Rancho Las Voces: Artes Plásticas / México: Gabriel Orozco y un Oxxo contra el mercado del arte

Artes Plásticas / México: Gabriel Orozco y un Oxxo contra el mercado del arte

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Orozco en la galería Kurimanzutto, la cual convirtió en una tienda de abarrotes con todo y cajas para cobrar crédito. (Foto: Adriana Zehbrauskas / The New York Times)

C iudad Juárez, Chihuahua. 9 de febrero de 2017. (RanchoNEWS).- Todo comenzó como un gesto de amistad. Hace unos cinco años, el artista Gabriel Orozco comenzó a imprimir adhesivos de colores que imitaban la geometría de sus pinturas abstractas: semicírculos y cuadrantes de círculo de color rojo, dorado, blanco y azul. Pegó los patrones al reverso de su celular e hizo lo mismo con sus amigos, como un regalo sin mucha importancia, reporta Jori Finkel para The New York Times desde la Ciudad de México.

Ahora este artista –tan aclamado que fue capaz de vender una caja de zapatos vacía al Museo de Arte Moderno (MoMA) de Nueva York– está a punto de descubrir qué tanto valen para el público sus coloridos objetos artísticos.

Para su nuevo proyecto, que se inauguró en Ciudad de México el miércoles 8 de febrero, transformó la galería Kurimanzutto en una tienda de conveniencia Oxxo, totalmente surtida y en funcionamiento; incluso cuenta con cajas de cobro, empleados, barra de café y la habitual mezcla de dulces, preservativos, refrescos y papel de baño. La única diferencia es que Orozco añadió sus propios logotipos coloridos a una selección de 300 productos, que incluyen desde latas de cerveza Dos Equis y jugos de Jumex hasta empaques de cigarros Camel y chicles Orbit. Todos los productos están a la venta.

Es un ejemplo de la explotación, que desde hace tiempo hace Orozco, de los intercambios y encuentros sociales de la vida cotidiana. También es un vasto experimento de la comercialización del arte que, por una parte, cuestiona hasta qué punto el arte debe ser mercancía y, a la vez, trata de hacer la experiencia de la galería más accesible y al alcance del público.

Los precios de sus «productos» cambiarán con el transcurso del tiempo y la demanda, según una compleja serie de reglas. Comúnmente, hablando de precios estándar de una galería, el costo de los «productos misceláneos» como impresos y fotografías suele aumentar a medida que se vende la edición.

Pero en este caso, dado que la edición de cada pieza va de tres a diez copias, los precios arrancan en 15.000 dólares (que se acercan a los precios que suelen ofertarse a los principales coleccionistas a los que se ofrece la obra en primera instancia y que posiblemente quieran monopolizar una línea de productos específica). Con el tiempo, bajarán a 60 dólares, cuando se acerque el último día del proyecto, el 16 de marzo.

«Para mí esto es un juego, un juego extraño, divertido, con elementos del Monopoly, el ajedrez, el Go y tal vez el backgammon», dijo Orozco, cuyos cabellos grises ensortijados y suéter de punto de lana lo hacen ver como un profesor a la moda. Orozco hablaba durante una pausa de la instalación de la «tienda», en la que sus asistentes colocaban adhesivos a los empaques, mientras caminaba de un lado al otro y fumaba en el patio de Kurimanzutto, afuera de la entrada donde está el letrero oficial de Oxxo, amarillo y rojo, el cual tiene la fuerza gráfica del mejor Arte Pop.

«Es una forma de hacer que colapsen dos sistemas distintos en el mismo espacio físico: el mercado del arte, que tiene que ver con la exclusividad y los precios elevados, y el mercado de los bienes de consumo de todos los días con su disponibilidad masiva y bajos precios», comentó. «Me interesa la turbulencia que crea».

Una compleja gráfica circular diseñada por Orozco da seguimiento a las ventas y la disponibilidad. Si se venden todas las piezas, el ingreso neto sería de alrededor de cinco millones de dólares.

¿Así que este es el último ejemplo de una máquina de hacer dinero a cargo de un artista que coloca su sello en todo, emulando el espíritu de las grandes marcas del mundo del arte como Damien Hirst y Andy Warhol?

Orozco niega con la cabeza, señalando que las ganancias no son la única meta. «En realidad ésta es una apuesta», dijo. «La galería está haciendo una apuesta porque no necesita entrar en este absurdo sistema de precios que ya les provoca dolores de cabeza. Yo estoy haciendo una apuesta porque puedo quedar mal si mi sistema es un fracaso. Y pienso que los consumidores también necesitarán un poco de fe».

«Si el sistema funciona, todo mundo gana y se va con algo de valor», agregó. «Si no, por lo menos los compradores se pueden ir con una pequeña obra de arte mía que espero les guste y pongan en una repisa».

Orozco no es el primer artista que exhibe una tienda de abarrotes; Claes Oldenburg inauguró un escaparate en el Lower East Side de Nueva York durante un mes en 1961 para vender versiones escultóricas de cigarros, barras de chocolate y artículos de la vida cotidiana. En 2007, el artista multimedia chino Xu Zhen llenó una exhibición de productos vacíos, que tituló «ShanghART Supermarket», como una crítica a la globalización, invitando a los visitantes a comprar los productos o cuestionar su valor real.

Orozco comentó que la idea para este proyecto se le ocurrió hace seis meses mientras vivía en Tokio, «la capital de las tiendas de abarrotes». Comenzó a reflexionar sobre la popularidad del Oxxo en México, donde hay 14.700 sucursales y cada semana abren unas 25 más.

Se puso en contacto con un miembro del consejo de Femsa, la empresa matriz de Oxxo, que lo ayudó con los derechos para reproducir un mural de la cerveza Sol en 2011. Conocido por su propia colección de arte y mecenazgo a la cultura, Femsa, el gigante de las bebidas y productos al menudeo con sede en Monterrey, México, aceptó organizar, proveer de personal y financiar una sucursal emergente de Oxxo en la galería Kurimanzutto.

Sin duda, la talla de Orozco ayudó a obtener este apoyo. Su padre fue la segunda generación del muralista mexicano Mario Orozco Rivera, quien trabajó con David Alfaro Siqueiros.

Orozco, de 54 años, fácilmente clasifica como el artista de arte contemporáneo más exitoso de México. El artista viene y va a Nueva York, Tokio, París y México con su esposa e hijo de 12 años, y ahora tiene planeado ir a Bali.

Empezó a ser reconocido mientras vivía en Nueva York en los noventa, al crear obras de factura sencilla o efímeras, y encontrar valor en los desechos. Para Home Run, obra de 1993, logró que los vecinos de los edificios aledaños al MoMA colocaran naranjas en sus ventanas, de tal manera que los destellos de color fueran visibles desde el museo. El mismo año, expuso la caja de zapatos vacía en la Bienal de Venecia. El año siguiente, clavó cuatro tapas transparentes de yogurt Danone a las paredes de la galería Marian Goodman.

Sus obras tempranas, algunas veces agrupadas junto con Rirkrit Tiravanija y Maurizio Cattelan como «estética relacional», probaron tener una influencia enorme. Un signo de su poder fue que los críticos expresaron sentimientos similares a los de una traición romántica cuando Orozco dio un giro en 2004 y empezó a mostrar pinturas: diagramas coloridos formados a partir de fragmentos de círculos en un patrón de 2-1 o 1-2 de un movimiento del caballo en un tablero de ajedrez. En la retrospectiva de Orozco de 2009, en el MoMA, Jerry Saltz, el crítico de la revista New York, desestimó sus pinturas describiéndolas como protectores de pantalla de lujo: «forzadas, carentes de imaginación, banales y sin correr riesgos»; en pocas palabras dijo que Orozco era un vendido.

El proyecto del Oxxo puede leerse como una respuesta a críticos como éste, ya que, en el proyecto, Orozco combina los diagramas de círculos con una exploración transparente, e incluso desafiante, del arte como una mercancía a través de un artículo familiar como una lata de Pepsi, con el logotipo de Orozco contraponiéndose a las famosas ondas de la marca.

Jessica Morgan, directora de Dia Art Foundation, quien anteriormente trabajó con Orozco en el Tate Modern de Londres, explica que «la circulación de las cosas en la vida cotidiana» es un tema importante en la obra del artista. «Tiene estas enormes ideas acerca del movimiento y la distribución y lo hace todo personal, tangible y en ocasiones muy hermoso».

«Ha logrado conjugar la práctica conceptual con el interés verdadero en la creación de objetos», añadió. «Su obra es muy táctil; siempre quieres tocarla, incluso si no debieras hacerlo».

El proyecto también refleja otros intereses que Orozco ha tenido desde siempre, incluyendo el rescate de artículos de desecho. «De cierta forma, estoy comercializando basura», ofreció, tomando café de un vaso del Oxxo. «Estoy vendiendo los subproductos del Oxxo: latas, botellas y empaques vacíos que por lo general acaban en la basura».

También está trabajando con la forma misma de la galería, como lo hizo en 1995 en Amberes, Bélgica, donde transformó la galería Szwajcer en un pequeño estacionamiento al percatarse de que su galerista no tenía espacios de estacionamiento propios. Sus dibujos estaban colgados sobre los muros detrás de los automóviles.

El proyecto del Oxxo se relaciona con sus primeras intervenciones de venta al por menor. Se le ocurrió el concepto en la exposición inaugural de la galería Kurimanzutto de 1999: una decena de artistas se apoderaron de dos puestos del Mercado Medellín en la colonia Roma de Ciudad de México para vender obras de arte hechas con materiales encontrados en el mismo mercado.

Orozco colgó una pelota dentro de una bolsa de plástico envuelta con la delgada piel de la hoja de maguey, e hizo diez ejemplares. Monica Manzutto, su marchante, quedó sorprendida con la respuesta. «Un galerista fue al mercado a las 8 de la mañana y dijo: quiero todos los Orozcos», comentó. «Nos enfrentamos al problema de la especulación muy rápidamente y entonces decidimos: No, sólo puedes llevarte uno. Todos aprendimos de esa ocasión».

Ahora que las pinturas de Orozco se venden normalmente en un costo millonario, ha crecido el deseo de evitar la especulación, motivando el precio de arranque de 15.000 dólares para las piezas del Oxxo y su decisión de «descontinuar» muchas líneas de producto en un momento clave del proyecto.

«Quiero evitar la especulación en ambos extremos: de los grandes coleccionistas que abusan de sus tiempos y de su poder para tener la primera elección y comprar todo barato, y también de alguien que entra a comprar algo a un bajo precio y lo pone en eBay», dijo.

Además ha propuesto otras reglas, incluyendo una orden judicial contra las operaciones a partir de información privilegiada o los avisos a los coleccionistas de posibles descuentos. Transcurridos 30 días, no se permitirán más ventas.

Y para salvaguardar la obra contra la falsificación, hay una regla más: los compradores obtendrán un recibo por su compra que a su vez sirve como certificado de autenticidad. En la parte superior aparece un nuevo logotipo, algo así como un chiste local, con la contracción: «OROXXO».

El artículo El País

Ciudad de México, 15 de febrero. (David Marcial Pérez / El País).- Dentro de la galería de arte hay un Oxxo, la cadena de ultramarinos que ha colonizado casi cada esquina de México. En la pared de la tienda hay un texto sobre el filósofo griego Parménides –Este ciclo es repetible cuantas veces queramos respecto a cada cosa–; y en la pared de la trastienda hay un diagrama, circular y enroscado como un mándala budista, que explica el sistema de precios para los productos intervenidos por Gabriel Orozco (Xalapa, 1962), el artista mexicano vivo más cotizado del arte contemporáneo, que ha colocado unas esferas adhesivas de colores sobre las marcas. Una botella de Coca-cola con las pegatinas redondas del artista: 15.000 dólares.

A Orozco le gusta el ajedrez. En 1997 se pasó cinco meses pintando cuadrados negros de grafito sobre una calavera humana hasta dejarla como un tablero de torres y alfiles. También puede estar horas mirando a dos jugadores de ajedrez en un bar. «A mi me parece muy entretenido. Sé que a otra gente no», dice agarrado a un vaso de café del Oxxo y sentado en el patio de Kurimanzutto, la galería que él mismo apadrinó a finales de los noventa y que hoy es ya una referencia en la escena internacional.

Con la vida nómada de esas estrella del rock que siempre están de gira, Orozco ha vuelto a México para plantear un juego sobre el valor y el precio del arte, sobre el impacto de los objetos de consumo en la identidad colectiva, sobre la belleza, el tiempo y la geometría.

Hace dos años que vive en Japón –la sociedad del ciber-capitalismo– y no le gusta alejarse mucho de su casa de cada momento para trabajar en sus obras. En Francia, vació un Citroen tiburón y lo ensambló de nuevo para convertirlo en un espigado monoplaza. En Londres, se inventó una mesa de billar redonda y en Ámsterdam, levantadas sobre una sola rueda, entrelazó cuatro bicicletas mirando cada una a cuatro direcciones diferentes. Un teórico brasileño ha dicho de Orozco que facilita al público una completa accesibilidad, que con su obra nadie se siente cohibido o abrumando por estar en presencia de arte contemporáneo.

¿Cree que la gente ajena al mundo del arte, por ejemplo los trabajadores de este Oxxo, apreciarán su obra?

Siempre busco establecer un contacto inmediato para que después se pueda acceder a las capas interiores que tiene cada obra. Lo más difícil es lograr que ese primer impacto visual tenga un nivel de simpleza que parezca que es algo que conoces y que no se te impone por ser algo demasiado grande, complicado o ruidoso. Trato de hacer una invitación y ya que cada uno llegue al nivel que pueda. Si una persona sabe de filosofía, economía o diseño gráfico, por ahí puede entrarle a esta obra; o si le gusta el folklor de la mercadotecnia, puede redescubrir marcas y logos que fueron parte de su infancia. Los chicos del Oxxo son jóvenes y no creo que hayan tenido mucho contacto con el arte. Pero aún así es muy posible que lo estén disfrutando bastante.

Detrás del mostrador, la cajera Alicia López, 21 años y una corona tatuada en el dorso de la mano, medita unos segundos y responde: «La mera verdad es que no sé muy bien qué significa esto ¿qué no tienen valor las cosas?». Alicia estará todo este mes trabajando en el Oxxo de Kurimazutto, que no funciona como el resto de tiendas. No todos los productos –sólo 300– han sido tocados por los círculos de proporción casi áurea de Orozco. El resto se intercambian durante el horario comercial de la tienda a cambio de un billete creado también por el artista –mitad peso mexicano, mitad dólar–, que se entrega a cada visitante al entrar a la exposición. El precio es el mismo por un chicle de fresa que por una caja de preservativos.

El sistema para los productos cotizados es más complejo y pretende desvelar el opaco funcionamiento del mercado del arte. El precio de las piezas, pensadas en series de 10, arranca con la tasación internacional de Orozco. A medida que avanza el mes de la exposición los artículos que no son adquiridos son retirados, y los que se van vendiendo empujan el precio de los demás hacia abajo y propician nuevas piezas que el autor va creando sobre la marcha. Un mercado en el que la escasez no genera burbujas y en el que la especulación es castigada. «Esta obra es una hipótesis de un modelo que se pretende como un juego posible. Yo creo que vamos a conseguir que todo el mundo gane». La última semana habrá Orozcos a la venta por 60 dólares.


¿Nadie pierde con este modelo?

Al hacer del todo evidente y transparente un sistema de producción, distribución y venta estoy intentando generar un grado de consciencia mayor. Quiero apartar toda la parte metafísica del arte, que nunca me ha interesado lo más mínimo. Tiene algo de apuesta y si no funciona el que sale perdido soy yo.

¿Qué es lo que perdería usted?

Cara. Si nadie gana dinero, pierdo cara. Si a la gente la propuesta le parece aburrida, también pierdo. Es como cuando en el colegio inventabas un juego. Si tus amigos no se divierten, pierdes cara.

¿Cuánto tiene esta obra del juego del ajedrez?

La idea de juego tiene que ver la capacidad de intrigar. Me interesa despertar una curiosidad a través de una seria de reglas matemáticas, estratégicas y abstractas que van creando un microcosmos, un modelo de mundo. Al entrar a ese juego, se puede sacar una reflexión o un espejo de cómo se explica el universo, de como actuamos nosotros. En esta obra, hay un componente de inteligencia, de estrategia y de actualización como en el ajedrez. Yo encuentro muy entretenido ver una partida de ajedrez. Puedo pasarme horas viendo a dos jugadores en un bar.

¿Le interesa también entretener con su arte?

No, mi intención nunca ha sido entretener.


Galería

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Productos como cerveza, latas de mole o chocolates son piezas de arte en la instalación de Orozco. (Foto: Adriana Zehbrauskas / The New York Times)

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Algunos de los prototipos de obras de arte de Orozco en el almacén del Oxxo. (Foto: Adriana Zehbrauskas / The New York Times)

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Los precios de los artículos rondarán los 15.000 dólares al inicio, para bajar a 60 dólares hacia el último día de la muestra. (Foto: Adriana Zehbrauskas / The New York Times)

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En la muestra también hay empleados de la tienda de conveniencia, Oxxo. (Foto: Adriana Zehbrauskas / The New York Times)

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Orozco en el almacén de la tienda Oxxo con una compleja gráfica circular que diseñó para dar seguimiento a las ventas y la disponibilidad. (Foto: Adriana Zehbrauskas / The New York Times)

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Una veladora religiosa con el toque de Orozco. (Foto: Adriana Zehbrauskas / The New York Times)

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