Rancho Las Voces: Literatura / Entrevista a Victoria Gessaghi

Literatura / Entrevista a Victoria Gessaghi

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«La clase alta intenta legitimar su posición a través de un discurso democrático», asegura Gessaghi. (Foto: Rafael Yohai)

C iudad Juárez, Chihuahua. 12 de octubre de 2016. (RanchoNEWS).- La antropóloga e investigadora del Conicet realizó un extraordinario trabajo de campo sobre la importancia de la escuela, el dinero y la austeridad entre las élites. «La riqueza en nuestro país ha estado siempre sospechada», explica en la entrevista para Página/12 por Silvina Friera.

«La aristocracia argentina huele a bosta». La frase de Domingo Faustino Sarmiento la recuerda Lorenza Tanoyra Benegas –nombre ficticio que eligió la investigadora del Conicet, la antropóloga Victoria Gessaghi–, una docente de una escuela pública prestigiosa que pertenece a una familia de conocidos jueces y diplomáticos. El abogado Francisco Escalante Duhau –también inventado– condena el cierre excesivo y la reclusión endogámica de este grupo social: «Lamentablemente han vuelto con el período de Menem esos malditos barrios cerrados del Norte: viven en burbujas los hijos, los bisnietos. Estoy en contra. Esto es el Truman Show: los va a agarrar el primer virus ni bien salgan». Manuel Ayerza, abogado cuya familia está entre las 35 familias con mayor cantidad de tierras en la provincia de Buenos Aires, plantea que la «herencia cultural» de la clase alta es reivindicar un uso del dinero que prohíbe el lujo ostentoso. La mayoría de los entrevistados por Gessaghi en el extraordinario trabajo de campo que hizo para el libro La educación de la clase alta argentina. Entre la herencia y el mérito (Siglo XXI) coinciden en la centralidad que tiene la escuela: «El primer signo de pertenecer es el colegio al que vas. Es más importante que la ropa, la casa, más que todo».

«En las familias de clase alta no se habla del origen de las tierras, de la repartición estatal que los benefició. La clase alta ha estado vinculada al Estado poniendo sus propios cuadros durante los gobiernos de facto. Pero también a lo largo de los gobiernos democráticos ha colocado asesores en áreas estratégicas como agricultura y economía, o presiden cámaras empresariales o asociaciones que presionan al Estado por las orientaciones de la política económica. La idea del Estado como otro actor que contribuye a la reproducción de la riqueza de estas familias no aparece en el imaginario de este grupo», advierte Gessaghi en la entrevista con Página/12.

Uno de los diplomáticos que entrevistó le dijo que Franco Macri no pertenece a la clase alta. Aunque el dinero ayuda a ascender socialmente, ¿si alguien no tiene un apellido tradicional, no pertenece a la clase alta?

Lo que fue interesante de ese señalamiento –porque yo quería trabajar incluyendo la variable dinero– es la idea de una disputa constante respecto de quién pertenece a la clase alta. Depende con quién me entrevistaba, Franco Macri pertenecía o no. El dinero es una variable importante a tener en cuenta porque está fuertemente anclada en el sentido común la idea de que estas familias sólo tienen el apellido, pero no tienen un mango, como me decía uno de los entrevistados. Si se rastrea las fortunas de esas familias, claramente son familias ricas que en la escala social son de clase alta. La idea de que el dinero no sería la condición que caracteriza a estas familias tiene que ver con producir un distanciamiento con los nuevos ricos, aquellos a quienes más se les teme porque tienen acceso a una serie de consumos a los cuales algunos miembros de estas familias tradicionales no podrían acceder actualmente. La idea de ser austero y construir una imagen de sencillez es un modo de legitimar ese lugar de privilegio: «Nosotros podemos comer asado con los peones de campo y además estar en un directorio de empresas», afirman. Esa figura de acercamiento a los otros que están distantes les permite legitimarse y construir una élite democrática. La riqueza en nuestro país ha estado siempre sospechada. Somos un país que, por más que la experiencia igualitaria no se haya concretado jamás, tenemos un imaginario de movilidad social vía la educación y una historia de la escuela pública que hace que la experiencia de que «somos iguales» sea muy fuerte. Legitimar una posición de privilegio desde el tener más dinero que otros es enseguida denostada. El dinero no permite estabilizar jerarquías porque es fuertemente impugnado.

¿No hay una impostura en esta construcción de élite democrática que termina perpetuando las diferencias de clase de un modo «más amable»?

Esa pregunta me permite aclarar algo: no es que la que clase alta sea democrática, es que intenta legitimar su posición a través de un discurso democrático. La historia de nuestro país los obliga a construir ese discurso. Ellos construyen distinción «en» igualdad y «contra» esa igualdad. Si establecen las reglas del juego, está todo muy lindo mientras les gusten los que están adentro o puedan determinar quiénes son los que entran. Esta idea de austeridad, de sencillez, de acercarse a los otros siempre que estén lejos, de mantener el dinero a distancia, es algo que Pierre Bourdieu mostró muy bien, que es tener el poder de separarse de la necesidad económica. El poder implica no estar dominado por la urgencia. El nuevo rico, como recién asciende, consume y se muestra. El que tiene ya cinco generaciones dentro de una familia acaudalada no necesita salir a consumir ni a mostrar nada. La clase alta necesita construir un discurso democrático donde la posición social no se da a partir de la riqueza ni de una jerarquía estable, porque eso lo impone el contexto histórico de nuestro país. En otros países, las jerarquías están prestablecidas y el dinero no está mal visto, como en Estados Unidos o en México, donde hacer dinero tiene que ver con un discurso de la lógica meritocrática.

¿Qué impacto tuvo la militancia política de la década del 70 al interior de la clase alta?

A partir de la experiencia de socialización católica de las familias de clase alta, muchas mujeres empezaron a participar en trabajos en villas, en campamentos obreros, algunas con el padre (Carlos) Mugica, que claramente tenía mucha vinculación con la clase alta argentina; otras a partir de un colegio que había en ese momento en Palermo. En el caso de Teresa, que habló conmigo para el libro, estaba casada con un empresario que llegó a tener la empresa tomada por trabajadores. Ella dice que su militancia era «tranquila» porque repartía panfletos. Pero recuerda que cuando la empresa de su marido estaba tomada, estaba más de acuerdo con la toma que con su marido. De hecho, después se separó. Todas estas mujeres fueron a la Universidad de Buenos Aires y esa combinación entre militancia política en Montoneros o el ERP y pasar por la universidad pública les permitió «salir de la burbuja», como dicen cuando se refieren a su propio mundo.


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