Rancho Las Voces

miércoles, agosto 26, 2009

Radio / Orquesta Sinfónica de la Juventud Venezolana Simón Bolívar con la dirección de Gustavo Dudamel: «Sensemayá» de Silvestre Revueltas




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Música / México: Redescubren en la obra de Silvestre Revueltas sus facetas rebelde y política

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Fotograma de la película de 1935 Vámonos con Pancho Villa, del director Fernando de Fuentes, en la que Silvestre Revueltas interpreta a un pianista de cantina. (Foto: Archivo La Jornada)

C iudad Juárez, Chihuahua. 26 de agosto 2009. (RanchoNEWS).- Antes se le conocía más por su nacionalismo; ahora se revela como crítico y burlón de aquél: Kolb. Una nota de Ángel Vargas para La Jornada:

Con su muerte, el 5 de octubre de 1940, comenzó el mito en torno a Silvestre Revueltas. Lo singular de su personalidad, de genio atormentado, fue terreno fértil para ello.

Hecho paradójico, porque si bien su nombre y fama se extendieron, el conocimiento y las investigaciones en torno suyo se limitaron casi exclusivamente a la biografía, con lo que el estudio y análisis de su producción musical quedó marginada al tiempo en que a él se le encasilló como «un músico nacionalista exótico».

Tal fue el panorama que prevaleció en torno al compositor duranguense durante más de medio siglo, hasta ahora que la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) da a conocer una serie de proyectos de rescate académico que descubren a un nuevo Silvestre Revueltas que, entre otros aspectos, se revela cosmopolita y por momentos crítico y hasta burlón de ese nacionalismo musical.

Dichos proyectos son tres: el libro Silvestre Revueltas. Sonidos en rebelión, una antología de ensayos musicológicos; el Foro Virtual Silvestre Revueltas, una página en la Internet que funciona como libro electrónico y al mismo tiempo como base de datos, y, por último, la reconstrucción de la versión original de concierto de la obra Redes.

Esa tríada de iniciativas fue impulsada y coordinada por el músico, académico e investigador Roberto Kolb, quien ha dedicado los recientes 12 años a profundizar en el estudio de la obra de ese excepcional creador.

Previo a la presentación de esos materiales, que tendrá lugar hoy, a las 17 horas, en la Sala Xochipilli de la Escuela Nacional de Música de la UNAM (Xicoténcatl 126, colonia Del Carmen, Coyoacán), el también oboísta destaca que la principal aportación de los mismos consiste en que, por primera vez, la obra de Revueltas es abordada desde un enfoque analítico. Por así decirlo, se trataba de una especie de deuda.

«Realmente es algo que durante medio siglo nadie hizo», afirma en entrevista con La Jornada. «Solamente había textos que se referían al mito de Revueltas, sobre su vida, que es muy colorida; del nacionalismo, el genio, el borracho, el político; pero sobre la obra, nada. Finalmente, esto es lo que comienza ahora: tanto la antología de papel como el foro virtual que se adentran al análisis de su música».

Kolb destaca que en el libro Sonidos en rebelión –integrado por ensayos de 11 musicólogos, además del rescate de una conferencia del extinto director de orquesta Eduardo Mata– se encara de manera crítica el paradigma del nacionalismo al que fue reducido el autor de Janitzio.

«Ciertamente, Revueltas era un compositor nacional, y su música, casi toda, está impregnada de una esencia que podríamos llamar local. Pero también escapa del paradigma de un nacionalismo simplista».

En esa casilla, como ejemplo, el especialista ubica a Blas Galindo, quien, a su decir, para algunas de sus composiciones tomó melodías de mariachi, les hizo una orquestación y las presentó como arte nacionalista, cuando en realidad sólo eran simples arreglos de canciones familiares.

«Esa –dice– es una forma muy barata de buscar la validación. Revueltas rehuyó de eso, y de hecho hay obras que parodian, se burlan de ese tipo de nacionalismo tradicional simplista. Se rehusó a esa fórmula decimonónica y políticamente oportunista de tomar un tema popular y desarrollarlo».

De acuerdo con el musicólogo, la relectura de las obras de este compositor lo están abriendo a otros cauces y otras vertientes, en los que «ya no se le ve sólo como el nacionalista exótico», sino que lo evidencian como un creador polifacético.

Precisa: «está el autor vanguardista, abstracto; el político, que se ve sobre todo en obras como Itinerarios y Sensemayá, aunque está también la música militante francamente política, y existe asimismo el autor cosmopolita, el modernista a ultranza, el de Tocata sin fuga. No hay un Revueltas, hay varios».

No son facetas que se hayan dado en diferentes épocas o periodos, sino que ocurrieron al mismo tiempo, agrega. «Lo juguetón, lo lúdico, lo político, lo abstracto, lo contemporáneo, lo irreverente se puede encontrar a lo largo de toda su creación. Eso habla mucho de desprendimiento de la moda, incluso algunos lo criticaron en su época y lo acusaron un poco de aficionado, de autodidacta, ante esa presunta falta de un estilo o sello. Pero a él no le preocupaba venderse, y todo ese eclecticismo fue mal entendido».

Para culminar, Roberto Kolb, quien hizo su tesis doctoral sobre la presencia del mensaje político en la música de Silvestre Revueltas, resalta: «tuvo profundo compromiso social, pero al mismo tiempo no estuvo dispuesto a sacrificar su creatividad poniéndola al servicio de una causa política (...) Su forma de hacer política fue mediante la vanguardia en la música. Es decir, ligar la idea de vanguardia política con vanguardia musical. Fue una forma de no ser explícito, ya que Revueltas interiorizó el lenguaje político dentro de la música».

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Literatura / Entrevista a Alberto Ruy Sánchez

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El escritor mexicano. (Foto: Gustavo Mujica)

C iudad Juárez, Chihuahua. 26 de agosto 2009. (RanchoNEWS).- Sus libros le valieron el respeto de las mujeres y la desconfianza de compatriotas apegados al lugar común del macho mexicano. Discípulo de Barthes y Deleuze, Ruy Sánchez habla de cómo surgió su obsesión literaria con el erotismo. Una entrevista de Sylvina Friera para Página/12:

El cuerpo de Alberto Ruy Sánchez dialoga con las personas y los objetos que lo rodean. Cuando saluda desde su altura imponente y habla modulando el sonido y el sentido de cada una de las palabras, cuando evoca ese viaje iniciático a Marruecos en 1975, se sumerge en la coreografía de una danza pautada hace muchos años por el deseo de aprender y de convertirse en escritor; una coreografía que está en constante movimiento. Los dedos del mexicano bailan cuando acarician sus libros, que espera que sean editados en la Argentina ahora que las puertas se abrieron con la llegada de Los jardines secretos de Mogador (Alfaguara), una pequeña indagación poética sobre el erotismo de las mujeres embarazadas, una estación más de ese camino que comenzó, como una puerta mágica hacia lo inesperado, desde el momento en que se propuso saborear el mundo y ser devorado por él, en ese preciso instante en que inició una exploración obsesiva y espiralada de la naturaleza del deseo, del erotismo no como descripción del acto sexual, sino del mundo convertido en metáfora.

«Nadie puede estar seguro de que su cuerpo no sea una planta que la tierra ha creado para dar un nombre a sus deseos», se lee en uno de los epígrafes mogadorianos en el que se cita a Lucien Becker. Si su cuerpo es su escritura, como ha dicho más de una vez, Ruy Sánchez es también ese contador ritual de historias que aparece en las primeras páginas de su novela –un texto que pasado por el bisturí de la poesía escapa a las clasificaciones genéricas–, el halaiquí que desteje su voz y atrapa a los lectores, como si todos estuvieran sentados en ronda, imantados por la historia de un hombre «que se convirtió en una voz para habitar el cuerpo de su amada». La búsqueda sonámbula de su voz empezó cuando el escritor mexicano se fue a Francia, tras los pasos de su novia y actual esposa Margarita de Orellana. «Todas las historias de amor son historias de fantasmas. Estar enamorado es estar poseído por alguien. Cuando uno desea se vuelve como una casa llena de fantasmas», señala el narrador de Los jardines secretos de Mogador, refiriéndose a Jassiba, cuyo nombre mismo era la fórmula sonoro de un embrujo.

Ruy Sánchez paladea el placer que le genera, a la distancia, el hecho de recordarse como un joven inexperto y asustado, el veinteañero que experimentaba la vida en pareja. «Descubrí que tenía muchas limitaciones, que no entendía lo que sucedía, que me comportaba como un típico macho mexicano», dice con una risa que estalla contra el cliché de la virilidad made in México. «Yo trataba de comprender en qué consistía el deseo masculino, el deseo femenino, el deseo en general. Esto se fue convirtiendo no sólo en una necesidad de comprender, sino de salvar esa relación, pero al mismo tiempo de convertir en historia todo aquello que iba sucediendo. Pero eso fue después; al principio, sólo quería sobrevivir en París».

¿Qué pasó cuando estudió con Barthes, Deleuze, Rancière? ¿De qué modo incidieron esas clases y las lecturas de estos pensadores en su exploración del deseo?

Comencé a anotar todo lo que observaba bajo la influencia de las «figuras del deseo» de Barthes. Estaba viviendo como alumno la creación de ese libro que después se llamó Fragmentos de un discurso amoroso. Esos profesores te daban ideas para pensar la vida. Y en este ciclo de Mogador, que empezó cuando publiqué Los nombres del aire, están, de una manera completamente distinta, las influencias del discurso amoroso de Barthes. En uno de mis libros, Con la literatura en el cuerpo, describo ese momento en que Barthes, mientras estaba escribiendo los Fragmentos..., a mitad del curso, se enamora. Lo que iba a ser un curso técnico, como el libro S/Z, se convierte en un libro en el cual las experiencias son parte de la vida. Todo ese momento de enseñanza me hizo absorber muchísimas cosas; algunos profesores fueron más influyentes que otros. Deleuze fue muy influyente en mi trabajo, pero siempre tuve conciencia de que lo que escribiera tenía que ser muy personal. No quería ser un epígono de los profesores, pero tampoco quería ser un imitador de los autores que eran modelos del momento, Gabriel García Márquez, Juan Rulfo o José Agustín. Yo quería ser completamente distinto, no por ser original, sino porque quería ser yo mismo.

¿Cómo fue el camino que lo llevó a encontrar su voz?

El viaje a Marruecos en 1975 fue determinante. Fueron treinta y ocho horas muy agitadas en ese barco. Ninguna de las medicinas que nos daban permanecía en el cuerpo. Era terrible. Nosotros viajábamos en la cuarta clase, donde viajaban los marroquíes; de pronto me di cuenta de que todos estaban escuchando lo que pensaba que eran las instrucciones para el desembarco. En realidad había un narrador de historias que nos estaba contando la historia que estábamos viviendo y utilizaba un clásico de la literatura, La nave de los locos, de Sebastián Brandt. Nos estaba contando lo que cada uno de los pasajeros de ese barco estábamos viviendo; las madres que ataban a su cintura a sus hijos, alrededor de una especie de chal. Por supuesto que me hice amigo de él y lo visité en Marrakesh. Usaba la literatura no por pedantería, sino integrándola a un relato oral estructurado por una composición impecable. Esta experiencia me hizo comprender por qué quería ser escritor. Comprendí que mi voz tenía que estar vinculada al placer de escuchar historias.

¿Cuando escribe tiene en cuenta la oralidad?

Sí, la parte vital es fundamental. Es la lección de Proust de En busca del tiempo perdido, que no consiste en cómo aprovechar el tiempo, sino en la necesidad de perder para tener de qué escribir. Yo tenía esa necesidad de encontrar una voz narrativa en paralelo con la necesidad de comprender el deseo femenino.

De pronto el piso catorce de la editorial Alfaguara deviene en una réplica en miniatura de Marruecos por obra y gracia de la potencia de los recuerdos de Ruy Sánchez, hilvanados amorosamente en el rosario de su relato. El escritor mexicano crea un espacio sensible a su alrededor, como si trajera los olores, las texturas y los paisajes de su periplo iniciático. «Cuando bajamos del barco, las mujeres marroquíes observaban las partes del cuerpo de los hombres; después se fueron detrás de algunos hombres y les metían mano», recuerda con una sonrisa. «Esas mujeres sojuzgadas de pronto encontraban espacios de libertad. En esa sociedad donde la segregación femenina es extrema, me pareció importante observar qué espacios tenían las mujeres, cómo funcionaba la clandestinidad. Averigüé que el lugar de las mujeres era el Hammam, el baño público, que por la mañana lo usaban las mujeres y por las tardes los hombres. Ese edificio era una máquina de sensibilización del cuerpo. Entrabas a una recámara y estaban todos los vitrales que lograban que cuando estuvieras desvestido siguieras vestido por el efecto del color y la luz. Ahí pensé que cuando escribiera un libro no me dejaría guiar por el suspenso, sino que intentaría que el lector experimentara las sensaciones que se tienen al entrar a un ámbito nuevo, que quisiera estar ahí y que el espacio también lo recorriera. Una línea dramática completamente distinta, pensando mucho más en una espiral donde se puede sentir la espacialidad infinita del cuerpo y de sus posibilidades eróticas, que en el clásico clímax o el suspenso. Para el erotismo clásico el orgasmo es un clímax, pero qué tal pensar en un erotismo en espiral, que se crucen las miradas, toques una piel y puedas estar haciendo el amor con alguien. Y lo contrario: estar físicamente metido uno dentro del otro y no estar haciendo el amor».

Sus ideas deben haber generado incomodidad en la sociedad mexicana, sobre todo entre los hombres, ¿no?

La reacción de los hombres fue malísima cuando salió mi primer libro, sobre todo de los escritores de mi generación. Pero la reacción de las mujeres fue muy buena; empecé a tener muchas lectoras y algunos hombres me dijeron que gracias a mi libro encontraron las palabras para nombrar lo que sentían por una mujer. De alguna manera estaba siendo correspondido ese cuidado que había tenido para escuchar el deseo femenino. Pero todos los escritores de mi generación me han rechazado o han manifestado indiferencia, como Daniel Sada, que somos como el agua y el aceite, o Juan Villoro. Volpi fue el primero que leyó mis libros con cierta comprensión...

«Poco a poco iba aprendiendo a distinguir en cada detalle diminuto de la ciudad de Mogador el universo que concentra», dice el narrador, alter ego de Ruy Sánchez. «Porque ahí cada cosa, cada gesto, cada sonido es puerta y detonador de otros ámbitos. Y muy pronto iba a descubrir que, así como los inmensos mercados de frutas y flores pueden estar en una diminuta caja de madera perfumada, uno de los jardines más seductores de Mogador se abriría para mí en los pétalos de colores resplandecientes sobre las manos tatuadas de aquella vendedora de flores que ya comenzaba a poseerme». La ciudad de Marruecos se desplegaba ante los ojos del escritor con una coquetería pasiva que se volvió desafío. «Estaba en una playa con mi mujer cuando llegaron unas veinte mujeres marroquíes. Comenzaron a sacarse sus kaftanes y se quedaron completamente desnudas. Me sorprendió que tuvieran unos tatuajes en el pubis, estaba fascinado, obviamente excitado, y ellas se burlaban de mí en complicidad con mi esposa», subraya el escritor.

¿Cree que nos manejamos con muchos clichés «occidentales» cuando se piensa a la mujer árabe?

Esa fue la lección que aprendí gracias a esas mujeres: que no se puede anular el deseo. Cuando visité por primera vez el pequeño puerto de Essaouira (antes llamado Mogador), un hombre que manejaba el bote en el que estábamos con otras personas, un transporte público, apagó el motor. Yo temeroso y muy a la mexicana le pregunté. «Disculpe, ¿se descompuso?». Entonces me contestó: «No, lo apagué». Me explicó que Mogador está rodeado de arrecifes y que había que apagar el motor con el que vivimos y a partir de ese lugar entrar en el tiempo de la ciudad. Además me dijo: «Vea, la ciudad es tan bella que sus ojos tienen que acostumbrarse al brillo, sino se va a quedar ciego». Eso me pareció un mensaje contra el macho mexicano. ¿Qué es lo que uno tiene que hacer cuando ve una mujer deslumbrante que le atrae? Lo primera que tiene que hacer es apagar el motor y ver si hay corrientes que invitan a acercarte (risas). A partir de ese momento, la ciudad de Mogador se convirtió para mí en una mujer, o en metáfora de una mujer. Aunque tú tengas el mapa de la ciudad, cuando estás dentro de Mogador, te pierdes. Cuando tú estás dentro de una mujer, no la posees. Entonces me planteé escribir un relato erótico sin mencionar explícitamente a la mujer; que fuera el relato de un hombre que desembarca en Mogador y la descripción de lo que siente entrando en el cuerpo de una mujer. Ahí surgió esta erotización de todo.

¿Las palabras limitan mucho esa exploración de las sensaciones en sociedades un tanto anestesiadas o amputadas de deseo?

Estamos mal acostumbrados al creer que la palabra sólo significa. La palabra canta, te toca; tienes que estar disponible para la sinestesia, para tocar con los ojos, escuchar con las manos. Cuando toco a una persona, casi sé si baila o no baila. Y también hueles a las personas, tienes conciencia de su perfume. Pero sí, es cierto, hay una gran amputación del deseo en nuestras sociedades.

En el mundo maya, comenta Ruy Sánchez, el que escribe participa del universo secreto y la fuerza invisible del jaguar, una cualidad involuntaria que los escritores contemporáneos «difícilmente alcanzamos». En ese viaje a Marruecos estaría la cifra del destino del escritor mexicano, esa mezcla intricada de azar y deseo «que se nos vuelve cauce de la vida». Una imagen final que atesora el escritor revela ese largo recorrido que aún se prolonga en el itinerario de su escritura. «Salimos del desierto y nos encontramos con un bosque de árboles. Entonces le dije a mi esposa: ‘Mira, está lleno de buitres, seguramente hay una vaca muerta’. Ella, que siempre tiene las respuestas adecuadas, me dijo: ‘¡Qué ciego estás, no son aves, son patas’. Nos acercamos más y pude ver cómo los árboles estaban llenos de cabras con sus pastores cuidándolas. Las cabras siempre están en los árboles; lo que para ellos no valía la pena ser mencionado para mí era fantástico. Entonces me dije que parte de mi trabajo como escritor sería encontrar las cabras en los árboles, encontrar la sensibilidad que otros no ven».

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Literatura / Cuba: Premio Iberoamericano de Cuento Julio Cortázar

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El escritor argentino. (Foto: Archivo)

C iudad Juárez, Chihuahua. 26 de agosto 2009. (RanchoNEWS).- El certamen, creado por iniciativa de la editora lituana Ugnus Karvelis y auspiciado por el Instituto Cubano del Libro, la Casa de las Américas y la Fundación Alia, busca noveles autores de habla hispana en ese género al que el escritor argentino tanto aportó. Una entrega de Notimex:

La obra ganadora del octavo Premio Iberoamericano de Cuento, con el que se homenajea al escritor e intelectual argentino Julio Cortázar, nacido el 26 de agosto de 1914, se dará a conocer este miércoles en La Habana, Cuba.

La ceremonia para dar a conocer al ganador, entre 500 obras participantes, será en el Centro Cultural Dulce María Loynaz, donde, tras dar a conocer la decisión del jurado, se llevará a cabo una jornada literaria con la exhibición y venta de los volúmenes que reúnen a los laureados durante las siete convocatorias anteriores.

El Premio Iberoamericano de Cuento rinde homenaje a Julio Cortázar, prolífico escritor argentino que trató el tema de lo fantástico con gran agudeza y humor.

Cortázar vivió en una constante lucha entre el recuerdo y el olvido de su patria (Argentina).

El nació por accidente en Bruselas, Bélgica, el 26 de agosto de 1914, pues su padre trabajaba en la embajada argentina en ese país como técnico en economía en la delegación comercial.

Julio Cortázar pasó en la provincia de Banfield una infancia solitaria y bastante atormentada, marcada siempre por el abandono de su padre cuando él tenía apenas seis años.

Se graduó como maestro de escuela e inició estudios en la Universidad de Buenos Aires, los cuales tuvo que abandonar más tarde por razones económicas.

Fue entonces que trabajó como maestro en varias provincias de Argentina, sin embargo, por desavenencias con el gobierno peronista, el escritor abandonó ese país en una suerte de auto exilio.

Gracias a una beca del gobierno francés se instaló en París para seguir con sus estudios. Allá, sus primeros trabajos fueron algunas traducciones de obras de los escritores Edgar Allan Poe y Marguerite Yourcenar.

Más tarde se desempeñó como traductor independiente de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO), en París, viajando constantemente dentro y fuera de Europa.

En 1938, bajo el seudónimo «Julio Denis», publicó el libro de sonetos Presencia. En 1949 aparece su obra dramática Los reyes y apenas dos años después publica Bestiario, en el que se descubre al Cortázar deslumbrante por su fantasía y su revelación de mundos nuevos que irán enriqueciéndose en su obra futura.

Entre sus escritos más importantes destacan: Los premios (1960), Rayuela (1963), 62/Modelo para armar (1968) y el Libro de Manuel (1973).

El refinamiento literario del escritor, sus lecturas casi inabarcables y su incesante fervor por la causa social, hacen de él una figura de deslumbrante riqueza, constituida por pasiones a veces encontradas, pero siempre asumidas con el mismo genuino ardor.

Cortázar siempre fue un fiel defensor de los movimientos revolucionarios, a través de numerosos artículos y conferencias. Tras el triunfo de la Revolución Cubana, Fidel Castro lo invitó a viajar a la isla, al igual que conoció de cerca el triunfo sandinista en Nicaragua, hecho sobre el cual escribió.

En una constante lucha entre el recuerdo y el olvido, puesto que deseaba recrear los detalles de su lejana patria, Julio Cortázar hizo a finales de 1983 su último viaje a Buenos Aires, donde fue recibido con fervor.

El 12 de febrero de 1984 el prolífico escritor murió en la ciudad de París, aquejado por la leucemia.

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Noticias / España: Una nueva polémica sobre obras de Frida

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Uno de los presuntos autorretratos de la pintora mexicana. (Foto: Princeton Architectural Press)

C iudad Juárez, Chihuahua. 26 de agosto 2009. (RanchoNEWS).- Polémica hasta en la tumba. Frida Kahlo, muerta en 1954, sigue, más de medio siglo después, instalada en el centro del escándalo. La mecha en esta ocasión la han encendido Carlos Noyola y Leticia Fernández, anticuarios con tiendas en las localidades mexicanas de Monterrey y San Miguel de Allende. Aseguran disponer de hasta 1.200 objetos que presuntamente pertenecieron a Kahlo. Una colección que incluye pinturas, dibujos, cartas, diarios, boletos de lotería, facturas de hoteles y blusas bordadas. Hasta maletas y cofres lacados con los nombres de Kahlo y Diego Rivera, marido de Frida. Una historia suculenta (y ahora puesta en entredicho) que Barbara Levine, ex directora de exposiciones del San Francisco Museum of Modern Art, decidió proponer a la editorial Princeton Architectural Press. El próximo 1 de noviembre se publica en EE UU el libro Finding Frida Kahlo, ilustrado con imágenes del material supuestamente inédito. Una nota de El País:

Un grupo de galeristas, historiadores del arte, directores de museos e investigadores acaba de denunciar que todo esto no es sino burdo fraude. Y no es la primera vez, dicen. Hay un catálogo editado en 2008 por el Centro de Estudios del Arte Mexicano de Guanajuato con el título El laberinto de Frida Kahlo, que reproducía unos 75 objetos de la colección de los Noyola: «Toda la documentación y obras reproducidas en dicha publicación ha sido determinada por los más experimentados investigadores [...] como falsa», acusan los expertos en una carta. El texto de la carta de denuncia no se anda con rodeos. Pide la intervención de las autoridades culturales del país norteamericano. Kahlo, como Rivera, es Patrimonio Artístico de la Nación Mexicana y determinar la autoría de las obras del matrimonio de artistas es competencia exclusiva del Fideicomiso Museos Diego Rivera y Frida Kahlo del Banco de México. El director, Carlos Philips Olmedo, ha anunciado que se van a tomar medidas.

La carta la firman, entre otros, Salomón Grimberg, coautor del primer catálogo razonado de Kahlo; Mary-Anne Martin, experta en la pintora; el nieto de Rivera, Pedro Diego Alvarado; Teresa del Conde, ex directora del Museo de Arte Moderno de México; además de veteranas galeristas, catedráticos de historia del arte y la biógrafa de Kahlo, Hayden Herrera.

La historia de la colección Noyola, explica desde México el propio anticuario, empieza hace cinco años, cuando empezó a adquirir de su anterior propietario, un abogado, partidas de material. Al investigar la procedencia original llegó a Abraham Jiménez López, «cercano amigo de los Rivera-Kahlo y tallista de madera». Éste conservó celosamente íntegro el archivo durante un cuarto de siglo, hasta que pasó a manos del letrado. «El libro Finding Frida Kahlo narra la historia del descubrimiento y catalogación de la obra, las pruebas técnicas y científicas que comprueban con hechos su antigüedad, los análisis grafoscópicos que demuestran que se trata de la mano de la maestra Kahlo, además de testimonios de varios contemporáneos de Frida Kahlo, quienes reconocen el material como original».

Entre éstos, Noyola cita a la fallecida Ruth Alvarado Rivera, nieta de Diego Rivera y hermana del pintor Pedro Diego Alvarado –uno de los denunciantes–, Arturo García Bustos y Arturo Estrada, alumnos de Frida, y Rina Lazo, «a quien Rivera llamó su brazo derecho». Pero aclara: «Nos atrevemos a decir que este material es atribuido a Frida Kahlo sabiendo plenamente que en los casos de autenticidad nunca hay un 100% de seguridad ni de un lado ni del otro. Sin embargo, queremos reiterar que en el libro la cuestión de autenticidad no se resuelve, se deja que el lector forme su propia opinión».

En defensa de la autora del libro, la editorial Princeton Architectural Press reconoce que ella no es una experta en la artista mexicana y que, «consciente de la naturaleza explosiva del hallazgo», tiene un extremado cuidado en dejar abierta la cuestión de la autoría: «No tengo autoridad para respaldar las opiniones que pudiera haber vertido sobre la autenticidad o importancia del material de esas maletas», dice Levine en el libro.

Pero a Mary-Anne Martin, que fue responsable del departamento de arte latinoamericano de Sotheby's, le ha bastado con revisar el catálogo y el libro: «Los autores han fabricado las cartas, los poemas, dibujos y recetas usando la biografía de Frida y sus misivas publicadas como referencia. Los dibujos están muy mal hechos; la escritura es infantil, el contenido, burdo. La anatomía de los dibujos parece sacada de un manual de instrucciones para carniceros. Las pinturas son pastiches, composiciones basadas en obras publicadas. La procedencia declarada es inverificable y sin sentido...». Hilda Trujillo, directora adjunta de los museos Diego Rivera-Anacahualli y Frida Kahlo, tampoco necesita más pruebas: «Son obras tan grotescas que yo no iría a verlas. No es de Frida: es una mala copia».

El catedrático de Historia del Arte James Oles recuerda que la artista tuvo tanto éxito en vida que marchantes y coleccionistas le pedían obra constantemente, pero ella producía lentamente: «Es imposible creer que se guardó docenas de obras y se las dio a su carpintero o a su enmarcador. Que alguien pueda poseer pinturas que no estén documentadas en exposiciones o libros es, sencillamente, imposible. No estamos hablando de alguien que vivió hace 400 años, sino de una artista internacionalmente famosa, rodeada de amigos y coleccionistas, tan sólo hace 60 años».

De hecho, el catálogo razonado publicado en 1988 por Helga Prignitz-Poda, Salomón Grimberg y Andrea Kettenmann contó 271 obras. Desde entonces, indica Prignitz-Poda, se han añadido unos 20 dibujos y tan sólo dos óleos, que sus propietarios olvidaron aportar en su momento: «Lo admito, no he visto las obras, pero como cada mes salen más y más Fridas con dos cabezas, o como una vela ardiendo o como una rana, o como cualquier otra cosa, no podemos buscar explicaciones a mentes enfermas».

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