Rancho Las Voces

sábado, marzo 29, 2014

Textos / Juan Cruz: «En el desnudo y poético mundo de Octavio Paz»

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El escritor Octavio Paz, en 1996. (Foto: Gorka Lejarcegi)

C iudad Juárez, Chihuahua. 29 de marzo de 2014. (RanchoNEWS).- Un viaje a la obra del escritor por Libertad bajo palabra, El ogro filantrópico, La llama doble y Conjunciones y disyunciones. Texto de Juan Cruz publicado en El País:

Abro algunos libros de Paz. Esperan él y la perfección, su manera de manifestarse en el mundo. Ojos azules, camisas azules, las manos tranquilas pasando páginas como quien vara olas. De los libros se sale sabiendo más; él entraba como el sumo hacedor mexicano de palabras que eran mundos. El mundo de Paz, perfecto y desnudo. Apetito de Paz. Se sale con sosiego. Y con una certeza: su estilo era la inteligencia del estilo.

Libertad bajo palabra. Aspiraba a Dios, a serlo. «Invento la víspera, la noche, el día siguiente que se levanta en su lecho de piedra y recorre con ojos límpidos un mundo penosamente soñado». Inventaba la quemadura y el aullido, «la masturbación en las letrinas»; el ramalazo surrealista, que compartió, está aquí combinado con la inteligencia; para hacer poesía se necesita intuición y cabreo, imagen. «Cierra los ojos y a obscuras piérdete/ bajo el follaje de tus párpados». Es, a la vez, palabra y arquitectura, sonido de la escultura que Paz va despertando y que habita en el interior de las palabras. «Húndete en esas espirales/ del sonido que zumba y cae/ y suena allá, remoto,/ hacia el sitio del tímpano, como una catarata ensordecida». Es un manifiesto, como su silencio a veces, los ojos azules escrutando al otro, poniéndolo contra las cuerdas de su música: «Contra el silencio y el bullicio invento la Palabra, libertad que se inventa y me inventa cada día». Mayúscula Palabra, como Paz y como Poeta.

El ogro filantrópico. Nada es casual, en este libro de retales tampoco; era minucioso y preciso, como un viejo pintor. Este libro es la recopilación de una idea, suelta en muchísimos textos sueltos: el Estado es un ogro que te quiere pero te engulle, te anula. Al frente puso Paz esta frase de Juan Ruiz de Alarcón (Los favores del mundo): «Es tirano fuero injusto/ Dar a la razón de Estado/ Jurisdicción sobre el gusto». Libertad poética, libertad política, cuidado con el ogro filantrópico, alerta Paz. Es el siglo XX su escenario, y él avienta ahí la experiencia de la guerra que vivió (la del mundo, la de España), la ascensión de los fascismos y su perenne acechanza. Cuando se iba acercando el fin del milenio, en España nos volvió a alertar, en 1991: la primacía del Estado taponará la esperanza de la libertad del individuo. Su malestar incluía los comunismos; cada vez se hizo más individual su situación de poeta, el poeta en su rincón, mirando asombrado que tampoco el arte podía con el tiempo. Este es, quizá, su manifiesto político más importante sobre su concepto de la libertad. «La prueba de la libertad no es filosófica sino existencial: hay libertad cada vez que hay un hombre libre, cada vez que un hombre se atreve a decir No al poder. No nacemos libres: la libertad es una conquista —y más: una invención». Y para apuntalar esa convicción elige «dos líneas de Ifigenia cruel, el poema dramático del olvidado y negado Alfonso Reyes…». Esas líneas son: «Llévate entre las manos, cogida por tu ingenio,/ Estas dos conchas huecas de palabras: No quiero». Es, quizá, la doble línea de la que parte la propia propuesta intelectual de Paz: No quiero. A partir de ahí monta la construcción de su poesía, y de ahí proviene la calidad de su ensayo. Nunca es sobre un asunto solo, confluye y diverge, es una excursión perpetua de su inteligencia. Y El ogro filantrópico es donde está mejor señalado ese territorio en el que marca su disgusto y su preferencia. Hoy podríamos poner en un espejo (el espejo de Paz) el final de este libro: «¿Por qué no poner en entredicho los proyectos ruinosos que nos han llevado a la desolación que es el mundo moderno y diseñar otro proyecto, más humilde pero más humano y más justo?». Porque nos devoró el ogro.

La llama doble. Su mirada azul era pícara también, y sensual. Aunque los velos de su personalidad no alentaban la autobiografía, aquí contó, en 1993, que casi todo nace del enamoramiento. Del suyo también. Enamorarse cambia la vida, la sitúa en el extremo del misterio, al que acude otro, para apagar la llama, o para avivarla. «El fuego original y primordial, la sexualidad levanta la llama roja del erotismo y ésta, a su vez, sostiene y alza otra llama, azul y trémula: la del amor. Erotismo y amor: la llama doble de la vida». Aquí están los ensayos que proclaman su relación con ese misterio, el amor por el otro, el erotismo y su parte menos imperiosa, el camino hacia la caricia, el impulso. No es Neruda, claro, su poesía es el tránsito de la inteligencia hacia la inspiración, pero del amor (se cuenta en La llama doble) nace casi todo lo que él entiende de su alma de poeta que no entiende: la poesía es la pregunta del misterio, porque, como el enamorado, pregunta al espejo, o al otro: «¿Quién eres?». Este conjunto de ensayos representa a Paz en la madurez de sus reflexiones, cuando ya mezcla la tenue autobiografía y los sentimientos de la inteligencia; es, en prosa, la continuación de su poesía. «Las palabras no dicen las mismas cosas que en la prosa; el poema no aspira ya a decir sino a ser. La poesía pone entre paréntesis a la comunicación como el erotismo a la reproducción». Si quieren tocar al poeta y no quieren abrasarse con sus versos, vayan a La llama doble.Lo hallarán sosegado, y enamorado aún.

Conjunciones y disyunciones. Este es un libro de 1969, por tantas razones (políticas, biográficas) esencial en la vida de Paz, expulsado por su propio deseo de la diplomacia y de la India, dedicado ya a ser más que nunca Paz, en la recta hacia la perfección, y también a perderse, lúcido, en el laberinto de la soledad. Un amigo, Armando Jiménez, le pidió que escribiese el prólogo de su libro Nueva picardía mexicana… «Acepté y no había escrito sino unas cuantas páginas cuando me di cuenta de que, en lugar de ceñirme al tema…». Total, que Paz escribió un libro a partir de la idea de Jiménez y a partir, cómo no, de la idea de la picaresca, que fue alimento de su literatura y que, como queda reseñado más arriba, se residenció también en sus ojos, en la mirada juvenil y alerta que lo acompañó siempre. A lo que asiste uno en este libro, aparte de compartir el espectáculo de su interpretación de tan lejana como presente circunstancia humana de la literatura, la picaresca, es al milagro que obra la inteligencia de Paz sobre los asuntos que se le proponen: el Estado, sus inconsecuencias, da de sí un manifiesto literario de la envergadura de El ogro filantrópico… Y la picaresca (la sola palabra picaresca) de pronto lo pone delante del folio como si se activara en su inteligencia un mecanismo incontenible, el de su estilo. La cultura de Paz no tiene muro, jamás le puso puertas al campo. Lo que sorprende no es que lo que se le ocurre. Lo que sorprende es que haya ocurrido Paz, esta inteligencia.



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Textos / Octavio Paz: «Un animal que imagina»

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El Nobel mexicano. (Foto: Archivo)

C iudad Juárez, Chihuahua. 29 de marzo de 2014. (RanchoNEWS).- Paz dictó en 1975 seis conferencias, nunca publicadas, en las que analizó su idea de la literatura. Reproducimos este extracto en la que el Nobel mexicano dedicó a la relación entre poesía y progreso,  publicado por El País:

Estas lecturas retrospectivas han provocado en mí emociones y sentimientos contradictorios: simpatía y repulsión, por el que yo fui; aprobación y disgusto, por lo que escribí. El asentimiento y la negación conviven y batallan en mi interior. Así, no puedo ni siquiera juzgarme. No me condeno ni tampoco me absuelvo. Me limito a verme y, para decir la verdad, a soportarme. No obstante, en la medida que puedo ser objetivo, que es muy pequeña, advierto que cambio y continuidad son dos notas constantes en mis trabajos poéticos, dos polos, dos extremos contrarios que me han atraído desde que comencé a escribir. Siempre me ha interesado y, más, me ha apasionado, la experimentación y la exploración de formas y territorios poéticos poco conocidos, nuevos. Desde este punto de vista mi poesía se inscribe dentro de la tradición de la literatura moderna, que es una literatura de exploración y de invención.

He procurado definir esta tradición en varios trabajos críticos, especialmente en Los hijos del limo, un libro que lleva por subtítulo ‘Del Romanticismo a la vanguardia’. Esa tradición puede caracterizarse como una serie de rupturas con el pasado y una serie de tentativas por crear un arte nuevo, distinto y único. La antigua estética se fundaba en la imitación de los modelos de la Antigüedad clásica, la moderna, desde el siglo XVIII para acá, en la búsqueda de una nueva belleza. Pero tal vez estamos al final de este periodo y vivimos en el ocaso de la vanguardia. Sea como sea, en mi caso, la exploración de formas poéticas, de nuevas formas, ha coincidido siempre con el amor y el cultivo de las formas tradicionales, del soneto y el endecasílabo, al poema breve en metros cortos. Pero el cambio y la continuidad no solo se entrelazan en las formas poéticas que he frecuentado sino también en los temas y en la sustancia misma de lo que he escrito.

Mi primer libro, Raíz del hombre, fue, hasta cierto punto, una ruptura con la poesía que se escribía por aquellos días en México. Pero el sentido peculiar de esta ruptura se me escapó a mí mismo. En cambio, no se le escapó a Jorge Cuesta, como se ve en la pequeña nota que dedicó a mi libro. Raíz del hombre es un libro torpe, lleno de repeticiones, ingenuidades, faltas de gusto, un libro que me avergüenza haber escrito. Asimismo es un libro que siento mío, no por lo que dice sino por lo que quiere decir y no llega a decir. El movimiento que impulsa cada línea no es hacia fuera sino hacia dentro. No es una búsqueda de nuevas formas, de la novedad, sino una tentativa fallida, es verdad, por volver a la fuente original primordial. La palabra sangre aparece en cada poema con una insistencia obsesiva, monótona. Me parecía en esos días de mi adolescencia una suerte de emblema mágico. El abanico de sus significaciones se resolvía en una: la sangre designaba para mí el mundo del origen, el mundo del principio, la vida elemental, la verdadera vida, en suma. Era una verdadera constelación de significados. Venía, por una parte, del novelista inglés D. H. Lawrence, que yo leí mucho en mi primera juventud. Venía también del poeta alemán Novalis para el que la sangre tiene un valor, una significación mística, a la vez corporal y espiritual. Confluían con esas ideas las visiones del mundo precolombino, especialmente la visión azteca con su creencia en la sangre como una sustancia mágica que ponía en movimiento al cosmos y que era el alimento sagrado de los dioses. Por último, la palabra, y sus oscuras asociaciones, venía de mí, de la parte más honda de mi ser. Pronto abandoné esa palabra como un gastado talismán verbal, pero el subsuelo psíquico en el que, como una verdadera raíz —raíz del hombre—, se hundía, permaneció intacto. Era y es el fondo, el sustento de mi poesía, la sustancia que la alimenta.

En uno de mis primeros trabajos críticos Poesía de soledad y poesía de comunión (1942) vuelvo a este tema aunque desde una perspectiva ligeramente distinta. Comparo el amor con la poesía y digo: «En el amor, la pareja intenta participar otra vez en ese estado en el que la muerte y la vida, la necesidad y la satisfacción, el sueño y el acto, la palabra y la imagen, el tiempo y el espacio, el fruto y los labios, se confunden en una sola realidad. Los amantes defienden asustados, cada vez más antiguos y desnudos. Rescatan al animal humillado y al vegetal somnoliento, que viven en cada uno de nosotros. Y tienen el presentimiento de la pura energía que mueve al universo y de la inercia en que se transforma el vértigo de esa energía». En aquella época yo no había leído a Breton. Más tarde, me encontré que él dice algo parecido, lo dijo antes de mí, pero esta coincidencia fue absolutamente una coincidencia.

En otro pasaje del mismo texto de 1942: «El amor es nostalgia de nuestro origen, oscuro movimiento del hombre hacia su raíz, hacia su nacimiento. En cada hombre y en cada mujer —diría hoy— están todos los mundos y, también, todos los tiempos. El amor es la tentativa por volver a la unidad original o, al menos, por vislumbrarla». Podría multiplicar las citas, pero me limitaré a señalar que unos años después, en El laberinto de la soledad reaparece esta idea. Todo en la vida moderna tiende a hacer de nosotros sus expulsados de la vida, pero también todo en nuestro interior nos impulsa a volver, a descender al mundo de donde fuimos arrancados. Si le pedimos al amor que siendo deseo, es hambre de comunión, es hambre de caer y de morir tanto como de vivir y de nacer, le pedimos al amor que nos dé un pedazo de vida verdadera, un pedazo de muerte verdadera. Y más tarde, en El arco y la lira, quizá con mayor claridad, digo: «El impulso de regreso es la fuerza de gravedad del amor, la persona amada nos exalta, nos hace salir fuera de nosotros y, simultáneamente, nos hace volver a nosotros, nos hace volver a ser. La amada —dice el poeta español Antonio Machado— es una con el amante, no en el término del proceso erótico, sino en su principio, y acierta doblemente. La amada es una con el amado y la amada con el amado en dos modos simultáneos, como presentimiento y como recuerdo: el presentimiento de la unidad deseada es al mismo tiempo un recuerdo de aquella unidad original perdida, verdadera subversión del tiempo lineal, lo que recordamos es aquello que presentimos, en la poesía y en el amor, también en otras experiencias, como las experiencias de la vida contemplativa, y en estas, quizá con mayor fuerza y nitidez, el hombre regresa a sí mismo, y ese regreso es una recuperación de la unidad original. No regresamos a nuestro pobre yo, sino al otro, o mejor dicho, a lo otro». En suma, siempre he creído —confieso que hablo de mis creencias y no de mis ideas— que la conciencia poética es la revelación de nuestra condición original, y que esa condición no es solo otra situación, como diría un filósofo moderno, un ser esto o aquello, sino un con estar, un ser con alguien y con algo. Ese algo es lo que llamamos «el mundo» o «el cosmos» o «el universo»: no aquello en que estamos sino aquello con lo que estamos. La poesía, una vez más, nos lanza fuera de nosotros mismos hacia lo desconocido. Es una exploración y una búsqueda de lo nuevo. Al mismo tiempo, es una vuelta, un recordar, un volver a ser, un volver al ser.

La segunda sección de Ladera este se llama ‘Hacia el comienzo’. El título corresponde a las creencias y preocupaciones que acabo de enunciar. Lo mismo sucede con los poemas. En estos poemas la vida anterior, en el sentido que Baudelaire daba a esta expresión, regresa. Es decir, es la vida del comienzo. Pero quizá «vida anterior» es una expresión imperfecta como lo es «la vida futura». Ambas expresiones son hijas del tiempo lineal, sucesivo, en que el ayer está antes del hoy y el hoy antes del mañana. En el tiempo del amor como en el tiempo de la poesía, por supuesto, y también y sobre todo, en el tiempo de los contemplativos, participamos en una verdadera conjunción. Ayer, hoy y mañana se resuelven en una presencia. Durante un instante o un siglo esta experiencia nos hace ver o vislumbrar, en el cambio la identidad y la permanencia en el transcurrir. No me extenderé en esta paradoja porque creo que es realmente indecible, indemostrable. Es un desafío al lenguaje y a la razón. Solo el arte y la poesía, en contadas ocasiones pueden expresarlo, pero todos nosotros, sin excepción, aunque casi siempre hemos olvidado esa experiencia, que generalmente se sitúa en la infancia y en la adolescencia, hemos vivido por un instante esta conjunción de los tiempos. Y aquí vale la pena subrayar que se trata de una concepción y una experiencia que contradicen la concepción central de la época moderna. Desde hace tres siglos, primero los pueblos de Occidente y ahora el planeta entero creen en la historia como un avance continuo, salvo unos cuantos grupos marginales dispersos aquí y allá (por ejemplo, núcleos de supervivientes de los llamados «primitivos» y grupos de civilizados disidentes decepcionados de los espejismos de las sociedades modernas), la inmensa mayoría de nuestros contemporáneos adora el futuro. Para casi todos nosotros no es el pasado sino el futuro el que será mejor. En esto coinciden tirios y troyanos, capitalistas y comunistas. El culto al progreso es la creencia básica del hombre moderno. Esta creencia no sé si llamarla «subreligión» o «superstición» se opone a una de las tendencias centrales del hombre, tal como la revelan la poesía, el amor y la contemplación. Se ha definido al hombre como un animal o un ser que fabrica útiles, Homo faber.

Se le ha definido como un animal racional, como un animal político, o bien, como un producto de la historia cuya conciencia está determinada por las fuerzas sociales de producción. Las definiciones son muchas y casi todas ellas son probablemente ciertas. Ninguna de ellas es además incompatible con la idea del progreso. Pero el hombre, también, es un ser que desea y, porque desea, es un ser que imagina. Su imaginar es el presentir. Es un presentir que es un recordar, que es una exploración de lo desconocido que es, asimismo, una búsqueda del origen. Pues bien, como ser de deseos, como ser que desea, como ser que fabrica imágenes de su deseo que son un presentir, que son también un recordar, el hombre no es un sujeto de progreso sino de regreso. No quiere ir más allá, sino quiere volver hacia sí mismo. Por eso, frente al culto público al progreso ha existido, desde el periodo romántico, el culto secreto, casi clandestino, y contra la corriente, a la poesía. Una de las heterodoxias del mundo moderno, desde hace dos siglos, ha sido la poesía. La poesía y el arte sucesivamente expulsados y, después, hipócritamente consagrados por los poderes sociales.

Otra de las transgresiones de las sociedades modernas ha sido el amor. Ambos, amor y poesía son experiencias no productivas, son antiproductivas, y han sido y son negaciones del mundo moderno. Apenas necesito aclarar que yo llamo «amor» nada tiene que ver con la revolución erótica o con la revolución sexual. Yo no estoy en contra de la libertad sexual, pero el amor es otra cosa. El amor no es ni una higiene ni una política. Es amor es un destino, una vocación, una pasión, como quieran llamarlo ustedes, pero no una pedagogía. Pero todo ha cambiado. En los últimos años hemos oído muchas voces de alarma que nos anuncian catástrofes inminentes y universales. Unos denuncian el excesivo crecimiento de la especie humana y sus previsibles consecuencias, dictaduras, hambres, guerras; otros nos advierten que los recursos naturales son limitados como se ve ya en la crisis de los energéticos; otros más hablan de la contaminación del aire y del agua, del calentamiento excesivo de la atmósfera o de la amenaza atómica. Lo más notable es que todos estos vaticinios pesimistas vienen de las universidades y los institutos que hace apenas unos años, todavía, eran las fortalezas intelectuales de la creencia en un progreso basado en los avances de la ciencia y la técnica. Hoy la creencia en el progreso continuo e infinito se bambolea. No digo que sea falsa, digo que se bambolea. Sus sacerdotes, los científicos y los técnicos han dejado de creer en esta divinidad abstracta inventada por los filósofos del siglo XVIII y del XIX. «Pero si dejamos de creer en el progreso, ¿en qué vamos a creer?», se preguntan muchos. Aquí los poetas, en el sentido más amplio de la palabra poeta, es decir, los hacedores de formas y de imágenes, desde los novelistas y escritores de imaginación hasta los pintores y los músicos, tienen algo que decir. Fueron los guardianes de un culto clandestino y marginal. Ahora pueden ofrecer una respuesta al progreso, el regreso. (…)


Extracto de la conferencia dictada por Octavio Paz en el Colegio Nacional de México el 18 de marzo de 1975. Forma parte del volumen que la editorial Atalanta publicará en España con el título de Octavio Paz. Itinerario poético.


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viernes, marzo 28, 2014

Cine / Entrevista a Pawel Pawlikowski

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«Vivimos en la apoteosis del narcisismo».  (Foto: Archivo)

C iudad Juárez, Chihuahua. 28 de marzo de 2014. (RanchoNEWS).- Ganadora del Festival de Gijón, Ida se ha convertido en un fenómeno tanto en Polonia como fuera de sus fronteras. A partir de la relación de una novicia y su tía comunista en la Polonia de los años 60, Pawel Pawlikowski ofrece una lección de cine, en el que confluyen historia, emoción y belleza. El cineasta explica en entrevista de Juan Sardá para El Cultural cómo concibió el filme y la polémica generada.

Con su quinta película, la deslumbrante Ida, Pawel Pawlikowski (Varsovia, 1957) se ha convertido en una máquina de demolición de los festivales a los que se presenta. En Gijón se llevó seis premios (incluyendo mejor película, guión y actriz), y también el de la crítica en Toronto, además de arrasar en los premios que concede la academia de su país. Ida narra la historia en blanco y negro de una novicia que abandona unos días el convento en el que ha crecido para conocer a su tía, su única familia, antes de jurar los votos. La película se desarrolla en los años 60, una época de cierta apertura en el opresivo régimen comunista que gobernaba el país. Ida descubrirá entonces el mundo y conocerá por fin sus orígenes judíos así como a su propia tía, la magnética Wanda, una mujer traumatizada por el Holocausto en el que murió toda su familia. Alcohólica, promiscua y sofisticada, la oposición de caracteres entre estas dos mujeres sirve a Pawlikowski para crear una fascinante metáfora sobre el eterno conflicto entre Apolo y Dionisio y reflexionar sobre la importancia de las raíces.

En Ida profundiza en el asunto de la identidad para llegar a conclusiones audaces. ¿Es más importante lo que hemos vivido o nuestros orígenes?

La identidad de Ida está definida por su fe y no es superficial. Su fe cambia en la película pero nunca la pierde. Lo que descubre fuera del convento la trastorna, pero se mantiene firme en quién es. También vemos cómo de alguna manera se enamora de su tía porque siente fascinación por un tipo de vida que no tiene nada que ver con lo que conoce. Pero no se deja perder. La fórmula habitual cuando vemos historias de monjas que por fin salen al mundo es que terminan renegando de lo que han conocido. Este no es el caso. Hay personas que tienen un sentido de la fe muy fuerte. Yo las envidio.

Ahora vivimos en un mundo que parece ir en la dirección contraria a una vida religiosa...

Vivimos en la apoteosis de un narcisismo que se ha convertido en ideología. Lo más importante somos nosotros, nuestro descubrimiento, nuestros sentidos. Ida no siente que ella misma sea el centro del universo. El mundo de hoy está lleno de ruido y yo quería que la película fuese como una huída a otro universo. Quería reflejar algo más simple con un lenguaje cinematográfico sencillo. No hay más información de la necesaria, todo es esencial. Es el viaje de Ida pero también es un viaje que yo necesito hacer.

Pawlikowski ha obtenido el mayor éxito de su trayectoria con una película que en un principio pensó que podía ser un «harakiri profesional». De los primeros filmes de Polanski a los de Andrzeg Wajda, observamos en Ida la capacidad para crear hermosos planos de gran fuerza expresiva partiendo de los mínimos elementos: «No hay una búsqueda de la belleza por la belleza -dice Pawlikowski-. De hecho, corté los planos más bonitos. Lo que busco es una proporción entre el contenido y la imagen. Una película es como una mesa y las imágenes son solo una pata. La historia, los actores y sobre todo las emociones son igual de importantes. Ahora, para expresar emociones parece que debas utilizar una cámara en mano nerviosa y yo busco lo contario, una imagen estática en la que trato de que haya sentimientos. De hecho, me preocupaba que la gente se quedara con que la fotografía es bonita».

Pawlikowski pasó su infancia en Polonia y se trasladó a Londres en la adolescencia. Hasta la fecha, el cineasta había rodado todas sus películas en Inglaterra, obteniendo importantes reconocimientos, como el BAFTA por el drama social Last Resort (2000) y la historia de iniciación Mi verano de amor (2004). «Nunca había rodado en Polonia pero siempre lo he considerado mi país», dice el director, que desde hace unos años vive entre Varsovia y Londres.

¿Ha utilizado sus recuerdos personales para recrear esa Polonia de los sesenta?

He intentado ser muy fiel a la realidad y desde luego mis recuerdos de infancia han sido importantes, así como mis álbumes familiares. Utilicé el blanco y negro porque eran los colores de la época. En mi bagaje caben los maestros polacos de los 50, pero es más grande que eso, también está el cine checo de los 60 o la influencia de las primeras películas de Godard.

El personaje de Wanda acumula los horrores de la historia polaca del siglo XX, primero el Holocausto y después la represión comunista.

Ella se siente mucho más comunista que judía. Hubo muchos así. Fue una joven intelectual de provincias que realmente creía en el marxismo. Existe un cliché ahora en Polonia de que fueron los judíos los que trajeron el comunismo, lo cual no es verdad, pero sí es cierto que muchos pertenecían a la élite de izquierdas. La evolución de Wanda del entusiasmo al desencanto de todos modos fue también muy frecuente entre los intelectuales del Este, aunque ella nunca deja de ser una idealista. Ahí están Kundera o Kapuscinski, todos fueron comunistas y dejaron de serlo. El sistema colapsó tan pronto como en el 56 y se convirtió en algo burocrático y corrupto. En ese proceso, las personas como Wanda molestaban porque era simplemente una estructura de poder totalitaria sin ninguna ideología. En Polonia se ha generado un debate inmenso alrededor del filme que en parte me molesta porque yo no quería hacer una película política. Lo que explico es lo que realmente pasó.

Vemos una Polonia rendida al jazz, menos gris que esas estampas que conocemos mejor de los países comunistas.

A partir de mediados de los 50 hubo un pequeño renacer cultural en Polonia. Era el país menos represivo del área soviética y donde más se permitía la entrada de cultura occidental. Quería mostrar cómo en este país devastado por la guerra y el estalinismo había una gran vitalidad. De hecho, Polonia era más cool entonces de lo que es ahora, tenía una gran personalidad como vanguardia del comunismo, no era una imitación vulgar de la cultura occidental. Polonia siempre ha sido un país con una parte muy conservadora y nacionalista y la otra obsesionada con Occidente.

Vemos las secuelas del Holocausto en Polonia, el país en el que se mató a tres millones de judíos. ¿Cómo enfrenta ahora el país a este pasado?

Con este tema me siento dividido. En Polonia siento la necesidad de recordar a mis compatriotas nuestra responsabilidad en ese crimen monstruoso. El sentimiento de culpa existe y se sigue debatiendo sobre él. Cuando viajo y me hablan de la colaboración de los polacos en el Holocausto también tengo que decir que fueron los alemanes quienes lo planearon y ejecutaron. Ayudar a judíos estaba penado con la muerte y muchos polacos aún así lo hicieron.


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Filosofía / Entrevista a Michel Onfray.

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El pensador francés, autor de Contrahistoria de la filosofía. (Foto: Sergio González)

C iudad Juárez, Chihuahua. 27 de marzo de 2014. (RanchoNEWS).- Francés del 59, Michel Onfray no sólo es un filósofo cuyos libros se venden muy bien, sino que -más rara avis todavía- se ha empeñado en escribir nada menos que una Contrahistoria de la filosofía, en la que reivindica a los filósofos olvidados, marginados, preteridos por la historia oficial, y de la que en España ya se han publicado cuatro tomos en Anagrama (Las sabidurías de la antigüedad, El cristianismo hedonista, Los libertinos barrocos y Los ultras de las luces). En la misma editorial ha publicado un Tratado de ateología. Epicureismo, hedonismo y materialismo sería la trinidad non sancta de su filosofía. Ha venido a España para hablar de La Villa de los Papiros como proyecto epicúreo, a propósito de la exposición que mantiene abierta la Casa del Lector sobre esa rescatada biblioteca de Herculano; pero empezamos hablando de su Contrahistoria de la filosofía, a su modo, otra forma de rescatar otra biblioteca relegada. Una entrevista de Ángel Vivas para El Mundo:

Un proyecto, no diremos que condenado al fracaso, pero difícil de lograr si lo que se pretende es desbancar a los Kant, Hegel, etcétera.

Ningún fracaso, porque lo que no quiero es acabar en la historia oficial. No escribo para convertirme en autor de manuales de filosofía para el bachillerato o la universidad, no escribo para estudiantes. En cambio, cuando tomo un taxi o un tren, la gente me habla de la Contrahistoria y veo que ha alcanzado su meta.

Los cínicos, a los que reivindica, son uno de sus temas de estudio. ¿Qué enseñanzas suyas siguen siendo válidas hoy?

Lo que mejor resume la filosofía cínica es la famosa respuesta de Diógenes a Alejandro Magno cuando éste le dice que le pida lo que quiera, y Diógenes le pide que se aparte porque le está tapando el sol. Eso muestra que el poder sobre uno mismo es preferible al poder sobre los otros y sobre el mundo.

Pero eso está también en los estoicos, en Marco Aurelio; no hay tanta diferencia, como suele verse entre estoicos y epicúreos, otra escuela que usted reivindica.

La oposición sistemática estoicismo-epicureismo es una invención de Cicerón y su política politiquera, su cocina política diríamos. Cicerón, como estoico, no quería que la gente apoyara a los epicúreos y les pagara. De modo parecido, el hedonismo que a mí me interesa es el hedonismo filosófico, que lucha contra el hedonismo consumista.

Usted está rescatando a una serie de filósofos olvidados, marginados, y no por casualidad ni inocentemente. Pero cabría hacer, y alguna vez se ha referido a ello, la historia de esa marginación.

Sí, es algo pendiente, pero sólo podré hacerlo cuando termine la Contrahistoria, de la que me faltan algunos tomos todavía. Esa marginación de toda una serie de filósofos se debe a que la institución, el sistema, escribe una historia de la filosofía que justifica y legitima al propio sistema. De modo que todo lo compatible con el espíritu judeocristiano se presenta como excelente y lo demás se presenta como algo falto de rigor, ligero, algo que sobra y que no vale. Por ejemplo, hay estudios sobre los socráticos que los dividen en mayores y menores, los que entran en el canon y los que no. ¿Por qué se presenta a Diógenes como un socrático menor? ¿Lo es realmente o es que sobra por su incompatibilidad con el judeocristianismo?

¿No es sorprendente la pervivencia de la religión en un mundo, por otra parte, tan racional y con tales avances científicos? ¿Le ocurre al hombre lo que decía Beckett, que forma parte de lo que le impide ser feliz?

Los hombres prefieren las ilusiones que les dan seguridad a las inquietudes que les perturban, las ficciones que les hacen felices a las realidades incómodas.

Platón fue un gran hallazgo para los cristianos; éstos le deben casi tanto como a Constantino.

Nietzsche decía que el cristianismo es un platonismo para pobres. De hecho, tienen mucho en común: el dualismo alma-cuerpo, el rechazo de la vida, el amor a la muerte...

Usted ha criticado lo que llama «los silencios de Platón».

Sí, le reprocho que no nombre a Demócrito y que, a la vez, quisiera organizar un auto de fe con sus libros. Tampoco habló del hedonismo, por ejemplo. Platón nunca habla de sus adversarios; los ridiculiza, hace un hedonismo de zarzuela, lo que le permite triunfar muy fácilmente sobre esas dos filosofías, materialismo y hedonismo, sin debatir.

Siguiendo con su empeño de rescatar todo lo olvidado, olvidado adrede casi siempre, reivindica al Spinoza hedonista, del que casi nadie habla. ¿No fue Spinoza demasiado prudente, cauto, según su propio lema?

Es que a Spinoza casi lo asesinaron. Llevó toda su vida un abrigo con un agujero hecho por un puñal con el que le atacaron. Quería recordar que había vivido peligrosamente. A Spinoza le impusieron una excomunión terrible; así que comprendo su prudencia. Cuando uno tiene una vida audaz se expone a grandes desgracias. Giordano Bruno y Galileo son ejemplos que le hicieron ser prudente. Cuando murió dejó inédita su Ética, que es un libro revolucionario; no quiso publicarla en vida.

Es sabida su antipatía por Freud, pero entiendo que reivindica a un filósofo antiguo, Antifón el sofista, al que considera inventor del psicoanálisis.

Sí, Antifón, que se nos presenta como un sofista, dice que puede curar con la palabra. Interpretaba los sueños y sacaba dinero haciéndolo; pero nos falta información sobre él. En cuanto a Freud, sabemos que mintió, que se inventó casos, que presentó el psicoanálisis como una ciencia cuando sólo es una poética un poco amplia.

¿Cuál sería la revolución pendiente después de mayo del 68?

El 68 destruyó el principio de autoridad, lo que fue una etapa necesaria. Los profesores ya no se dirigen como se dirigían antes a sus alumnos, ni los padres a los hijos, ni los hombres a las mujeres. Pero tras ese momento de negatividad, tiene que venir otro momento de positividad; lo que falta ahora es una nueva moral tras la destrucción de la moral antigua. El nihilismo se ha nutrido de esa destrucción y yo trato de proponer valores de reemplazo.


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Artes Plásticas / España: Albers, abstracción al cuadrado

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Exposición de Josef Albers en la Fundación Juan March. (Foto: Bernardo Pérez )

C iudad Juárez, Chihuahua. 28 de marzo de 2014. (RanchoNEWS).- Para ser un creador archivado en los anaqueles del arte occidental por una obra contemplativa de tintes espirituales, Josef Albers (1888-1976) podía ser muy práctico cuando quería. Por ejemplo, al pintar sus célebres homenajes al cuadrado, esos rectilíneos campos de color concéntricos que ocuparon las últimas tres décadas de su existencia. Como el hijo de un pintor artesano, Albers se enorgullecía de atacar esas composiciones de dentro afuera, tal y como se pinta una puerta; es el modo de evitar el goteo y así las manos no acaban manchadas. Una nota de Iker Seisdedos García para El País:

La anécdota sirve bien a los propósitos de la muestra que la Fundación Juan March dedica en Madrid al pintor abstracto, teórico, poeta, fotógrafo, pedagogo y diseñador de mobiliario. Se anuncia hasta el 6 de julio bajo el título Medios mínimos, efecto máximo como la primera retrospectiva consagrada al artista en España. El enunciado, que recuerda a la sentencia de Mies van der Rohe, compañero de claustro en la Bauhaus, hace justicia tanto al esfuerzo de concreción en la selección del centenar de obras llamadas a contar una carrera que arrancó a principios de siglo y acabó siendo alcanzada en los setenta por todas sus profecías (minimalismo, arte óptico), como a las intenciones de los comisarios Nicholas Fox Weber, biógrafo de grandes personalidades y alma de la Fundación Josef y Anni Albers, y Manuel Fontán, director de exposiciones de la March.

Este recurría esta semana ante un temprano Homenaje al cuadrado (1950) prestado por la Universidad de Yale a la vieja definición de la economía como la administración de los recursos escasos susceptibles de usos alternativos para producir bienes y servicios: «Es la metáfora perfecta de la obra de Albers, que fue talando a lo largo de los años su bosque, quedándose con lo esencial para dar a principios de los 50 con lo que andaba buscando: es entonces cuando llega al cuadrado, el final de su camino hacia la abstracción».

El principio lo había situado Fontán en los dibujos que abren el recorrido, tempranas muestras del genio del joven Albers, hombre por lo demás escasamente precoz, en los que una simple curva sirve para insinuar la silueta y el movimiento de una bailarina. Por aquel entonces, Albers no había dado con su vocación docente, que es una de las tramas más poderosas de la muestra y que lo haría participar en dos de los experimentos pedagógicos más importantes del siglo XX: la Bauhaus y el Black Mountain College.

En la escuela alemana fundada por Walter Gropius ingresó como alumno en 1920. Tres años después, le fue encomendada la tarea de enseñar a los recién llegados a la escuela de diseño los fundamentos de la manufactura. En profesor se convertiría en 1925, cuando la institución se instaló en Dessau, más o menos en la época en la que se casó con Anni Albers.

Testimonio de aquellos años están en la Juan March, que dedica en paralelo su espacio de Mallorca a la obra gráfica del artista, sus trabajos en cristal, como esa fábrica que se recorta en vidrio esmerilado y pintura negra sobre un fondo rojo, sus diseños (dos exquisitos escritorios, el perdurable invento de las mesas nido y la silla con brazos TI 244) y dos secciones de recuerdos: un conjunto de ejemplos de trabajos de sus alumnos y las imágenes que su alma de fotógrafo compulsivo tomó de compañeros como Paul Klee o Schlemmer.

Una providencial oferta llegada de Estados Unidos permitió a la pareja abandonar en 1933, año del cierre de la Bauhaus, la Alemania que avanzaba con paso marcial hacia la barbarie. Ese mismo año se hizo cargo de la sección de pintura del Black Mountain College, donde dio clases hasta 1949 a titanes del arte estadounidense como Cy Twombly o Robert Rauschenberg.

Aquel fue también el tiempo de la fascinación por México, de la que hay pruebas en la muestra: varios óleos sobre masonite (su principal soporte de expresión) transmiten con magistral abstracción la idea de una casa de adobe en un día luminoso. «En la investigación para la exposición descubrimos que antes de México hizo una visita a La Habana para dar tres conferencias, de las que hemos podido rescatar dos», explica Fontán. De todo ese proceso ha quedado constancia en un exhaustivo catálogo. «Como suele suceder con las bodas, que de una sale otra», recuerda el director de exposiciones, « la idea surgió de otra muestra, la de América fría, en la que Albers era uno de los tres artistas no iberoamericanos incluidos». De aquella feliz excepción nació una colaboración con la Fundación de Josef y Anni Albers en Bethany (Connecticut), en el corazón del EE UU más sofisticado y académico, un aire que se deja sentir en las salas de la March, que albergan un centenar de obras: un 60% de préstamos llegan de la institución y el resto, de colecciones como la Tate, la Beyeler o el Metropolitan, museo que hizo de él en 1971 el primer artista vivo al que le dedicaba una muestra.

Al final del recorrido, que se detiene también en su célebre tratado Interacción del color o en su producción de enigmáticos intaglios, los cuadrados en diversas combinaciones de colores se apoderan del ánimo del visitante en una eficaz sinfonía que a buen seguro habría agradado a su autor, que en cierta ocasión escribió: «El arte abstracto es arte en su génesis y es arte del futuro».


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Literatura / Perú: Juan Bonilla gana la Bienal de Novela Mario Vargas Llosa

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El escritor español tras ser anunciado ganador del premio Vargas Llosa. (Foto: E. Benavides)

C iudad Juárez, Chihuahua. 28 de marzo de 2014. (RanchoNEWS).- Vladímir Maiakovski, el poeta que «escribía poesía lírica pero roncaba como un poeta épico» ha vuelto gracias a Juan Bonilla y con el impulso de Mario Vargas Llosa. La vida del vanguardista ruso, recreada por el escritor español en Prohibido entrar sin pantalones (Seix Barral), se ha convertido en la primera obra en ganar la I Bienal de Novela Mario Vargas Llosa, en Lima. «Una obra redonda y nabokoviana», según J. J. Armas Marcelo, director de la Cátedra Vargas Llosa. Y escrita, recuerda su autor, bajo el influjo de «los violentos y apasionados poemas vertiginosos de la juventud de Maiakovski, los propagandísticos de la Revolución rusa y las sátiras épicas de sus últimos años». Una nota de Winston Manrique Sabogal para El País:

Un libro con una biografía de aire maiakovskiano: hace unos 30 años el ímpetu y los apasionados versos del poeta ruso y su romántica y trágica vida sedujeron al joven Bonilla (Jerez, 1966); hace 13 años al escritor se le ocurrió la novela cuando el poeta ruso se le cruzó en otra investigación y ya se negó a irse de su cabeza; hace dos entregó la novela a la editorial; hace uno llegó a las librerías; en diciembre no figuró en España en las listas de los mejores títulos de 2013 y ahora ha sido elegida, por un jurado internacional, como la mejor novela en español de los dos últimos años. Bonilla recibirá 100.000 dólares (unos 75.000 euros), una escultura exclusiva donada por el artista peruano Fernando de Szyszlo y un periplo por América y España que acaba de empezar.

La semilla de Prohibido entrar sin pantalones prendió en 2001, durante una beca de la que Bonilla disfrutó en Roma para hacer una novela sobre los futuristas italianos que fueron a la Guerra Civil. Un día apareció el enfrentamiento entre futuristas rusos -bolcheviques y futuristas italianos -fascistas. «Entre los primeros se alzó gigantesca la figura de Maiakovski, que enseguida se me apareció como un gran espejo en el que reflejar toda su época y en el que combatían cuestiones importantes como el papel del artista en la sociedad en sus dos vertientes: el papel del artista contra el poder y el papel del artista al servicio del poder, además de esa contradicción vital que marcó su destino de creer en el arte como instrumento de transformación social pero necesitar, para ello, llegar a un público amplio. Por debajo estaba su historia de amor con Lily Brik. Abandoné el proyecto que me había llevado a Roma, y me decidí a escribir una novela con/de/desde/sobre/para/trasMaiakovski, pero no encontré la manera hasta muchos años después».

El nombre del ganador se dio a conocer en el Gran Teatro Nacional de Lima, con la asistencia del premio Nobel peruano y anfitrión de este encuentro literario. Las otras dos novelas finalistas eran Las reputaciones (Alfaguara), de Juan Gabriel Vásquez, y En la orilla (Anagrama), de Rafael Chirbes. En esta primera edición se presentaron 325 títulos.

Blecua, como presidente del jurado, anunció el ganador poco antes de las diez de la noche del jueves. La entregra sirvió de clausura de la Bienal Vargas Llosa (del 24 al 27 de marzo). El acto fue precedido por la mesa redonda Literatura de la violencia y dos actuaciones musicales coloridas y andinas: Cecilia Carranza (la artista de quien está enamorado con 20 años Felícito Yanaqué, protagonista de la última novela de Vargas Llosa, El héroe discreto) y el grupo de danza Elenco Nacional del Folclor.

El jurado estuvo integrado por Nélida Piñón, José Manuel Blecua, Marco Martos, Christopher Domínguez Michael y David Gallagher; además de J. J. Armas Marcelo, director de la Cátedra Vargas Llosa, que actuó de secretario. El premio, financiado por la Cátedra Vargas Llosa, la Universidad de Tecnología e Ingeniería de Perú y Acción Cultural de España, es el segundo de estas características que se entrega en el ámbito hispanohablante. El otro, que se concede los años impares, es el Rómulo Gallegos, creado en 1967 y que entonces ganó, precisamente, Vargas Llosa con La casa verde, y en el cual Bonilla fue finalista en 2005 con Los príncipes nubios, y que al final ganó Isaac Rosa con El vano ayer.

Terminaron así cuatro días en los que Lima se convirtió en la capital de la literatura, según el Nobel peruano. El escritor se mostró emocionado y conmovido por la acogida de esta Bienal que lleva su nombre. En especial, reconoció, porque espera que con estas actividades se haya fomentado y promovido la lectura y espera que «prospere y sirva para aumentar el número de lectores».

La Bienal congregó a una treintena de autores latinoamericanos y españoles en 12 mesas redondas. Los encuentros literarios se realizaron en ocho universidades: Ricardo Palma, Femenina del Sagrado Corazón, Mayor de San Marcos, Peruana Cayetano Heredia, San Ignacio de Loyola, Peruana de Ciencias Aplicadas, de Lima, Católica del Perú; y en el Museo de Arte Contemporáneo y en el Teatro Nacional.

Entre los invitados a estas jornadas estuvieron los escritores Sergio Ramírez, Javier Cercas, Piedad Bonnett, Rosa Montero, Alonso Cueto, Héctor Abad Faciolince, Fernando Iwasaki, Arturo Fontaine, Leila Guerrriero, Gabriela Wiener, Edmundo Paz Soldán y Santiago Roncagliolo.


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Noticias / México: Invocan y evocan a Paz en El Colegio Nacional

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Enrique Krauze, Miguel León-Portilla, Hugh Thomas, David Brading y Adolfo Castañón reflexionaron sobre el pensamiento del autor de El laberinto de la soledad. (Foto: Leo Morales)

C iudad Juárez, Chihuahua. 28 de marzo de 2014. (RanchoNEWS).- En septiembre de 1990, poco después de la caída del Muro de Berlín, la revista Vuelta, fundada y dirigida por Octavio Paz, organizó en la ciudad de México el encuentro «La experiencia de la libertad», donde se dieron cita algunos de los principales pensadores y protagonistas de las transiciones democráticas de ese momento. Una nota de Abida Ventura para El Universal:

Ayer, algunos de esos personajes se volvieron a reunir en El Colegio Nacional para evocar al Nobel de Literatura 1990, en el marco de los 100 años de su nacimiento, en el encuentro «Octavio Paz y el mundo del siglo XXI». Entre ellos, Norman Manea, Jorge Edwards, Enrique Krauze, Hugh Thomas, Michael Ignatieff y Héctor Aguilar Camín.

A esa lista de intelectuales se sumaron otros nombres como Miguel León-Portilla, David Brading, Ian Buruma, Jean Meyer, Juan Goytisolo, Jesús Silva-Herzog Márquez y Tzvetan Todorov, quienes en diversas mesas disertaron sobre algunos temas sociales y culturales más relevantes que interesaron al poeta: la historia de México, el concepto de Revolución y los fanatismos de la identidad.

Inaugurado por Rafael Tovar y de Teresa, presidente de Conaculta, el encuentro que continuará hoy convocó a diversas personalidades de la cultura, entre ellos a la viuda del poeta, Marie Jo Paz, quien arribó al lugar hacia la tarde.

El Aula Mayor de El Colegio Nacional lució llena desde las 10 de la mañana pero el público interesado en la obra del autor, nacido el 31 de marzo de 1914, pudo seguir el programa en las pantallas que se colocaron en el patio del recinto.

Después de la apertura oficial del encuentro, inició la primera mesa de reflexión, en donde los participantes hablaron sobre Paz y su reflexión sobre la historia de México. Un tema que, destacó el historiador Miguel León-Portilla, apasionó al autor de El laberinto de la soledad, en especial la del mundo prehispánico: «Octavio Paz participaba en esta idea: no podemos entender a México si suprimimos su etapa prehispánica. Hay otros países de América que prescinden de esa etapa porque no les parece significativa, pero en México yo creo que es eminentemente significativa y no por cuestiones de raza sino de cultura; mucho de nuestra cultura como mexicanos contemporáneos tiene sus raíces en el pasado indígena, y eso lo percibió muy bien Octavio Paz», dijo.

Así, mientras León-Portilla destacó el contacto de Paz, desde su juventud, con el mundo indígena, Thomas y Brading hablaron de su interés por la Nueva España y sus reflexiones sobre la obra de Sor Juana Inés de la Cruz.

Por su parte, el historiador mexicano Enrique Krauze habló sobre las relaciones entre poesía e historia del Nobel mexicano, un tema poco claro para entender «la historia poética» en la obra de Paz.

Para Octavio Paz, dijo, los historiadores eran los poetas del pasado y se definía como un hombre que vivía la historia. Y a un siglo de su nacimiento, consideró, debemos «seguir descifrando las sagradas escrituras de la historia mexicana con las claves que Octavio Paz nos dio».

Los movimientos revolucionarios y las transiciones democráticas fueron el tema de la segunda mesa, titulada «Revuelta, rebelión, revolución: ayer y hoy», basada en un ensayo de Octavio Paz.

Moderados por Aurelio Asiain, los escritores Ian Buruma (Holanda) y Norman Manea (Rumania) se refirieron a los diversos movimientos revolucionarios del siglo XX y los que actualmente suceden en Europa y el mundo árabe.

Los autores recordaron que el tema de los cambios políticos y sociales en el mundo, así como los peligros del capitalismo y la globalización, interesaron al poeta. «Octavio también dijo que la caída de los imperios, así como los disturbios sociales a veces coinciden con momentos de esplendor literario y creativo, vamos a seguirlo en nuestra valoración», sostuvo Manea.

En esa misma mesa, el historiador Jean Meyer evocó la tendencia revolucionaria que el autor adquirió de sus antepasados: el liberalismo de su abuelo Irineo Paz y su simpatía por la Revolución Mexicana gracias a su padre, Octavio Paz Solórzano, quien participó en el movimiento armado.

Esta herencia, dijo, le permitió acercarse a los movimientos revolucionarios de su tiempo.

Por su parte, Aguilar Camín habló de los contrastes entre el pensamiento político, la visión poética y religiosa de Octavio Paz. Uno de los episodios que marcaron la rebeldía de Paz, recordó, fue la matanza de estudiantes de 1968, que incluso lo orilló a renunciar a su puesto de embajador en la India por considerarla «un terremoto moral y filosófico».

Del interés por otras culturas

Por la tarde, en la última mesa, Juan Goytisolo, Juliana González, Jesús Silva-Herzog Márquez y Tzvetan Todorov reflexionaron sobre la identidad, un tema central en la obra del autor de Los hijos del limo. Goytisolo leyó fragmentos de su ensayo Octavio Paz contra onfaloscopia hispana, en donde se refirió al interés del poeta por otras culturas, ajenas a la mesoamericana y la occidental, como lo hizo en su obra Vislumbres de la India.

«La curiosidad del autor por el subcontinente asiático desempeñó un papel primordial en la elaboración de su obra ensayística y la decantación de su poesía», dijo el pensador español, quien agregó que para comprender el conglomerado de culturas de ese país fue primordial la reflexión que Paz ya había hecho en su obra El laberinto de la soledad.

El encuentro «Octavio Paz y el mundo del siglo XXI» continuará hoy, a las 10 horas, con la mesa «La democracia en el orbe iberoamericano» y, a las 12 horas, «La letra y el cetro: los intelectuales y el poder».


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