Rancho Las Voces: Cine / Entrevista a Robert Guédiguian

Cine / Entrevista a Robert Guédiguian

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Robert Guédiguian. (Foto: D. Umbert)

C iudad Juárez, Chihuahua. 24 de marzo de 2017. (RanchoNEWS).-Su barrio de Marsella es su memoria y su lenguaje, una arcadia de solidaridad de la que no puede desprenderse. Hablamos con Robert Guédiguian, que vuelve al conflicto armenio en Una historia de locos, un filme en el que se plantea complejas encrucijadas morales y donde imprime su fuerte compromiso político. Juan Sardá lo entrevista para El Cultural.

Tótem del cine y la izquierda europeas, Robert Guédiguian (Marsella, 1953) es el autor de películas como Marius y Jeannette (1997), Marie-Jo y sus dos amores (2002) o Las nieves del Kilimanjaro (2011) en la que una y otra vez regresa a su ciudad, Marsella, para filmar «cuentos morales» en los que el bien emerge como una fuerza revolucionaria y transformadora. El cineasta renueva su compromiso con Armenia, ya rodó en 2006 Viaje a Armenia, con Una historia de locos, película en la que aborda el genocidio perpetrado por los turcos.

En Una historia de locos Guédiguian trata el asunto desde la perspectiva del grupo terrorista Ejército para la Liberación de Armenia, fundado en 1975, que atentó contra los intereses turcos buscando el reconocimiento de la tragedia. En el filme, el hijo de la protagonista (Ariane Ascaride, musa de Guédiguian) se apunta a la banda, pero en uno de sus atentados un chaval francés inocente sale herido de gravedad... Entonces, la madre del perpetrador comienza a cuidarlo y le pide perdón iniciando una extraña amistad que el propio título del filme llama «una historia de locos». La película está inspirada en la historia real del periodista español José Antonio Gurriarán, herido por una bomba en plena Gran Vía de Madrid en 1980.

 ¿Se ha llegado a olvidar Occidente del genocidio armenio?

Desde el fin del imperio otomano hubo un nacionalismo turco muy militante y extremo que sueña con crear una Turquía pura musulmana y étnicamente homogénea. Eso conduce al genocidio armenio con miles de ejecuciones y deportaciones y paradójicamente eso marca el nacimiento de la nación turca moderna que separa religión y Estado. Es algo que sucedió hace muchos años y que se perdió un poco en medio de todos los acontecimientos trágicos de la I Guerra Mundial. La realidad es que la Turquía de hoy se fundó sobre una montaña de cadáveres. Atatürk pasaba en su momento por ser un socialista que se inspiraba en Lenin. Y es cierto que hizo muchas cosas positivas, como la mejora de la situación de las mujeres, la laicidad o la adopción del alfabeto occidental que abrió a Turquía al mundo. Pero no podemos decir que fundara una verdadera democracia.

¿De qué manera se ha enfrentado a su historia?

Yo quería hablar de la compleja manera de vivir de los exiliados. Hay unas consecuencias del genocidio que son los muertos y la transmisión del dolor. Yo no tomo postura. Respeto al padre que decide olvidar y luchar duro para labrarse un futuro en Francia. Pero si hoy el genocidio es conocido es gracias al Ejército Secreto para la Liberación de Armenia, lo cual plantea un dilema de muy difícil solución.

Víctimas inocentes

Cuenta la historia a partir de una «víctima colateral». ¿Las causas dejan de ser justas cuando pagan inocentes?


El concepto «víctima colateral» es un término militar. Yo no lo utilizo. Yo los llamo víctimas inocentes, que es mucho más realista. No puedo decir de una manera absoluta que soy pacifista o que estoy a favor de la violencia. Me parece ingenuo soñar con un mundo en el que no haya violencia. Por supuesto, la violencia es siempre el último recurso, pero cuando no existe otra manera de resistir a una violencia mayor la lucha armada podría tener un sentido. Todo eso nos plantea preguntas muy difíciles que no tienen nada que ver con la lucha que se da en democracia. En democracia surgen muchos conflictos de intereses pero en situaciones de guerra los dilemas son mucho más fuertes y difíciles de responder porque es una cuestión de vida o muerte.

En sus filmes la bondad surge como una fuerza revolucionaria. ¿Nos salimos de la norma cuando hacemos lo correcto?

El capitalismo contemporáneo ha triunfado a la hora de fragmentar la sociedad en pequeñas sociedades y comunidades. La gente defiende su pequeño trabajo y su pequeño mundo pero hay pocas personas que traten de tener una visión más general y global de los problemas. En mis películas mis personajes se salen de la norma precisamente porque tratan de tener esa visión. El hecho de reconciliarse con el enemigo es siempre revolucionario. Lo que no soporto es lo que yo llamo la «guerra de los pobres» porque todos somos obreros. Esta no es una película antiturca, parte del equipo era turco y yo tengo amigos turcos que tienen un gran compromiso con que el país reconozca de una vez el genocidio.

Coherencia y solidaridad


Una imagen de la película

¿ Por qué siempre regresa a Marsella?

Marsella es mi lenguaje. La ciudad me permite hablar de lo que me interesa. Tengo un sentimiento de pertenencia muy fuerte al barrio en el que nací. Mi infancia transcurrió durante una época dura pero también creamos una comunidad fuerte en la que podíamos vivir de acuerdo con nuestras ideas. No sé si éramos felices pero esa sensación de solidaridad me ha marcado. Ahora mismo todo ha cambiado pero sigue sin ser un lugar gris y aburrido, que es lo que menos me gustaría del mundo. Marsella es una ciudad portuaria y siempre ha habido gente de todas partes. En el siglo pasado la emigración española fue muy importante. Todo eso ha creado un imaginario que me nutre como artista. Al mismo tiempo, mi idea es que en todas las ciudades se cristaliza el mundo entero. En todas partes vemos historias de amor, madres peleadas con sus hijos e injusticias. El fondo del filme es siempre universal y la forma es la ciudad en la que sucede. Si mis películas pasaran en otro lugar la historia sería la misma, pero todo cambiaría si sucedieran en Barcelona o Hamburgo.

¿Considera sus película cuentos morales?

Sí. Con el tiempo me he dado cuenta de que siempre tratan sobre lo mismo. La necesidad absoluta de tener un sentimiento revolucionario no tanto para hacer la revolución sino como forma de relacionarse con el mundo y con la cultura.

Vivimos tiempos convulsos. ¿Debemos temer al Frente Nacional?

Soy muy pesimista por la mañana y muy optimista por la tarde. Por una parte, vemos una regresión nacionalista en toda Europa muy inquietante. Para mí, los valores europeos no son el libre intercambio económico. Los valores europeos son los ilustrados que ya surgieron en el siglo XVIII. Pero al mismo tiempo, al nivel del suelo, o de la tierra, como dice el gran historiador francés Fernand Braudel, hay historias de lucha y de resistencia. Vemos nuevos movimientos horizontales como el 15M que nos dan esperanza. En Francia hay combate desde la ecología, a favor de los derechos de los emigrantes... Es un movimiento no tradicional de la política, es una política hasta cierto punto apolítica, que en parte surge de la rendición del partido socialista al neoliberalismo. Lo que está por ver es cuál es su capacidad de integrarse en las instituciones y gobernar. Pero esa horizontalidad de los nuevos movimientos me llena de optimismo.


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