Rancho Las Voces: Textos / «Los caminos insólitos de Sergio Pitol» por Héctor Iván González

Textos / «Los caminos insólitos de Sergio Pitol» por Héctor Iván González

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Sergio Pitol. (Foto: Archivo)

C iudad Juárez, Chihuahua. 4 de noviembre de 2017. (RanchoNEWS).- Sergio Pitol (México, 1933), narrador, ensayista, memorialista, editor, diplomático y traductor, es una de las personalidades más vastas, complejas y exquisitas del siglo XX. Reproducimos el texto de Héctor Iván González publicado por el suplemento El Cultural de La Razón donde recorre los caminos de Pitol.  

A inicios de 2010, en una ceremonia que reunía a Consuelo Sáizar, en ese momento directora del CNCA, a la rectora del Claustro de Sor Juana, a Sandra Lorenzano y a Daniel Sada (1953-2011) con motivo de la imposición de la medalla «Sor Juana Inés de la Cruz» a Jorge Herralde, Sáizar relató que conoció al fundador de la editorial Anagrama durante un viaje a Barcelona al que la invitó Carlos Monsiváis (1938-2010). Ahí asistió a la tertulia que formaban algunos escritores «de donde abrevaba Sergio Pitol». En el auditorio, el autor de El arte de la fuga escuchaba discretamente a un lado de su querida amiga Lali Gubern. Pocos minutos después, Herralde tomó la palabra y lo primero que hizo fue corregir a Sáizar y señalar enfáticamente que no era Pitol quien abrevaba de ellos, sino que todos ellos abrevaban de Sergio Pitol. La aclaración podría parecer una minucia si no se hubiera tratado del reconocimiento de un editor atento a las sugerencias de uno de los hombres de letras fundamentales para la literatura de nuestro tiempo.

Sergio Pitol (México, 1933), narrador, ensayista, memorialista, editor, diplomático y traductor, es una de las personalidades más vastas, complejas y exquisitas del siglo XX. Apasionado por las letras desde niño, debido a una enfermedad que lo postró en cama durante varias semanas, pasó de lecturas tempranas de «[Jules] Verne entero y La isla del tesoro y El llamado de la selva y Las aventuras de Tom Sawyer, a las novelas de Dickens y luego, sin transición, al Ulises criollo de José Vasconcelos, a La Guerra y paz», de Leon Tolstói, cuya intensidad persuasiva hizo que se sintiera tiritar de frío en el clima tropical de Veracruz.1 Como descendiente de italianos, el joven estudiante de Derecho adquirió la pasión por las letras y, gracias a su maestro Manuel Martínez Pedroso, por el estudio de lenguas extranjeras.2 Como si, en una búsqueda de lo perdido, aquel joven deseara regresar al idioma de sus antepasados. Felizmente, no sólo regresó al origen, sino que llegó a muchos otros idiomas y caminos: polaco, ruso, inglés, francés, húngaro, chino y, desde luego, italiano. Durante un viaje de Veracruz a la Ciudad de México, lee en el suplemento cultural Sábado «La casa de Asterión», de Jorge Luis Borges. El impacto que ocasionó esta lectura lo hizo obsesionarse por la narrativa y sus distintas técnicas. Asimismo, encontró la obra de Alfonso Reyes, a quien considera un auténtico maestro y cuyo cuento «La Cena» lo influye en gran medida. El relato alfonsino, lleno de sutilezas, sugerencias y una atmósfera que se enrarece paulatinamente, está muy presente desde sus cuentos de juventud como «Victorio Ferri cuenta un cuento» hasta relatos de madurez como «El vals de Mefisto». Para Pitol la figura del calígrafo regiomontano se vuelve una presencia afín, un interlocutor y un inspirador para su propia personalidad.

En México, durante la adolescencia, frecuenté larga y devotamente la obra de Alfonso Reyes que incluye varios títulos de teoría literaria. El deslinde, La experiencia literaria, Al yunque. Los leía, me imagino, por el puro amor a su idioma, por la insospechada música que encontraba en ellos, por la gracia que, de repente, aligeraba la exposición de un tema necesariamente grave. […] Era tal su discreción, que muchos aun ahora no acaban de enterarse de esa hazaña portentosa, la de transformar, renovándola, nuestra lengua. […] Debo a nuestro gran polígrafo y a los varios años de tenaz lectura la pasión por su lenguaje; admiro su secreta y serena originalidad, su infinita capacidad combinatoria, su humor, su habilidad para insertar giros cotidianos, reñidos en apariencia con el lenguaje literario, en alguna sesuda exposición sobre Góngora, Virgilio o Mallarmé. […] Su gusto era ecuménico.3

Por otra parte, el arte se volvió para Sergio Pitol un Norte, un punto de referencia en letras, en la ópera, en pinacotecas. Ponderó en las obras artísticas lo que Rainer Maria Rilke llamaba «la vida individual de los objetos»;4 en sus viajes siempre persiguió la belleza y la independencia. Durante su estadía en el extranjero buscó hacerse del espacio propicio para la escritura. En una suerte de acto liberador, el trabajo de traducción le facilitaba el tiempo para poder dedicarse a escribir y para asistir a exposiciones, obras de teatro y tertulias entre amigos.

El impulso de viajar, después de mis primeras salidas, en vez de atenuarse se volvió obsesivo. Inicié el año 1961 con una intensa sensación de fastidio. Me sentía harto de mis circunstancias y también del mundo. La prensa registraba el desasosiego que comenzaba a alterar a algunos escritores jóvenes en distintas partes del planeta, una de esas fiebres que aparecen cada tantos años. […] Yo me sentía arrinconado en México; contraje aquel virus, vendí casi todos mis libros y algunos cuadros, y me lancé al camino. A mediados de junio me embarqué en Veracruz y crucé el océano. Estuve unas cuantas semanas en Londres, unos días en París y al final me instalé en Roma. Igual que a Cervantes, me pareció llegar a la capital indiscutible del Universo Mundo. […] Por primera vez me sentí sano e inmensamente libre. Tenía veintiocho años y ganas enormes de comerme el mundo. El resultado de esa estancia fue mi vuelta a la escritura.5

Era una fuga propiciatoria hacia la belleza y la armonía. Tenía sus prioridades bien asentadas, la cercanía con el arte y la amplitud. No puedo dejar de pensar en las penurias por las que pasó, en los trabajos diversos que llevó a cabo, los cuales le pudieron garantizar una independencia imprescindible del México anquilosado de los años sesenta. Vuelvo a la resonancia rilkeana y tomo prestadas las palabras que el poeta polaco Zagajewski dedicó a Rilke: Pitol estaba más allá de cualquier espacio político, sin himno, sin bandera y sin lengua, y logró ser un testigo de su tiempo.

Lo anterior me hace recordar la renuencia de algunos escritores a leer clásicos o a impregnarse de todas las artes. Recuerdo a un profesor quien, al citarle una crítica de Baudelaire, me espetó que «ya han pasado muchos años desde que Baudelaire murió», lo cual no hizo sino provocar mi azoro al pensar que la imagen del artista que se rodea de todas las artes «ya no es vigente». Sin duda, el antídoto a estas sugerencias un tanto casuales y apresuradas lo encuentro en una sentencia pitoliana:

De no mantener un diálogo vivo con sus clásicos, el artista, el escultor corre el riesgo de pasarse la vida descubriendo Mediterráneos. Nada conozco tan reductor como el culto a la moda. La tarea del escritor consiste en enriquecer la tradición, aunque la venere un día y al siguiente se líe con ella a bofetadas. De ambas maneras será consciente de su existencia. Por eso me han atraído y preocupado los problemas de la forma, los recursos y posibilidades de los géneros, su capacidad de transformación.6

Lo cual está íntimamente relacionado con su carácter, ya que Pitol veía en el arte una suerte de ética, una congruencia entre belleza y acto de civilidad o de resistencia. No es casual que haya abandonado su puesto en el servicio diplomático debido a la masacre de estudiantes de 1968 y, lo que tiene más mérito, que no se la haya pasado repitiéndolo a la menor oportunidad. «Comenzar por invocar los fastos de Venecia y terminar empantanado en una literatura de mentiras es una vulgaridad», señaló.7 En ensayos como «El regreso al hogar» y «Con Monsiváis el joven» deja clara su postura frente a los movimientos sociales y políticos en México.

En El arte de la fuga y en el breve ensayo acerca de Jorge Herralde, Pitol relata la forma en que Beatriz de Moura lo invita a coordinar la serie Heterodoxos en la colección Cuadernos ínfimos para la editorial Tusquets, donde publica, a pesar de los obstáculos que imponía la censura franquista, autores sui generis. En esa colección tan provocativa y conspicua aparecen escritores como los polacos Grotowsky y Gombrowicz, además de Raymond Roussel, Swift, Cristóbal Serra, Marx, Nietzsche, García Ponce, Macedonio Fernández o Julio Cortázar.8

De cada tres o cuatro títulos la censura nos permitía publicar acaso uno. Vivíamos y trabajábamos haciendo caso omiso de la dictadura. Cuando un Heterodoxo salía a la luz lo celebrábamos con unción. Por esos días nació Anagrama [1969], y en la presentación de su primer libro conocí a Jorge Herralde. Nos hicimos amigos de inmediato. He traducido para él varios libros, prologado otros y posteriormente publicado en su editorial todas mis novelas. El premio Herralde logró que en México se me empezara a tomar en cuenta. Conocí a Lali Gubern en Leteradura, su maravillosa librería, y aún ahora me parece un milagro la existencia de aquel espacio abierto en una época de extrema intolerancia.9

Precisamente debido a esto, Sergio Pitol provocó un punto de inflexión en la literatura española desde la península, con su literatura, pero también con sus oficios como consejero editorial y traductor. La lista de autores que compartió con la tertulia mencionada líneas arriba iba desde Henry James, la bicentenaria Jane Austen, Luigi Malerba, Antonio Tabucchi, Malcolm Lowry, Robert Firbank, Antón Chéjov, Nabokov, Tibor Déry, Ford Madox Ford, Boris Pilniak, los polacos Jerzy Andrezejewski,Kazimierz Brandys y el triunvirato de Witold Gombrowicz, Eugène Ionesco y Stanislaw Witkiewicz, entre muchos otros.10 Es evidente que autores como Félix de Azúa o Enrique Vila-Matas y editores atentos como Beatriz de Moura y Jorge Herralde encontraron una geografía vastísima por explorar, y sobre todo encontraron un ánimo de espeleólogo de raigambre pitoliano. Las posibilidades literarias se bifurcaban con un autor de tamaña curiosidad y tremendo olfato. Este canon pitoliano tiene entre sus características una innovación en sus técnicas narrativas, sus narradores no son siempre uniformes o coherentes, a veces se contradicen y la narración va a contrapelo, donde el simultaneísmo de escenas es fundamental, como en Las puertas del paraíso, de Andrezejewski. También hay perspectivas que se van ampliando a medida que la historia avanza y nos muestran que la versión que teníamos ha estado colmada de verdades a medias; El buen soldado, de Ford Madox Ford, es un fascinante ejemplo de este desmoronamiento de certezas narrativas. En la obra En torno a las excentricidades del cardenal Pirelli encontramos una hilarante voz narrativa que desconcierta al lector con la historia que cuenta, pero sobre todo con la extravagancia de sus comentarios, la cual recuerda al más locuaz Oscar Wilde. En Cosmos de Gombrowicz el narrador miente a los demás personajes frente a nuestros ojos, nos da una versión verídica dentro de un espacio donde la lógica fluctúa a su guisa. Por su parte Kazimierz Brandys y el húngaro Tibor Déry se comprometen en sendos contextos políticos y dan parte de la opresión política y cultural en sus países.

La lista de aportaciones que hizo Pitol es realmente inconmensurable; los senderos que abrió con su trabajo como ensayista,11 consejero editorial y traductor son una acertada provocación para cualquier lector que dé preponderancia a la literatura por encima de «los libros impuestos por la moda». Como Pitol ha señalado:

La lectura es un juego secreto de aproximaciones y distancias. Es también una lotería. Se llega a un libro por caminos insólitos; tropieza uno con un autor de modo en apariencia casual y luego resulta que no puede dejar de leerlo nunca.12

Y qué mejor guía que el mismo Pitol para recorrer dichos caminos.

Notas

1.-Sergio Pitol, El arte de la fuga, en Trilogía de la memoria, Barcelona, Anagrama, 2007, p. 128.

2.-Ibidem, pp. 128-130.

3.-Ibidem, p. 188.

4.-Cfr. Rainer Maria Rilke, Libro de las imágenes I y II.

5.-Pitol, op. cit., p. 137.

6.-Ibidem.

7.-Ibidem, pp. 90 y 45.

8.-Sergio Pitol, “Jorge Herralde y Anagrama”, en El tercer personaje, Era, México, 2013, y José Balza, “Página para Pitol”, en Los territorios del viajero, Era, México, 2000.

9.-Pitol, op. cit., p. 138.

10.-Todas estas obras fueron agrupadas en la Biblioteca Sergio Pitol Traductor de la Universidad Veracruzana, debido al interés de Joaquín Diez Canedo, y que estuvieron al cuidado de Rodolfo Mendoza. Pero ahora está detenida la publicación de los títulos restantes, por el litigio que entablaron algunos familiares de Pitol contra la Universidad. Ver http://bit.ly/2u6kUnu

11.-Agradezco a Édgar Valencia que me haya descubierto y obsequiado Sergio Pitol en casa, libro que compila todas las colaboraciones (ensayos, traducciones, discursos, introducciones) que publicó Pitol en la revista La Palabra y el Hombre, editado por la Universidad Veracruzana en 2006.

12.- Pitol, op. cit. p. 248.

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