Rancho Las Voces: Textos / «PHotoEspaña, el placer de mirar el mundo» por Eduardo Momeñe

Textos / «PHotoEspaña, el placer de mirar el mundo» por Eduardo Momeñe

.
 Mario Testino
Fotografía de Mario Testino del 25 aniversario del Museo Thyssen. (Foto: Archivo)

C iudad Juárez, Chihuahua. 4 de junio de 2017. (RanchoNEWS).- Ante la XX edición de PHotoEspaña, el festival de fotografía que desde Madrid cose España y el mundo, volvemos a pensar este lenguaje. Un regalo en forma de texto. Eduardo Momeñe trata de averiguar lo que la fotografía puede y no puede decir. La publicación es de ABC.

Es la satisfacción de mirar el mundo y registrar lo visto en forma de imagen, un instante sin tiempo en un espacio infinitesimal. Es poca porción de mundo pero es suficiente para comenzar a hablar de ello, es la potencialidad del instante, su brutal presencia, su exaltación, la fuerza de una imagen fotográfica en estado puro. Parecería muda -«una lengua sin habla», lo expresa bien Roland Barthes-, pero en realidad es un hablar en silencio, y que sin duda produce extrañeza, es como si el mundo se hubiese parado, es un mundo diseccionado, y eso no es el mundo.

De hecho, en muchos casos diríamos «extrañamiento». Las fotografías no siempre colocan las cosas donde deberían estar -también es su azar, es una cámara dando vueltas por todas partes-, y nos llegan a mostrar un mundo que no relaciona nada con nada, incluso que carece de un antes y un después… Y eso no es el mundo. Sin embargo, esa es la fuerza de las fotografías: su «decir» desde ese mutismo donde en principio tendría que haber incluso la tentación del pronunciamiento, de aclarar las cosas. Es a partir de este «no hablar» de las imágenes fotográficas cuando comenzamos a desear comentarlas, a hablar de ellas, curiosas imágenes que, por otra parte, se fabrican en 1/100 segundos -pocas cosas se hacen en tan poco tiempo- y que siempre muestran el pasado. Quizá su mutismo también venga dado porque lo que ya fue apenas queda enfocado y nítido en ellas.

Actos de magia

De hecho, parecería una ilusión, de ahí también su magia, lo que vemos tan claramente ya no está. Es la herida existencial que estas imágenes pueden portar, es Barthes de nuevo: cuando quiso escribir un libro sobre fotografía obtuvo un libro sobre la muerte, o bien, cuando quiso escribir un libro sobre la muerte nos encontramos con un libro sobre fotografía… Quizá ambas cosas («La cámara lúcida»). Probablemente sea necesario que metamos algo de ruido con la boca alrededor de las fotografías para arrancarles esa indefinición que sí parecería en ocasiones llevarnos a lugares en los que ciertamente nunca hemos estado. Es cuando deseamos que alguien nos haga una visita guiada por ellas, necesitamos saber más, hay frustración, lo que parecen decir lo dicen muy a medias; tan solo se salvan las que nos emocionan porque nos recuerdan al mundo -ahí sí hemos estado-, o aquellas cuyo potencial les permite existir tan solo como imágenes, el placer de ser atrapado y succionado por una imagen, como si fuesen una pintura de Rothko o un cuarteto de Schubert; la captura de la expresión, eso tan difícil de explicar, en todo caso, son esas fotografías que sí «suenan», al margen de la letra que lleven (como una canción de Bruce Springsteen aunque no sepamos inglés).

Sirvan dos ejemplos entre otros para intentar desvelar el mutismo de las fotografías; son imágenes a descifrar, parecerían textos encriptados. Visto recientemente en el festival fotográfico Revela-T: es el trabajo de Kazuma Obara titulado 30, en el que el «relato» queda escrito con fotografías domésticas, carretes sin revelar encontrados no hace mucho entre los restos del desastre de Chernóbil, o bien Lost & Found, del también japonés Munemasa Takahashi, en el que un mural nos muestra miles de fotografías encontradas y ya anónimas tras el tsunami de Indonesia.

La mirada del arte

En ambos casos, unas fotografías ya leídas -«ordenadas y reconstruidas»- por la mirada del arte. Es ese mutismo al que nos referimos, y que comienza a despertar cuando las palabras entran en escena. Son fotografías que una vez comentadas comienzan a moverse, parecerían extraordinarias ilustraciones de un texto nítido, sólido, bien dicho, aquel que es necesario incluir, aquel que dice de qué tratan las imágenes, que como tales solo podrían sobrevivir si se parecen descaradamente a lo que ya hemos visto, o porque se encuentran en el olimpo de las imágenes demoledoras en su expresión.

También esa lectura y esa puesta en escena que siempre propone el arte -al arte contemporáneo cada vez le gustan más las palabras… y probablemente a la literatura, las fotografías-. Son esos pies de foto que «amplían» las fotografías, su «situación» en el texto, esas palabras que dicen lo que las fotografías no pueden ni quieren decir. Incluso esas fotografías privilegiadas que ya llevan su sentido en sí mismas, construidas por ojos superdotados, por esa «visión pensante» y que parecen no necesitar de palabras aclaratorias a su alrededor -tal es la fuerza de su «decir» como imágenes, nunca hubo mutismo en ellas; sí un magistral silencio-, pero que quizá también se sienten cómodas siendo «aclaradas» aún más. Es el placer de las fotografías «habladas», ese silencio que se hace cómplice de las palabras bien dichas, se integra en esa respiración que existe entre palabra y palabra. Es cuando las fotografías comienzan a formar parte de ese texto que trata no tanto de lo visto como de lo no dicho… Con fotografías.

Parte del texto Es una vuelta de tuerca, aquellas fotografías que actuaban como excelentes ilustraciones para unas palabras claras con mucho que decir pasan a existir como parte integrante del texto; ellas mismas son parte del relato, no lo acompañan, no lo ilustran, son también el relato. Sirva el recuerdo -otro ejemplo- del libro A sangre fría, de Truman Capote, para situarnos: Capote escribió un relato -texto- que ilustró con dos fotografías de Richard Avedon (los retratos de los asesinos Perry Smith y de Richard Hickcock), y Richard Avedon hizo dos fotografías a las que puso un pie de foto que al menos en la versión española consta de 440 páginas. Ambos libros son muy parecidos aunque uno sea de palabras y el otro de fotografías; finalmente darán pie al libro definitivo, aquel que tan solo está completo incrustando ambos. Es una buena referencia para quien tan solo desee admirar la belleza del lenguaje; palabras y fotografías diciendo lo que tienen que decir en una extraordinaria polifonía.

Hablamos de una escritura fotográfica, de una fotografía escrita, del texto fotografiado: son la misma propuesta. De las fotografías comentadas por un texto al texto comentado con fotografías.

Los pies de foto

El texto que pide imágenes fotográficas para ser completo y las fotografías que «resuelven» su imagen con sus pies de foto. El fotógrafo con papel y lápiz y el escritor con una cámara; el escritor que llena su mente de imágenes y el fotógrafo que lee todas las palabras que caen en sus manos. En principio parecería un buen camino, ambos comentaristas del mundo se parecen cada vez más. Siempre iríamos a un posible punto de partida, el fotógrafo Walker Evans y el escritor James Agee haciendo posible Elogiemos ahora a hombres famosos, esa obra literaria y fotográfica cuya narración completa tan solo es comprensible con palabras e imágenes sosteniéndose mutuamente. Cuando el fotógrafo Wiliam Christenberry fue preguntado acerca de lo que le llevó a hacerse fotógrafo, contestó que fue a la salida de una conferencia dada por James Agee en la Universidad de Alabama acerca del relato corto americano.


REGRESAR A LA REVISTA


Servicio de Suscripción
* requerido
* Email Marketing by VerticalResponse