Rancho Las Voces: Cine / Entrevista a Arnaud Desplechin

Cine / Entrevista a Arnaud Desplechin

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Arnaud Desplechin durante el rodaje de Tres recuerdos de mi juventud. (Foto: Archivo)

C iudad Juárez, Chihuahua. 27 de mayo de 2016. (RanchoNEWS).- Siempre ha sido el heredero natural de François Truffaut. Del mismo modo que el legendario autor francés tuvo a su alter ego en la figura de Antoine Doinel, Desplechin se ha transmutado en Paul Dedalus, personaje al que retrató por primera vez en su tercera película, Cómo me disputé mi vida sexual (1996) en la que veíamos su etapa universitaria, enamorado de su novia de toda la vida del pueblo pero sin poder resistir la tentación de dejarse seducir por las sofisticadas parisinas. Juan Sardá lo entrevista para El Cultural.

Veinte años después de aquel filme, Dedalus (apellido de evidentes connotaciones literarias pues es el mismo del protagonista de El retrato del artista adolescente de James Joyce) sigue siendo joven y Desplechin nos quiere contar lo que no vimos en aquella película. Empieza por una infancia marcada por el suicidio de la madre y la cólera del padre y sigue con los primeros escarceos con la eterna Esther. Termina con la encendida correspondencia que comparten los dos amantes cuando el destino los separa.

Ganador del César al mejor director por este filme, a pesar de su posición de privilegio en el parnorama del cine francés, Desplechin solo ha estrenado dos películas en nuestro país, Reyes y reina (2004) y la muy aclamada por la crítica Un cuento de Navidad (2008). El director habla con El Cultural mientras ejerce como jurado del Festival de Cannes, una experiencia que considera «apasionante» porque le ha devuelto a sus tiempos de estudiante. «Es fantástico ver películas y después discutirlas con los compañeros», explica.

La primera pregunta parece evidente. ¿Son Cómo me disputé mi vida sexual y esta Tres recuerdos de juventud autobiográficas?

¡No! Mi vida ha sido mucho más aburrida. Mi madre está viva y yo nunca he estado en Minsk aunque mis hermanos sí hicieron ese viaje, así que hasta cierto punto la película cuenta las aventuras que me hubiera gustado tener y no tuve. Lo que sí me gusta es que el espectador tenga la impresión de que ha visto algo personal. Los hechos no coinciden con los de mi vida pero las emociones sí son sinceras. La película cuenta mis sentimientos.

Vemos a un héroe romántico con ese apellido extraído de la novela de Joyce. ¿Buscaba el clasicismo?

Lo veo como un personaje de Stendhal, un chico demasiado prudente que cambia totalmente cuando se enamora y comienza a sentirse vivo. El amor es una fuerza que lo despierta a la vida pero también se convierte en una enfermedad del corazón. Tiene algo de antropólogo porque es alguien que se estudia... Los jóvenes actores interpretaban ese apellido como  «dedal» y para ellos tenía todo el sentido porque está perdido como un dedal.

 Cultiva una especie de realismo naíf con algún detalle mágico que recuerda a Fanny y Alexander de Bergman. ¿Fue una influencia?

Totalmente. Vi esa película en el cine cuando era un adolescente y sigue siendo una de las experiencias más importantes de mi vida. Mi primer filme, La vie des morts (1991) roba muchísimas cosas y desde entonces nuna ha dejado de nutrirme. Siempre digo que fue ese título el que me hizo convertirme en director de cine. Toda la base de las historias generacionales viene de allí.

La huella más obvia es la de Truffaut. ¿Lo considera su maestro?

Truffaut dio el mejor consejo de estilo que jamás he escuchado. Hay que filmar como si tuvieras 40 de fiebre. Y eso es lo que yo hago.

 Cada una de las tres historias tiene su propia estética. ¿Cómo las preparó?

Me gusta el cine de género y de hecho creo que todo el cine es de género. Entiendo que las películas realistas deben ser realistas y los westerns, westerns. Yo le decía al equipo que tenemos que ir hasta el fondo para lograrlo. En la pequeña parte en la que entramos dentro del terreno del cine de espías, tenía que tener un aire absolutamente reconocible de cine de guerra fría. Cada parte tiene su propio estilo. La primera es cine poético, después tenemos una historia de iniciación clásica y allí el referente es Coppola. Al final, se convierte en una película epistolaria. Me gusta que sean tan distintas y que no peguen demasiado bien. El reto es que cada una sea brutal a su manera y que no se pierda de vista que estamos explicando un solo viaje. Por eso hay una sola canción que suena todo el rato.

Es curioso ese inicio a lo James Bond. La película cambia en seguida de tono.

Quiero que haya un juego y dar pistas falsas. En este filme hablo sobre la identidad y no me gusta que las cosas sean demasiado evidentes o que se conviertan en discursivas. Esa pequeña trama de cine negro nos mete de lleno en ese asunto de la identidad. ¿He sido buena persona o no? Y lo hace con una narración.

Ese amor de Paul por Esther «más grande que la vida» nos sorprende. ¿Quería hacer una película romántica?

Más que romántica es novelesca. Hay algo ligero, no está planteada como una tragedia y aunque los personajes son celosos lo son de una manera pintoresca. Vemos el mundo de Paul pero también el mundo que le rodea, no quería quedarme solo en su retrato porque las vidas de los demás forman parte de la nuestra.

El Paul Dedalus de 50 años es un hombre muy solo y un poco triste. ¿Cómo lo ve?

Hay un juego de equivalencias. Cuando es adolescente es un chico muy serio y de mayor se permite la rabia de la adolescencia que no se autorizó de joven. Con la profesora también vive el duelo por su madre que no tuvo en su momento. Es alguien que vive como un perpetuo exiliado.

Dice una frase que impacta: «Toda mi vida me he preguntado si he sido lo suficientemente bueno para Esther».

Me inclino de rodillas ante Mathieu Amalric por la verdad que le da a esa escena. No puedo ver ese momento sin echarme a llorar. Cuando él la conoce ella es una mujer fuerte y el amor la hace vulnerable. Esa frase resume toda la película.


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