleva de la mano hasta llegar al país del Sol Naciente, donde en una ocasión fue Dios, ese Dios que «si comiera, comería azúcar».

Pero si hay algo que constituye en este libro una revelación, al margen como ya he dicho de completar huecos biográficos que sacian nuestra indiscreción, es cómo nos refiere su acercamiento al placer de la literatura no ya como lectura, lectura que es para ella un lugar privilegiado de la admiración y que por ello cultiva con ahínco, sino como creación. La descubre leyendo a los doce años un relato de Colette y ya no la abandona. Y un día, la escritura pasa a antojársele la mejor manera de saciar el «hambre de hambre» que le ha provocado la anorexia que padece y a la que decide dar carpetazo. Asumida ya la «deformación del cuerpo"» a que la condenó la adolescencia y asumida también la «superhambre» como un modo de vida que hasta la fecha le ha dado por lo que parece bastantes alegrías, Amélie se refugia en la escritura para disfrute de todos: intensa, jocosa, metafórica.

Chapeau a este ejercicio autobiográfico. Bebamos una copa de champán a su salud y paseemos de noche por París, como a ella le gusta.

Juan Villoro: Disparo de Argón


J. A. MASOLIVER RÓDENAS (Foto Pepe Encinas)

B arcelona, España. 22 de febrero de 2006. (La Vanguardia) La personalidad de Juan Villoro (México, 1956) es literalmente avasalladora. Es uno de los cronistas más prestigiosos, con un libro de viajes que rompe todas las reglas del género por lo que tiene asimismo de libro de memorias y de narración como Palmeras de la brisa rápida,o los artículos sobre la música pop, el cómic y muy especialmente el fútbol, recogidos en Los once de la tribu. A este interés por lo cotidiano y lo popular hay que añadir su sólida formación, reflejada en el libro de ensayos Efectos personales, especialmente útil para descubrir su identificación con escritores como Alejandro Rossi, Sergio Pitol, Augusto Monterroso, Roberto Arlt, Valle-Inclán, Arthur Schnitzler, Thomas Bernhard o Italo Calvino. Es, a mi entender, uno de los mejores cuentistas mexicanos y su relato Coyote una auténtica pieza antológica.


Esta brillantez y esta dispersión en el sentido más positivo de la palabra quizás han afectado a su obra novelística, en parte por la tendencia a descalificar lo que no alcanza la brillantez de otros géneros (especialmente la crónica y el relato) y en parte por la tendencia de los críticos a decidir que quien es un maestro en el género breve no puede serlo en la novela. Villoro ha traicionado a estos críticos escribiendo una de las mejores novelas escritas en castellano en los últimos años. El testigo, premio Herralde de novela, es un libro ambicioso y totalizador. El disparo de argón no es, debo decirlo, su mejor libro, y esta afirmación da más credibilidad a todo lo elogioso que he venido señalando hasta ahora. Y sin embargo es una novela necesaria porque aquí está, de forma un tanto desorganizada, todo Villoro y porque está también todo lo que de nuevo tiene la narrativa mexicana de la década de los ochenta y los noventa del pasado siglo y que conserva hoy su modernidad.

En esta nueva escritura lo mexicano sigue vigente, porque en México las rupturas generacionales no han sido tan violentas como en España. Lo que cambia sobre todo es el registro: la trascendencia en las denuncias a la revolución traicionada está sustituida por el sentido del humor, la irreverencia y el juego. En Villoro la corrupción política se identifica con la corrupción ambiental. Pero le interesa también la vida cotidiana, la soledad, la extravagancia casi valleinclanesca de muchos personajes, las supuestas grandes empresas carentes de heroicidad, la recreación (¡e invención!) de ambientes y, rasgo típico de la novela contemporánea, la identificación del escritor con sus personajes, una voz narradora integrada a la novela. En Materia dispersa el protagonista es un arquitecto con descabellados proyectos. La acción se desarrolla en Terminal Progreso, perfectamente ambientada. EnEldisparo de argón el protagonista o, mejor dicho, uno de los protagonistas, esun oftalmólogo. El centro narrativo ocurre en una extravagante clínica creada por un supuesto discípulo del prestigioso oftalmólogo catalán Barraquer. Es decir, hay un espacio cerrado, modelo de extravagancia, en el que asistimos a la mezquindad y a las intrigas de los oftalmólogos. Este espacio se amplía a la colonia San Lorenzo donde está situada la clínica. Y esmuy fácil identificar la colonia o barrio con México. El propio Villoro escribe aquí que "la mejor de las lecturas es la magia que borra las letras y hace visibles otras cosas". Y si en el reducido espacio de la clínica el centro narrativo es la rivalidad que existe en cualquier institución ( "¿Realmente existían rivalidades entre gentes nunca vistas que sin embargo intervenían en nuestros asuntos?"), en San Lorenzo lo es la corrupción ambiental. Los olores nos acompañan a todos lados como si también ellos fuesen personajes y decidiesen el destino de los demás: "No podía hacer futuro en un contacto que empezaba oliendo la descomposición del otro", nos dice el narrador, Fernando Balmes, a propósito de F., con la que sin embargo acabará haciendo el amor en el retrete de la clínica. "¿Cuántas señas de descomposición pasan inadvertidas?", se pregunta poco después.

Esta es la función última, patética, divertida y taimadamente crítica: ponerlas en evidencia. La clínica, como la colonia San Lorenzo, es una metáfora de México: "En cientos de cantinas he visto las blanduzcas y amarillentas cagadas de la dieta mexicana, como si padeciéramos una monomanía vegetariana". Las dos M, el Maestro y Mónica, son los dos protagonistas del misterio. La otra M es la de México que se nos revela a través de la clínica donde hay "más invidentes que enfermos curables, un terco recordatorio del país grande, la nación del polvo, los caseríos sin agua, infectados de aquí a cuarenta gobiernos inútiles". Novela, pues, amena, desenfadada, extravagante y crítica que nos introduce al mejor Villoro.