Rancho Las Voces: Literatura / España: El centenario de Roa Bastos

Literatura / España: El centenario de Roa Bastos

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El escritor paraguayo. (Foto: Getty Images)

C iudad Juárez, Chihuahua. 11 de junio de 2017. (RanchoNEWS).- Mucho antes de que los cuatro ases de la baraja latinoamericana brillaran sobre el tapete de la literatura universal (Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, Carlos Fuentes y Julio Cortázar), otros cuatro naipes discretos, quizá demasiado discretos (Juan Carlos Onetti, Juan Rulfo, Antonio Di Benedetto y Augusto Roa Bastos) habían sentado las bases para el triunfo de la partida. La mano ganadora que hizo saltar con un boom la banca del casino editorial fue fruto del primer as colombiano en 1967: Cien años de soledad, de la que recientemente se conmemoraba el 50º aniversario. Pero mucho antes de eso, aquellos cuatro reyes discretos habían publicado cuatro hitos de la literatura en lengua castellana del siglo XX: La vida breve (1950), Pedro Páramo (1955), Zama (1956) e Hijo de hombre (1960), que fueron los cuatro pilares que sostuvieron la mesa de juego, escribe Matías Néspolo desde Barcelona para El Mundo.

Y en especial el último de ellos, Augusto Roa Bastos (1917–2005), el paraguayo universal del que hoy se celebra en Asunción el centenario de su nacimiento, porque quizá ningún otro como el autor de Yo el Supremo (1974) supo cifrar en su obra las coordenadas de toda una literatura continental y llegar hasta el tuétano –hasta el caracú, diría el escritor en guaraní, fiel a su naturaleza bilingüe– de la desgarrada identidad latinoamericana. No en vano el Nobel colombiano Gabriel García Márquez se lo reconocía desde México con un escueto telegrama: «Tú, el Supremo», que el sosegado aludido llevaba en el bolsillo en 1990, cuando leía su discurso de recepción del Premio Cervantes, concedido el año anterior.

Decía entonces Roa Bastos, con modestia a propósito de su obra cumbre, que su único mérito había sido fabular la posibilidad de un «Caballero de la Triste Figura de lo absoluto», trasplantado a suelo americano, completamente obsesionado con «la escritura del poder y el poder de la escritura». En ese sencillo quiasmo no sólo iba cifrado el destino del infame protagonista de Yo el Supremo, trasunto del implacable dictador a perpetuidad José Gaspar Rodríguez de Francia (1811-1840) de la naciente República paraguaya, sino la clave de su llamada Trilogía paraguaya del monoteísmo del poder –conformada por Hijo de hombre, Yo el Supremo y El fiscal (1993)– y el tema de fondo de toda su obra. Clave o cifra que, además de dar carta de ciudadanía a todo un género como la novela de dictadores, cuyo antecedente es el Tirano Banderas de Vallé Inclán, a su vez desvelaba la gran encrucijada en la que se debatía la literatura latinoamericana del siglo XX.

No por casualidad, Yo el Supremo, saludada por un joven Ricardo Piglia como ejemplo perfecto de «la práctica revolucionaria en literatura», sería también la inspiración y el punto de partida de Ángel Rama para concebir La ciudad letrada (1984), el gran ensayo de referencia, junto con Las venas abiertas de América Latina, de Galeano, del pensamiento latinoamericano de izquierdas, con el que reescribir la historia del subcontinente desde la Conquista a la posmodernidad.

«Escribir no significa convertir lo real en palabras, sino hacer que la palabra sea real. Lo irreal está en el mal uso de la palabra, en el mal uso de la escritura», reza un pasaje de Yo el Supremo, logradísima novela polifónica preñada de palabras del poder, entre el monólogo interior del tirano, sus cuadernos privados y circulares perpetuas, y las discusiones con su escriba Patiño. Y si no hay nada más real aún hoy en Latinoamérica que la brutalidad del poder político, la genialidad de Roa Bastos no sólo fue detectarlo, sino combatirlo con las mismas armas, las palabras, subvirtiendo su mecanismo de legitimación y ejecución a través de la literatura.

«Nada enaltece tanto la autoridad como el silencio», decía el escritor que pagó la arbitrariedad de ese poder que combatía con casi medio siglo de exilio, mucho más que el reinado (1954–1989) del otro feroz dictador de su país: Alfredo Stroessner, junto al que Videla o Pinochet parecen aficionados. Perseguido por comunista, Roa Bastos se exilió en 1947 primero en Buenos Aires, donde el poeta del grupo Vy'a Raity (El nido de la alegría), que había renovado la lírica paraguaya de los años 40, escribió obras de teatro, media docena de magistrales libros de cuentos desde el citado El trueno entre las hojas (1953) y se ganaba la vida como guionista de cine, junto a grandes de la talla de Armando Bó o Lucas Demare. A partir del golpe del 76 y la prohibición en Argentina de Yo el Supremo, se refugia en Toulouse, en cuya universidad trabaja, hasta el regreso intermitente a su país, tras la caída de Stroessner, donde se instala definitivamente en 1996.

Aunque reconoció la valía de los escritores del boom, el gran precursor del estallido se autoexcluyó del grupo, al que consideraba una gran operación de mercado más propia de vedettes que de escritores. Sin embargo, algunos elementos de lo que luego se conocería como realismo mágico ya estaban presentes, como es su realismo descarando y a secas, como la presencia de la sed trasmutada en «la muerte blanca», «una ramera insaciable» que «no se ve, pero está ahí, obscena y transparente» en Hijo de hombre, su gran epopeya sobre la Guerra del Chaco (1932–1935), la cruenta contienda entre bolivianos y paraguayos en la que participó de joven voluntario como auxiliar de enfermería y aguatero. Elementos que provenían de la lengua y cultura guaraní, que sumaría a conciencia a su programa literario –como haría el peruano José María Arguedas con el quechua a partir Los ríos profundos (1958)– tras una identidad latinoamericana mestiza mucho más incluyente.

Si el poder en todas sus manifestaciones fue el gran tema de su obra, aquel discreto escritor aficionado al remo y al ciclismo que llegó incluso a componer junto a José Asunción Flores letras de guarania, el género folclórico de su país, en cada uno de sus escritos no dejó nunca de tomar partido por los oprimidos: por la mujer, por el indio, por el soldado de leva o por el mensú (el miserable trabajador bajo el látigo de los yerbales). Incluso defendió la devastada naturaleza americana de la expoliación, mucho antes de que el ecologismo tuviera curso legal.

A aquel hombre la Feria Internacional del Libro de Asunción le dedica mañana su acto central en el centenario de su natalicio. Una estatua de tres metros del artista Gilberto Núñez recientemente inaugurada corona el Centro Cultural de la República El Cabildo, donde una treintena de expertos de mundo hispánico celebraron la semana pasada el Congreso Internacional Augusto Roa Bastos. Puede que los fastos los mereciera en vida, pero la paciencia fue una de sus mayores virtudes. «Esperar no es desesperar. Amo mi paciencia más que a mí. Las moscas ganan la batalla después de las batallas», escribió. Como aún espera justicia esa postergada Latinoamérica a la que dedicó su obra.

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