Rancho Las Voces: Textos / José Vicente Anaya: «Una fuerte lluvia va a caer / Porque los tiempos están cambiando: La poesía que leíamos en 1968»

Textos / José Vicente Anaya: «Una fuerte lluvia va a caer / Porque los tiempos están cambiando: La poesía que leíamos en 1968»

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Bob Dylan. (Foto: Archivo)

  C iudad Juárez, Chihuahua. 14 de octubre de 2016. (RanchoNEWS).- Con motivo del premio Nobel de Literatura concedido a Bob Dylan, el poeta chihuahuense José Vicente Anaya nos ha enviado el siguiente texto:

Pienso en 1968 como en un año de rebelión y gozo. Si el azar hubiera sido más favorable, habría prohijado más belleza al provocar que todo mejor ocurriera en el mágico y simbólico 69.

Lo dicho de ninguna manera oculta los espantosos nubarrones de dolor y muerte, ni la negación de la vida que representó el terrorismo de Estado impuesto por los políticos en el poder (amparados en la profunda corrupción y autoritarismo del PRI, dispuestos, como lo hicieron una vez más, a matar, desaparecer y masacrar a los ciudadanos y justificarlo como «un bien a la patria»); aunque frente a todo eso estaba nuestra afirmación de la vida envuelta bajo el manto de Eros (Vida, Creación, Gozo, Erotismo, Sensibilidad), enfrentada al macabro Tanatos (Muerte, Destrucción, Injusticia, Cerrazón, Opresión). Por supuesto que no era necesario que las cosas ocurrieran como ocurrieron, pero cuando se vive en un país en el que gobierna la megalomanía oligofrénica y, por otro lado, los jóvenes están llenos de vida, hartos de la miseria material y espiritual, ávidos de justicia, Eros y Tanatos se polarizan. Frente a toda la parafernalia con que el gobierno reprimió aquella lucha justiciera de los jóvenes estaba, y estará, nuestro profundo anhelo de libertad. El espíritu libertario era más pleno y auténtico con cada golpe de la opresión, porque el ser humano sólo es libre cuando lucha por la libertad en un lugar y tiempos concretos, es por esto que Jean-Paul Sartre dijo que los franceses nunca habían sido tan libres como cuando estuvieron bajo el yugo de la ocupación nazi.

En tiempos de miseria y tragedia, pues, también hay y debe haber fiesta, elogio y creación del espíritu, vitalidad que mantiene la energía, y de esto es que quiero hablar ahora. ¿En qué se manifestó esa energía? Se manifestó en una reapropiación del arte, sobre todo en el canto y en la poesía como parte de la vida cotidiana. Y tuvo sus expresiones en la música del momento, el rock y el auténtico folclor latinoamericano así como en los poetas que nos eran muy significativos, además de otras voces que no eran estricta y formalmente poemas pero que tenían todo el vigor para serlo. Tuvo sus expresiones, también, en frases contundentes que se gestaron en otros lugares con similar espíritu festivo y combativo.

Las cosas no sucedieron en los estrictos 365 días de 1968, venían de años antes y continuaron… Si quisiéramos explicarlo con todo detalle no nos alcanzaría el tiempo en un texto como éste, porque tendríamos que abordar la historia de la lucha libertaria de la humanidad, sin excluir su presente y su futuro… Para el tema que ahora tocamos, nos ceñiremos a los jóvenes que en 1968 en México teníamos un promedio de veinte años de edad (unos más y otros menos). Y es aquí donde el recuerdo me trae las primeras palabras de un autor que para nosotros fue capital, el fancés Paul Nizan en su libro Adén Arabia nos decía:

Tenía yo veinte años. Y no permitiré que nadie diga que esa es la edad más hermosa de la vida.

Todo amenaza con la ruina a un hombre joven: el amor, las ideas, la pérdida de la familia, la entrada en el mundo de los adultos. Es duro aprender cuál es su lugar en el mundo.

¿A qué se parecía nuestro mundo? Se parecía al caos que los griegos atribuían al origen del Universo, en las tinieblas de la creación.

Ante el deslinde y la rabia de estas palabras emparentadas con la poesía, Sartre, en ese momento joven y entrañable amigo de Nizan, al hablar de ambos, apunta: «Íbamos a escribir, haríamos hermosos libros que justificarían nuestra existencia».

Hace más de cien años, otro joven francés (iconoclasta, como deben ser todos los jóvenes sensibles e inteligentes), Arthur Rimbaud, había escrito: «El poeta harto [ebrio] insultó al Universo». Y el poeta James Douglas Morrison, con su grupo de rock The Doors, gritaba: «¡Queremos el mundo! ¡Y lo queremos ahora!» Todas estas voces eran nuestras, venían desde muy adentro de nuestro ser, no eran las consignas políticas que alguien inventa y trata de imponer a los demás. Nosotros estábamos descubriéndonos en las palabras de los jóvenes que habían sentido lo que sentíamos.

Edgar Morin, cuando explica la rebeldía que llevó al joven James Dean a la muerte (recordemos que éste fue el símbolo más atacado del «rebelde sin causa»– los más adultos del status quo equivocadamente creían que no había causas para la rebelión) escribió: «Al fin y al cabo, en las sociedades aburguesadas y burocratizadas [capitalistas y comunistas, ¿neoliberales ahora?] es adulto quien se conforma con vivir menos para no tener que morir tanto. Empero, el secreto de la juventud es éste: vida quiere decir arriesgarse a la muerte; vida quiere decir, vivir la dificultad.» El mismo Edgar Morin, en un viaje que hace en 1969 a la contracultura de California, Estados Unidos, apunta: «John me dice que los jóvenes han descubierto el absurdo de una vida dedicada al trabajo tecnoburocrático. Qué formidable disolución de los valores. ¡Qué crisol! Ese es mi objetivo aquí: ver a esta juventud que segrega su contrasociedad y vive su revolución salvaje». Aquí, lo que se iba al carajo eran los hipócritas valores de los poderosos (capitalistas o comunistas) sobre el trabajo, la «positiva productividad», el progreso, la eficiencia; por eso, con los poetas diabólicos o malditos exaltábamos contravalores. Con Lautréamont leíamos: «Hice un pacto con la prostitución para sembrar el desorden en las familias». En el elogio de las Flores del mal de Charles Baudelaire, con poemas como: «La musa venal», «La mala sangre», «Una carroña», etcétera, cimbraban sus palabras: «Hipócrita lector, mi semejante». Y el salvajismo de Arthur Rimbaud:

Heme aquí sobre la playa armoricana. Que las ciudades se incendien en la noche. Mi viaje está hecho, dejo la Europa. El aire marino quemará mis pulmones. Los climas perdidos me curtirán, nadar, triturar la hierba, sobre todo fumar, beber licores como de metal hirviente -como hacían nuestros ancestros alrededor del fuego.

Yo volveré con mis miembros hechos de acero, la piel oscura, el ojo furioso. Por mi apariencia creerán que soy de una raza fuerte. Tendré oro, seré vago y brutal. Las mujeres cuidan bien a esos inválidos feroces que regresan de los países cálidos. Me mezclaré en la política. Estaré salvo.

De la rebelión estudiantil de mayo de 1968, en París, en la que encontramos algunos motivos como los nuestros, coincidíamos: «La imaginación toma el poder» o «Mientras más hago el amor, más ganas tengo de hacer la revolución. Y mientras más hago la revolución, más ganas tengo de hacer el amor». Del poeta peruano Oquendo de Amat, quien murió joven, leíamos: «Tengo veinte años y una mujer como un Sol». Y de otro peruano, Javier Heraud: «Soy un río…» De Miguel Hernández:

Menos tu vientre
todo es confuso.
Menos tu vientre
todo es futuro
fugaz, pasado.
Menos tu vientre
todo es oculto, menos tu vientre
todo inseguro,
todo postrero,
polvo sin mundo.
[…]

Boca que arrastra mi boca.

Boca que me has arrastrado:
boca que vienes de lejos
a iluminarme de rayos.
Alba que das a mis noches
un resplandor rojo y blanco.
Boca poblada de bocas:
pájaro lleno de pájaros…
Beso que va a un porvenir
de muchachas y muchachos
que no dejará desiertos
ni las calles, ni los campos…

El amor libre fue un reto radical y una nueva responsabilidad, la libido liberada hacía más sabrosa la vida. Muchas familias, como se dijo, se empezaron a transformar porque los hijos y las hijas rompieron la tutela del sargento que representaba el pater familias (Wilhem Reich dixit). Las muchachas se supieron dueñas de su vida, su cuerpo, su sexo y se iban del hogar por muchas horas o para siempre. Los Beatles cantaban:

Miércoles por la mañana a las cinco
cuando el día empieza
Silenciosamente cierra la puerta de su recámara
Ella deja una nota
en la que desearía decir más…
En silencio de da vuelta a la llave de la puerta trasera
afuera camina y ya es libre
Ella («Le dimos toda nuestra vida»)
se va («Sacrificamos la mayor parte de nuestras vidas»)
de casa («Le dimos todo lo que puede comprar el dinero»)
Ella se va de casa después de haber vivido sola
durante tanto tiempo, adiós, adiós…

Los poetas beats, de los Estados Unidos, nos habían dejado importantes mensajes, en el decir de Jack Kerouac quien había definido a su generación como un grupo de «Jóvenes románticos modernos buscando acción». El «Aullido» de Allen Ginsberg, tan lleno de intensidades, hablaba de aquellos muchachos amorosos:

quienes copularon extasiados e insaciables con una cerveza un dulce corazón un paquete de cigarrillos una vela y remataron fuera de la cama y continuaron sobre el piso y siguieron por el pasillo y acabaron desmayándose sobre la pared con una visión del último culo y llegaron eludiendo el último trancazo del conocimiento, quienes endulzaron las vaginas de un millón de muchachas estremeciéndose a la hora del ocaso y amanecían con los ojos enrojecidos pero ya estaban preparados para endulzar la vagina del alba, destellando nalgas bajo pajares y desnudos en el lago…

En el mero 1968, Nicolás Guillén nos sorprendió con un poema totalmente nuevo y diferente dentro de su típica y conocida producción de la negritud (y confieso que aún hoy me sigue sorprendiendo), el poema se titula «La pureza», y leo:

Yo no voy a decirte que soy un hombre puro.
Entre otras cosas
falta saber si es que lo puro existe.
O si es, pongamos, necesario
o posible.
O si sabe bien.
¿Acaso has tú probado el agua químicamente pura,
al agua de laboratorio
sin un grano de tierra o de estiércol,
sin el pequeño excremento de un pájaro,
el agua hecha no más que de oxígeno e hidrógeno?
¡Puah!, qué porquería.
Yo no te digo pues que soy un hombre puro; yo no te digo eso,
sino todo lo contrario.
Que amo (a las mujeres naturalmente,
pues mi amor puede decir su nombre),
y me gusta comer carne de puerco con papas
y garbanzos y chorizo y huevos, pollos, carneros, pavos, pescados y mariscos,
y bebo ron y cerveza y aguardiente y vino,
y fornico (incluso con el estómago lleno).
Soy impuro. ¿Qué quieres que te diga?
Completamente impuro. Sin embargo, creo que hay muchas
cosas puras en el mundo
que no son más que pura mierda.
Por ejemplo la pureza del virgo nonagenario..
La pureza de los novios que se masturban
en vez de acostarse juntos y desnudos en una posada…
La pureza de los clérigos,
La pureza de los académicos…
La pureza de los que nunca tuvieron blenorragia
ni un chancro sifilítico.
La pureza de la mujer que nunca lamió un glande.
La pureza del hombre que nunca succionó un clítoris.
La pureza del que no engendró nunca…
En fin,
la pureza
de quien no llegó a ser lo suficientemente impuro
para saber qué cosa es la pureza…

El polvo de William Blake rejuvenecía más que nosotros cuando leíamos: «Los caminos del exceso conducen al Palacio de la Sabiduría» y «Si las puertas de la percepción estuvieran abiertas, veríamos la realidad tal como es: infinita». Entonces se multiplicaron las «Lucys en el cielo con diamantes» (Beatles), las Magas (Julio Cortázar) o las alucinantes amorosas Nadjas (André Breton). El amor intenso frente a la realidad opresiva. Entonces venía Mick Jagger a cantar su poema:

No puedo encontrar satisfacción…
Cuando un hombre viene por la T. V.
a decirme qué tan blancas deben estar mis camisas…
entonces explota mi imaginación…
[y]
Nena, no juegues conmigo
porque juegas con fuego.

De ahí (como Charles Baudelaire, Arthur Rimbaud, Paul Verlaine e Isidore Ducasse «Conde de Lautréamont») a la «Simpatía por el diablo». Y del poeta «Rey Lagarto» James Douglas Morrison:

Sabes que no sería verdad,
sabes que yo mentiría
si te dijera, chava mía,
que no podemos ir más alto.
Ven, chava, y prende mi fuego…
Trata de incendiar la noche…
Trata de incendiar la noche…
[…]
Ámame dos veces, chava,
ámame el doble hoy.
Ámame dos veces, chava,
me voy a desvanecer.
Ámame dos veces, muchacha:
una por mañana
y otra por ahora mismo…

Para el conformismo todo el mal está promovido por los pensadores inconformes, críticos. El poder político, por medio de la misma bocota del que era presidente, nos acusó de tener influencia de los «modernos filósofos de la destrucción». «¿Quiénes son esos filósofos?», nos preguntábamos Eligio y yo. Han de ser algunos de los que leemos: Herbert Marcuse, Theodor Adorno, Simone de Bauvoir, María Zambrano, Hegel, Friedrich Nietzsche, Emma Goldman, Mijail Bakunin, Susan Sontang, Karl Marx, Merleau-Ponty, Charles Fourier, Hans Magnus Enzesberger, Bertrand Russell… ¿Será? Pues estamos de acuerdo con esa acusación… Entonces, para la llamada «Manifestación del silencio», en una manta negra de más de diez metros de largo con letras blancas escribimos: ESTAMOS CON LOS MODERNOS FILÓSOFOS DE LA DESTRUCCIÓN (la foto de esta manta apreció en la primera plana de uno de los periódicos y el texto del pie también fue acusatorio). Causó escándalo no sólo entre la prensa vergonzante del momento sino aun entre la izquierda estrecha de miras. Como siguió causando censura que en las manifestaciones posteriores transformáramos las consignas: «El pueblo unido, funciona sin partido». Edgar Morin con justa razón escribió: «Soy de quienes piensan que el activismo del militante de partido es reaccionario; el que es revolucionario es el militante de la existencia, es la comuna y la nueva red de relaciones humanas, sociales e, incluso, económicas, es el festival del rock y el amor libre». De la década de 1960, por supuesto.

En «Una fuerte lluvia que va a caer», el poeta Bob Dylan cantaba:

Oh, ¿qué has visto mi hijo de ojos claros?…
Vi a un recién nacido rodeado de lobos
Vi una supercarretera cubierta de diamantes, y sin nadie en ella
Vi una rama negra goteando sangre
Vi un cuarto lleno de hombres con martillos sangrantes…
Vi a diez mil oradores con sus lenguas cortadas
Vi pistolas y espadas en manos de niños.
Y una fuerte lluvia, y una fuerte lluvia va a caer…
¿Y qué escuchaste mi hijo de ojos claros?…
Oí el golpe del trueno rugiendo una advertencia
Oí una ola rugiente que podría cubrir al mundo
Oí a cien tamborileros con sus manos en llamas
Oí a diez mil susurros que nadie escuchaba
Oí a un muerto de hambre y mucha gente riendo
Oí la canción de un poeta muerto en la cloaca
Oí en el callejón los llantos de un payaso
Y una fuerte lluvia, y una fuerte lluvia va a caer.

Oh, ¿qué encontraste mi hijo de ojos claros?…
Encontré a un niño detrás de un pony muerto
Encontré a un hombre blanco paseando con un perro negro
Encontré a una muchacha con su cuerpo en el fuego
Encontré a una niña que me dio un arcoiris
Encontré a un hombre herido de amor
Encontré a otro hombre herido por el odio
Y una fuerte lluvia, y una fuerte lluvia va a caer…

Y en «Los tiempos están cambiando», Dylan también decía:

Vengan, júntense toda la gente
dondequiera que ande
y reconozcan que las aguas
en todo el rededor están creciendo
y vean que pronto estarán inundados hasta el cuello
Y si creen que vale la pena
cambiar vuestro tiempo
es mejor que empiecen a nadar
Porque los tiempos están cambiando.
Vengan escritores y críticos
ustedes que profetizan con la pluma
y tengan sus ojos bien abiertos.
Ya no habrá oportunidad
Y no hablen tan aprisa
porque la rueda sigue girando
y nadie sabe lo que significa
que el vencido de hoy
será el que triunfe mañana.
Porque los tiempos están cambiando…
Vengan padres y madres
de toda la Tierra
y ya no critiquen
lo que no han entendido.
Sus hijos y sus hijas
ya no están bajo su mando
Las rutas viejas
se están acelerando…
La línea está trazada
el anatema está lanzado.
Lo que va lento hoy
más tarde irá de prisa
así como el presente
será nuestro pasado.
El orden muy pronto se desvanece
Los primeros de ahora
muy pronto serán los últimos.
Porque los tiempos están cambiando.

En aquel entonces, la promesa de un mundo mejor (comunismo) fue menos determinante que el desencanto de lo que existía. Ernst von Solomon antes lo había dicho así: «No queríamos lo que conocíamos. Y no conocíamos lo que queríamos».

Aunque escrita por muchos autores, aquella poesía era muy nuestra, no cabía duda, nos llenaba porque encerraba la posibilidad del sueño que partía de la realidad, pesadilla a veces, pero también mejores sueños habría que realizarlos en el ahora y aquí. Por esto, no encuentro mejor colofón para este texto que unas palabras de T. E. Lawrence: «Todos los hombres sueñan, pero no de la misma manera. Aquellos que sueñan por la noche, entre los repliegues polvorientos de su mente, se despiertan con el día y piensan que todo fue fantasía. Pero los soñadores despiertos son peligrosos, porque pueden actuar sus sueños con los ojos abiertos, y convertirlos en realidad».

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