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Noticias / Inglaterra: La cárcel de Oscar Wilde

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Una galería de la prisión de Reading. (Foto: Eddie Keogh)

C iudad Juárez, Chihuahua. 6 de septiembre de 2016. (RanchoNEWS).- Reading, el penal en el que el escritor pasó sus peores días y donde compuso De profundis, tiene un futuro incierto. Mientras se decide, sus celdas acogen a artistas como Patti Smith, Colm Tóibín y Ai Weiwei, devotos, como Wilde, de la libertad. Benjamin G Rosado escribe para El Mundo.

Dos meses después de la publicación de El retrato de Dorian Grey, Oscar Wilde conoció a su «admirador número uno». La escena parece sacada de Misery y su desenlace no desmerece al Stephen King más macabro. Como era de esperar, Wilde se enamoró al instante de aquel joven (el futuro lord Alfred Douglas) que aseguraba haber leído su novela 14 veces seguidas. Pero al romance se opuso el padre del muchacho, el marqués de Queensberry, cuyas artimañas complicaron seriamente la reputación del poeta y dramaturgo. En cuestión de unos meses, Wilde pasó de ser venerado a perseguido por las autoridades, y en mayo de 1895 fue acusado de «conducta indecente y sodomía» y condenado a dos años de trabajos forzados en prisión.

Por primera vez en sus 170 años de historia, la cárcel de Reading donde cumplió condena el escritor irlandés abre sus puertas al público con motivo de una serie de exposiciones y lecturas en torno su figura. Una treintena de artistas y escritores participa en Inside: Artists and Writers in Reading Prison, que tiene tanto de homenaje a Wilde como de llamada a la reflexión sobre la experiencia de la reclusión y el aislamiento. «Un profesor de la Universidad de Reading se había enterado de que el Gobierno quería vender la prisión y nos invitó a conocer la celda en la que Wilde pasó sus días más tristes», cuenta en conversación con EL MUNDO Michael Morris, codirector del colectivo Artangel, promotora de la iniciativa. «El efecto sobrecogedor de aquel silencio nos animó a pedir los permisos necesarios para llevar a cabo una proyecto multidisciplinar».

Fue en la celda C.3-3 de Reading donde Wilde escribió De profundis, una larga y conmovedora epístola dirigida a Bosie (nombre en clave de Alfred) y, por lo tanto, llena de resentimiento y amor despechado, pero también de lucidez y valentía cuando reflexiona sobre la amoralidad del arte o describe las contradicciones de la sociedad victoriana de la época. «Wilde utiliza las 55.000 palabras de la carta para seguir el rastro de sí mismo a través del amor, la traición, el sufrimiento, el perdón, la soledad...», concede Morris. «Encerrado en su cubículo de la tercera planta, sólo puede asomarse al abismo de su propia existencia y describir lo que ve. Puede que nunca haya escrito bajo los efectos de un dolor tan intenso y desgarrador. Y quizá por eso De profundis y la Balada de la cárcel de Reading fueron su último legado». Cuatro años después de su paso por Reading, Wilde murió en París, solo y pobre.


La celda en la que el escritor pasó su reclusión. JUSTIN TALLIS

Cada domingo de septiembre y octubre De profundis será leída en la antigua capilla de la prisión por diferentes artistas, como la rockera Patti Smith, el actor Ralph Fiennes o el escritor irlandés Colm Tóibín. El domingo pasado, día de la inauguración, el dramaturgo Neil Bartlett hizo los honores en el transcurso de 6 horas y 9 minutos de lectura frente a las 650 personas congregadas en la cárcel de Reading para homenajear el escritor: «Después de una larga e infructuosa espera -comienza la misiva-, me he decidido a escribirte, y ello tanto en tu interés como en el mío, pues me repugna pensar que he pasado en la cárcel dos años interminables sin haber recibido de ti una sola línea, una noticia cualquiera: que nada he sabido de ti, fuera de aquello que había de serme doloroso (...)».

De profundis no será, en cualquier caso, la única carta a la que tengan acceso los visitantes de la exposición. El escritor norirlandés Danny Morrison y el artista chino Ai Weiwei, entre otros nueve participantes del proyecto Inside, han decidido compartir por escrito algunas de sus experiencias carcelarias. Weiwei, por ejemplo, explica a su hijo Ai Lau el motivo de su desaparición durante 81 días de 2011, cuando el pequeño tenía dos años: «Me sentí como un minero atrapado en una mina hundida, sin saber si alguien conocía mi paradero...», le escribió el disidente chino a su retoño.


Henry Bushnell, el amigo de Wilde en Reading. STEVE PARSONS

Otros artistas, como Doris Salcedo, Wolfgang Tillmans, Nan Goldin, Marlene Dumas, Steve McQueen y Robert Gober, abordan la soledad del cautiverio y el estigma de la homosexualidad en una colección de retratos, fotografías, vídeos y pinturas repartidos por las celdas y pasillos de esta institución del condado de Berkshire, al oeste de Londres. La única estancia que permanece inalterablemente vacía es la celda de Wilde. «Queremos que sean los propios visitantes quienes llenen ese espacio con sus propias meditaciones», explica Morris. Cuando se inauguró, en 1844, Reading fue una prisión modelo. «No sólo por su estructura arquitectónica en forma de cruz sino por el novedoso régimen de aislamiento de los reos, que tenían prohibido hablar e incluso intercambiar miradas».

Aquello no impidió que Wilde entablara amistad (y quizá algo más) con algunos convictos. En sus cartas a su fiel amigo Harry Elvin, Wilde se confiesa atraído por un joven recluso, el ratero Henry Bushnell (cuya identidad fue descubierta recientemente), y da cuenta de su amistad con Charles Thomas Wooldridge (que murió en la horca por asesinar a su mujer) y Arthur Cruttenden (un militar con tendencia a meterse en líos cada vez que pisaba un corcho). Tres años después de abandonar la cárcel, y convertido ya en un escritor maldito, Wilde condensaría en una frase lapidaria la razón de su existencia: «He puesto toda mi genialidad en mi vida; en mis obras sólo está mi talento».

Alcoholizado y sin dinero, Wilde vagabundeó durante meses por las casas de su amigos en Francia, y en algún momento encontró tiempo para escribir la Balada de la cárcel de Reading, un melancólico canto de cisne sobre la añoranza de la vida en libertad. Sin embargo, sus versos más famosos están inspirados en la sentencia a muerte de su compañero Wooldridge: «Aunque todos los hombres matan lo que aman,/ que lo oiga todo el mundo,/ unos lo hacen con una mirada amarga, otros con una palabra zalamera;/ el cobarde con un beso,/ ¡el valiente con una espada!».


El escritor Oscar Wilde, al llegar a Estados Unidos, a los 26 años. BETTMAN

Reading puso fin al dandismo y a la vida disoluta de un hombre que no cometió más pecado que el de sucumbir a su propia genialidad. «Antes de su ingreso en prisión -continúa Morris-, Wilde era un bon vivant, un hombre entregado a los placeres de la vida que puso todo su talento al servicio de la belleza. Una vez en Reading, su escritura adquiere un nuevo significado, más profundo y espiritual, como si el dolor le permitiera alcanzar nuevas cotas de inspiración». Así lo pone de manifiesto en la que quizá sea la frase más impactante y esclarecedora de De profundis: «El vicio supremo es la superficialidad».

Hace tres años que la cárcel Reading expulsó a sus últimos convictos, pero sus celdas aún conservan las literas, el escritorio, dos sillas contra la pared y un inodoro oculto a la vista. El futuro de la prisión, que ha sido declarada monumento histórico, es incierto, aunque el Ministerio de Justicia británico ha prohibido su demolición. Cualesquiera que sean los planes de la promotora inmobiliaria, que pondrá a la venta el edificio el próximo 1 de noviembre, se deberá conservar la arquitectura victoriana sin ahuyentar al fantasma de Wilde, que escribió en su celda: «Donde hay dolor hay un lugar sagrado».


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