Rancho Las Voces: Literatura / Entrevista a Gudbergur Bergsson

Literatura / Entrevista a Gudbergur Bergsson

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Gudbergur Bergsson, en su piso en Reikiavik, durante la conversación con La Vanguardia. (Foto: Kim Manresa)

C iudad Juárez, Chihuahua. 3 de mayo de 2017. (RanchoNEWS).- Gudbergur Bergsson nació en Grindavik, uno de los pueblos de pescadores más al norte del mundo y es, a sus 84 años, el patriarca de los escritores islandeses. Autor de una sólida obra literaria, con más de una veintena de títulos, habla un perfecto español, como corresponde a alguien que ha traducido al islandés El Quijote y buena parte del boom latinoamericano. Fue pareja durante décadas del mítico editor Jaime Salinas –fundador de Alianza y Alfaguara–, quien murió a su lado, en el 2011, justamente en Grindavik. La última novela traducida de Bergsson, Pérdida (Tusquets), son las reflexiones de un hombre solitario, en su vejez, en un piso donde sólo se oye el rumor del hervidor de agua. Podría ser perfectamente el piso del propio autor, frente a la bahía de Reikiavik, donde nos recibe, escribe Xavi Ayén para La Vanguardia.

¿Qué le parece la literatura islandesa actual?

No hay renovación. No digo que la calidad haya bajado, creo que no baja, pero transita lugares ya comunes. No son escritores muy originales, por ejemplo Jón Kalman Stefánsson escribe sobre cosas que ya nos contaron en el siglo pasado.

Usted aterrizó en Barcelona en los años cincuenta. ¿Por qué?


Por nada, entonces la gente no pensaba tanto como ahora.

Enseguida entró en contacto con el entorno de Carlos Barral.

Yvonne Hortet, la esposa de Barral, era la hija del gran importador de pescado de Islandia, ¿sabía eso? Luego el cónsul islandés les quitó ese negocio.

¿Qué le atrajo de aquella Bar­celona?

Había mucha más vida y libertad en España, pese a la dictadura, que en Islandia, donde no podías estudiar en la universidad si no procedías de dos determinados colegios elitistas. Yo trabajaba en una fábrica, y me fui a viajar. Lo primero que me llamó la atención de España fueron los tacos. En Islandia no tenemos, sólo blasfemias. Nos referimos al diablo con eufemismos, como buenos protestantes: los tacos son una cosa de los países católicos.

¿Qué recuerdos tiene?

Fueron años muy divertidos, aprendí a bailar flamenco, de cintura para abajo, como corresponde a los hombres, y lo practicaba en la Bodega Bohemia, ¿todavía existe?

Ya no. Por cierto, ¿trató a la agente Carmen Balcells?

La conocí muy bien, a ella y a su marido, antes de ser pareja, cuando iban al Crystal City, el bar donde todos se reunían. Ella era muy jovencita, no quería casarse con Luis, pero él la persiguió hasta convencerla.

Usted compartió correrías vitales e intelectuales en aquel piso de la calle Felipe Gil...

Allí estaba también Gabriel Ferrater, que empezaba como poeta. Leía alemán, lo estudiaba, pero jamás leyó polaco, eso es un mito. Él lo decía, pero es falso. Y su hermano tampoco sabía chino.

Vaya piso aquel, y vaya grupo de gente.


Ellos eran rebeldes a su manera, extranjeros en su país. Se iban a comer a Can Tonet, porque allí podían hablar catalán. En los años cincuenta Ferrater llevaba su identidad y su cultura catalana casi en secreto. Con Barral y Joan Petit sí hablaba catalán, pero no con los demás.

¿Y Jaime Gil de Biedma?

No tenía mucho acceso al mundo exterior. Su mundo, el de todo este grupo, llegaba hasta París, pero no más al norte. Gil de Biedma había estado en Oxford y le interesaba T.S. Eliot. Íbamos en su coche, con él al volante, conduciendo borracho por las serpenteantes carreteras de la Costa Brava. Quería entrar en el partido comunista, pero era un niño bien y, para proletarizarlo, nos fuimos a una fábrica de cemento en el Garraf, con comunistas auténticos, duros, manchados de cemento. También fuimos a la Seat, pero allí los comunistas italianos, que venían de la Fiat, no le aceptaron. Le sentó fatal, se sintió muy herido.

Jaime Salinas sólo publicó un tomo de memorias, Travesías, que lamentablemente acabaen 1955.
Él quería escribir un segundo tomo, viajó a Barcelona ilusionado para hablar con la gente... pero nadie quería abrirse. Vio enseguida que no lo podría escribir, ante tanta cerrazón, y se puso muy enfermo. Se encerró en un hotel durante dos semanas. Eso fue el fin de Salinas, ya no se recuperó. Quedó muy decepcionado, algo deprimido.

Pero ¿por qué no le hablaron?

Había muchísimas cosas privadas...

Islandia es un pueblo muy ­lector...


No tanto.

Mucho más que España, según las cifras.


Lo que pasa es que en España los pocos que leen son muy buenos lectores. Grandes lectores. Aquí hay mucha gente que lee, pero cosas de calidad muy baja, ínfima.

¿Cómo se le ocurrió traducir El Quijote al islandés?

Rodeado de toda esa gente... acabas influido. Empecé con el Lazarillo de Tormes y con Platero y yo. Luego, Cervantes y más tarde casi todos los sudamericanos. Soy el primero que tradujo literatura castellana al islandés. También traduje a Mercè Rodoreda, puedo leer bien el ca­talán.

Salinas fue director general del Libro en los años ochenta.

Javier Solana era el ministro de Cultura, pero no era muy culto. Con Jorge Semprún ya era otra cosa. Él y Salinas hablaban en francés. Aunque su declive empezó un día en que se iba a Roma con Semprún en un avión oficial y le dio un infarto.

Y ustedes dos, ¿en qué hablaban?

En inglés, él era un trilingüe perfecto. Se fue a la Segunda Guerra Mundial para luchar contra las fuerzas que le habían robado su patria.

¿Qué autores españoles le interesan?

Juan Benet, a quien conocí. Le traía siempre unas latas de arenque islandés. Él creía que en España no podría haber jamás impuestos, ni cinturón de seguridad en los coches, ni prohibición de beber al volante, porque los españoles no aceptan la autoridad.

¿Otro recuerdo de Barral?

Era de tan buena familia que no podía comprar nunca nada, ni llevar un paquete: eso eran cosas que hacían las chachas. Pero él quería ser tan revolucionario y rompedor que, una vez, se fue a una panadería y se compró unos dulces, un pequeño paquete que llevaba con el hilo cogido del meñique. Y se compraba también discos en la Diagonal, en una tienda muy selecta donde te sentabas en un sofá y una chica te explicaba las canciones y los discos. Pero luego no iba nunca al Palau de la Música. Yo sí, al gallinero, y a veces desde allí se veía casi todo el teatro vacío. Entonces la burguesía no iba mucho a los conciertos.




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