Rancho Las Voces: Literatura / Entrevista a Jonathan Coe

Literatura / Entrevista a Jonathan Coe

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Jonathan Coe. (Foto: Matilde Coe)

C iudad Juárez, Chihuahua. 12 de enero de 2017. (RanchoNEWS).- Cuando tenía 15 años, Jonathan Coe leyó dos libros que le cambiaron para siempre la vida: Trampa 22, de Joseph Heller, y Caída y auge de Reginald Perrin, de David Nobbs. Entonces descubrió que los libros podían ser a la vez serios y terriblemente divertidos. Su último disparo, El número 11, es una bomba de relojería que ha sido definida como novela 'pre-brexit' y que él prefiere considerar 'post-crisis', y trae de vuelta a la engreída y cruel y archimillonaria familia Winshaw, protagonista de su clásico ¡Menudo reparto!. Laura Fernández lo entrevista para El Cultural.

Al principio no fue más que un número en el encabezado de una libreta. Y el número era, claro, el número 11. Después, fue una frase. La que dijo George Osborne, el que fuera canciller de Hacienda del gobierno británico en la etapa Cameron, un día de octubre de 2009, al poco de declararse la crisis que iba a acabar para siempre con el espejismo de prosperidad y que dejaría a buena parte del mundo occidental en la cuneta. La frase era: «Estamos en esto todos juntos». «Viniendo de él», recuerda Jonathan Coe (Bromsgrove, Reino Unido, 1961), el chico que creció en Birmingham, y se aburrió lo suficiente, dice, como para acabar leyendo sin descanso y escribiendo, también sin descanso, «era un auténtico despropósito», concluye. Por eso, a la frase, que anotó en aquella libreta que iba a ser la libreta en la que desarrollaría su siguiente novela, le sumó otra, 'What a Whopper!', que podría traducirse como '¡Menudo monstruo!', pero también como '¡Menuda farsa!', y en esta segunda acepción pensaba Coe cuando la escribió. La frase acabaría dando título a una de las cinco fábulas que contiene su última novela, a la que acabó llamando, inevitablemente, El número 11 (Anagrama) -es su undécima novela-, y que trae de vuelta a la familia Winshaw, la engreída y poderosamente cruel familia que acabó despedazada al final de la altamente degustable ¡Menudo reparto!, sátira que radiografiaba la Inglaterra de los 80. «Creo que existen ciertos elementos comunes entre la Inglaterra de los 80 y la que hemos vivido los últimos cuatro o cinco años, y quizá por eso quise recuperar a la familia Winshaw. Es algo que hago todo el tiempo. Volver a utilizar personajes que ya he creado. Me divierte. En este caso resultó ser todo un reto», cuenta.

Pero, veamos: ¿qué pasa exactamente en El número 11? Empecemos, como diría una de sus protagonistas, Rachel Wells, por el principio. Y lo primero que podemos decir de ella es que no es una novela convencional, sino, como mencionábamos, cinco fábulas que construyen, a su juguetona manera, una novela que el lector debe encargarse de ensamblar. En todas ellas hay referencias a hechos del pasado -como en toda novela de Coe, pues cada una de ellas no es otra cosa que, en cierto sentido, pura indagación nostálgica-, a veces lejano -los 60- a veces cercano -la infancia, a principios de los 2000, de algunos personajes-, y a la situación política. Ya la protagonice un detective experto en detectar culpables en función de aquello que les rodea -«para resolver un crimen inglés, cometido por un criminal inglés», opina el personaje en cuestión, «hay que entender Inglaterra»- o una estudiosa de la 'monetización' del miedo que podría llegar a calcular cuántos ingresos le supone a Escocia anualmente el contar con un misterio como el del monstruo del Lago Ness, el pasado y la política, o la confrontación entre el pasado político y la seguridad que aportaba del Estado del Bienestar, y la incertidumbre del precario presente, están por todas partes. Y no es casualidad. Por algo la consideran una novela 'pre-Brexit', que, en cierto sentido, explica y anticipa lo que pasó en junio del año pasado. «También es una novela post-crisis», añade Coe. No hay más que echarle un vistazo al personaje de Val Doubleday, la cantante venida a menos que acaba 'de relleno' en un 'reality' de famosos, para descubrir que nadie puede jurar que jamás tocará fondo.

En la primera de las historias, se presenta a dos amigas, Rachel y Alison, enfrentándose a un rito de paso, un misterio, con claras referencias 'hitchcockianas', y, durante el resto de la novela se mencionan películas de terror, y clásicos de Serie B, y sus guiños al género -de todo tipo- son constantes. ¿Por qué?

En el caso de esa primera historia, diré que es una mezcla de dos cosas que me impactaron profundamente cuando no era más que un niño. Por un lado, las historias de Enid Blyton, que fue la primera escritora que leí de forma compulsiva, y, por otro, la primera película que me hizo pasar verdadero miedo: Psicosis. Pero es cierto que durante toda la novela hay guiños a otras películas de terror, y a otros géneros. Lo cierto es que me he divertido muchísimo escribiéndola. Y de ella diría que es mi novela más posmoderna. Empieza con una cita a otra de mis novelas, lo cual ya es una especie de juego.

A uno de los personajes de esa primera fábula le obsesiona sobremanera la muerte de David Kelly, el experto en armas de destrucción masiva que formó parte del gobierno británico durante la Guerra de Irak, ¿fue su muerte un punto de inflexión?

Sí, sin duda. Como país, se nos metió en una guerra sin contarnos la verdad, y ese fue el inicio del desenamoramiento del país respecto a Tony Blair, el inicio de la pérdida de confianza en la clase política, y el momento en que empezó a tratarse a la política de forma cínica.

De ese cinismo se habla en la novela, pero también se habla del humor. Y de cómo el humor político podría ser contraproducente. Porque si sentimos rabia respecto a la situación política en la que nos encontramos, una rabia que debería llevarnos a la acción, si la convertimos en risa, la disipamos, y no actuamos, ¿cree que el humor político es contraproducente?

Cuando la situación política es tan grave, ¿es adecuado reírse de ella? ¿Nos libera, o es una reacción perezosa? ¿El mundo es demasiado absurdo y no podemos hacer nada contra él y por eso mejor no tomarse ninguna molestia? No hay una tesis clara en el libro. Quiero invitar al lector a pensar sobre ello. Pero podría decirse que nos podemos reír a pesar de la política, no de ella ni con ella. Y en cualquier caso, podría decir que esta es una novela política, sí, sobre el miedo, la nostalgia y la injusticia, y también que esas tres cosas juntas han cristalizado en el 'brexit'.

Es cierto que la nostalgia es el motor de su producción. En todas sus novelas hay al menos un personaje en extremo nostálgico, pero en ninguna como ésta, el personaje llega tan lejos, con el único fin de recuperar una supuesta mini-película que vio con cinco años, una tarde de invierno, en casa, ¿padece usted esa nostalgia compulsiva que padece Roger y que padecen algunos de sus personajes?

Sí, de hecho, Roger es mi segundo nombre. En parte, en todos mis libros, he tratado de buscar el origen de esa nostalgia, y en cada uno de ellos he llegado a algún tipo de conclusión o he apuntado en alguna dirección, pero creo que es en éste cuando realmente llego a la conclusión más evidente de lo que me pasa, lo que nos pasa, a los nostálgicos. Y podría decir que en buena parte, el 'brexit' y la elección de Donald Trump en Estados Unidos es algo nostálgico. Que la nostalgia nos llevó al 'brexit' y a Donald Trump. La sociedad occidental, o buena parte de ella, cree que en el pasado todo era mejor, más simple, y trata desesperadamente de volver a ese pasado -de ahí lo de 'Make America Great Again' de Trump, sin ir más lejos-. En el caso de Inglaterra, se quiere volver a la época en la que el país era más fuerte y estaba más seguro de sí mismo, sin importarle que, por ejemplo, para las mujeres y las minorías, la vida sea mucho mejor ahora.

Volviendo a Roger, ¿diría que la nostalgia es uno de sus grandes temas?

Sin duda. Mis 11 novelas mantienen un diálogo con el tema de la nostalgia. Es un problema que tienen prácticamente todos mis protagonistas masculinos. Y es porque es una de mis obsesiones. Recuerdo que cuando era niño ya era nostálgico. A los 11 años tenía nostalgia de los ocho. Y he llegado a la conclusión de que todo tiene que ver con tratar de encontrar un patrón en la vida, crear un orden dentro del caos, buscar sentido y continuidad. Escribir novelas me ayuda, porque en el fondo no es otra cosa que dar sentido, y poner orden a partir de una realidad caótica.

Se menciona a H.G. Wells y a su relato La puerta en el muro, un clásico nostálgico, pero también El hombre invisible, y no por casualidad.

No, claro. En cierto sentido también es ésta una novela sobre la invisibilidad. Sobre los dos tipos de personas que se han vuelto invisibles en nuestra sociedad: los sumamente pobres, como el trabajador chino que aparece en la primera historia, y los sumamente ricos, como los Gunn, la familia que protagoniza la última historia. Los muy ricos utilizan todo su dinero para vivir junto a nosotros sin que nos demos cuenta. Y eso es algo absolutamente delirante. Todo lo que escribo sale de algo que me han contado o que he leído. Y he leído que muchos graduados en Oxford acaban trabajando para esas familias extremadamente ricas, como tutores de sus hijos. Y pasan de vivir en pisos compartidos a viajar en jets privados con el único fin de hacer que sus hijos parezcan niños 'normales'.

Y de chicos que piden préstamos para estudiar y acaban yendo de safari, a ex estrellas de la canción que acaban maltratadas en 'realitys' y al odio de las redes sociales. Ocurre en la segunda historia que, tras el paso de Val por una especie de Isla de los famosos, su hija es incapaz de echar un vistazo a 'twitter' sin ponerse tremendamente triste.

Las redes sociales han desatado algo muy potente, pero lo han desatado con tanta rapidez que no sabemos qué hacer con ello. Tenemos, de repente, un montón de opiniones sin filtro y sin sentido, porque la gente no se toma ni siquiera el tiempo necesario para autocensurarse. Pero en el caso de esa historia lo que me interesaba era atacar al 'reality' como formato, porque creo que es el formato más deshonesto que existe. Pretende mostrarnos la vida real, pero lo que nos muestra es una realidad distorsionada, editada, una obra de ficción. Una de las cosas más peligrosas del mundo que hemos creado es que hay gente creyéndose cualquier cosa que lee, porque consideran los periódicos fuentes menos fiables que cualquier otra fuente, y eso es producto de ese cinismo que se creó después de la Guerra de Irak. En un mundo así, estás siendo honesto si escribes ficción, porque hay un claro pacto entre el lector y el escritor, todo lo que leerá será inventado, nadie está engañando a nadie.

Una última curiosidad, ¿qué tiene contra los premios?

No me gustan, supongo que porque nunca he ganado ninguno. Por eso se me ocurrió crear un premio de premios. El Premio Winshaw que aparece en la novela. Debe entregarse al mejor premio entregado ese año. Me resultó ridículo mientras escribía. De hecho, intenté ser tan ridículo como pude. Y hace poco descubrí que se había creado un premio así en Inglaterra el año pasado. Así que la realidad siempre supera a la ficción. O llega antes que ella. ¿Lo mejor? Que están intentando contactar conmigo. Espero que sea para ofrecerme presentar la primera edición.


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