Rancho Las Voces

martes, agosto 30, 2016

Obituario / Gene Wilder

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El actor de 83 años protagonizó películas como El jovencito Frankenstein, Un mundo de fantasía o Los productores. (Foto: ARCHIVO)

C iudad Juárez, Chihuahua. 30 de agosto de 2016. (RanchoNEWS).- El cómico Gene Wilder, una de las figuras más populares en su género, ha fallecido a los 83 años en su casa en Stamford (Connecticut) por complicaciones derivadas del alzhéimer que sufría desde hacía tres años, según un comunicado de su sobrino. Wilder forma parte del imaginario colectivo gracias a su participación en títulos como Sillas de montar calientes, Un mundo de fantasía (Willy Wonka y la fábrica de chocolate), El jovencito Frankenstein, Los productores, La mujer de rojo o No me chilles que no te veo. Informa Gregorio Berlinchón para El País.

Wilder, cuyo auténtico nombre era Jerome Silberman, fue dos veces candidato al Oscar: como actor de reparto por Los productores en 1969 y como coguionista de El jovencito Frankenstein en 1975. En televisión logró una candidatura a los Emmy en 2003 por su aparición en Will & Grace. Al final de los setenta y en los ochenta, trabajó en cuatro películas junto a Richard Pryor, convirtiéndose en una de las parejas cómicas interraciales más famosas de la historia del cine gracias a El expreso de Chicago, Locos de remate, No me chilles que no te veo y No me mientas que te creo. Ese invento, el de la pareja Pryor-Wilder, fue una creación de Arthur Hiller, que murió también hace dos semanas. Él los emparejó en El expreso de Chicago. Pryor y Wilder nunca se llevaron bien, por la adicción a las drogas de Pryor. Curiosamente, su última colaboración, No me mientas... que te creo, en 1991, fue la última aparición de ambos en la gran pantalla: Pryor se retiró por culpa de una esclerosis múltiple que se puede intuir en esa comedia y por la que moriría en 2005.

Pero si alguien marcó la carrera de Wilder, es sin duda Mel Brooks, que le puso al frente de El jovencito Frankenstein, Sillas de montar calientes y Los productores. Brooks impulsó también su aparición en Will & Grace.

Wilder había estudiado Interpretación en la Universidad de Iowa y en Bristol, en Reino Unido antes de servir dos años en la Armada estadounidense entre 1956 y 1958. Al licenciarse, volvió a los estudios, y otro actor, Charles Grodin, le convenció para que entrar en el Actors Studio. Allí fue donde cambió su nombre y desde allí, la escuela de Lee Strasberg, empezó a trabajar en el off-Broadway como Roots y The Complaisant Lover, por el que recibió el galardón Clarence Derwent. En 1964, trabajó en Madre coraje con Anne Bancroft. A la actriz le gustó Wilder y se lo presentó a su marido, Mel Brooks. Él le prometió un papel en una alocada comedia con una subtrama con un musical filonazi, pero aún tardaría tres años en poder producir Los productores, cuando Wilder ya había debutado en la gran pantalla con Bonnie y Clyde. A las pocas horas del óbito, el cineasta y escritor se despidió de su actor en Twitter, al que definió como uno de los «auténticos grandes talentos de nuestro tiempo».

En sus años de gloria, los setenta y los ochenta, este cómico judío nacido en una familia de inmigrantes rusos en Milwaukee, dirigió cinco películas: El hermano más listo de Sherlock Holmes, El mejor amante del mundo, Los seductores, La mujer de rojo y Terrorífica luna de miel, todas protagonizadas por él. En esos años actuó también en otras comedias como El pequeño príncipe, donde daba vida al zorro, o Todo lo que usted siempre quiso saber sobre el sexo pero nunca se atrevió a preguntar, de Woody Allen, en la que se enamoraba de una oveja, Daisy,

La tercera de sus cuatro esposas fue Gilda Radner, otro gran talento cómico. Su muerte a los 42 años en 1989, por cáncer de ovarios, llevó a Wilder a involucrarse en actos y fundaciones contra esta enfermedad. El cómico dejó de actuar por voluntad propia, según le contó a Alec Baldwin en una entrevista para el canal TCM en 2008: «Me di cuenta de que no me gusta el show business. En realidad, me gusta el show, detesto el business». Y dedicó su tiempo a obras benéficas, a escribir sus memorias -que publicó en 2005-, tres novelas y una recopilación de cuentos, y a pintar acuarelas junto a su cuarta esposa, Karen Webb, una amiga a la que conoció cuando ella le enseñó a él a leer en los labios para el rodaje de No me chilles que no te veo, y con quien se casó en 1991.


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Fotografía / México: Libro de retratos de las mujeres de la plástica mexicana

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La pintora Luz María Solloa Junco está incluida en el libro. (Foto: El Economista)

C iudad Juárez, Chihuahua. 29 de agosto de 2016. (RanchoNEWS).- En el centro de la memoria, mujeres del Salón de la Plástica Mexicana es el nuevo libro de la fotógrafa Blanca Charolet, quien pensó que era momento de homenajear a los miembros de este salón, quienes han hecho lo posible para que exista, escribe Fausto Ponceago desde la Ciudad de México para El Economista.

«Yo pertenezco al Salón de la Plástica y me venía dando cuenta que, al hacer los eventos y recordar a los iniciadores, nunca se mencionaban a los que han estado y han hecho posible que el salón lleve 65 años. Se me ocurrió la idea de hacer una memoria gráfica de todos los que son parte del Salón, inclusi los que ya han muerto. Hice una serie de retratos y a los que ya no están les hice una fotografía construida, una lectura gráfica, es decir, armé la escena con los elementos que consideraba de vital importancia para el artista y los mezclé», comenta la fotógrafa, quien este año cumple 50 años de actividad fotográfica.
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En el caso de las fotos construidas, Blanca nos habla de Lola Álvarez Bravo: «Fue la primera en incursionar en el montaje en México; tenia montajes extraordinarios en torno a la ciudad y a la crítica social. Yo hago esa representación de la ciudad actual pero con la Torre Latino. El de ella es un montaje de la ciudad pero de los años».

Blanca Charolet muestra 54 retratos de mujeres, artistas plásticas que ingresaron al salón en diferentes periodos y procesos de selección y como resultado de las convocatorias Nuevos Valores y Puertas Abiertas, de 1949 al 2006. Entre ellas Leonora Carrington, Frida Kahlo, María Izquierdo, Lucinda Urrusti y Rina Lazo.

Anteriormente, Blanca había comentado públicamente lo siguiente: «Mi búsqueda en este proyecto es exaltar con el retrato el centro vital de las artistas activas y fallecidas que se incorporaron por su calidad artística y personal, sin olvidar su esencia como seres humanos en el núcleo de la conciencia y evocación histórica del arte en México. ¿Quiénes son esas artistas? Mujeres que se han planteado diversas interrogaciones a la realidad, con distintos bagajes, diferentes historias de vida, pero todas ellas enfrentadas a múltiples retos, sociales, culturales y estéticos».

Blanca calcula que son casi 400 miembros del salón, pero en el camino de construcción del proyecto se topó con que había apoyo para el proyecto desde el punto de vista de la cuestión de género, por lo que espera poder editar más libros con los miembros mujeres restantes.

«Yo continúo haciendo el proyecto y en el camino esperemos que haya otro apoyo. Es un testimonio en el cual la mayoría de las personas no tienen referencia al autor más que por su obra pero no tienes otra. Es un proyecto que he hecho poco a poco. Ha sido difícil coincidir con las agendas y los lugares. Hay artistas que no los he fotografiado aquí», comenta Blanca.

Con los adelantos tecnológicos, la gente ya casi no se manda a hacer retratos, comenta Blanca. No lo dice en un tono de nostalgia, porque sabe que las cosas cambian, pero siempre prevalece la mirada del fotógrafo. «Uno tiene que adaptarse a lo nuevo. Tenemos la escuela vieja y es muy bonita. Yo estoy encantada de conocer tanta herramienta, estoy aprendiendo. Manejo lo digital desde el 2000. La verdad es que sí me siento muy favorecida por tener la oportunidad de estas herramientas que te ayudan a resolver muchas cosas. Cuando comenzó lo digital no había la calidad que hay ahora, pero son herramientas al final de cuentas. Lo importante es el ojo del fotógrafo, su bagaje cultural y su alma».

El alma es un elemento central de su trabajo y este libro no está exento: «... mirar a los ojos, contactar el alma, encuadrar rostros y cuerpos; ir al fondo, captar su espíritu de artista y persona en el espacio de sus talleres, de sus ámbitos de creación, así como en lugares que propician la expansión de la individualidad de la artista; ambientes suaves, sosegados en los que, en algunos casos, se incorporan objetos de su entorno cotidiano, han sido los contextos que complementan la creación de las imágenes de las artistas plásticas vivas», ha declarado antes.

Blanca Charolet presentará En el centro de la memoria, mujeres del Salón de la Plástica Mexicana el 3 de septiembre a las 5 de la tarde en el Centro Cultural Jaime Torres Bodet.

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Galería / François Kollar: «St. Catherine tunnel mouth»

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St. Catherine tunnel mouth
Sotteville-lés-Rouen
1931-1932


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Música / Estados Unidos: El último concierto de los Beatles hace medio siglo

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The Beatlesdurante su último concierto, en Candlestick Park, San Francisco, California. (Foto: Shinko Music / Getty)

C iudad Juárez, Chihuahua. 28 de agosto de 2016. (RanchoNEWS).- Era pleno verano en San Francisco, y sin embargo, en las butacas del estadio Candlestick Park hacía bastante frío ese 29 de agosto de 1966. Eso no les importaba a los miles de fans de los Beatles, particularmente a las chicas, que habían asistido entusiasmadas para verlos en el último concierto programado en su tercera visita a Estados Unidos, escribe Gabriel Lerman desde Los Ángeles para La Vanguardia.

Y aunque mirando hacia atrás, con el furor que todavía despiertan 46 años después de que tomaron caminos separados, uno pueda imaginar un estadio repleto con entradas agotadas, esa no fue la realidad. De las 42.500 localidades disponibles, solamente estaban ocupadas unas 25.000. El excorresponsal en Los Ángeles del diario londinense London Daily Express, Ivor Davis, puede dar fe de ello, porque estuvo allí.

Enviado por su jefe a cubrir la primera gira que los Beatles hicieron por Estados Unidos en agosto de 1964, Davis llegó a San Francisco para el primer concierto sin imaginar que ese sería el inicio de una larga relación. Su labor no fue sólo relatar cada paso que los fabulosos cuatro dieron por Estados Unidos, sino también convertirse en el escritor fantasma de George Harrison para una columna semanal que se publicaba cada semana en aquel rotativo. Con el tiempo, y a medida que la fama del grupo aumentaba, pudo conocerles de una forma que hoy sería imposible para cualquier periodista que debe informar sobre una celebridad: «Yo tenía acceso total. Como estaba en el cuarto de al lado, podía hacerles preguntas cuando lo necesitaba. Paul me traía gin-tonics cuando viajábamos en el jet privado. Yo formaba parte de la familia de los Beatles, y cuando estaban de gira teníamos acceso a ellos durante todas las horas del día» .

El veterano periodista, que hoy tiene 78 años y dedica su tiempo a promocionar por el mundo su exitoso libro The Beatles and me on tour, recuerda vívidamente el concierto en el estadio de béisbol de los Giants, porque él, al igual que los músicos, estaba listo para volver a su casa: «Ellos ya sabían que era el fin de la gira y la única diferencia con los otros conciertos fue que hablaron entre ellos un poco más entre canciones y se hicieron comentarios divertidos en el escenario. La realidad es que ya estaban cansados de las giras y querían irse a trabajar al estudio para hacer música, buenos discos y material de calidad, en lugar de seguir participando de lo que se había convertido en un circo», recuerda.

Es que no sólo debían cantar sus canciones junto a un coro de miles de chicas que gritaban sin cesar, sino que el resultado de lo que tocaban en el escenario dejaba mucho que desear: «Mientras hacían las giras la calidad del equipamiento era terrible, parecía una noche amateur. Los Beatles tenían dos personas que llevaban los amplificadores y la mayoría de los estadios en los que tocaban no estaban preparados para música. La calidad en Candlestick Park era terrible. Existen algunas grabaciones que te permiten comprobarlo. Recuerdo cuando les escuché en el Hollywood Bowl. El sonido era espantoso, pero los magos del sonido llevaron la grabación al estudio, la limpiaron y lograron darle calidad de alta definición», señala.

Testigo directo

Davis también es preciso al señalar que las circunstancias de la gira no fueron las mejores: «Aquella fue la peor de las tres. En 1964 fueron tremendamente exitosos y la del año siguiente también lo fue, pero en 1966 no querían viajar a Estados Unidos. Estaban preocupados. John Lennon había dicho que los Beatles eran más populares que Jesús, y ese comentario generó mucho enojo. Como resultado, los Beatles recibieron amenazas de muerte. Brian Epstein, su mánager, llegó a pensar en cancelarla. Pero era un hombre de palabra y por eso decidió llevar adelante su última gira norteamericana». El periodista recuerda que en aquella tercera gira, era obvio que los cuatro estaban hartos de los conciertos en vivo: «Para empezar nunca podían escucharse a sí mismos. Muchas veces se perdían en medio de una canción. Le pasó a Ringo, que ya no sabía cual estaban tocando. John me comentó en aquel entonces que nadie iba a los conciertos a escuchar a Los Beatles, sólo les querían ver», comparte.

Si bien nuestra mirada actual está teñida de nostalgia y de sana envidia por quienes pudieron estar allí, las circunstancias que rodeaban a los músicos más famosos del mundo no eran necesariamente las mejores: «Antes de viajar a Estados Unidos, habían tenido una experiencia muy mala en Filipinas», recuerda Davis, y agrega: «Les habían invitado a una recepción con la esposa del presidente, Imelda Marcos, Brian se olvidó y no fueron. Imelda se enojó mucho, la gente en Filipinas también y para poder llegar al avión tuvieron que escaparse. En Estados Unidos la gente quemaba sus discos en 1966 y el Ku Klux Klan no les miraba con simpatía».

En aquella noche de finales de agosto de la que el lunes se cumplirán 50 años, algo había en el estadio que les recordaba a los presentes que no se trataba de un concierto normal. Un camión blindado había sido ubicado con la mayor discreción posible junto al escenario, lo que llevó a muchos a preguntarse si estaba allí para que los Beatles se presentaran ante la audiencia cuando terminaran los números previos.

Aunque el espectáculo comenzó puntualmente a las 8 de la noche, pasó un largo rato antes de que los idolatrados músicos aparecieran en escena. Tal como se estilaba en esos tiempos, una sucesión de grupos y cantantes aprovechó la ocasión para tratar de congraciarse con la audiencia: The Remains, Bobby Hebb, The Cyrkle y The Ronettes fueron subiendo al escenario en ese orden. Justo a las 21.27 h aparecieron ellos, y no salieron del camión blindado como muchos esperaban. Tocaron 11 canciones y ni una más: Rock and roll music, She’s a woman, If I needed someone, Day tripper, Babby in black, I feel fine, Yesterday, I wanna be your man, Nowhere man, Paperback writer y Long tall Sally. John y Paul colocaron una cámara sobre un amplificador durante el concierto y se tomaron fotografías en las que se les ve con el público detrás.

También le pidieron a su jefe de prensa, Tony Barrow, que grabara el concierto con una grabadora común. Barrow olvidó darle la vuelta al casete y, como la participación de los Beatles en el escenario duró poco más de 30 minutos, el único registro sonoro que ha quedado de aquella ocasión el sonido se interrumpe a mitad del último tema. Cuando la actuación terminó, los cuatro se subieron al camión blindado y se marcharon en él del estadio: «Es que de verdad ellos estaban muy asustados», recuerda Davis, y explica: «Cuando tocaron en Memphis, Tennesse, alguien arrojó un petardo durante el concierto, y no faltaron los que creyeron que le habían disparado a John. La seguridad era algo que en 1966 les preocupaba mas que nunca, y por eso habían decidido marcharse en un camión blindado. En otras ocasiones se fueron en una ambulancia. No querían un auto común. Estaban de verdad muy nerviosos».

Corto

Los Beatles nunca volverían a tocar en un estadio, aunque los memoriosos recuerdan que un 30 de enero de 1969 se subieron al techo del edificio de su compañía, Apple, en el centro de Londres, y cantaron durante 42 minutos acompañados del teclista Billy Preston, para –crear un material que luego utilizaron en su documental Let it be. El concierto improvisado, que generó una verdadera conmoción en la ciudad, fue la última ocasión en que tocaron frente a una audiencia, aunque Davis está convencido que en todo el tiempo que pasó desde Candlestick Park hasta aquel enero no extrañaron los escenarios en lo más mínimo: «Cuando empezaron en Hamburgo tocaban desde las 7 de la tarde hasta las 7 de la mañana, y luego se dedicaron a recorrer todas las ciudades de Inglaterra, Gales e Irlanda. Hicieron cientos de conciertos y por eso estaban hartos. La diferencia es que en Estados Unidos las audiencias eran enormes. Nunca habían tocado ante tanta gente en Europa. En 1965 tocaron frente a 55.000 personas en el Shea Stadium de Nueva York. Durante años fueron soldados que tocaban las mismas canciones», dice.

Davis, que pasó su vida entrevistando celebridades y ha escrito varios libros, admite que nunca imaginó que el legado de los Beatles iba a perdurar tanto y que 50 años después iba a estar hablando de uno de sus conciertos: «Cuando escribí el libro pensé que se olvidarían de él en un año, pero han pasado tres y sigue generando interés. Ellos mismos nunca pensaron que durarían tanto. Creían que tenían para cinco años, diez si tenían mucha suerte. Para mí, que era un joven periodista, cubrir sus giras y estar con ellos fue una época maravillosa, pero nunca pensé que 50 años después iban a ser la mejor banda que ha existido», confiesa.

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Literatura / México: Otorgan a Norman Manea el Premio FIL de Literatura 2016

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El escritor rumano ganó el premio que será entregado el próximo 26 de noviembre en la inauguración de la XXX edición de la FIL de Guadalajara. (Foto: Excélsior)

C iudad Juárez, Chihuahua. 29 de agosto de 2016. (RanchoNEWS).- El escritor rumano Norman Manea ganó el Premio Feria Internacional del Libro de Guadalajara (FIL) en Lenguas Romances 2016, anunció hoy la portavoz del jurado, la española Mercedes Monmany, informa la agencia EFE.

En la 26 edición del premio instituido en 1991, Manea, quien toma el testigo del español Enrique Vila-Matas, se convierte en el primer escritor en lengua rumana que gana el reconocimiento.

«Frente a las catástrofes de la historia y a los exilios a los que estamos sometidos, Manea pregunta con agudeza e ironía cómo podemos definirnos en un mundo de espejos cambiantes», afirmó en rueda de prensa la portavoz del jurado.

Nacido en Suceava (Bucovina, Rumania) en 1936, Manea es autor de una obra configurada en torno a la figura del «judío errante», quien desarrolla sus peregrinaciones teniendo como telón de fondo la vieja Europa y el Nuevo Mundo, afirmó Monmany.

En conferencia telefónica desde Berlín, Manea aseguró que en la actualidad esta figura de su literatura se ha vuelto universal, convirtiéndose en un «judío del mundo», un ciudadano que se mueve en el «exilio global».

«El mundo ha perdido su centro, y lo que está tratando de buscar cada persona es la paz, la esperanza, el disfrute», en una situación de sufrimiento pero marcada «por la tenacidad y la resiliencia», reflexionó el autor.

Lejos de enmarcarse en los géneros literarios tradicionales, el escritor, quien vive en Nueva York, toca grandes temas como «las lecciones de la memoria, la absurda violencia del siglo pasado y sus repercusiones en el presente», apuntó la portavoz del jurado.

Entre las creaciones del autor rumano se encuentran títulos como «El sobre negro» (1986), «Payasos: el dictador y el artista» (1997), «La quinta imposibilidad» (2012) o «El regreso del hooligan» (2003).

Destaca además la obra «El té de Proust» (2010), que aúna sus cuentos.

El galardón, con una dotación económica de 150.000 dólares, será entregado el próximo 26 de noviembre en la inauguración de la XXX edición de la FIL de Guadalajara, la feria literaria más importante del mundo en español y que este año tendrá a América Latina como invitado de honor.

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lunes, agosto 29, 2016

Obituario / José Balmes

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Artista de vocación política, fundó el grupo Signo, emparentado con el informalismo. El Premio Nacional de Artes nacido en España murió ayer a los 89 años de edad. (Foto: ARCHIVO)

C iudad Juárez, Chihuahua. 28 de agosto de 2016. (RanchoNEWS).- Habría sido el cierre perfecto del círculo. José Balmes llegaba a los 90 años mientras el Museo de Bellas Artes le dedicaba una gran retrospectiva. Finalmente no pudo ser: las complicaciones multisistémicas derivadas de una obstrucción intestinal sufrida el domingo no quisieron que el artista chileno-español viera aquella gran muestra que se planifica para el próximo año. El Premio Nacional de Artes 1999, uno de los sobrevivientes del Winnipeg, murió ayer a los 89 años, un tiempo después de haber sido sometido a una operación intestinal, tras la cual había desarrollado una neumonía. Una nota de la redacción de La Tercera.

Miembro fundador del grupo Signo junto a su esposa Gracia Barrios (1927), Enrique Martínez Bonatti (1930) y Alberto Pérez (1926-1999), José Balmes fue uno de los grandes representantes chilenos del informalismo, la corriente que rompió con la pintura figurativa tradicional y que se desarrolló en Francia tras la Segunda Guerra Mundial al mismo tiempo que el expresionismo abstracto en Estados Unidos. De hecho, Signo nació después de que los mencionados artistas participaran en la Segunda Bienal de Juventud de París, en 1961. En esa época, el pintor nacido en el pueblo catalán de Montesquiu ya estaba casado con la artista chilena Gracia Barrios, hija del escritor Eduardo Barrios. Pocos años antes, en 1957, había nacido su hija Concepción Balmes, que también desarrolló una carrera en las artes visuales, conformando una de las familias artísticas chilenas más emblemáticas de los últimos 30 años.

Nacido en un hogar de artistas y panaderos con ideas republicanas, José Balmes salió de España con destino a Francia después de la Guerra Civil Española. La contienda armada también provocó un cambio en la pintura de sus años iniciales: pasó del caballete y el paisajismo catalán a una obra dónde la realidad social importaba más que antes. Una vez en Chile, entró a los 12 años como alumno libre a la Escuela de Artes y ya en 1947 ingresó a la Facultad de Artes de la Universidad de Chile, organismo al que estaría ligado durante gran parte de su vida, primero como académico y luego como decano, entre 1972 y 1973.

Miembro del Partido Comunista, Balmes fue un activo partidario de la Unidad Popular y en 1971 participó en el proyecto del Museo de la Solidaridad Salvador Allende, que en su inicio recibió cerca de 500 obras en apoyo al gobierno de la Unidad Popular. Tras los años de exilio en Francia, Balmes retornó a Chile en 1986 y en 1999 obtuvo el Premio Nacional de Artes Plásticas. Como una vuelta de mano del tiempo, en el 2006 también asume como director del reabierto Museo de la Solidaridad Salvador Allende (MSSA), cargo en el que se mantuvo hasta el año 2010, cuando fue reemplazado (no sin cierta polémica) por Ernesto Ottone. El actual ministro de Cultura fue de los primeros que anoche se expresó por Twitter sobre su deceso («Nos ha dejado el inmenso José Balmes, uno de los más grandes maestros. Recordaremos tu valentía, tu consecuencia y tu genio»).

Un año después de su salidad del MSSA, Gracia Barrios recibió el Premio Nacional de Artes. Súbitamente, la creación de ambos adquirió un inesperado nuevo vuelo. Juntos seguirían realizando obras durante algún tiempo más, pero el paso de los años va dejando huellas y consecuencias definiitvas: en el 2014 dejan de pintar y en enero del 2015 realiza una exposición conjunta en el Museo de la Memoria. La muestra se organizó en torno al tópico del exilio, una experiencia traumática que el pintor nacido en Cataluña vivió primero como temprano desterrado de España y luego como expulsado del régimen militar. Ocho meses después, en septiembre, la galería VALA (Vanguardias Latinoamericanas) abrió sus puertas en calle Holanda, con la muestra Winnipeg, que recuerda los 76 años desde que el barco arribara a costas chilenas, trayendo a bordo a más de 2 mil refugiados de la Guerra Civil Española, entre ellos dos niños que se transformarían en pintores: José Balmes y Roser Bru. Obras de ambos, junto a las de Barrios y Guillermo Núñez, habitaron este espacio. Marcelo Aravena, dueño de VALA, agente de Balmes desde hacía 5 años y marchante de la dupla Balmes-Barrios, lo recuerda como un hombre «con mucha sabiduría, con un gran legado como artista y como académico».

Maestro de varias generaciones y de artistas como Francisco Brugnoli, Patricia Israel, Eugenio Dittborn y Gonzalo Díaz, José Balmes (al igual que Gracia Barrios), siempre prefirió el gran formato. El rasgo clásico de su obra es el compromiso social y una gran expresividad que se concreta a través de óleos, pero también en mucha utilización de collages, objetos cotidianos o aerosol. Aunque el componente político es evidente en su obra, siempre hay un rasgo humano único.

Dos intervenciones quirúrgicas de importancia, a las que fue sometido en las últimas semanas, le desataron un cansancio crónico, cuenta Aravena. «Se fue cansando de a poco». Sin embargo, agrega el galerista, la exposición de abril próximo en el Bellas Artes lo tenía «muy feliz».

Anoche, en redes sociales, lo recordaron desde la instituciones de las que formó parte (la U. de Chile, el MSSA, el Partido Comunista). También, centenares de admiradores de a pie. Los mismos que hoy tienen la oportunidad de despedir sus restos en el Salón Blanco del Museo de Bellas Artes, a partir de la 11 de la mañana.


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Libros / Argentina: El «tango alegre» e inédito de Borges se hace libro

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Portada del libro. (Foto: El País)

C iudad Juárez, Chihuahua. 27 de agosto de 2016. (RanchoNEWS).- El tango no es triste, ni popular, ni arrabalero. O al menos no nació así. «El tango surge de la milonga, y es al principio valeroso y feliz. Y luego va languideciendo y entristeciéndose». Lo cuenta alguien con la autoridad de haber nacido casi al mismo tiempo que el tango: Jorge Luis Borges. Por improbable que parezca, el escritor argentino, nacido hace 117 años y fallecido hace 30, aún tiene obra inédita. Y se acaba de publicar en España: El tango, cuatro conferencias (Lumen). En ella hace un recorrido por la historia de una música que identifica en el mundo a su país, ee}scriebe Carlos E. Cué para El País desde Buenos Aires.

La génesis de esta obra daría para un cuento, la especialidad del argentino: el escritor impartió unas conferencias sobre el tango en 1965 en Buenos Aires, que son casi un tratado que mezcla erudición, sabiduría popular y humor para hablar no solo de la música sino sobre todo de su ciudad, de Argentina, de la vida de esos «guapos" (pendencieros) que protagonizan las letras tangueras.

Esa sabiduría que disfrutaron solo los asistentes se habría perdido si no fuera porque alguien las grabó, y casi 50 años después esas cintas de casetes llegaron por una carambola al escritor Bernardo Atxaga, que las arregló y las donó para que, 16 años después de escucharlas por primera vez, se hayan convertido en un libro único.

Leyéndolo uno puede imaginar a un Borges burlón que se anima incluso a cantar con tono varonil ante el público para desacreditar a Gardel, a quien culpa de haber alterado el espíritu de la música. «El tango no es triste, melancólico, nostálgico, llorón. El tango es alegre», se desgañita. «Gardel tomó la letra del tango y la convirtió en una breve escena dramática, en la cual un hombre abandonado por una mujer se queja, en la que se habla de la decadencia física de una mujer», se enfada. También rechaza la tesis de que al tango lo hicieron llorón los emigrantes italianos. «No puedo aceptar esa teoría racista de que el tango fue pendenciero, porque era criollo, y luego se entristeció en el barrio italiano de La Boca».

«A Borges le gustaban los tangos de la guardia vieja, los que había escuchado en su infancia, porque no eran patéticos. Tenían letras alegres, pícaras. Él pensaba que Gardel lo había arruinado», explica María Kodama, viuda del autor, que sigue custodiando su obra aunque desconocía la existencia de estas conferencias hasta que Atxaga se las pasó a César Antonio Molina y este las compartió con ella para confirmar que eran auténticas.

Kodama asegura que el escritor no escuchaba mucho tango pero le fascinaba el origen de la música que marcó su infancia. Borges nació en 1899 y en sus conferencias coloca en 1880 la creación de la nueva música.

Acercarse a Borges con ideas preconcebidas es peligroso. Lo más probable es que las desmienta todas y lleve al lector a sentirse un ignorante. Lo hará con sutileza y sentido del humor, pero con efectos devastadores. También sucede con el tango. No sólo no era triste. Tampoco popular. No surge en los barrios bajos, sino en los prostíbulos, las «casas malas», donde había «compadritos», de origen humilde, pero también «niños bien» buscando diversión. «Los primeros tangos se tocaban con piano, flauta y violín. Después se agregó el bandoneón, de origen alemán. Si el tango hubiera sido orillero, popular, entonces el instrumento habría sido el instrumento popular por excelencia: la guitarra», asegura.

Eso explica, según el escritor, por qué al principio solo se bailaba entre hombres. «A comienzos de siglo, siendo chico, yo vi a parejas de hombres bailando el tango, digamos al carnicero, a un carrero, acaso con un clavel en la oreja alguno, bailando el tango al compás del organito. Porque las mujeres conocían la raíz infame del tango y no querían bailarlo».

El tango era algo oculto, clandestino. Hasta que llegó a París, la ciudad a la siempre miró Buenos Aires. «Contrariamente a esa suerte de novela sentimental que han hecho los films, el pueblo no inventa el tango, no impone el tango a la gente bien. Ocurre lo contrario. Y luego los niños bien, patoteros, que eran gente de armas llevar, o de puños llevar, porque fueron los primeros boxeadores del país, lo llevaron a París. Y cuando el baile fue aprobado y adecentado en París, entonces el Barrio Norte, digamos, lo impuso a Buenos Aires», cuenta Borges.

Pero el tango es sobre todo una excusa para hablar de una Argentina desaparecida y contar anécdotas que explican más que los libros de historia. De esa vida de los guapos que matan y mueren sólo para mantener su fama de valientes, obligados a aceptar cualquier duelo. Y de un país que crecía y asombraba al mundo. Y ya está en 1965 la melancolía de la oportunidad perdida que aún invade todo en Argentina.

Es la condena del alma argentina, que vive lamentando lo que pudo haber sido y no fue y confortándose con la idea de que está condenada a un éxito que nunca llega. Borges habla de 1910, el momento de la expansión mundial del tango, y dice que entonces Buenos Aires «era la capital de un país creciente, donde la pobreza era una cuestión de una generación, a lo sumo». En 1965 ya se ve su nostalgia al hablar de «ese país que fuimos hasta hace poco». 50 años después, la discusión es similar. Por eso Borges recomienda refugiarse en la música. «El tango nos da a todos un pasado imaginario, todos sentimos que, de un modo mágico, hemos muerto peleando en una esquina del suburbio».

«Carafunca», la prueba de que era un texto inédito

Bernardo Atxaga parece liberado después del largo periplo que acabó en libro. «Ya era hora de que se publicara. No soy nada fetichista ni buen investigador, pero me hacía ilusión haber descubierto algo inédito de Borges», cuenta. Desde 2002, cuando el actor Jose Manuel Goikoetxea, Goiko, amigo suyo, le pasó las cassettes casi inaudibles, las conferencias han sobrevidido de milagro al olvido.

Una palabra fue clave en todo el tortuoso proceso: «carancanfunca». Está en uno de los tangos antiguos que tanto le gustaban a Borges, El Choclo. Y la cita en una conferencia. «Me interesó mucho esa palabra. Cuando lo marqué en el ordenador y me dio cero resultados, supe que tenía en casa el único documento que existía de las conferencias», explica Atxaga. Borges la explica a su estilo. «Recuerdo haberle preguntado a un amigo mío, Eduardo Avellaneda, qué significaba carancanfunca y me dijo que carancanfunca significaba el estado de ánimo de un hombre que se siente carancanfunca. Luego, no sé si conocía el adagio latino de que lo definido no debe entrar en la definición porque así todo puede definirse, ¿no? Y entonces me dijo, bueno, con ganas de hacer barullo y romper faroles».

Goiko había recibido las cassettes de un gallego que vivió en Argentina, Manuel Román Rivas, que se las entregó como agradecimiento por haberlo acogido en su casa en tiempos difíciles. Pero Atxaga no dio con nadie interesado en ellas y quedaron en un cajón. Hasta que años después, en una conferencia en Oxford, se cruzó con Edwin Williamson, biógrafo de Borges. Él confirmó la existencia de esas conferencias, que todos creían perdidas. «Cuando se las mandé a Williamson se quedó de piedra», recuerda Atxaga. Fue en 2012. Cuatro años después, todos pueden al fin leerlas.

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