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La escritora mexicana. (Foto: Archivo)
C iudad Juárez, Chihuahua. 23 de abril de 2014. (RanchoNEWS).- Majestades, Señor Presidente del Gobierno, Señor Ministro de Educación, Cultura y Deporte, Señor Rector de la Universidad de Alcalá de Henares, Señor Presidente de la Comunidad de Madrid, Señor Alcalde de esta ciudad, autoridades estatales, autonómicas, locales y académicas, amigas, amigos, señores y señoras. Soy la cuarta mujer en recibir el Premio Cervantes, creado en 1976. (Los hombres son treinta y cinco.) María Zambrano fue la primera y los mexicanos la consideramos nuestra porque debido a la Guerra Civil Española vivió en México y enseñó en la Universidad Nicolaíta en Morelia, Michoacán.
Simone Weil, la filósofa francesa, escribió que echar raíces es quizá la necesidad más apremiante del alma humana. En María Zambrano, el exilio fue una herida sin cura, pero ella fue una exiliada de todo menos de su escritura.
La más joven de todas las poetas de América Latina en la primera mitad del siglo XX, la cubana Dulce María Loynaz, segunda en recibir el Cervantes, fue amiga de García Lorca y hospedó en su finca de La Habana a Gabriela Mistral y a Juan Ramón Jiménez. Años más tarde, cuando le sugirieron que abandonara la Cuba revolucionaria respondió que cómo iba a marcharse si Cuba era invención de su familia.
A Ana María Matute, la conocí en El Escorial en 2003. Hermosa y descreída, sentí afinidad con su obsesión por la infancia y su imaginario riquísimo y feroz.
María, Dulce María y Ana María, las tres Marías, zarandeadas por sus circunstancias, no tuvieron santo a quién encomendarse y sin embargo, hoy por hoy, son las mujeres de Cervantes, al igual que Dulcinea del Toboso, Luscinda, Zoraida y Constanza. A diferencia de ellas, muchos dioses me han protegido porque en México hay un dios bajo cada piedra, un dios para la lluvia, otro para la fertilidad, otro para la muerte. Contamos con un dios para cada cosa y no con uno solo que de tan ocupado puede equivocarse.
Del otro lado del océano, en el siglo XVII la monja jerónima Sor Juana Inés de la Cruz supo desde el primer momento que la única batalla que vale la pena es la del conocimiento. Con mucha razón José Emilio Pacheco la definió: «Sor Juana/ es la llama trémula/ en la noche de piedra del virreinato».
Su respuesta a Sor Filotea de la Cruz es una defensa liberadora, el primer alegato de una intelectual sobre quien se ejerce la censura. En la literatura no existe otra mujer que al observar el eclipse lunar del 22 de diciembre de 1684 haya ensayado una explicación del origen del universo. Ella lo hizo en los 975 versos de su poema “Primero sueño”. Dante tuvo la mano de Virgilio para bajar al infierno, pero nuestra Sor Juana descendió sola y al igual que Galileo y Giordano Bruno fue castigada por amar la ciencia y reprendida por prelados que le eran harto inferiores.
Sor Juana contaba con telescopios, astrolabios y compases para su búsqueda científica. También dentro de la cultura de la pobreza se atesoran bienes inesperados. Jesusa Palancares, la protagonista de mi novela-testimonio Hasta no verte, Jesús mío, no tuvo más que su intuición para asomarse por la única apertura de su vivienda a observar el cielo nocturno como una gracia sin precio y sin explicación posible. Jesusa vivía a la orilla del precipicio, por lo tanto el cielo estrellado en su ventana era un milagro que intentaba descifrar. Quería comprender por qué había venido a la Tierra, para qué era todo eso que le rodeaba y cuál podría ser el sentido último de lo que veía. Al creer en la reencarnación estaba segura de que muchos años antes había nacido un hombre malo que desgració a muchas mujeres y ahora tenía que pagar sus culpas entre abrojos y espinas.
Mi madre nunca supo qué país me había regalado cuando llegamos a México, en 1942, en el «Marqués de Comillas», el barco con el que Gilberto Bosques salvó la vida de tantos republicanos que se refugiaron en México durante el gobierno del general Lázaro Cárdenas. Mi familia siempre fue de pasajeros en tren: italianos que terminan en Polonia, mexicanos que viven en Francia, norteamericanas que se mudan a Europa. Mi hermana Kitzia y yo fuimos niñas francesas con un apellido polaco. Llegamos «a la inmensa vida de México» –como diría José Emilio Pacheco–, al pueblo del sol. Desde entonces vivimos transfiguradas y nos envuelve entre otras encantaciones, la ilusión de convertir fondas en castillos con rejas doradas.
Las certezas de Francia y su afán por tener siempre la razón palidecieron al lado de la humildad de los mexicanos más pobres. Descalzos, caminaban bajo su sombrero o su rebozo. Se escondían para que no se les viera la vergüenza en los ojos. Al servicio de los blancos, sus voces eran dulces y cantaban al preguntar: «¿No le molestaría enseñarme cómo quiere que le sirva?»
Aprendí el español en la calle, con los gritos de los pregoneros y con unas rondas que siempre se referían a la muerte. «Naranja dulce,/ limón celeste,/ dile a María/ que no se acueste./ María, María/ ya se acostó,/ vino la muerte/ y se la llevó». O esta que es aún más aterradora: «Cuchito, cuchito/ mató a su mujer/ con un cuchillito/ del tamaño de él./ Le sacó las tripas/ y las fue a vender./ –¡Mercarán tripitas/ de mala mujer!»
Todavía hoy se mercan las tripas femeninas. El pasado 13 de abril, dos mujeres fueron asesinadas de varios tiros en la cabeza en Ciudad Juárez, una de 15 años y otra de 20, embarazada. El cuerpo de la primera fue encontrado en un basurero.
Recuerdo mi asombro cuando oí por primera vez la palabra «gracias» y pensé que su sonido era más profundo que el «merci» francés. También me intrigó ver en un mapa de México varios espacios pintados de amarillo marcados con el letrero: «Zona por descubrir». En Francia, los jardines son un pañuelo, todo está cultivado y al alcance de la mano. Este enorme país temible y secreto llamado México, en el que Francia cabía tres veces, se extendía moreno y descalzo frente a mi hermana y a mí y nos desafiaba:
«Descúbranme». El idioma era la llave para entrar al mundo indio, el mismo mundo del que habló Octavio Paz, aquí en Alcalá de Henares en 1981, cuando dijo que sin el mundo indio no seríamos lo que somos.
¿Cómo iba yo a transitar de la palabra París a la palabra Parangaricutirimicuaro? Me gustó poder pronunciar Xochitlquetzal, Nezahualcóyotl o Cuauhtémoc y me pregunté si los conquistadores se habían dado cuenta quiénes eran sus conquistados. Quienes me dieron la llave para abrir a México fueron los mexicanos que andan en la calle. Desde 1953, aparecieron en la ciudad muchos personajes de a pie semejantes a los que don Quijote y su fiel escudero encuentran en su camino, un barbero, un cuidador de cabras, Maritornes la ventera. Antes, en México, el cartero traía uniforme cepillado y gorra azul y ahora ya ni se anuncia con su silbato, solo avienta bajo la puerta la correspondencia que saca de su desvencijada mochila. Antes también el afilador de cuchillos aparecía empujando su gran piedra montada en un carrito producto del ingenio popular, sin beca del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología, y la iba mojando con el agua de una cubeta. Al hacerla girar, el cuchillo sacaba chispas y partía en el aire los cabellos en dos; los cabellos de la ciudad que en realidad no es sino su mujer a la que le afila las uñas, le cepilla los dientes, le pule las mejillas, la contempla dormir y cuando la ve vieja y ajada le hace el gran favor de encajarle un cuchillo largo y afilado en su espalda de mujer confiada. Entonces la ciudad llora quedito, pero ningún llanto más sobrecogedor que el lamento del vendedor de camotes que dejó un rayón en el alma de los niños mexicanos porque el sonido de sus carritos se parece al silbato del tren que detiene el tiempo y hace que los que abren surcos en la milpa levanten la cabeza y dejen el azadón y la pala para señalarle a su hijo: «Mira el tren, está pasando el tren, allá va el tren; algún día, tú viajarás en tren».
Tina Modotti llegó de Italia pero bien podría considerarse la primera fotógrafa mexicana moderna. En 1936, en España cambió de profesión y acompañó como enfermera al doctor Norman Bethune a hacer las primeras transfusiones de sangre en el campo de batalla. Treinta y ocho años más tarde, Rosario Ibarra de Piedra se levantó en contra de una nueva forma de tortura, la desaparición de personas. Su protesta antecede al levantamiento de las Madres de Plaza de Mayo con su pañuelo blanco en la cabeza por cada hijo desaparecido. «Vivos los llevaron, vivos los queremos».
La última pintora surrealista, Leonora Carrington pudo escoger vivir en Nueva York al lado de Max Ernst y el círculo de Peggy Guggenheim pero, sin saber español, prefirió venir a México con el poeta Renato Leduc, autor de un soneto sobre el tiempo que pienso decirles más tarde si me da la vida para tanto.
Lo que se aprende de niña permanece indeleble en la conciencia y fui del castellano colonizador al mundo esplendoroso que encontraron los conquistadores. Antes de que los Estados Unidos pretendieran tragarse a todo el continente, la resistencia indígena alzó escudos de oro y penachos de plumas de quetzal y los levantó muy alto cuando las mujeres de Chiapas, antes humilladas y furtivas, declararon en 1994 que querían escoger ellas a su hombre, mirarlo a los ojos, tener los hijos que deseaban y no ser cambiadas por una garrafa de alcohol. Deseaban tener los mismos derechos que los hombres.
«“¿Quien anda ahí?” “Nadie”», consignó Octavio Paz en El laberinto de la soledad. Muchos mexicanos se ningunean. «“No hay nadie” –contesta la sirvienta. “¿Y tú quien eres?” “No, pues nadie”». No lo dicen para hacerse menos ni por esconderse sino porque es parte de su naturaleza. Tampoco la naturaleza dice lo que es ni se explica a sí misma, simplemente estalla.
Durante el terremoto de 1985, muchos jóvenes punk de esos que se pintan los ojos de negro y el pelo de rojo, con chalecos y brazaletes cubiertos de estoperoles y clavos arribaban a los lugares siniestrados, edificios convertidos en sándwich, y pasaban la noche entera con picos y palas para sacar escombros que después acarreaban en cubetas y carretillas. A las cinco de la mañana, ya cuando se iban, les pregunté por su nombre y uno de ellos me respondió: «Pues póngame nomás Juan», no sólo porque no quería singularizarse o temiera el rechazo sino porque al igual que millones de pobres, su silencio es también un silencio de siglos de olvido y de marginación.
Tenemos el dudoso privilegio de ser la ciudad más grande del mundo: casi 9 millones de habitantes. El campo se vacía, todos llegan a la capital que tizna a los pobres, los revuelca en la ceniza, les chamusca las alas aunque su resistencia no tiene límites y llegan desde la Patagonia para montarse en el tren de la muerte llamado «La Bestia» con el sólo fin de cruzar la frontera de Estados Unidos.
En 1979, Marta Traba publicó en Colombia una Homérica Latina en la que los personajes son los perdedores de nuestro continente, los de a pie, los que hurgan en la basura, los recogedores de desechos de las ciudades perdidas, las multitudes que se pisotean para ver al Papa, los que viajan en
autobuses atestados, los que se cubren la cabeza con sombreros de palma, los que aman a Dios en tierra de indios. He aquí a nuestros personajes, los que llevan a sus niños a fotografiar ya muertos para convertirlos en «angelitos santos», la multitud que rompe las vallas y desploma los templetes en los desfiles militares, la que de pronto y sin esfuerzo hace fracasar todas las mal intencionadas políticas de buena vecindad, esa masa anónima, oscura e imprevisible que va poblando lentamente la cuadrícula de nuestro continente; el pueblo de las chinches, las pulgas y las cucarachas, el miserable pueblo que ahora mismo deglute el planeta. Y es esa masa formidable la que crece y traspasa las fronteras, trabaja de cargador y de mocito, de achichincle y lustrador de zapatos –en México los llamamos boleros–. El novelista José Agustín declaró al regresar de una universidad norteamericana: «Allá, creen que soy un limpiabotas venido a más». Habría sido mejor que dijera «un limpiabotas venido a menos». Todos somos venidos a menos, todos menesterosos, en reconocerlo está nuestra fuerza. Muchas veces me he preguntado si esa gran masa que viene caminando lenta e inexorablemente desde la Patagonia a Alaska se pregunta hoy por hoy en qué grado depende de los Estados Unidos. Creo más bien que su grito es un grito de guerra y es avasallador, es un grito cuya primera batalla literaria ha sido ganada por los chicanos.
Los mexicanos que me han precedido son cuatro: Octavio Paz en 1981, Carlos Fuentes en 1987, Sergio Pitol en 2005 y José Emilio Pacheco en 2009. Rosario Castellanos y María Luisa Puga no tuvieron la misma suerte y las invoco así como a José Revueltas. Sé que ahora los siete me acompañan, curiosos por lo que voy a decir, sobre todo Octavio Paz
Ya para terminar y porque me encuentro en España, entre amigos quisiera contarles que tuve un gran amor «platónico» por Luis Buñuel porque juntos fuimos al Palacio Negro de Lecumberri –cárcel legendaria de la ciudad de México–, a ver a nuestro amigo Álvaro Mutis, el poeta y gaviero, compañero de batallas de nuestro indispensable Gabriel García Márquez. La cárcel, con sus presos reincidentes llamados «conejos», nos acercó a una realidad compartida: la de la vida y la muerte tras los barrotes. Ningún acontecimiento más importante en mi vida profesional que este premio que el jurado del Cervantes otorga a una Sancho Panza femenina que no es Teresa Panza ni Dulcinea del Toboso, ni Maritornes, ni la princesa Micomicona que tanto le gustaba a Carlos Fuentes, sino una escritora que no puede hablar de molinos porque ya no los hay y en cambio lo hace de los andariegos comunes y corrientes que cargan su bolsa del mandado, su pico o su pala, duermen a la buena ventura y confían en una cronista impulsiva que retiene lo que le cuentan. Niños, mujeres, ancianos, presos, dolientes y estudiantes caminan al lado de esta reportera que busca, como lo pedía María Zambrano, «ir más allá de la propia vida, estar en las otras vidas».
Por todas estas razones, el premio resulta más sorprendente y por lo tanto es más grande la razón para agradecerlo.
El poder financiero manda no sólo en México sino en el mundo. Los que lo resisten, montados en Rocinante y seguidos por Sancho Panza son cada vez menos. Me enorgullece caminar al lado de los ilusos, los destartalados, los candorosos.
A mi hija Paula, su hija Luna, aquí presente, le preguntó:
–Oye mamá, ¿y tú cuántos años tienes?
Paula le dijo su edad y Luna insistió:
–¿Antes o después de Cristo?
Es justo aclararle hoy a mi nieta, que soy una evangelista después de Cristo, que pertenezco a México y a una vida nacional que se escribe todos los días y todos los días se borra porque las hojas de papel de un periódico duran un día. Se las lleva el viento, terminan en la basura o empolvadas en las hemerotecas. Mi padre las usaba para prender la chimenea. A pesar de esto, mi padre preguntaba temprano en la mañana si había llegado el Excélsior, que entonces dirigía Julio Scherer García y leíamos en familia. Frida Kahlo, pintora, escritora e ícono mexicano dijo alguna vez: «Espero alegre la salida y espero no volver jamás». A diferencia de ella, espero volver, volver, volver y ese es el sentido que he querido darle a mis 82 años. Pretendo subir al cielo y regresar con Cervantes de la mano para ayudarlo a repartir, como un escudero femenino, premios a los jóvenes que como yo hoy, 23 de abril de 2014, día internacional del libro, lleguen a Alcalá de Henares.
En los últimos años de su vida, el astrónomo Guillermo Haro repetía las coplas de Jorge Manrique a la muerte de su padre. Observaba durante horas a una jacaranda florecida y me hacía notar «cómo se pasa la vida, cómo se viene la muerte tan callando». Esa certeza del estrellero también la he hecho mía, como siento mías las jacarandas que cada año cubren las aceras de México con una alfombra morada que es la de la cuaresma, la muerte y la resurrección.
Muchas gracias por escuchar.
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viernes, abril 25, 2014
miércoles, abril 23, 2014
Literatura / España: Elena Poniatowska, una Sancho Panza para los sin tierra
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Poniatowska es la cuarta mujer en recoger el premio –frente a 35 hombres ganadores del Cervantes– pero la primera galardonada en subir al púlpito del paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares. (Foto: J.J.Guillén / El País)
C iudad Juárez, Chihuahua. 23 de abril de 2014. (RanchoNEWS).- Contar… contar… contar… Eso hace Elena Poniatowska desde hace 60 años. Y eso mismo hace tras subir cinco escalones, dar siete pasos, otros ocho escalones, dos pasos y un escalón más, para convertirse en la primera mujer en subir al púlpito del paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares para dar su discurso de aceptación del 38º Premio Cervantes de Literatura. Y rompe doblemente la tradición: su traje autóctono y sus palabras, donde más que el autor de El ingenioso hidalgo don Quijote de La Mancha o el mismo Quijote, anduvo Sancho Panza, escribe Winston Manrique Sabogal desde Madrid para El País.
Una periodista de a pie encaramada en lo más alto de las letras en español. Y haciendo gala de su mexicanidad: autóctono vestido rojo de adornos amarillos con un faldón rematado en encaje blanco y como pendientes el recuerdo y la magia de los pescaditos de oro que hacía y deshacía el coronel Aureliano Buendía al final de sus días, por la gracia de Gabriel García Márquez. «Antes de Gabo éramos los condenados de la Tierra. Pero con sus Cien años de soledad le dio alas a América Latina. Y es ese gran vuelo el que hoy nos envuelve y hace que nos crezcan flores en la cabeza».
Contar… contar… contar... Es el verbo preferido de Elena Poniatowska. Es su verbo natural. Y eso hace para contar un trocito de zonas en sombra de América Latina. Con el asombro ante el silencio y el olvido vivido por las mujeres y los más pobres y quienes deben migrar en busca de mejores oportunidades. «Niños, mujeres, ancianos, presos, dolientes y estudiantes caminan al lado de esta reportera que busca, como lo pedía María Zambrano, ‘ir más allá de la propia vida, estar en las otras vidas».
Con voz nerviosa empieza por recordar a las tres mujeres que la precedieron. Es la cuarta en ser distinguida con este premio –frente a los 35 hombres que lo han ganado– pero la primera en subir al púlpito. Ana María Matute estaba en silla de ruedas, María Zambrano no pudo asistir y Dulce María Loynaz envió a una persona para que la representara. Tres marías «zarandeadas por sus circunstancias». Y junto a ellas nombres de mujeres que van desde Sor Juana Inés de la Cruz, pasando por Tina Modotti o Frida Kahlo, hasta las de Ciudad Juárez asesinadas. Asombro ante el silencio y lo que falta por hacer por las ellas.
La escritora, en cambio, un poco más protegida por algún dios mexicano que la convirtió en la quinta ganadora mexicana de este galardón, tras Octavio Paz, Carlos Fuentes, Sergio Pitol y José Emilio Pacheco.
La América indígena y desfavorecida representada por una mexicana culta de origen polaco. Evoca su alegre asombro por el idioma español que empezó a descubrir a los diez años cuando su familia se trasladó a México. El de una niña que pasó de decir merci, en París, a maravillarse en un idioma nuevo que la obligaba a jugar con la lengua con palabras como «gracias», «parangaricutirimicuaro» o «Xochitlquetzal».
Entran en su contar sus compatriotas porque quienes le dieron la «llave para abrir México fueron los mexicanos en la calle». Su voz recrea un cuadro realista mexicano «con personajes de a pie como los que don Quijote y su fiel escudero encuentran en su camino, un barbero, un cuidador de cabras…». Su voz pone el color al cuadro de un continente donde la cultura es casi desdeñada y el índice de analfabetismo es muy alto, la pobreza aumenta y los gobiernos no prestan mucha atención a los pobres. Pero ella aprendió el castellano «antes de que los Estados Unidos pretendieran tragarse a todo el continente, la resistencia indígena alzó escudos de oro y penachos de plumas de quetzal y los levantó muy alto cuando las mujeres de Chiapas, antes humilladas y furtivas, declararon en 1994 que querían escoger ellas a su hombre, mirarlo a los ojos, tener los hijos que deseaban y no ser cambiadas por una garrafa de alcohol. Deseaban tener los mismos derechos de los hombres».
Y deja claro, recuerda, que la voz de los mexicanos, el tono de sus compatriotas, sus diminutivos, su humildad y sus modales «no es para hacerse menos ni por esconderse sino porque es parte de su naturaleza». Que no se confundan, viene a decir, no es lo mismo manso que menso.
En la tierra de Miguel de Cervantes está una mujer de 82 años tan sensible como combativa. ¿Rebelde? Que dice las cosas y reivindica la igualdad y derechos y deberes para todos. Una periodista que empezó a darse cuenta de la realidad en 1954 cuando la contrataron en el periódico mexicano Excelsior. Desde entonces, casi medio centenar de libros periodísticos, ensayos, novelas y biografías. Desde grandes reportajes y crónicas como La noche de Tlatelolco y Las soldaderas, hasta El universo o nada, la biografía novelada de su marido, Guillermo Haro; pasando por novelas como La piel del cielo y Hasta no verte, Jesús mío.
No apareció cabalgando como Sancho Panza pero lo recordó, se comparó a él: «Soy una Sancho Panza femenina. (…) Una escritora que no puede hablar de molinos porque ya no los hay y en cambio lo hace de los andariegos comunes y corrientes que cargan su bolsa del mandado, su pico o su pala, duermen a la buena ventura y confían en una cronista impulsiva que retiene lo que le cuentan».
Y le han contado mucho. Porque ella ha preguntado aún más. Es su otro verbo. Y señalar, también. Señalar que el «el poder financiero manda no sólo en México sino en el mundo. Los que lo resisten, montados en Rocinante y seguidos por Sancho Panza son cada vez menos». Por eso se siente orgullosa de andar junto a los «ilusos, los destartalados, los candorosos».
La vida se escribe todos los días. Recuerda. Recalca.
Poniatowska, creadora de una obra que conjuga diferentes registros para ver la vida. El resultado, según el jurado del Cervantes, es «una brillante trayectoria literaria en diversos géneros, de manera particular en la narrativa y en su dedicación ejemplar al periodismo. Su obra destaca por su firme compromiso con la historia contemporánea. Autora de obras emblemáticas que describen el siglo XX desde una proyección internacional e integradora. Elena Poniatowska constituye una de las voces más poderosas de la literatura en español de estos días».
Por eso subió 14 escalones y dio nueve pasos para contar todo lo que contó. Baja y se sienta en un sillón delante de la mesa presidida por el Rey y la Reina de España. Elena Poniatowska, periodista y escritora, nacida princesa, hija de un descendiente directo, «no tan directo» del último rey de Polonia y de una mexicana de origen francés, escucha juiciosa. Lo que dirá primero el ministro de Cultura, José Ignacio Wert: «Porque la escritora que ha insuflado vida literaria al testimonio de la gente común comienza su carrera preguntando y desarrollando el más fino oído, el arte de escuchar». Dice que es una narradora singular en muchos sentidos al traspasar las fronteras convencionales de los géneros. «Que recorre como héroe el camino de la realidad y la ficción».
Aplausos. Ella ahora escucha al Rey lo que dice de ella. Él dice que ella advierte que en su narrativa la frontera entre la realidad y la ficción es muy fina, borrosa. Entre la crónica y la novela. Ella asiente con la cabeza. «Nuestra galardonada aproxima la realidad a nuestras propias vidas. Invita al lector a adoptar una visión y lo estimula para vivir un compromiso con el ser humano».
El Rey dice que la Humanidad es el centro de gravedad de la obra de la escritora mexicana. «La necesidad de poner voz a los desfavorecidos, de poner en evidencia las contradicciones del progreso, de denunciar la discriminación social y toda clase de injusticias».
Aplausos, Elena Poniatowska se pone de pie. Espera que salgan todos. La saludan. Busca con la mirada a sus tres hijos en el paraninfo. Y al patio sale la abuela a cuyo encuentro van siete de los nueve nietos que la han acompañado desde México.
Una hora y cinco minutos ha durado todo. Ha dejado claro la conjugación de un verbo multiforme.
Yo veo
Tú preguntas
Él escribe
Ella, Elena Poniatowska, cuenta. Cuenta lo que sucede a su alrededor y más allá. Ése es su verbo.
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Poniatowska es la cuarta mujer en recoger el premio –frente a 35 hombres ganadores del Cervantes– pero la primera galardonada en subir al púlpito del paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares. (Foto: J.J.Guillén / El País)
C iudad Juárez, Chihuahua. 23 de abril de 2014. (RanchoNEWS).- Contar… contar… contar… Eso hace Elena Poniatowska desde hace 60 años. Y eso mismo hace tras subir cinco escalones, dar siete pasos, otros ocho escalones, dos pasos y un escalón más, para convertirse en la primera mujer en subir al púlpito del paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares para dar su discurso de aceptación del 38º Premio Cervantes de Literatura. Y rompe doblemente la tradición: su traje autóctono y sus palabras, donde más que el autor de El ingenioso hidalgo don Quijote de La Mancha o el mismo Quijote, anduvo Sancho Panza, escribe Winston Manrique Sabogal desde Madrid para El País.
Una periodista de a pie encaramada en lo más alto de las letras en español. Y haciendo gala de su mexicanidad: autóctono vestido rojo de adornos amarillos con un faldón rematado en encaje blanco y como pendientes el recuerdo y la magia de los pescaditos de oro que hacía y deshacía el coronel Aureliano Buendía al final de sus días, por la gracia de Gabriel García Márquez. «Antes de Gabo éramos los condenados de la Tierra. Pero con sus Cien años de soledad le dio alas a América Latina. Y es ese gran vuelo el que hoy nos envuelve y hace que nos crezcan flores en la cabeza».
Contar… contar… contar... Es el verbo preferido de Elena Poniatowska. Es su verbo natural. Y eso hace para contar un trocito de zonas en sombra de América Latina. Con el asombro ante el silencio y el olvido vivido por las mujeres y los más pobres y quienes deben migrar en busca de mejores oportunidades. «Niños, mujeres, ancianos, presos, dolientes y estudiantes caminan al lado de esta reportera que busca, como lo pedía María Zambrano, ‘ir más allá de la propia vida, estar en las otras vidas».
Con voz nerviosa empieza por recordar a las tres mujeres que la precedieron. Es la cuarta en ser distinguida con este premio –frente a los 35 hombres que lo han ganado– pero la primera en subir al púlpito. Ana María Matute estaba en silla de ruedas, María Zambrano no pudo asistir y Dulce María Loynaz envió a una persona para que la representara. Tres marías «zarandeadas por sus circunstancias». Y junto a ellas nombres de mujeres que van desde Sor Juana Inés de la Cruz, pasando por Tina Modotti o Frida Kahlo, hasta las de Ciudad Juárez asesinadas. Asombro ante el silencio y lo que falta por hacer por las ellas.
La escritora, en cambio, un poco más protegida por algún dios mexicano que la convirtió en la quinta ganadora mexicana de este galardón, tras Octavio Paz, Carlos Fuentes, Sergio Pitol y José Emilio Pacheco.
La América indígena y desfavorecida representada por una mexicana culta de origen polaco. Evoca su alegre asombro por el idioma español que empezó a descubrir a los diez años cuando su familia se trasladó a México. El de una niña que pasó de decir merci, en París, a maravillarse en un idioma nuevo que la obligaba a jugar con la lengua con palabras como «gracias», «parangaricutirimicuaro» o «Xochitlquetzal».
Entran en su contar sus compatriotas porque quienes le dieron la «llave para abrir México fueron los mexicanos en la calle». Su voz recrea un cuadro realista mexicano «con personajes de a pie como los que don Quijote y su fiel escudero encuentran en su camino, un barbero, un cuidador de cabras…». Su voz pone el color al cuadro de un continente donde la cultura es casi desdeñada y el índice de analfabetismo es muy alto, la pobreza aumenta y los gobiernos no prestan mucha atención a los pobres. Pero ella aprendió el castellano «antes de que los Estados Unidos pretendieran tragarse a todo el continente, la resistencia indígena alzó escudos de oro y penachos de plumas de quetzal y los levantó muy alto cuando las mujeres de Chiapas, antes humilladas y furtivas, declararon en 1994 que querían escoger ellas a su hombre, mirarlo a los ojos, tener los hijos que deseaban y no ser cambiadas por una garrafa de alcohol. Deseaban tener los mismos derechos de los hombres».
Y deja claro, recuerda, que la voz de los mexicanos, el tono de sus compatriotas, sus diminutivos, su humildad y sus modales «no es para hacerse menos ni por esconderse sino porque es parte de su naturaleza». Que no se confundan, viene a decir, no es lo mismo manso que menso.
En la tierra de Miguel de Cervantes está una mujer de 82 años tan sensible como combativa. ¿Rebelde? Que dice las cosas y reivindica la igualdad y derechos y deberes para todos. Una periodista que empezó a darse cuenta de la realidad en 1954 cuando la contrataron en el periódico mexicano Excelsior. Desde entonces, casi medio centenar de libros periodísticos, ensayos, novelas y biografías. Desde grandes reportajes y crónicas como La noche de Tlatelolco y Las soldaderas, hasta El universo o nada, la biografía novelada de su marido, Guillermo Haro; pasando por novelas como La piel del cielo y Hasta no verte, Jesús mío.
No apareció cabalgando como Sancho Panza pero lo recordó, se comparó a él: «Soy una Sancho Panza femenina. (…) Una escritora que no puede hablar de molinos porque ya no los hay y en cambio lo hace de los andariegos comunes y corrientes que cargan su bolsa del mandado, su pico o su pala, duermen a la buena ventura y confían en una cronista impulsiva que retiene lo que le cuentan».
Y le han contado mucho. Porque ella ha preguntado aún más. Es su otro verbo. Y señalar, también. Señalar que el «el poder financiero manda no sólo en México sino en el mundo. Los que lo resisten, montados en Rocinante y seguidos por Sancho Panza son cada vez menos». Por eso se siente orgullosa de andar junto a los «ilusos, los destartalados, los candorosos».
La vida se escribe todos los días. Recuerda. Recalca.
Poniatowska, creadora de una obra que conjuga diferentes registros para ver la vida. El resultado, según el jurado del Cervantes, es «una brillante trayectoria literaria en diversos géneros, de manera particular en la narrativa y en su dedicación ejemplar al periodismo. Su obra destaca por su firme compromiso con la historia contemporánea. Autora de obras emblemáticas que describen el siglo XX desde una proyección internacional e integradora. Elena Poniatowska constituye una de las voces más poderosas de la literatura en español de estos días».
Por eso subió 14 escalones y dio nueve pasos para contar todo lo que contó. Baja y se sienta en un sillón delante de la mesa presidida por el Rey y la Reina de España. Elena Poniatowska, periodista y escritora, nacida princesa, hija de un descendiente directo, «no tan directo» del último rey de Polonia y de una mexicana de origen francés, escucha juiciosa. Lo que dirá primero el ministro de Cultura, José Ignacio Wert: «Porque la escritora que ha insuflado vida literaria al testimonio de la gente común comienza su carrera preguntando y desarrollando el más fino oído, el arte de escuchar». Dice que es una narradora singular en muchos sentidos al traspasar las fronteras convencionales de los géneros. «Que recorre como héroe el camino de la realidad y la ficción».
Aplausos. Ella ahora escucha al Rey lo que dice de ella. Él dice que ella advierte que en su narrativa la frontera entre la realidad y la ficción es muy fina, borrosa. Entre la crónica y la novela. Ella asiente con la cabeza. «Nuestra galardonada aproxima la realidad a nuestras propias vidas. Invita al lector a adoptar una visión y lo estimula para vivir un compromiso con el ser humano».
El Rey dice que la Humanidad es el centro de gravedad de la obra de la escritora mexicana. «La necesidad de poner voz a los desfavorecidos, de poner en evidencia las contradicciones del progreso, de denunciar la discriminación social y toda clase de injusticias».
Aplausos, Elena Poniatowska se pone de pie. Espera que salgan todos. La saludan. Busca con la mirada a sus tres hijos en el paraninfo. Y al patio sale la abuela a cuyo encuentro van siete de los nueve nietos que la han acompañado desde México.
Una hora y cinco minutos ha durado todo. Ha dejado claro la conjugación de un verbo multiforme.
Yo veo
Tú preguntas
Él escribe
Ella, Elena Poniatowska, cuenta. Cuenta lo que sucede a su alrededor y más allá. Ése es su verbo.
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Literatura / México: Carmen Boullosa, Jaime Labastida y Eduardo Antonio Parra recuerdan a Emmanuel Carballo
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El crítico literario mexicano. (Foto: El Universal)
C iudad Juárez, Chihuahua. 22 de abril de 2014. (RanchoNEWS).- Poetas y narradores de distintas generaciones coincidieron ayer en exaltar los aportes de Emmanuel Carballo a la historia de las letras en México, escribe Alida Piñón para El Universal.
Carmen Boullosa: «No hay generación sin crítico literario y sin editor. No hay mundo literario sin la figura del crítico. El texto sin ese lector agudo no puede alcanzar su verdadera dimensión. Emmanuel Carballo hizo ese papel, sobresaliente, como lo es su generación. Sin él habrían sido incomprensibles, invisibles. A mi generación también la formó –las autobiografías tempranas que él generó fueron capitales, su ojo irritable también. Tenía la perfecta combinación de generosidad y capacidad de rechazo o desagrado. Le vivo en deuda, como cualquier escritor y lector mexicano».
Jaime Labastida: «Se nos han muerto en fechas recientes no solamente grandes escritores, sino también grandes críticos literarios, específicamente tres: José Luis Martínez, Miguel Capistrán y ahora Emmanuel Carballo, y no veo manera de remplazarlos. Ellos eran una especie muy especial, entraban en archivos, estaban atentos a todo lo que se producía en el país, hacían grandes resúmenes. La primera entrevista radiofónica que se hizo al grupo de poetas al que pertenecía, La espiga amotinada, la hizo él, así que nuestra amistad data de hace 55 años, por eso lo lamento profundamente. Si se revisa la antología de Poesía en Movimiento, sólo quedamos nueve de los que fueron incluidos ahí, no es que me guste hacer investigaciones necrofílicas, pero es que estoy aterrado de verlos morir a todos».
Eduardo Antonio Parra: «Fue un escritor que se convirtió, muy pronto, en un crítico profesional. Emmanuel Carballo fue un hombre que decía exactamente lo que pensaba, sus opiniones nunca las limitó por amistad o corrección política, ni por cortesía, eso es admirable. En sus últimos años lo leí más bien como un historiador de la literatura, pero en el ámbito de los escritores fue de los pocos maestros con los que tuve contacto cuando yo vivía en Monterrey, por eso le agradecí las enseñanzas y consejos que me brindó en ese momento. Emmanuel no deja una escuela de críticos, pero sí una actitud que debería servir de ejemplo. Dio el ejemplo de que la crítica sí se puede profesionalizar».
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El crítico literario mexicano. (Foto: El Universal)
C iudad Juárez, Chihuahua. 22 de abril de 2014. (RanchoNEWS).- Poetas y narradores de distintas generaciones coincidieron ayer en exaltar los aportes de Emmanuel Carballo a la historia de las letras en México, escribe Alida Piñón para El Universal.
Carmen Boullosa: «No hay generación sin crítico literario y sin editor. No hay mundo literario sin la figura del crítico. El texto sin ese lector agudo no puede alcanzar su verdadera dimensión. Emmanuel Carballo hizo ese papel, sobresaliente, como lo es su generación. Sin él habrían sido incomprensibles, invisibles. A mi generación también la formó –las autobiografías tempranas que él generó fueron capitales, su ojo irritable también. Tenía la perfecta combinación de generosidad y capacidad de rechazo o desagrado. Le vivo en deuda, como cualquier escritor y lector mexicano».
Jaime Labastida: «Se nos han muerto en fechas recientes no solamente grandes escritores, sino también grandes críticos literarios, específicamente tres: José Luis Martínez, Miguel Capistrán y ahora Emmanuel Carballo, y no veo manera de remplazarlos. Ellos eran una especie muy especial, entraban en archivos, estaban atentos a todo lo que se producía en el país, hacían grandes resúmenes. La primera entrevista radiofónica que se hizo al grupo de poetas al que pertenecía, La espiga amotinada, la hizo él, así que nuestra amistad data de hace 55 años, por eso lo lamento profundamente. Si se revisa la antología de Poesía en Movimiento, sólo quedamos nueve de los que fueron incluidos ahí, no es que me guste hacer investigaciones necrofílicas, pero es que estoy aterrado de verlos morir a todos».
Eduardo Antonio Parra: «Fue un escritor que se convirtió, muy pronto, en un crítico profesional. Emmanuel Carballo fue un hombre que decía exactamente lo que pensaba, sus opiniones nunca las limitó por amistad o corrección política, ni por cortesía, eso es admirable. En sus últimos años lo leí más bien como un historiador de la literatura, pero en el ámbito de los escritores fue de los pocos maestros con los que tuve contacto cuando yo vivía en Monterrey, por eso le agradecí las enseñanzas y consejos que me brindó en ese momento. Emmanuel no deja una escuela de críticos, pero sí una actitud que debería servir de ejemplo. Dio el ejemplo de que la crítica sí se puede profesionalizar».
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Obituario / Emmanuel Carballo
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El crítico literario mexicano en los años cincuenta. (Foto: Revista de la Universidad / UNAM)
C iudad Juárez, Chihuahua. 21 de abril de 2014. (RanchoNEWS).- Emmanuel Carballo, el escritor, investigador y crítico literario mexicano que impulsó la carrera de un enorme grupo de escritores mexicanos, entre los que se encuentran Juan García Ponce, Carlos Monsiváis, Carlos Fuentes, Sergio Pitol, Gustavo Sainz, José Agustín y René Avilés Fábila; que fue amigo de pocos y crítico de muchos; que fue uno de los primeros lectores de Cien años de soledad de Gabriel García Márquez, murió ayer a los 84, víctima de un infarto masivo, informa Yaneth Aguilar desde la Ciudad de México para El Universal.
Alrededor de las 17:00 de ayer, cuando recién regresaba a su casa de un viaje de fin de semana en Valle de Bravo, el escritor, investigador y crítico literario nacido en Guadalajara, Jalisco, el 2 de julio de 1929, falleció cuando apenas bajaba del coche con la maleta del viaje e intentaba entrar a su casa, según informó el presidente del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, (Conaculta) Rafael Tovar y de Teresa.
Emmanuel Carballo se convirtió joven en figura fundamental para las letras mexicanas. Su gran obra fue su crítica tenaz y sin cortapisas: «Soy una figura molesta pero necesaria. Mi papel se presta más a la censura que al elogio. Y es natural, el crítico es el aguafiestas, el villano de película del Oeste, el resentido, el amargado, el ogro y la bruja de los cuentos de niños, el viejo sucio que viola a la chica indefensa, el maniático, el doctor Jekyll y mister Hyde: en pocas palabras, el que exige a los demás que se arriesguen mientras él mira los toros desde la barrera».
Esa autodescripción del investigador y escritor que durante muchos años fue colaborador de El Universal, da cuenta de su mente lúcida y brillante. El propio Carballo aseguraba: «El crítico tiene el compromiso de probar que sus juicios son correctos, que no habla de memoria sino que, por el contrario, sus ideas están respaldadas por la realidad estética de la obra que analiza. Por otra parte, tiene el derecho de decir lo que piensa tal como lo piensa, sin eufemismos, sin presiones, en voz alta y con toda la boca. Si yerra, que las letras mexicanas se lo reprochen; si acierta, que aplacen su sentencia de muerte y lo dejen vivir en paz sus contados días».
Carballo, murió justo en el día previo al Homenaje póstumo del Premio Nobel de Literatura 1982, Gabriel García Márquez, de quien fue gran amigo en los primeros años de la estancia en México del narrador colombiano en México, y lo fue tanto que Emmanuel Carballo fue uno de los primeros lectores de Cien años de soledad, hay constancia de que Carballo leía cada capítulo terminado de la gran novela de Gabo.
En el texto Gabriel García Márquez, un gran novelista latinoamericano, publicado en Revista de la Universidad de México, en 1967, apenas unos meses después de la aparición de la novela Cien años de soledad publicada por la editorial Sudaméricana, Carballo escribió, entre otras cosas, que «después de haber escrito Cien años de Soledad, Gabriel García Márquez puede dormir tranquilo. Se ha ganado un sitial indudable, que nadie le discute ya».
Emmanuel Carballo quien era considerado uno de los críticos literarios más importantes del siglo XX, era hombre de memoria extraordinaria, así lo recuerda el presidente de Conaculta, Rafael Tovar y de Teresa: «Nos acaban de avisar que acaba de fallecer Emmanuel Carballo. Un gran hombre de letras, una de las más grandes memorias mexicanas», señaló a la salida de la casa de Gabriel García Márquez, a donde el funcionario había acudido para ultimar los detalles del homenaje que hoy le rinde México al Premio Nobel.
Carballo deja más de 149 obras publicadas, entre libros de entrevistas, poesía, cuento, ensayo, investigación, memorias, poemas y cuentos en antologías y prólogos.
En Guadalajara fundó las revistas Ariel y Odiseo; mientras que en la Ciudad de México fundó, junto con Carlos Fuentes, la Revista Mexicana de Literatura; como editor dio origen a la Editorial Diógenes y fue director literario de Empresas Editoriales.
Becario del Centro Mexicano de Escritores y de El Colegio de México, también formó parte del Sistema Nacional de Creadores y antes del Sistema Nacional de Investigadores y fue miembro del Consejo de la Crónica de la Ciudad de México. Recibió el Premio Iberoamericano, el Premio Nacional de Ciencias y Artes, el Premio Nacional de Periodismo Cultural "Fernando Benítez” y la Medalla Alfonso Reyes.
Le sobrevive su esposa, la escritora e investigadora Beatriz Espejo; así como los cuatro hijos de él: Emmanuel, Pablo, Francisco y Laura.
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El crítico literario mexicano en los años cincuenta. (Foto: Revista de la Universidad / UNAM)
C iudad Juárez, Chihuahua. 21 de abril de 2014. (RanchoNEWS).- Emmanuel Carballo, el escritor, investigador y crítico literario mexicano que impulsó la carrera de un enorme grupo de escritores mexicanos, entre los que se encuentran Juan García Ponce, Carlos Monsiváis, Carlos Fuentes, Sergio Pitol, Gustavo Sainz, José Agustín y René Avilés Fábila; que fue amigo de pocos y crítico de muchos; que fue uno de los primeros lectores de Cien años de soledad de Gabriel García Márquez, murió ayer a los 84, víctima de un infarto masivo, informa Yaneth Aguilar desde la Ciudad de México para El Universal.
Alrededor de las 17:00 de ayer, cuando recién regresaba a su casa de un viaje de fin de semana en Valle de Bravo, el escritor, investigador y crítico literario nacido en Guadalajara, Jalisco, el 2 de julio de 1929, falleció cuando apenas bajaba del coche con la maleta del viaje e intentaba entrar a su casa, según informó el presidente del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, (Conaculta) Rafael Tovar y de Teresa.
Emmanuel Carballo se convirtió joven en figura fundamental para las letras mexicanas. Su gran obra fue su crítica tenaz y sin cortapisas: «Soy una figura molesta pero necesaria. Mi papel se presta más a la censura que al elogio. Y es natural, el crítico es el aguafiestas, el villano de película del Oeste, el resentido, el amargado, el ogro y la bruja de los cuentos de niños, el viejo sucio que viola a la chica indefensa, el maniático, el doctor Jekyll y mister Hyde: en pocas palabras, el que exige a los demás que se arriesguen mientras él mira los toros desde la barrera».
Esa autodescripción del investigador y escritor que durante muchos años fue colaborador de El Universal, da cuenta de su mente lúcida y brillante. El propio Carballo aseguraba: «El crítico tiene el compromiso de probar que sus juicios son correctos, que no habla de memoria sino que, por el contrario, sus ideas están respaldadas por la realidad estética de la obra que analiza. Por otra parte, tiene el derecho de decir lo que piensa tal como lo piensa, sin eufemismos, sin presiones, en voz alta y con toda la boca. Si yerra, que las letras mexicanas se lo reprochen; si acierta, que aplacen su sentencia de muerte y lo dejen vivir en paz sus contados días».
Carballo, murió justo en el día previo al Homenaje póstumo del Premio Nobel de Literatura 1982, Gabriel García Márquez, de quien fue gran amigo en los primeros años de la estancia en México del narrador colombiano en México, y lo fue tanto que Emmanuel Carballo fue uno de los primeros lectores de Cien años de soledad, hay constancia de que Carballo leía cada capítulo terminado de la gran novela de Gabo.
En el texto Gabriel García Márquez, un gran novelista latinoamericano, publicado en Revista de la Universidad de México, en 1967, apenas unos meses después de la aparición de la novela Cien años de soledad publicada por la editorial Sudaméricana, Carballo escribió, entre otras cosas, que «después de haber escrito Cien años de Soledad, Gabriel García Márquez puede dormir tranquilo. Se ha ganado un sitial indudable, que nadie le discute ya».
Emmanuel Carballo quien era considerado uno de los críticos literarios más importantes del siglo XX, era hombre de memoria extraordinaria, así lo recuerda el presidente de Conaculta, Rafael Tovar y de Teresa: «Nos acaban de avisar que acaba de fallecer Emmanuel Carballo. Un gran hombre de letras, una de las más grandes memorias mexicanas», señaló a la salida de la casa de Gabriel García Márquez, a donde el funcionario había acudido para ultimar los detalles del homenaje que hoy le rinde México al Premio Nobel.
Carballo deja más de 149 obras publicadas, entre libros de entrevistas, poesía, cuento, ensayo, investigación, memorias, poemas y cuentos en antologías y prólogos.
En Guadalajara fundó las revistas Ariel y Odiseo; mientras que en la Ciudad de México fundó, junto con Carlos Fuentes, la Revista Mexicana de Literatura; como editor dio origen a la Editorial Diógenes y fue director literario de Empresas Editoriales.
Becario del Centro Mexicano de Escritores y de El Colegio de México, también formó parte del Sistema Nacional de Creadores y antes del Sistema Nacional de Investigadores y fue miembro del Consejo de la Crónica de la Ciudad de México. Recibió el Premio Iberoamericano, el Premio Nacional de Ciencias y Artes, el Premio Nacional de Periodismo Cultural "Fernando Benítez” y la Medalla Alfonso Reyes.
Le sobrevive su esposa, la escritora e investigadora Beatriz Espejo; así como los cuatro hijos de él: Emmanuel, Pablo, Francisco y Laura.
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martes, abril 15, 2014
Artes Plásticas / España: Los juegos de poder de Tala Madani
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La artista iraní, este lunes en el CAAC en Sevilla. (Foto: Paco Puentes)
C iudad Juárez, Chihuahua. 14 de abril de 2014. (RanchoNEWS).- En sus obras reflexiona sobre la masculinidad, las dinámicas de grupo, la sexualidad y los juegos de poder. Los explora con humor, así como con la violencia imposible de los dibujos animados. El Centro Andaluz de Arte Contemporáneo (CAAC) en Sevilla acoge la primera exposición en un museo español de la artista iraní Tala Madani. La muestra, que se incluye en la sesión expositiva Más allá de Figura, podrá visitarse hasta el 24 de agosto. Una nota de la redacción de El País:
En Tala Madani. Retroproyección, la artista muestra 52 piezas procedentes de museos y colecciones de todo el mundo (Asia, Estados Unidos y Europa), en concreto, 41 pinturas realizadas en los últimos cinco años, así como una escultura con videoanimación y 10 videoanimaciones para las que utiliza la técnica stop frame. La exposición ha sido comisariada por Abi Spinks y es una colaboración con Nottingham Contemporary (Inglaterra).
En sus pinturas y en animaciones digitales, Madani (1981, Teherán, Irán) «representa a hombres satisfaciendo sus necesidades fisiológicas y en momentos sumamente íntimos compartidos de una manera extraña», según el CAAC. Dejando a un lado lo corporal, la artista afirma que «algunas de sus obras hablan de un éxtasis religioso, espiritual o sexual: son como enredos inextricables y perturbadores que critican las camarillas masculinas de poder». Madani imagina los rituales extraños y carentes de sentido del ámbito propiamente masculino. Sus pinturas de grupos de hombres en ropa interior o para dormir, «felizmente inconscientes —y en aparente disfrute— de sus propios apuros y de la compañía de sus iguales, están impregnadas de una sensación de exhibicionismo absurdo». «Dejo que hable el subconsciente», afirma la artista.
Madani ha asegurado en Sevilla que utiliza el humor para que «todo el mundo baje la guardia». En sus pinturas, la violencia competitiva aparece reducida a una impotencia absurda. También la artista aplica colores o motivos supuestamente femeninos a las actividades masculinas. Con frecuencia, la obra de Madani parece tener un carácter narrativo y se inspira en los cómics de Alan Moore y Robert Crumb. Su producción contiene numerosas referencias a la historia del arte, que van desde el expresionismo abstracto al minimalismo, como por ejemplo la pintura de goteo de Jackson Pollock o la técnica de derrame pictórico de Morris Louis.
Tala Madani, tras graduarse en Bellas Artes por la Yale University School of Art en 2006, realiza su debut artístico al año siguiente. Sus más recientes exposiciones son Tala Madani: Abstract Pussy, Galería Pilar Corrias, Londres (2014); Tala Madani: Rip Image, Moderna Museet, Malmö y Moderna Museet, Estocolmo (2013); Tala Madani: The Jinn, Stedelijk Museum Bureau, Amsterdam (2011); y Manual Man, Galería Pilar Corrias, Londres (2011).
En cuanto a las colectivas, ha participado en diversas exposiciones entre las que cabría destacar: Made in L.A., Hammer Museum, Los Angeles (2014); Speech Matters, pabellón danés de la 54ª Bienal de Venecia (2011); Greater New York, MoMA PS1, Nueva York (2010); The Symbolic Efficiency of the Frame, 4ª Bienal Internacional de Arte Contemporáneo de Tirana, Albania (2009); y The Generational: Younger Than Jesus, New Museum, Nueva York (2009).
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La artista iraní, este lunes en el CAAC en Sevilla. (Foto: Paco Puentes)
C iudad Juárez, Chihuahua. 14 de abril de 2014. (RanchoNEWS).- En sus obras reflexiona sobre la masculinidad, las dinámicas de grupo, la sexualidad y los juegos de poder. Los explora con humor, así como con la violencia imposible de los dibujos animados. El Centro Andaluz de Arte Contemporáneo (CAAC) en Sevilla acoge la primera exposición en un museo español de la artista iraní Tala Madani. La muestra, que se incluye en la sesión expositiva Más allá de Figura, podrá visitarse hasta el 24 de agosto. Una nota de la redacción de El País:
En Tala Madani. Retroproyección, la artista muestra 52 piezas procedentes de museos y colecciones de todo el mundo (Asia, Estados Unidos y Europa), en concreto, 41 pinturas realizadas en los últimos cinco años, así como una escultura con videoanimación y 10 videoanimaciones para las que utiliza la técnica stop frame. La exposición ha sido comisariada por Abi Spinks y es una colaboración con Nottingham Contemporary (Inglaterra).
En sus pinturas y en animaciones digitales, Madani (1981, Teherán, Irán) «representa a hombres satisfaciendo sus necesidades fisiológicas y en momentos sumamente íntimos compartidos de una manera extraña», según el CAAC. Dejando a un lado lo corporal, la artista afirma que «algunas de sus obras hablan de un éxtasis religioso, espiritual o sexual: son como enredos inextricables y perturbadores que critican las camarillas masculinas de poder». Madani imagina los rituales extraños y carentes de sentido del ámbito propiamente masculino. Sus pinturas de grupos de hombres en ropa interior o para dormir, «felizmente inconscientes —y en aparente disfrute— de sus propios apuros y de la compañía de sus iguales, están impregnadas de una sensación de exhibicionismo absurdo». «Dejo que hable el subconsciente», afirma la artista.
Madani ha asegurado en Sevilla que utiliza el humor para que «todo el mundo baje la guardia». En sus pinturas, la violencia competitiva aparece reducida a una impotencia absurda. También la artista aplica colores o motivos supuestamente femeninos a las actividades masculinas. Con frecuencia, la obra de Madani parece tener un carácter narrativo y se inspira en los cómics de Alan Moore y Robert Crumb. Su producción contiene numerosas referencias a la historia del arte, que van desde el expresionismo abstracto al minimalismo, como por ejemplo la pintura de goteo de Jackson Pollock o la técnica de derrame pictórico de Morris Louis.
Tala Madani, tras graduarse en Bellas Artes por la Yale University School of Art en 2006, realiza su debut artístico al año siguiente. Sus más recientes exposiciones son Tala Madani: Abstract Pussy, Galería Pilar Corrias, Londres (2014); Tala Madani: Rip Image, Moderna Museet, Malmö y Moderna Museet, Estocolmo (2013); Tala Madani: The Jinn, Stedelijk Museum Bureau, Amsterdam (2011); y Manual Man, Galería Pilar Corrias, Londres (2011).
En cuanto a las colectivas, ha participado en diversas exposiciones entre las que cabría destacar: Made in L.A., Hammer Museum, Los Angeles (2014); Speech Matters, pabellón danés de la 54ª Bienal de Venecia (2011); Greater New York, MoMA PS1, Nueva York (2010); The Symbolic Efficiency of the Frame, 4ª Bienal Internacional de Arte Contemporáneo de Tirana, Albania (2009); y The Generational: Younger Than Jesus, New Museum, Nueva York (2009).
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Literatura / Estados Unidos: Donna Tartt gana el Pulitzer de novela por «El jilguero»
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La escritora estadounidense. (Foto: Archivo)
C iudad Juárez, Chihuahua. 14 de abril de 2014. (RanchoNEWS).- Theo Decker, un adolescente de 13 años, ve morir a su madre en un atentado terrorista en el museo Metropolitano de Nueva York. Sólo, lleno de miedo y con el cuadro El jilguero, una tabla holandesa del siglo XVII, en sus manos el joven se adentrará en un intenso periplo que lo llevará a Las Vegas y Amsterdam. Esta es, a grandes rasgos, la trama de El jilguero, la novela por la que su autora, Donna Tartt, ha ganado el premio Pulitzer de novela de ficción. Una nota de Eva Saiz Escolano para El País:
Nacida y criada en Misisipí, Tartt irrumpió en el mundo literario hace 20 años con la novela El secreto, publicada en 1992, una obra que atrapó la atención de público y crítica, hasta el punto de entroncarla con Faulkner o Capote por su herencia sureña. Su segundo libro, Un juego de niños, desilusionó a quienes habían sido cautivados por la promesa literaria que habían atisbado en Tartt. Ese desencanto, no obstante, le otorgó la vitola de autora de culto. Su última novela, sin embargo, se ha encumbrado en la cima de la lista de libros más vendidos de The New York Times y de Amazon.
Reacia a las entrevistas y a dejarse fotografiar, Tartt espacia sus trabajos. Los amantes de su literatura han debido esperar 10 años para poder tener entre sus manos su tercer trabajo. En las últimas dos décadas, Tartt solo ha publicado tres novelas, una circunstancia que evidencia el esfuerzo y la ambición con la que acomete todos sus libros y que ha ahondado en el aura de misterio que la rodea y en el que parece cómoda. «Aprendí pronto que yo no estaba hecha para el público literario, demasiado ruido, demasiado chismorreo», comentó entonces Tartt.
El jurado del Pulitzer ha premiado a El jilguero por «la madurez de una novela maravillosamente escrita, con unos personajes exquisitamente perfilados que narra la dolorosa implicación de un chaval con un famoso cuadro que se ha librado de la destrucción. Un libro que estimula la mente y toca el corazón». El libro está nominado pare el premio del Círculo Nacional de Críticos y para la medalla Andrew Carnegie.
Todas sus obras son largas, alrededor de 1.000 páginas, y todas comparten un punto de partida común: comienzan con un asesinato., y todas tienen un poso dickensiano del que ella no rehúye. «Los novelistas que hicieron que quisiera escribir son en su mayoría del siglo XIX, Dickens, Melville, Dostoyevsky, con Dickens a la cabeza», señaló recientemente a The New York Times.
Tartt nació en 1963 en Greenwood, Misisipí, y se crió rodeada de libros. A comienzos de los 80 se inscribió en la universidad de Misisipí en Oxford hasta que el escritor Willie Morris, profesor en el campus, la convenció para se matriculara en Bennington donde trabó amistad con Bret Easton Ellis.
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La escritora estadounidense. (Foto: Archivo)
C iudad Juárez, Chihuahua. 14 de abril de 2014. (RanchoNEWS).- Theo Decker, un adolescente de 13 años, ve morir a su madre en un atentado terrorista en el museo Metropolitano de Nueva York. Sólo, lleno de miedo y con el cuadro El jilguero, una tabla holandesa del siglo XVII, en sus manos el joven se adentrará en un intenso periplo que lo llevará a Las Vegas y Amsterdam. Esta es, a grandes rasgos, la trama de El jilguero, la novela por la que su autora, Donna Tartt, ha ganado el premio Pulitzer de novela de ficción. Una nota de Eva Saiz Escolano para El País:
Nacida y criada en Misisipí, Tartt irrumpió en el mundo literario hace 20 años con la novela El secreto, publicada en 1992, una obra que atrapó la atención de público y crítica, hasta el punto de entroncarla con Faulkner o Capote por su herencia sureña. Su segundo libro, Un juego de niños, desilusionó a quienes habían sido cautivados por la promesa literaria que habían atisbado en Tartt. Ese desencanto, no obstante, le otorgó la vitola de autora de culto. Su última novela, sin embargo, se ha encumbrado en la cima de la lista de libros más vendidos de The New York Times y de Amazon.
Reacia a las entrevistas y a dejarse fotografiar, Tartt espacia sus trabajos. Los amantes de su literatura han debido esperar 10 años para poder tener entre sus manos su tercer trabajo. En las últimas dos décadas, Tartt solo ha publicado tres novelas, una circunstancia que evidencia el esfuerzo y la ambición con la que acomete todos sus libros y que ha ahondado en el aura de misterio que la rodea y en el que parece cómoda. «Aprendí pronto que yo no estaba hecha para el público literario, demasiado ruido, demasiado chismorreo», comentó entonces Tartt.
El jurado del Pulitzer ha premiado a El jilguero por «la madurez de una novela maravillosamente escrita, con unos personajes exquisitamente perfilados que narra la dolorosa implicación de un chaval con un famoso cuadro que se ha librado de la destrucción. Un libro que estimula la mente y toca el corazón». El libro está nominado pare el premio del Círculo Nacional de Críticos y para la medalla Andrew Carnegie.
Todas sus obras son largas, alrededor de 1.000 páginas, y todas comparten un punto de partida común: comienzan con un asesinato., y todas tienen un poso dickensiano del que ella no rehúye. «Los novelistas que hicieron que quisiera escribir son en su mayoría del siglo XIX, Dickens, Melville, Dostoyevsky, con Dickens a la cabeza», señaló recientemente a The New York Times.
Tartt nació en 1963 en Greenwood, Misisipí, y se crió rodeada de libros. A comienzos de los 80 se inscribió en la universidad de Misisipí en Oxford hasta que el escritor Willie Morris, profesor en el campus, la convenció para se matriculara en Bennington donde trabó amistad con Bret Easton Ellis.
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Artes Plásticas / Inglaterra: Henri Matisse, un genial corta y pega
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Una visitante de la exposición de Henri Matisse en la Tate Modern observa el cuadro El caracol.(Foto: Leon Neal)
C iudad Juárez, Chihuahua. 15 de abril de 2014. (RanchoNEWS).- Henri Matisse (1869–1954) estaba convencido de que vivía sus últimos días cuando en 1941 encaró una delicada operación quirúrgica, a la que acabó sobreviviendo aunque le dejara postrado en una silla de ruedas. Lejos de sentenciar el epílogo de su carrera, el ya consagrado pionero del modernismo se volcó con ansias regeneradas en lo que consideraba una seconde vie (segunda vida), un nuevo lenguaje visual elaborado a base de recortes de papel pintados en tonos brillantes. Los cut-outs dejaron de ser meras plantillas de sus cuadros y esculturas para convertirse en un modo de representación en sí mismo. A esa última y prolífica etapa dedica la Tate Modern la primera exposición que ha conseguido reunir el grueso de los trabajos con los que el artista francés pretendió (entre 1936 y 1954) «esculpir» el color. Una nota de Patricia Tubella para El País:
La simplicidad de la propuesta, un proceso casi infantil de yuxtaposición de recortes, contrasta con la exuberancia creativa de las 130 obras procedentes de colecciones públicas y privadas de todo el mundo que la sede londinense del museo desplegará a partir del jueves. Organizada en colaboración con el MoMA de Nueva York, la muestra ha permitido la inédita exhibición en la misma sala del célebre título El caracol —integrante de los fondos de la Tate— junto a otras dos piezas ejecutadas en el mismo año 1953, Memoria de Oceanía y la gigantesca Composición con máscaras, como culminación de la técnica de los cut-outs. Matisse concibió el conjunto cual gran tríptico, tal y como atestiguan las fotografías tomadas en la época en su estudio de Vence, al sur de Francia.
Los cut-outs no significaron para Matisse una renuncia a la pintura: él lo llamaba «pintar con tijeras». Aquejado ya antes de la operación de una salud muy precaria, que le impedía mantener la precisión de antaño ante el atril, ideó una técnica que acabó encarnando una nueva y radical forma de modernismo. Sus asistentes, dirigidas por la fiel ayudante Lydia Delectorskaya, pintaban hojas en blanco con gouache de vivos colores y, siguiendo las instrucciones del maestro, las pegaban en las paredes del estudio y de su habitación. Matisse dedicaba muchas horas a meditar sobre el juego de las combinaciones antes de emprender el tijeretazo para dar forma a sus figuras.
En la génesis del concepto están las láminas de sus primeros collages que ilustraron el libro Jazz, imágenes cuya jovialidad contrasta con la oscuridad de los tiempos de la Segunda Guerra Mundial en que fueron realizadas, aunque la edición limitada no se publicó hasta 1947. El esquema de sus combinaciones con motivos circenses —acompañadas de un manuscrito— evoca ese género musical siguiendo una estructura rítmica que acaba quebrada por un repentino acto de improvisación.
El artista ha descubierto un nuevo formato de expresión y da rienda suelta a su libertad en aquel «jardín interior» de formas orgánicas que forraban las paredes de su hábitat, perfilando por ejemplo el movimiento de la danza que siempre le cautivó con una imaginería de creciente escala y complejidad. La serie de Desnudos azules, exhibidos en la Tate junto a algunas de las esculturas de su primera etapa, escenifica una fascinación recuperada por la figura del cuerpo femenino.
Trabajaba frenéticamente en su vejez ante la certeza de que se le acababa el tiempo, y aquellos recortes que un día mostró en su estudio al amigo y rival Pablo Picasso le permitían producir a ritmo rápido. Una vez cautivado por el potencial de ese método, se olvidó completamente del pincel con el que en sus inicios había desafiado la ortodoxia, planteando innovaciones estilísticas que alteraron el curso del arte y le convirtieron en una de las figuras más influyentes del arte del siglo XX. Dos días antes de su muerte, en noviembre de 1954, seguía inmerso en la producción sus cut-outs o gouaches découpées.
Henri-Émile-Benoît Matisse dejó su firma en el diseño y ornamentación de la Capilla del Rosario del pueblo de Vence, en sus murales, el altar, el vía crucis pintado sobre las losas y los vitrales concebidos a partir de las plantillas de los recortes. Aquellos bocetos a golpe de tijera le ayudaron a imaginar sus composiciones transformadas en un vidrio que proyectaba sus colores en el blanco de la cerámica de la iglesia.
Nicholas Serota, el poderoso director del conjunto de galerías del grupo Tate, soñaba con poner en pie una exposición consagrada a los cut-outs desde que visitó esa capilla de la Provenza hace más de cuatro décadas. De forma inusual, Serota figura como uno de los comisarios de esa muestra, que califica como la «más evocadora y hermosa» de las vistas en Londres. Excesivo o no el calificativo, es una oportunidad sin precedentes de sumergirse en la invención de otra forma de hacer el arte.
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Una visitante de la exposición de Henri Matisse en la Tate Modern observa el cuadro El caracol.(Foto: Leon Neal)
C iudad Juárez, Chihuahua. 15 de abril de 2014. (RanchoNEWS).- Henri Matisse (1869–1954) estaba convencido de que vivía sus últimos días cuando en 1941 encaró una delicada operación quirúrgica, a la que acabó sobreviviendo aunque le dejara postrado en una silla de ruedas. Lejos de sentenciar el epílogo de su carrera, el ya consagrado pionero del modernismo se volcó con ansias regeneradas en lo que consideraba una seconde vie (segunda vida), un nuevo lenguaje visual elaborado a base de recortes de papel pintados en tonos brillantes. Los cut-outs dejaron de ser meras plantillas de sus cuadros y esculturas para convertirse en un modo de representación en sí mismo. A esa última y prolífica etapa dedica la Tate Modern la primera exposición que ha conseguido reunir el grueso de los trabajos con los que el artista francés pretendió (entre 1936 y 1954) «esculpir» el color. Una nota de Patricia Tubella para El País:
La simplicidad de la propuesta, un proceso casi infantil de yuxtaposición de recortes, contrasta con la exuberancia creativa de las 130 obras procedentes de colecciones públicas y privadas de todo el mundo que la sede londinense del museo desplegará a partir del jueves. Organizada en colaboración con el MoMA de Nueva York, la muestra ha permitido la inédita exhibición en la misma sala del célebre título El caracol —integrante de los fondos de la Tate— junto a otras dos piezas ejecutadas en el mismo año 1953, Memoria de Oceanía y la gigantesca Composición con máscaras, como culminación de la técnica de los cut-outs. Matisse concibió el conjunto cual gran tríptico, tal y como atestiguan las fotografías tomadas en la época en su estudio de Vence, al sur de Francia.
Los cut-outs no significaron para Matisse una renuncia a la pintura: él lo llamaba «pintar con tijeras». Aquejado ya antes de la operación de una salud muy precaria, que le impedía mantener la precisión de antaño ante el atril, ideó una técnica que acabó encarnando una nueva y radical forma de modernismo. Sus asistentes, dirigidas por la fiel ayudante Lydia Delectorskaya, pintaban hojas en blanco con gouache de vivos colores y, siguiendo las instrucciones del maestro, las pegaban en las paredes del estudio y de su habitación. Matisse dedicaba muchas horas a meditar sobre el juego de las combinaciones antes de emprender el tijeretazo para dar forma a sus figuras.
En la génesis del concepto están las láminas de sus primeros collages que ilustraron el libro Jazz, imágenes cuya jovialidad contrasta con la oscuridad de los tiempos de la Segunda Guerra Mundial en que fueron realizadas, aunque la edición limitada no se publicó hasta 1947. El esquema de sus combinaciones con motivos circenses —acompañadas de un manuscrito— evoca ese género musical siguiendo una estructura rítmica que acaba quebrada por un repentino acto de improvisación.
El artista ha descubierto un nuevo formato de expresión y da rienda suelta a su libertad en aquel «jardín interior» de formas orgánicas que forraban las paredes de su hábitat, perfilando por ejemplo el movimiento de la danza que siempre le cautivó con una imaginería de creciente escala y complejidad. La serie de Desnudos azules, exhibidos en la Tate junto a algunas de las esculturas de su primera etapa, escenifica una fascinación recuperada por la figura del cuerpo femenino.
Trabajaba frenéticamente en su vejez ante la certeza de que se le acababa el tiempo, y aquellos recortes que un día mostró en su estudio al amigo y rival Pablo Picasso le permitían producir a ritmo rápido. Una vez cautivado por el potencial de ese método, se olvidó completamente del pincel con el que en sus inicios había desafiado la ortodoxia, planteando innovaciones estilísticas que alteraron el curso del arte y le convirtieron en una de las figuras más influyentes del arte del siglo XX. Dos días antes de su muerte, en noviembre de 1954, seguía inmerso en la producción sus cut-outs o gouaches découpées.
Henri-Émile-Benoît Matisse dejó su firma en el diseño y ornamentación de la Capilla del Rosario del pueblo de Vence, en sus murales, el altar, el vía crucis pintado sobre las losas y los vitrales concebidos a partir de las plantillas de los recortes. Aquellos bocetos a golpe de tijera le ayudaron a imaginar sus composiciones transformadas en un vidrio que proyectaba sus colores en el blanco de la cerámica de la iglesia.
Nicholas Serota, el poderoso director del conjunto de galerías del grupo Tate, soñaba con poner en pie una exposición consagrada a los cut-outs desde que visitó esa capilla de la Provenza hace más de cuatro décadas. De forma inusual, Serota figura como uno de los comisarios de esa muestra, que califica como la «más evocadora y hermosa» de las vistas en Londres. Excesivo o no el calificativo, es una oportunidad sin precedentes de sumergirse en la invención de otra forma de hacer el arte.
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