Rancho Las Voces: Cine / Entrevista a John Boorman

Cine / Entrevista a John Boorman

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El cineasta británico. (Foto: Therry Bonet)

C iudad Juárez, Chihuahua. 11 de septiembre de 2015. (RanchoNEWS).- Uno de los últimos de una estirpe, el cineasta británico John Boorman se despide con la película autobiográfica Reina y patria, secuela de la memorable Esperanza y gloria. El autor de obras míticas como A quemarropa, Deliverance o El bosque esmeralda, verdaderas reflexiones sobre la violencia humana, rememora en esta entrevista, entre otros asuntos, su infancia durante la guerra, su amistad con Lee Marvin o su escepticismo con el cine actual. La entrevista es de Carlos Reviriego para El Cultural.

«¡Gracias, Adolf!», gritaba alborozado un niño inglés al final de Esperanza y gloria (1987). En el derruido patio de su colegio londinense, agradecía al tirano que sus aviones de la Luftwaffe hubieran bombardeado la escuela. Allí estaba Bill Rohan, alter-ego del cineasta John Boorman (Surrey, Inglaterra, 1933), quien en aquel extraordinario y autobiográfico filme volcaba sus recuerdos de infancia durante el llamado Blitz, la furia de los pájaros nazis que desde septiembre de 1940, a lo largo de ocho meses, aniquiló 45.000 vidas en suelo británico. Pero más que glosar los horrores de la guerra, Esperanza y gloria ponía el foco en la jovialidad de la infancia y en las mujeres de su vida: su alegre madre y su vivaz hermana mayor.

Casi treinta años después, Boorman regresa a la vida de Bill Rohan (o a la suya propia), esta vez encarnado por el debutante Callum Turner, cuando tiene 18 años de edad, está haciendo el servicio militar y la Guerra de Corea actúa como telón de fondo. En Reina y patria, como su precuela, el drama emerge desde el fondo de la historia hasta prácticamente hurtar el humor que respira la superficie del relato, en una extraña muestra de ese subgénero tan poco frecuentado como son las «comedias bélicas».

No encontraremos el sarcasmo y el delirio de Teléfono rojo. Volamos a Moscú (1964) de Stanley Kubrick, ni la acidez y aura desmitificadora de M.A.S.H. (1972) de Robert Altman -aunque como en aquélla son las jerarquías militares y sus absurdos protocolos los que proponen el sentimiento cómico-, si bien Reina y patria conquista una suerte de humanismo que la coloca más cerca de La gran ilusión (1937) de Jean Renoir, siendo algo muy distinto al mismo tiempo. En esencia, el humor de esta última y autobiográfica película del cineasta británico está poseído por una clase de melancolía que tiene tanto que ver con el final de la juventud como con el final de una era, de un modo de entender el mundo y seguramente el cine.

«Para mí -explica el director- lo más importante de la película era el retrato de aquel periodo. 1952 fue un año muy oscuro para mi país. La guerra había terminado, el país estaba endeudado, había sido severamente bombardeado, y las generaciones jóvenes podíamos sentir que Gran Bretaña iba a cambiar radicalmente. Las viejas generaciones que habían luchado en la II Guerra Mundial todavía creían en el gran Imperio, pero nosotros, los más jóvenes, sabíamos que había desaparecido. Y ese era realmente el conflicto entre los viejos y los jóvenes soldados. Un conflicto que yo viví mientras descubría el amor y la sexualidad».

Las semillas de la ira

Las tensiones cristalizaron en la coronación de la Reina Isabel, cuya histórica transmisión televisiva retrata Boorman en el filme como un momento de revelación sobre el determinismo de las clases sociales. En aquella brecha generacional yacían las semillas de la ira y el desconcierto de los futuros Angry Young Men del cine británico. Sin embargo, Boorman pertenece al pequeño linaje de aquellos cineastas que recharazon el realismo social de las nuevas olas europeas, alejándose de cineastas como Tony Richardson (La soledad del corredor de fondo, 1962) o Lindsay Anderson (If..., 1968) para alienarse con sus amigos Nicolas Roeg y Ken Russel y ejercitar un cine en las antípodas de aquellos, más plástico, anclado en los géneros y, si se quiere, artificial. No es de extrañar que Boorman dibuje una sonrisa de complicidad cuando escucha el nombre de Terrence Davies, como si en el autor de Voces distantes y de obras tan autobiográficas también tuviera un aliado. «Él es un maestro que trabaja con una memoria fotográfica de su infancia, a partir de flashes de recuerdos -sostiene desde su residencia londinense-. Yo también tengo una memoria muy clara de aquellos días, sobre todo entre los 7 y los 12 años, durante la guerra, y por supuesto esas imágenes están muy vívidas. Pero también diría que cuando te sientas a escribir un guión sobre tu vida, muchos recuerdos regresan durante el proceso».

¿Qué era lo que le distanciaba del Free Cinema?

Para mi generación los maestros fueron John Ford, Fellini, Renoir... y yo quería perpetuar ese cine. Para mí filmar una película siempre se ha parecido más a escribir un poema que una novela, porque hacer cine tiene mucho que ver con dejar cosas fuera. Ken Loach representa la marca del cine británico por su naturalismo, pero en verdad yo siempre he despreciado eso, porque la idea de que una película puede ser naturalista me parece ridícula. Cuanto más intentas que parezca real, menos se parecerá a la realidad. El cine es una realidad paralela y una metáfora del mundo.

Rehacer el mundo


Callum Turner protagoniza Reina y Patria

Reina y patria es también un relato de iniciación sobre la pérdida de inocencia de Bill. ¿Ha sido el cine para usted un lugar donde seguir creyendo en el romanticismo y los ideales que la vida se empeña en desmentir?

Me gustaría pensar que es así. Al principio, cuando Bill está nadando en el lago y hay un rodaje, una escena que repiten una y otra vez, dice que eso es mucho mejor que la vida, que solo te ofrece una oportunidad. Creo que hacer cine ha sido en gran parte para mí una forma de rehacer el mundo, porque las películas permiten eso, incluso corregir nuestras vidas.

John Boorman ha encontrado al menos dos grandes formas de describir el cine. Por un lado, como «el proceso de inventar problemas imposibles para después fracasar tratando de resolverlos», si bien su frase más legendaria es que el cine es «el arte de convertir el dinero en luz». Así lo explica: «Para mí el cine ha sido una cuestión de supervivencia, tanto física como espiritual. No sé qué otra cosa hubiera hecho en mi vida. Pero todos sabemos que es un arte muy caro. Construyes decorados, contratas actores, gastas un montón de dinero y conviertes todo ello en una temblorosa ráfaga de luz proyectada sobre una pared. Creo que cuando una película es grande se produce una alquimia especial: no es que hayas transformado el dinero en luz, sino en espíritu».

Con su cámara, en su debut en Hollywood, atrapó sin duda el espíritu corrosivo de Los Angeles, filmando la ciudad en ángulos imposibles y con deslumbrante plasticidad. Fue en A quemarropa, película cargada de furia y de inventiva, legendaria, con Lee Marvin y Angie Dickinson en la flor de sus encantos. «Fue gracias al apoyo de Lee Marvin, que era una gran estrella y tenía poder en la MGM, que pudimos trabajar completamente libres. De todos los grandes actores a los que dirigido, Marvin es el que más ha influido en mí. Me enseñó mucho sobre la interpretación para la pantalla y la comunicación gestual. Mastroianni también tenía una forma brillante de comunicarse con el cuerpo. Con él siempre acababa cortando líneas de diálogo porque ya había comunicado la idea con el rostro y el cuerpo. Las palabras simplemente ya no eran necesarias».

El último plano de Reina y patria, antes de ir a negro, es una cámara que deja de filmar. ¿Es su forma decir adiós al cine?

Así es. Me han presionado para que haga una película más, pero probablemente ésta sea la última. Tengo 82 años, y sé que Clint Eastwood con 85 sigue haciendo películas, y siempre miramos a Manoel de Oliveira como un modelo, pero ya no me siento con fuerzas.

¿Pero todavía le interesa como espectador?

Sí, todavía voy al cine, aunque cada vez lo encuentro menos estimulante. En los últimos Oscar todas las películas nominadas en lengua extranjera eran mucho más interesantes que las películas americanas con más nominaciones. Me refiero a filmes como Ida o Timbuctú, que son muy superiores a las mejores películas americanas.

El cuerpo creativo de Boorman es verdaderamente insólito. Por distintos motivos, ha sido capaz de armar verdaderos hitos cinematográficos en torno a la naturaleza salvaje de la condición humana, no solo con A quemarropa (1967), también con la crudeza de Deliverance (1972) y de Excalibur (1981), la excentricidad futurista de Zardoz (1974) -hoy una auténtica película de culto, en la que Sean Connery vestía como una guerrera amazónica de tanga rojo y botas por encima de las rodillas que hoy ninguna estrella de su talla se atrevería a llevar- o la crónica épica de El bosque esmeralda (1985). Pero de su cosecha son también piezas fútiles como El exorcista II (1977), Donde está el corazón (1990) o El sastre de Panamá (2001). Se dice pronto: Boorman ha ejercido su oficio prácticamente sin interrupción durante el último medio siglo.

«El mejor periodo para mí fue a finales de los sesenta y en los setenta -puntualiza-. De todos modos el John Boorman de Reina y patria es muy distinto al John Boorman de Deliverance. Por entonces los directores teníamos más libertad que nadie, pero a finales de los 70 el cine cayó en manos de las grandes corporaciones, y se nos arrebató la libertad. Cuando haces una peícula para Hollywood el guión está constantemente bajo escrutinio de ejecutivos, insistiendo en eliminar cualquier cosa que consideran ofensiva o difícil de entender. En mi caso los estudios no interfirieron demasiado, pero hoy eso es imposible. Si estuviera empezando ahora, creo que no tendría ese privilegio, no podría haber hecho desde luego Zardoz».

Escenas con varios sentidos



Una imagen de Deliverance

¿La intuición es importante en su proceso creativo?

Siempre planifico cuidadosamente las películas, porque si tienes una idea clara de la película que vas a hacer, de cómo abordar las escenas, entonces tienes más libertad para introducir cambios y probar cosas. Desde la inseguridad yo no puedo trabajar bien, y para estar abierto a la intuición necesito una base. Para mí cada escena debe tener más de un sentido, debe resonar en al menos dos o tres direcciones. Lo que me gusta de Reina y patria es que en la superficie parece muy simple, no es exhibicionista. Pero todos los grandes temas que me interesan, desde la naturaleza al amor, están ahí y llegan al espectador después de terminar de ver la película. Al menos eso es lo que he intentado.

¿Por qué película cree que se le recordará y por cuál le gustaría que le recordaran?

Creo que se me recordará por Deliverance, que es con la que generalmente se me asocia y la más exitosa que he hecho, pero preferiría que se me recordara por Esperanza y gloria, que probablemente es mi película más personal. Es muy interesante porque a veces cuando alguien se acerca a mí y me dice que yo soy el responsable de una de sus películas preferidas, nunca sé de cuál va a hablar. A veces es El bosque esmeralda, otras es Excalibur, y otras es Deliverance... Por curiosidad, ¿cuál es la suya?


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