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Literatura / Entrevista a Angélica Gorodischer

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La escritora tiene ochenta y tres años y un talento que se mantiene intacto.  (Foto: Bernardino Avila)

C iudad Juárez, Chihuahua. 13 de junio de 2012. (RanchoNEWS).- La bruja rosarina no puede con su genio. Raro sería verla con el sentido del humor o la ironía en declive, tropezando contra la solemnidad. Es extrañamente así: encantadora, curiosa, coqueta, parlanchina, como si hasta sus pestañas hablaran, aguijoneada siempre por el optimismo de la inteligencia. Sus amigas –ella también– se autodenominan «las brujas», mujeres que se juntan a tomar café o té en el bar del Hotel Riviera. En medio del cotilleo –dicen quienes las han visto y oído que se sacan chispas– protestan si no les traen la porción de torta de regalo. Habrá que imaginar cómo vocifera ese coro femenino cada vez que el mozo se olvida de esa mínima gentileza de la casa. Nunca se bate en retirada esta colorada de pelo cortito y carcajada elástica que acaba de publicar Las señoras de la calle Brenner (Emecé). Angélica Gorodischer da la impresión de que todo el tiempo le da cuerda a su mente. Que no se detiene un segundo. Hay que deletrear despacio su edad. Aunque usted no lo crea, tiene ochenta y tres años. «El otro día me quejé con el cardiólogo porque me sentía un poco cansada. ‘Escuche, pare un poco’, me retó. No: eso jamás; estar activa es lo que me mantiene bien», subraya la escritora en la entrevista de Silvina Friera para Página/12:

Un montón de escombros y dos mujeres que se encuentran. Así comienza la última novela de Gorodischer, una narradora que sabe descubrir la belleza donde nadie la vio antes. «Ninguna de las dos dijo nada, ni tosió ni lloró ni gimió. Pusieron su parte de silencio en el silencio de la ciudad y se quedaron así, sin tiempo, sin pretensiones, quietas», se lee al principio. Pronto recorrerán un largo camino que las llevará a sobrevivir juntas. A cambiar de aire y de lugar. «Esa escena se me presentó con una idea un poco nebulosa que tenía de una persona que andaba en busca de algo –cuenta–. Entonces vi a una mujer sentada entre las ruinas de una ciudad. No tenía ningún sentido, pero empecé a escribir para ver qué pasaba. A partir de ahí se dispararon las tres historias: la de esta mujer y la chica que la encuentra, la de Alaíde y Zelma, y la del pintor Félix Ziem, el único personaje real, una especie de heraldo del impresionismo porque está toda la luz de Venecia en sus cuadros; no hay un color negro ni por casualidad. Esa escena y ese proyecto medio ambiguo que tenía se unieron en la novela».

Esa zona ambigua de una ciudad arrasada, ¿es una huella que le quedó de la ciencia ficción?

No, no creo. La narrativa no está hecha para explicar nada, está hecha para mostrar, en todo caso. No podés andar explicando porque si no tirás abajo todo. No sólo el suspenso, si es que lo hay, sino la intriga y las ganas de seguir leyendo. Ponerte didáctica cuando estás contando una novela o un cuento es una tontería. No tengo por qué explicar qué pasó en la sociedad en la que transcurre Las señoras de la calle Brenner. Por otra parte, no lo sé. Lo único que sé es que hay una ciudad destruida y que es una ciudad solamente porque ellas se van después a la capital, que está perfecta. ¿Por qué esa ciudad está destruida? Vaya a saber... La ambigüedad es un mérito de la narrativa; quien lee tiene que penetrar en la novela y conjeturar si la destruyeron con un bombardeo, un terremoto o una revolución...

En esos segundos sin palabras, cuando el silencio vibra por las alfombras del hotel donde se hospeda, la expresión de Angélica adquiere una pizca de júbilo insondable. Como si el placer de levantar los hombros y hacerle una zancadilla a los enigmas que siembra, la remitiera a esa niña que miraba asombrada las reproducciones de los pintores. «Aprendí a mirar cuadros no porque fuera tan inteligente o sensible, sino porque los recorría una y otra vez. Yo no sabía qué había hecho Goya, pero podía distinguir una pintura de Goya –recuerda–. Cuando el cuadro era cruel, era de Goya. Y hubo pintores que me marcaron muy temprano, como Rembrandt, (Claude) Lorrain y el mismo Ziem. A los cinco años no me cansaba de mirar La ronda nocturna de Rembrandt; es muy dramático, tremendo, no son los fusilamientos de Goya, pero esos hombres con las armas y los faroles me impresionaban. Mi mamá me contaba cuentos así que estaba acostumbrada a oír ‘entonces’. Después de mirar ese cuadro me preguntaba qué pasaba. La primera vez que fui a Amsterdam, a un congreso, me hice un ratito para ir al Rijks Museum. Entré a un enorme salón, todo blanco, y en el fondo estaba La ronda nocturna, que ocupaba toda la pared. Me senté en un banco y me puse a llorar. La gente debe haber dicho «está loca». Pero a mí qué me importaba, yo estaba con La ronda nocturna. ¡Qué ma-ra-vi-lla! Desde muy chiquita anduve entre libros y el arte».

¿Llegó a pintar algún cuadro?

No. Mi mamá pintaba muy bien, pero yo no. Soy más bien bruta para pintar. Pero mirar me fascina.

Un tema de la novela es la mirada. En un momento Alaíde plantea que comprendió lo que es en realidad «mirar de veras». ¿Qué implica ese «mirar de veras» para usted?

No es solamente mirar con los ojos; uno mira con toda su historia, pero hay cosas que no ves porque son invisibles. Los físicos, por suerte, están todos locos. Cuando los astrofísicos te dicen que no vivimos en un universo sino en un «multiverso» a mí se me da vuelta la cabeza. Algunos de esos «multiversos» que coexisten con éste puede ser que estén ahí (mira la alfombra), y que ni vos ni yo lo veamos porque nuestros ojos no le pueden transmitir al cerebro ninguna orden: «mirá eso...». No podemos verlo porque son cosas absolutamente desconocidas. Si se escribe un cuento sobre una nave galáctica que anda por ahí, si se quiere describir la nave, hay que apoyarse sobre lo que se conoce, sobre el avión, el monopatín, sobre el automóvil. Pero a lo mejor no se trata ni de tuercas ni de ruedas. Se trata de algo a lo que no se le puede poner nombre. La mirada es ponerle nombre a las cosas. Yo estuve enferma y algunos decían que tenía un tumor. ¡Qué tumor, tuve cáncer!

¿Tuvo cáncer?

Sí, ahora estoy perfecta. Fue un cáncer de pleura, de baja malignidad. Me lo detectaron por casualidad porque me hicieron una radiografía de tórax, no me acuerdo bien por qué. Pero noté que todos se pusieron como locos y me pregunté: ¿qué les pasa a estos tipos? El neumonólogo me vino a explicar que había que hacer una biopsia por si había alguna célula tumoral. Hicieron la biopsia, me dijeron que se curaba sin operación, sólo con quimioterapia. Pasé por la quimio y hace poco el oncólogo me dijo: «Bueno, listo, está bien».

¿Pudo escribir durante el tratamiento?

Sí, como loca. Lo pensé bien, me dije: es cáncer, me puede pasar cualquier cosa, incluso pasar al otro lado. Pero lo que no iba a permitir es que el cáncer me invadiera. A mí no me iba a joder la vida, aunque los episodios de quimio son feos, no se los deseo a nadie. Escribí una novelita corta que me pidió la editorial Atlántida y el diario del tratamiento, porque me dieron un cuadernito cuando empecé con la quimio para que pusiera una tilde en lo que sentía. Yo le escribí al doctor, día por día, lo que me sucedía. Mi oncólogo estaba fascinado. Y empecé con el plan de otra novela. Hice mi vida de siempre, salía con mis amigas «las brujas» al café, como si no me pasara nada. Los eufemismos me rompen los ovarios, en todos los sentidos. Siempre es mejor decirlo. Yo se lo contaba a todo el mundo, si querían oírme. Me parece que es lo mejor.

En su obra aparece con frecuencia la relación madre-hija, un vínculo que suele ser muy problemático, pero que en su última novela, al contrario, es solidario.

Sí, es cierto y me di cuenta de eso. Quizá sea por esa ciudad destruida y las pérdidas. Alaíde no sabe qué le pasó antes y Zulma oye, comprende, pero no tiene voz. No habla. Las pérdidas hacen que esas dos mujeres sean madre e hija, aunque no lo sean en verdad. Yo tuve una relación muy mala con mi vieja y me encanta escribir sobre alguien que tiene una buena relación con la madre.

La hija confiesa que nunca estuvo enamorada, incluso admite que ni siquiera sabe pensar en el amor... Es curioso, pero las historias de amor no han sido su fuerte, ¿no?

Que mi marido no se entere de esto... pero tuve muchos novios, después lo encontré a él. Llevamos 59 años de casados y creo que todavía me quiere (risas). La verdad es que no me interesa escribir novelas de amor, como no me interesa escribir novelas históricas. Será que leí tantas novelas de amor donde se sufre tanto... Y eso que no la he leído a Florencia Bonelli. ¡Dios me libre y guarde, querida! Me he dado cuenta de que no he escrito un libro sobre una pareja y sus amores cruzados tal vez porque no tengo ganas. Y esta muchacha de mi novela lo dice explícitamente: que aunque se acostó con varios tipos, nunca estuvo enamorada. Y que incluso con dos de esos tipos tuvo buena relación. Pero ella quería ser ella. Y chau. El narrador omnisciente dice: acá no se va a encontrar ningún amor, acá no hay amor.

Hay dos mujeres que se van construyendo después de la ruina, pero al mismo tiempo hay muchas cuestiones que tuvieron que olvidar. ¿Qué relación se entabla en esta novela entre la memoria, la identidad y el olvido?

Supongo que mientras ellas se construyen, la ciudad sigue destruida. Pero cuando empiezan a salir de ahí y se van a la cortada de la calle Alcaraz, tal vez sea un símbolo de que la ciudad se va a reconstruir y que la novela se está construyendo, porque en ningún momento oculto que es una novela. Me interesa que en la novela siempre haya algo inexplicable. (Héctor) Tizón, un señor escritor a quien respeto –aunque me aburre un poquito con el asunto del polvito amarillo que se levanta cuando uno camina–, dice que hay que escribir sobre lo que uno conoce. No: no estoy de acuerdo. Hay que escribir sobre lo que no se conoce, a ver si se lo logra conocer. O errar y no conocerlo, pero construir otra cosa con el desconocimiento. Quiero una novela así, no sé si lo he logrado; esas novelas donde te estremecés un poco porque hay algo que no se puede explicar. Muchas veces la gente le tiene miedo a la imaginación. A mí me ha pasado. Yo uso el anacronismo o una cosa disparatada, entonces alguien me dice: «Ah, claro, porque él se volvió loco...» No, no se volvió loco; está sucediendo de veras. «Es imposible», me dicen. No hay nada imposible, hay cosas en la vida cotidiana que no podés explicar. Y ahí quiero que se me levanten los pelitos de la nuca. Porque si la novela no me hace nada, tampoco le va a hacer nada al otro. Quiero que me haga algo, incluso por la negativa: «¡Qué horror, no quiero saber nada!» La cuestión es que haya algo indecible; cómo ponerle palabras a eso que no tiene explicación.

La novela se vuelve más misteriosa hacia el final, como si fuera y no fuera al mismo tiempo un policial, ¿no?

Puede ser y no policial, ni siquiera lo digo. Hay una mujer que se está muriendo y no se está muriendo; por eso al final, entre los agradecimientos, puse al médico que consulté, Angel Della Bianca. «Decime: si una vieja se está muriendo de algo pulmonar, ¿cómo hago, la puedo resucitar un ratito?» «¿Qué me querés preguntar?», me dijo. Esa mujer se está muriendo, ¿pero se murió o la dejaron morir? No lo sé. En la novela Doquier el personaje que narra no se sabe si es hombre o mujer. No hay ni siquiera un adjetivo femenino o masculino. Incluso el personaje en un momento dice: «Yo podría haber sido una buena madre, también un buen padre». Muchas veces me preguntan, ¿es un hombre o una mujer? No tengo idea.

Que le pregunten tanto, que le pidan que aclare, sería una evidencia de que el lector no soporta los enigmas, lo indefinido.

Claro, pero haya o no haya una muerte no soluciono nada, para darle lugar al lector, para que ponga su parte. Me gusta dejar las cosas en suspenso. Si te gusta explicar, escribí una crónica o un ensayo, me parece estupendo. Pero no escribas una novela donde me contás todo. En ese tipo de novelas no podés entrar. Vos podés entrar en un gran cuadro, sentirte parte, pero no podés entrar en una novela que te da todo. Lo mismo pasa con una película, no le podés dar todo al espectador. Miralo a Hitchcock, no te daba un corno. Al contrario: ahí está Psicosis. La novela tiene que darle lugar a quien lee para que se pregunte qué pasó.

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