Rancho Las Voces: Literatura / Entrevista a Alicia Plante

Literatura / Entrevista a Alicia Plante

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Alicia Plante. (Foto: Dafne Gentinetta)

C iudad Juárez, Chihuahua. 11 de julio de 2016. (RanchoNEWS).- La escritora, psicóloga y traductora –autora de la llamada Trilogía del agua– plantea en su nuevo libro la cuestión del femicidio. La pesquisa psicoanalítica se hilvana con otros temas, como el exilio durante la última dictadura cívico-militar. La entrevista es de Silvina Friera para Página/12.

La angustia le trepa por las manos, por la garganta, y llega a los ojos en un llanto que no estalla. La psicoanalista Laura Requena acompaña en la ambulancia a su bella vecina Ana, quien aparentemente intentó suicidarse cortándose las venas. Antes, cuando ella y el portero del edificio entraron al departamento de Ana y la encontraron todavía con vida, Laura se guardó en uno de sus bolsillos las tres libretas de Ana, el diario íntimo que le permitirá reconstruir qué la llevó a matarse. «Sergio me hace bien, me hace falta, aunque me maltrate. Creo que lo quiero, no puedo pensar en no tenerlo más conmigo», lee Laura, la confesión de Ana, como preludio de una relación cada vez más violenta, más tortuosa y enfermiza, por los celos de Sergio, un pintor manipulador de sonrisa encantadora cuya primera mujer curiosamente también se suicidó. A través de la lectura de los fragmentos del diario de Ana, en los que registra los golpes, las amenazas y las humillaciones, no sólo se desbarata la hipótesis del suicidio, sino que emerge el tema acuciante del femicidio. La pesquisa psicoanalítica se hilvana con las propias heridas de Laura y el exilio de su padre durante la dictadura cívico-militar en La sombra del otro (Adriana Hidalgo). Alicia Plante es una formidable escritora que explora las zonas más oscuras y complejas en novelas negras muy «freudianas», eslabonadas por la persistencia del agua y de un personaje que siempre reaparece: el juez Leo Resnik.

Lo primero que se ve al entrar al luminoso departamento de Alicia son las orejas y el hocico de Pipa –una perra tierna que parece literalmente un zorra– y la estampa intimidante de Tigre, un cimarrón uruguayo atigrado, amenaza que pronto se desvanece cuando apoya su cabeza en las piernas de las visitas –fotógrafa y periodista– reclamando caricias. Los dos perros, rescatados de la calle, no ladran. El único sonido que emiten es la singular percusión que produce el golpe de sus patas sobre el parqué. La escritora, psicóloga y traductora –autora de la llamada Trilogía del agua– cuenta que necesita un «guión» para poder escribir una novela sin que se produzcan sobresaltos. «Cuando el relato pierde coherencia, se desarma. Esa es una tragedia que puede llevar a tener que empezar de cero una novela. El guión lo valoro muchísimo. Hay gente que escribe sin guión. Yo lo hice con la primera novela, Un aire de familia. Eran tres hermanos, dos varones y una mujer, se produce un incesto entre hermanos y tuve que cambiar de hermano. Eso fue terrible, tuve que rescribir capítulos enteros porque no tenía un esqueleto previo. En los talleres siempre aconsejo tener un guión como una condición muy importante para la escritura. Hay que saber qué es lo que va a pasar, con más o menos detalles. Lo peor es encontrarse ante el vacío de cómo seguir», revela Plante a Página/12.

En el principio de La sombra del otro, Laura se pregunta por qué la afecta tanto la situación de Ana, cuando todavía está con vida y se la están por llevar al hospital. Después de leer la novela, la respuesta a esta pregunta cambia, ¿no?

¿Cambió para vos?

Sí. En el final de la novela, que es muy ambiguo, la soledad de Laura se torna más radical.

Yo lo hice intencionalmente ambiguo al final. Uno no es dueño de un relato, cada lector puede imaginar lo que quiera. Eso es lo divertido de escribir: que lanzás una idea y lo que pasa con esa idea ya no te pertenece. Las posibilidades de interpretación con ese final tienen que ver con lo que a ella le pasa frente a Sergio, con lo que le advirtió Leo que le podía pasar. Me interesaba que se percibiera que Laura se enganchó con Sergio… Cada vez más estoy tendiendo a los finales abiertos.

Cuando al departamento de Ana, ella está sumergida en una bañera. ¿Por qué La sombra del otro no forma parte de la «Trilogía del agua»?

Porque no la había escrito; pero está llena de agua desde el principio. Tendría que ser una tetralogía. No sé qué haré con la Trilogía del agua… Tampoco puse esa escena del agua intencionalmente, pensando en la »Trilogía…» Yo detesto la palabra inspiración, jamás la uso y me parece una idea muy infantil. Creo que las ideas a uno se le ocurren para escribir o para vivir, para cualquier cosa, y eso no es inspiración. Lo del agua fue casualidad, azar, no fue intencional. Pero, efectivamente, hay mucha agua.

¿La escritura de esta novela coincidió con el femicidio como tema emergente en los medios de comunicación?

Sí. Hubo más femicidios después de la marcha «Ni una menos»; es atroz. Si estudiás psicología, como yo estudié, y te acercás a un tema como el femicidio, necesariamente tu mirada va a estar cargada de interrogantes. Vas a querer saber qué es lo que hay detrás, qué es lo que se mueve en la cabeza del psicópata, del femicida, de la mujer que entra en el juego… es un tema tan complejo; son tantos los resortes y los antecedentes que no pretendía hacer un estudio psicológico del femicidio ni de la violencia de género. Pinté un caso con cierta profundidad, pero es una novela y no va más allá. Ir más allá implicaría hacer una investigación de otro tipo y escribir un libro de texto. Que no estaría mal, pero no me siento capacitada. Creo que lo mío es la ficción; entonces me acerco desde ahí y pretendo alertar sobre todo con las transcripciones de los diarios de Ana, donde ella cuenta cómo llega a la relación y cómo se pudre todo; que esto sea una gotita de agua en el mar para que las mujeres tomen conciencia.

¿Cómo compuso a un personaje tan complejo como el pintor Sergio Kunder, el hombre violento?

La clave en él es la cosa posesiva y el absolutismo de «la nuestra tiene que ser una relación perfecta, no podemos tener secretos». Y la entrega total: «vos no estás dispuesta a la entrega a la que estoy dispuesto yo». Me arrimé lo más que pude desde la ficción a la psicología de este tipo de hombre. Además, rápidamente, en días o en semanas, él deja de sentirse culpable. Un poco lo sintió en un primer momento, pero se le pasa, lo justifica. Eso es terrible y creo que eso debe pasar en la realidad porque estos tipos violentos no tienen sentimiento de culpa. Ha habido casos de hombres que han golpeado a una mujer, que han sido puestos en cana, y que salen y completan la tarea y la matan. En la novela, él le da la navaja, la mira cómo ella se corta, se pega media vuelta y se va porque él pretendía que ella fuera de otra forma, que se entregara totalmente. Y si no estaba dispuesta a hacerlo, merecía morir.

Laura estudió psicología del 76 al 80 en la Universidad del Salvador. ¿Estos son datos autobiográficos que le prestó al personaje?

Sí, estudié en el Salvador porque el ingreso estaba cerrado en la UBA. Me parece legítimo hacer la traslación de la teoría de Freud de lo individual a lo social que aparece en la novela. Y sería muy interesante analizarla desde Hegel y Marx, pero no me siento en condiciones de hacerlo. Freud desarrolla una explicación de lo que le ocurre al individuo que repite conductas porque hay un mandato inconsciente, desde un conflicto mal resuelto, que lo impulsa a manejarse de la misma manera. Freud la llama compulsión a la repetición. Mi teoría es que esta compulsión a la repetición que él explica para el individuo es aplicable en lo social. En la historia, en los pueblos, se produce también una compulsión a la repetición. Esto es posible en lo individual y en lo social si no hay un estudio profundo de las condiciones que permitieron la aparición original de esta conducta. Un ejemplo posible sería el complejo de Edipo. Si está mal resuelto, si no hay un pasaje auténtico de ese amor incestuoso por el padre al que la niña renuncia porque está la figura de la madre interpuesta, esa niña cuando se hace mujer puede quedar pegada a la búsqueda de un hombre prohibido, léase un hombre casado, por decir. Eso, aplicado en los pueblos, podría ser el neonazismo. Que el neonazismo aparezca con todo su vigor es porque no se ha hecho un análisis en profundidad de las condiciones que permitieron el surgimiento y establecimiento como una figura popular y amada de (Adolf) Hitler. Si eso no se analiza y no se entiende, se repite y reaparece como una metástasis.

¿La desaparición forzada de personas, como sucedió en la dictadura cívico-militar, se podría repetir?

Absolutamente, sobre todo si se llega a imponer el criterio de que hay que mirar para adelante, de que hay que restañar las heridas y reconciliarse con los militares, que es lo que se está diciendo ahora. Esto puede derivar en una repetición de las circunstancias. También hay ya, asomando el hocico, una actitud macartista de persecución a los que se oponen a esta «reconciliación». Si entrás a sumar todo esto y le das manija, tenés la dictadura de nuevo. La desaparición de personas puede repetirse.

¿Por qué en la novela hay una evocación de la dictadura cívico-militar a través de Abel, el padre de Laura?

Creo que esa figura de padre en realidad es la mía. Yo no milité, nunca porté un arma ni la tuve cerca, pero hervía. El padre hacía lo que podía con sus limitaciones. Y yo tuve mis limitaciones. Hoy tengo menos limitaciones, pero más años. Las circunstancias se encargan, a veces, de decidir por uno…

Laura recuerda que su padre ayudó a un matrimonio joven, a Ema y Fede, que creía que debían ser cuadros políticos con cierto peso dentro de la estructura de Montoneros. ¿Esto sucedió como se cuenta en la novela?

Sí, eso me ocurrió exactamente a mí en un departamento en el que vivía, a tres cuadras de acá. Esa chica que llegó a la casa de mis vecinos de entonces se apedillaba Mujica, pero no me puedo acordar su nombre de pila. No sé quién era, no sé si está viva… Recuerdo su autoridad muy serena, que no daba la sensación de alguien autoritaria; era una mujer que tenía poder en Montoneros. De hecho, ella organizó el recurso de apostar gente sobre la calle Coronel Díaz, que en ese momento era doble mano. Yo me encontré con ella en la iglesia San Agustín, pero le pifié con el horario. Después salimos las dos de la iglesia –esto no lo cuento en la novela–, caminamos por Las Heras y venía un patrullero despacito, pegado al cordón. Esta chica se da vuelta y me dice: «¡No me digas…!» y se empieza a reír a carcajadas de la nada. Yo la miro sorprendida, pero instantáneamente me río también, y el patrullero pasó… No te puedo contar el cagazo que sentí… Era posible que ella estuviera muy junada y si la levantaban ahí caía yo también…

¿Cómo explica la crítica feroz que hay en la novela hacia la clase social de uno de los personajes, Claudia, una amiga de Ana, que podría ser definida como «los nuevos ricos»?

Las cabezas de «los nuevos ricos» están vacías; todos lo votaron a (Mauricio) Macri. Son una gente de mierda, son los que más consumen; toda la vida me voy a tirar contra ellos. Esta gente no me gustó nunca, ni cuando era hija de mis padres, que eran unos gorilas totales.

Aunque la novela no lo afirma tajantemente, parece insinuar que esta clase social es cómplice y que Claudia sabe que Sergio no es trigo limpio, pero no hace nada, acaso para cuidar las apariencias...

Sí, yo también creo lo mismo. Ellos no saben del suicidio de la primera mujer, pero es posible que lo sospechen. Pero sí hay una complicidad constitutiva porque están dispuestos a solidarizarse con todo lo sucio porque está en ellos –aun cuando no sean parte activa– la trampa y la mentira para llegar adonde quieren llegar. Y para quedarse ahí cuando llegan.

¿Por qué eligió como título La sombra del otro?

Eso viene de Freud. Cuando hay un suicidio, él explica que en realidad el suicida hace un brote psicótico; es desde un brote psicótico que se puede matar. Pero lo que está ocurriendo es que esa persona nunca pudo despegarse de la madre, por ejemplo, porque la madre no le dio suficiente amor y eso lo vuelve depresivo; es como alguien frente a una vidriera llena de comida: queda pegado por el deseo de comer y la vida le pasa por atrás. El depresivo queda pegado a esa madre frustrante y cuando se suicida, como nunca se pudo despegar de la madre, cree que está matando a la madre, entonces se mata él. Freud tiene una frase con la que describe esto: «la sombra del objeto de amor cae sobre el sujeto». Muchas cosas vienen de Freud.

«La realidad no se descubre ni se expresa fácilmente, ¿no?, se nos escapa como agua entre los dedos, y se la busca siempre, siempre es eso lo que se busca, la realidad… no importa el lenguaje. Dalí o Rembrandt, Picasso o Miguel Ángel. Cada uno a su modo, buscaron lo mismo, no hay nada más, para mí el realismo como técnica o como escuela no existe. Todo el que crea algo navega en esa búsqueda sin remedio de la realidad», dice Laura. ¿Suscribiría lo mismo para la literatura?

Sí, lo creo a pie juntillas. No hay otra búsqueda posible. La ciencia ficción o el surrealismo son todas formas de llegar a la esencia de lo que está por debajo de lo aparente. Me parece un capricho de los críticos de arte y de los teóricos, que siempre están inventando explicaciones y poniendo etiquetas que no tienen fin… Yo me quedo con (Jorge) Romero Brest que decía que había belleza en las huellas que dejaba el neumático de un auto en el barro porque el arte es involuntario. Uno cree que maneja la belleza, pero la belleza está más allá del que intenta usarla, descubrirla, comunicarla. Está bien hacer crítica de arte, está bien hacer reseñas literarias –yo las he hecho en Página/12–, ayuda a acercarse al arte. Pero también te aleja porque te da la sensación de que si no sabés todo esto no tenés la menor idea de lo que es la belleza. Y no es así: la belleza es accesible para cualquiera y para todos. Y no es necesario saber. No tenés que saber nada de literatura para leer y conmoverte.


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