Rancho Las Voces: Textos / Luciano Pérez: «Noche tepiteña de Brujas»

Textos / Luciano Pérez: «Noche tepiteña de Brujas»

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Nekhebet. (Foto: ariochiv.deviantart.com)

C iudad Juárez, Chihuahua. 25 de octubre de 2015. (RanchoNEWS).- El siguiente es un fragmento de la novela Crónicas de Tepito Asgard de Luciano Pérez, que fue publicado en la revista Ave Lamia, Número XXXVI, Año III, en un Especial de Terror; y que a continuación tenemos el gusto de reproducir:

Estadio de futbol Maracaná de Tepito, todo dispuesto ya para el Halloween, o Shamhaim (como realmente se llama). Es medianoche del 31 de octubre de 3667. Ya está encendida una gran hoguera en el centro del campo de futbol. El verano terminó, y las puertas de lo subterráneo están por abrirse, para que los diablos, fantasmas y monstruos hagan acto de presencia a través de estas expertas médiums, las brujas. La joven y pálida Nekhebet había aprovechado desde agosto su cercanía con la bruja roja de Amecameca, y aprendió mucho de ésta para su mejoramiento profesional como hechicera. «Ya no eres una aprendiz, sino una verdadera bruja», le dijo Avellana a la casi fantasma, y ésta se mostró contenta de que se lo dijera una tan alta eminencia procedente de Egipto, y le respondió: «Gracias a usted, aunque ni siquiera he logrado hacer que mil escobas llenen de agua las piletas», a lo que la bruja dijo: «No, tú ya sabes mucho; de hecho ya sabías, yo tan sólo he pulido algunos detalles. Y por cierto, ¿qué pasó con tu juicio?» Nekhebet puso cara de preocupación, y sólo expresó esto, en voz baja: «Luego del Día de Muertos voy al infierno, quizá se decida finalmente algo respecto a mi situación». Avellana no supo qué decirle. ¿Regresaría la joven o no? ¿Quién podía saberlo?

Brujas nahuas y wiccas, hechiceras y maléficas, estaban colocadas alrededor de la hoguera, y empezaron a bailar tomadas de las manos en dirección contraria de las manecillas del reloj, mientras música de los grupos de black metal Gorgoroth y Carpathian Forest sonaba en los altavoces del estadio. Había mucha gente en las gradas, y ahí se notaban los invitados de honor: la princesa loba de Coacalco, el jefe viking Olafson, Marthita Franco (en representación de Perezpochtli), Jesusa de Jesús (representando a Jaguar Verde), Verónica Carbajal (en lugar de Zemilianus). Se encontraban presentes personas venidas del extranjero, de la Church of Satan, del Temple of Seth, de la Walburga Abbey, del Movimiento Odinista del Canadá, y de diversos grupos wiccas, así como de brujas tradicionales de Salem, del Harz, y de las etnias mexicanas. También estaban los dioses nórdicos Odín, Thor, Hela y Freya (Fenrir no pudo venir), y se veían asimismo la arqueóloga Thorborg y el rey de Tula, así como el maestro ciego y su esposa lamia... y por supuesto, en un sitio especial, las organizadoras, Nekhebet y la bruja roja.

Al concluir el baile ritual, el fuego se apagó, se encendieron las luces eléctricas del estadio, y en el centro de la cancha se hizo presente el amo y señor de las tinieblas, en figura del dios Pan, con todo y flauta, acompañado por un hombre con cabeza de calabaza. Exclamó aquél:

–¡Gracias a todos por venir aquí, a este aquelarre de Shamahaim en Tepito! Amo a todas mis hechiceras y maléficas de todo el mundo, todas tienen un sitio especial en mi corazón: desde Mary Poppins hasta mi querida Watson Emma; desde Circe (hoy en Budapest) hasta Tituba, la que fue maestra de Salem; desde la bruja roja de Amecameca hasta ¿por qué no?, la bruja del planeta Karina...

Al oír el público este último nombre, hubo un inmenso ¡BUUUUU! que hizo temblar todo el estadio. Satán, sin inmutarse y sonriendo, dijo:

–Sé que ustedes la odian, y hacen bien, porque todo odio me complace. De todos modos, ella también los aborrece a ustedes. Hay personas así, a las que no se quiere, como aquí el amigo que está junto a mí, Jack O'Lantern, condenado a traer siempre en vez de cabeza una calabaza, por haber vendido en treinta dineros a aquel que ya no es nunca más pues no regresó como se esperaba. ¡Acércate, Judas!

Una luz intensa cayó sobre el hombre calabaza, quien alzando los brazos saludó, y dijo estas palabras:

–Sin mí no hay Halloween, eso es definitivo. ¡Muchachas, vean en el espejo a quien las atormentará como esposos! ¡Muchachos, no olviden rellenar con veneno los dulces! Y no soy un traidor, el propio Padre me pidió que entregase a su Hijo a las autoridades competentes, para que se cumpliesen las profecías. Y las autoridades, como bien sabemos todos, hicieron un gran trabajo. Y a la mera hora, el Padre se deslindó de toda responsabilidad en la muerte de su vástago, y a mí me castigaron poniéndome esta calabaza como cabeza, la cual traeré por siempre y para siempre. Sin embargo, no me siento mal por eso, porque si se dan cuenta, dentro de la calabaza hay una luz, y de esta luz, que es negra y espanta a pacatos y gazmoños, procederá el incendio que hará nuevo al mundo de los diablos por siempre jamás. ¡Gracias, amigas y amigos!

El hombre calabaza desapareció del escenario, y otra vez Satán estaba ahí y dijo:

–Sí, al que traicionaron fue a Judas. Pero el Padre culpable de esta traición, el mismo que también me hizo víctima de una jugarreta al despojarme del gobierno del mundo, murió hace mucho tiempo, con el disparo de Revólver en 1966; ese disparo que proclamó que el mañana nunca se sabe, que todo es puro Helter–Skelter y nada más. De algo así viene a cantarnos y enterarnos (enterrarnos) la señorita Rigby, procedente de un cementerio londinense.

Satanás ya no estaba ahí, sino una mujer de rostro pálido y melancólico, con anteojos y cabello corto y dorado. Traía una guitarra y empezó su canto, que a continuación transcribimos en prosa:

–Cuando las parejas se casan, se les arroja arroz afuera de la iglesia. Es lo que yo hacía, y es lo que nunca nadie hizo para mí, porque no había para qué. ¿Alguien quiere a las que no se casan? ¿Alguien les envía un beso de amor? Aquellos que se multiplican, heredan la tierra y hacen de ésta otro Edén para ellos y sus hijos. Y éstos habrán de rebelarse contra sus padres, aborrecerán el paraíso y huirán hacia la nada, para no someterse. Y habrá caos, guerras y revoluciones. Mas yo no tendré que ver con eso, pues de mí no hay herederos, nadie espera nada de Eleanor. ¿Alguien quiere a las que no se casan? ¿Alguien les envía una carta de amor? Aquellos que se hacen muchos ya no caben más, y deben acabarse los unos a los otros, pues el Edén se hizo ya Sheol, y los hijos se levantan contra los padres, y las hijas contra las madres, y la discordia es quien resulta ser la progenitora de todo. Sin embargo, yo me abstengo de todo eso, sólo les echo arroz a quienes salen de la iglesia, sin saber ellos que van hacia la ruina total, porque quien se casa se ocupa de su esposo o de su esposa, y ya no le importa saber de sí mismo. Y quien no se ocupa de sí, más le hubiera valido no nacer. ¡Y nadie nació de mí! ¿Alguien quiere a las que no se casan? ¿Alguien les envía un adiós de amor?

Terminó el canto inglés, y la gente aplaudió fuertemente. Otra vez vino Satán–Pan, quien tocó con su flauta unos cuantos aires de Arcadia, y luego dijo:

–Después de toda esta música, ahora seremos mártires, quiero decir, testigos, de un drama. Cuando Adán y Eva se unieron en primigenio matrimonio, tuvieron, además de los hijos que ya conocemos, dos hijas, Aklia y Luluwa. Veamos lo que tienen ellas que decirnos.

El diablo se fue, y en escena estaban dos muchachas vestidas con piel de animales, como cavernícolas. Habló primero la mayor, Aklia:

–¿Sabías, Luluwa, que nuestro hermano Seth fundó un templo?

–Algo de eso oí en Radio Picapiedra. ¿Por qué lo haría?

–Para honrar al hijo de la Aurora, al fósforo que cayó como un rayo desde el cielo de diamantes.

– Eso significa que Seth no honra al Dios de nuestros padres.

–¿Nosotras lo honramos?

–Yo no, Aklia. Nunca hubo Dios, ¿sabes? Nuestra madre no entendió lo que le dijo la serpiente.

–¿Qué fue lo que no entendió?

–Que nunca hubo Señor, sino Señora. Él fue un impostor que engañó a nuestros padres, y no conforme con eso los despojó de su jardín.

–No sé de esa Señora...

–El impostor le dijo a nuestra madre Eva que habría enemistad entre la serpiente y la mujer.

–Eso sí recuerdo que nos lo platicó ella.

–Sólo que no es así, sino que la serpiente y la mujer son aliados. La manzana, o higo, era el símbolo de la libertad, pues contenía el veneno antiDios.

–Pero la muerte de nuestro hermano Abel...

–También fue obra del impostor, para enviar a Caín muy lejos, no sabemos adónde, quizá a Amerika.

–¿Tú no me matarás, verdad?

– No, claro que no. Y el impostor no se acerca a nosotras para dividirnos, porque desconfía de las mujeres, además de que sospecha que ya sabemos la verdad: que no fue Él quien creó al mundo, sino la Diosa.

–¡Yo quiero amar a Diosa!

–Todos podemos amarla. La tenemos a nuestro alrededor: animales, árboles, estrellas, rocas. Todo es Diosa.

–¿Y Seth sabrá eso?

–No, pero lo que ha hecho es un primer paso para liberarse del impostor. A través del Diablo se llega a Diosa.

–¿Entonces iremos al Diablo?

–No lo necesitamos ya. Quien ama a Diosa no requiere de deidades masculinas.

Desaparecieron las hermanas, y otra vez se encendió la hoguera, y las brujas bailaron una danza loca, y gritaban: «¡Somos de Diosa! ¡El Diablo nos sirve!» Y entonces estalló un pandemonium musical interpretado por una orquesta de animales salvajes, que tocaban piezas entremezcladas de Wagner, Mahler, Zappa, Lennon, Nina Hagen y PJ Harvey. Y entre todo eso, se oían los gritos de las brujas: «¡No creemos en Biblia, no creemos en Yoga, no creemos en Mantra!»




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