Rancho Las Voces: Libros / «La antivida de Italo Svevo» de Maurizio Serra

Libros / «La antivida de Italo Svevo» de Maurizio Serra

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Italo Svevo
La vida de Italo Svevo fue una lucha constante entre hombre y escritor. (Foto: Archivo)

C iudad Juárez, Chihuahua. 8 de junio de 2017. (RanchoNEWS).- Ya en su propio nombre literario, en su máscara, se encierra la dualidad de su vida. Italo, por una patria naciente, y Svevo, como homenaje a sus raíces germanas. Pero hay más. Ettore Schmitz (1861-1928), nombre real del escritor Svevo, también paradójicamente dual, fue durante toda su vida un coleccionista de antónimos y contradicciones, un hombre de frontera tanto real como metafóricamente. Judío no practicante y no creyente se convertirá al catolicismo solamente por convención familiar. Ciudadano austro-húngaro durante tres cuartas partes de su vida, pero profundamente amante de Italia, como la mayor parte de los habitantes de la fronteriza y multiétnica Trieste, será tan leal a un Imperio que llegará a añorar como a un reino italiano que siente suyo por derecho. Y el punto clave, exitoso y respetable hombre de negocios burgués durante el día y escritor apasionado, literato irredento, durante la noche. Andrés Seoane escribe para El Cultural.

«No es un hecho raro en la "koiné" de Europa Central antes de la guerra de 1914, pero su caso tiene muchos aspectos paradójicos. Por ejemplo,siendo totalmente bilingüe, incluso hablando un alemán intachable, jamás escribirá una sola página de literatura en alemán, y elegirá comunicarse en un italiano a veces imperfecto y dialectal que hará su obra aún más expresiva», explica el diplomático y escritor Maurizio Serra, autor de una estupenda biografía de Curzio Malaparte, que en La antivida de Italo Svevo (Fórcola) se adentra en la compleja y escurridiza trayectoria vital y literaria del escritor italiano. Trayectoria, que casi nunca fue pareja, antes bien que Svevo vivió como antagónica, negándose a aceptar, ante los demás y especialmente ante sí mismo, ese yo escritor que habitaba en él. Una dura lucha interna en la que al final la vencedora fue la literatura. Y los lectores, claro.

Será esta batalla constante entre Italo y Ettore, una lucha clandestina entre obra y vida, que Serra califica de antivida, la fuerza motriz del escritor durante décadas. Miembro de una familia de la pequeña burguesía judía de Trieste y dotado de una esmerada educación en Alemania, la ruina de su padre siendo joven destruye su mundo y lo empuja a un trabajo de cajero en un banco, donde dejará volar a su yo literario en la compañía de artistas bohemios como el pintor Umberto Veruda. Pero pronto la vida se interpondrá entre Ettore e Italo. «Su elección de "aparcar" la literatura fue dictada principalmente por las circunstancias biográficas y sociales. Después del fracaso de sus dos primeras novelas (Una vida y Senctud), se convertirá en empresario, y muy buen empresario, por contentar su familia y casi por purgar sus ilusiones de juventud», asegura Serra. Tras su boda con su sobrina segunda Livia Veneziani, su controladora suegra (papel recurrente y no muy favorablemente tratado en la obra de Svevo) le hará entrar en la empresa familiar, donde pronto hará valer sus dotes empresariales.

El burgués «inepto»

Esa primera literatura sveviana, que continuará después en su fructífera segunda etapa, supo plasmar los anhelos más desastrosos del individuo. Indagó en la escisión entre verdad y representación, y en sus historias la libertad es el deseo, no su realización, la reclamación de soberanía, nunca la emancipación. Por ello es en esta época cuando Svevo acuña el autocalificativo de «inepto», Svevo se vale del arquetipo del inepto, del hombre incompleto que nunca termina de estar enteramente en un mismo punto. En el universo disgregado de Svevo, todos los personajes, incluso los que no lo son, se comportan como ancianos, o exponen una conciencia de ineptitud de la que se sienten extenuados y simultáneamente libres. Su preocupación es ser libres y tener pasiones, pero sabiendo de antemano que se trata de afanes propensos al desorden, generadores de remordimiento y culpa, que convierten la vida cotidiana en un infierno. Protegidos por su ámbito burgués, no se arriesgan a perder su estatuto de dignos ciudadanos, aunque mantienen vivas esas pulsiones.

«El héroe sveviano», explica Claudio Magris en el epílogo, «no teme que su deseo no resulte satisfecho, sino que se extinga. Svevo necesita una existencia tranquila y monótona. El conformismo le permite ocultar unas pulsiones internas que siente pero de las que no se fía". Durante estos grises años, el Schmitz empresario luchará tenazmente, y casi conseguirá, apartar de sí los «pecaminosos» deseos de escribir, que según él limitaban su dedicación al resto de sus labores. «Bastaba una sola línea para que el trabajo de la vida práctica quedara arruinado y me sumiera en un estado de frustración y desconcentración», escribe en su diario. A pesar de asegurar en ocasiones que solo la pluma era la salvación, Svevo utilizaba miles de subterfugios para eludir sus pulsiones literarias. «No fue realmente un letargo sino una lenta exploración interior. Esta antivida lo trabajo internamente hasta conducir a las obras maestras del último periodo, y es imposible decir si esta maduración hubiera sido posible en un recorrido literario más tradicional», valora Serra. «Pero sin duda su reacción estoica ante el fracaso y su ambición de lograr el triunfo que finalmente será suyo, dibujan un hombre animado por un fuerte instinto vital con una oculta convicción de su valía».

El «Sior Zois»

La actitud y los avatares vitales de Svevo guardan evidentes paralelismos clave con escritores como Pessoa y Kafka, productos de la burguesía de una época en la que era común este desdoblamiento entre arte y vida. «Cierto que Svevo leyó atentamente Kafka, pero después de la redacción y publicación de sus obras principales. Cada uno de ellos tiene su propio itinerario. Interesantes comparaciones se pueden naturalmente delinear con Pessoa y otros aún aparentemente lejanos como Gombrowicz y Tanizaki», añada Serra. Si su relación con perfiles literarios similares a él no fue apenas existente o relevante, sí fue clave su complicidad, incluso amistad, con otro escritor llamado a la gloria que entonces malvivía de impartir clases de inglés en Trieste. El «Sior Zois», nombre dado en dialecto local a James Joyce era entonces un jovencito brillante y dilapidador, que aunaba una gran ambición literaria atenazada por las dudas con una vida disipada y plagada de deudas.

La extraña complicidad que nació entre alumno y profesor, con veinte años de diferencia y unas vidas completamente opuestas, «fue capital a nivel existencial y tiene sus ecos literarios en la relación entre los personajes de Stephen y Bloom del Ulises, pero no ejerció ninguna influencia fundamental en los libros posteriores de Svevo», defiende Serra. Para Joyce, la figura de Svevo fue clave en su maduración como hombre y como artista. Gracias a él, a quien lo unió más una relación paterno-filial que una verdadera amistad, el irlandés pudo reconciliarse con la figura paterna, hasta el punto de colocar una fotografía de Svevo en su escritorio, homenaje literario aparte. La virtud que tuvo para el escritor triestino, fue la de ser detonante de su yo de escritor, tanto tiempo reprimido, de despertarlo, según sus propias palabras, de su «sopor inerte».

El escritor sublima al hombre

A este relación se une otro factor determinante en la vuelta al ruedo literario de Svevo, el desencadenamiento en 1914 de la Gran Guerra y la sucesión de trágicos avatares que se cernirán sobre la explosiva Trieste, límite del mundo germánico, eslavo y latino, que sufrirá un complejo cambio de nacionalidad y la cruda represión del fascismo. Así el empresario Schmitz perderá poco a poco la multitud de coartadas que había ido construyendo minuciosamente hasta quedar frente a frente con su identidad íntima. El contraste entre vida real y ficción estalla, obligando a Svevo a recuperar una vocación a la que nunca ha podido renunciar realmente. Durante esos años de obligado «ocio» bélico, Svevo ahonda también en su interés, ya prefigurado en su juventud, por el psicoanálisis, especialmente por la obra de Freud, que será citado como un pilar recurrente en su literatura, a pesar de que su propia hija Letizia, llegó a comentar que se había «exagerado mucho la influencia de Freud en la literatura de mi padre». A entender de Serra, sí existen estos elementos, pero «el componente autobiográfico constante y la necesitad de analizarse son siempre mediados por una lucidez de libre pensador. Svevo fue probablemente el primer escritor que se sirvió del psicoanálisis en la literatura, pero lo hizo con absoluta libertad. Nunca deseó substituir una religión por otra».

En 1923, después de un silencio novelístico de veinticinco años, publicó su obra cumbre, La conciencia de Zeno. No hay duda de que el sibilino y sagaz narrador, que nos envuelve en un burlón y verborreico monólogo interior, es una de las creaciones más complejas de la literatura del siglo XX. La grandiosidad de Svevo se aprecia cuando se escarba un poco y se advierte que Zeno no es en verdad tan noble como él mismo se muestra. Así, poco a poco se percibe que la realidad que Zeno percibe no es sólida, que la realidad se confronta con su percepción de la misma. El monólogo interior que Svevo construye sirve como trampa para el lector, pero también para el mismo protagonista, ya que al poner por escrito sus pensamientos y recuerdos los sanciona como verdad absoluta, cuando no es así. La tan cacareada modernidad del escritor no sólo radica en el desapasionamiento, la ironía, la autoburla y el escepticismo, sino en la introspección de un estilo de aplastante sencillez que no da nada por concluido. Su literatura es un espejo que refleja, no lo que creemos ser, sino lo que inevitablemente somos. Siempre esquivo y complejo, Svevo afirmaba: «La conciencia de Zeno es una autobiografía, pero no la mía».

Efímero triunfo

Pocos años después, en la cima de su éxito, el inepto Svevo fallecerá en un ridículo accidente de coche, a pesar de que su mayor temor eran los trenes y tranvías. En los años 30, su inolvidado amigo Joyce y los grandes críticos franceses de la época consagrarían a Svevo como pieza clave de la novela europea contemporánea cuando en Italia su prestigio literario era poco mayor que nulo. En su querido país triunfaría después, otra inevitable paradoja, en el momento más inesperado, cuando se intensificaba la campaña del régimen de Mussolini contra los judíos como él. Su éxito póstumo significaría la victoria del artista, del inepto, sobre el hombre prudente burgués, algo que el siglo XX remacharía una y otra vez. No obstante para Svevo fue tarde. «Su tragedia, y una real tragedia por la literatura del siglo XX, fue morir cuando el burgués y el escritor, Ettore e Italo, tardíamente reconciliados, iban finalmente en la misma dirección con una prodigiosa creatividad y un enorme diversión para el anciano», se lamente Serra.


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